La visita de don Osvaldo a la Casa Invisible de Villa 31. El encuentro de la militancia, el barrio y la ética.
Quien ha sido consecuente toda su extensa trayectoria, susurrando historias, Historia. Una silla que lo subsume, aparentemente. Una mirada clara y clarividente.
Narró don Osvaldo, quizás, las manos callosas de los bravos hombres de la independencia; las banderas tejidas por las madrazas originarias; los ideales de mayo que, alguna vez, fueron de abril y serán, alguna vez, de junio; la sangre derramada, vertida impúnemenente, desde escritorios barrocos por hombres de barbas y galeras, que duele, que late, que siembra.
Una palma abierta, izquierda, arrugada, levemente encorvada y venosa en su dorso, que va y que viene en dirección al cielo que se anaranja, acompañan una voz firme y grave de impecable dicción entonando: «Urbanización, Urbanización». Es es Osvaldo Bayer, con sus jóvenes 85 pirulos.
Las villas siguen recordando que falta mucho. El querido viejo Bayer lo dice así: «Mientras haya villas en la Argentina no habrá verdadera democracia.»
Anochece un sábado de primavera caliente y se escurre una pregunta: El Himno Nacional y su «ved en trono a la noble igualdad», será algún día?
Sí. Será. En eso andamos. Ese es el Sur que estamos caminando.
Con ternura, con ética, con nobleza, con firmeza vamos surcando.
