Desigualdad

“La ley está para proteger a los buenos, pero ¿Quién NO se cree bueno?”*

Por Vera Carnuccio**

Tomando esta frase disparadora daré comienzo a un análisis crítico respecto al derecho y su relación con la inseguridad. Para ello utilizaré conceptos extraídos de la idea de Tupacamaria*** acerca de dicha temática. Entendemos que dentro del concepto inseguridad pueden observarse derechos vulnerados. Esta, es una visión global en la que todxs coincidimos. Ahora, pues, comienza el debate cuando se analiza que derechos y quienes son los vulnerados.

Partiré por definir el término: la inseguridad se entiende por crímenes callejeros relacionados con el robo de objetos materiales.

Partiendo de dicha definición entendemos que el derecho vulnerado es del sujeto al que le expropian por la fuerza su objeto material. Ahora bien, si comenzáramos un escalón más abajo y diéramos origen al análisis a partir del porqué de la inseguridad, (es decir, de un sujeto que roba y otro que es robado) quizás la búsqueda de la vulneración e derechos se volvería mas abarataba.

Los crimines callejeros surgen a partir de la desigualdad social, y la desigualdad social surge a partir de la acumulación de riquezas, y un sistema capitalista que sustenta este modelo de vida, que se retroalimenta tanto con las clases dominantes como con las clases medias e incluso con lxs sujetxs mas perjudicadxs económica y socialmente. Por lo tanto, el sujeto robado ha de ser poseedor de bienes que el sujeto ladrón carece. Si bien aquel objeto material no es imprescindible en la vida de ningunx, se observa en ese acto una desigualdad contundente entre unx y otrx, regida por los bienes materiales.

En ese instante el sujeto robado siente que le arrebataron algo más que dicho objeto en sí, le arrebataron la dignidad que significaba tenerlo, es decir, el tiempo y el esfuerzo que ha dedicado para obtener aquella cosa que era tan difícil de conseguir, pero tan fácil de perder. Entonces, ¿Este sujeto, se siente vulnerad por aquel ladrón? ¿O se siente vulnerado por el sistema que nos hace creer que si nos esforzamos obtendremos cosas que en realidad de un día para el otro pueden ser nada? Cosas que ni siquiera son elementales para una vida digna, aquella vida digna que nosotrxs tenemos y que aquel ladrón no tiene. ¿Y la responsabilidad de ello de quién es? ¿Del sujeto que roba o del sistema que sostiene y promueve este mecanismo establecido?

Una vez analizado el contexto del sujeto robado analizaré el del robador. Nos encontramos en una sociedad en la que la calidad de vida digna se rige a partir de la calidad de los bienes materiales que poseamos, sean o no prescindibles en nuestra vida, sean o no productivos para un bien común. Pues en una sociedad que esta educada en pos de una calidad de vida relacionada directamente con el consumismo, ¿Cómo podemos pretender que no traiga consecuencias para quienes quedan por fuera del consumismo? Primero deberíamos entender por qué queda gente fuera. ¿Es realmente sólo mérito? ¿Sólo hay que tener voluntad para tener una vida digna? Si es así esto significaría que los millonarios son las personas más “eficientes”, trabajadoras y productivas mientras que los pobres son los más ineficientes ¿Y qué hay de aquellas personas de clase media baja que trabajan día y noche pero aun así no llega a fin de mes? Cuando se hace referencia al empleo, y a las búsquedas de las empresas y los organismos, observamos una serie de requisitos desde la labor en sí, hasta las características que debe tener el empleado. Pues bien, un sujeto que se encuentra desempleado, en situación de calle, sin acceso a una economía básica para comprar un diario y ver las búsquedas solicitadas, o incluso para ir un ciber ¿Podría cumplir con los requisitos demandados por la empresa? ¿Se encuentra en condiciones favorables? O utilicemos un ejemplo más cercano: Un joven de 20 años sin estudios, proveniente de un barrio humilde con calles de tierra ¿Cumple con aquellos requisitos? Aquí podría mencionarse “si hubiera estudiado quizás no le haría falta trabajo”. Pues ¿Estos dos sujetos anteriormente mencionados están en condiciones de acceder a la educación – por más “libre y gratuita” que se demuestre- cuando el acceso a las inscripciones ya requieren de una pc y acceso a internet? En este recorrido se observan a simple vista tres derechos vulnerados: vivienda, educación y trabajo.

Existiendo sujetos que se encuentra absolutamente al margen del sistema, vulnerados en una serie de derechos elementales para una vida digna, es suficiente motivo para no focalizar la búsqueda del problema allí. Se suele poner como eje conflictivo al sujeto, considerando que existen sujetos que “roban porque quieren” (lo cual no considero real ya que es probable que si ellxs pudieran valer sus derechos vulnerados no se encontrarían en la situación que están) pero dicha culpabilización no sería eficaz ya que aunque así fuera, la raíz del conflicto se encuentra en otros puntos. La discriminación, la desigualdad, la obscenidad que reflejan las diferencias visualmente a diario entre clases, son violencia, violencia que atenta contra la dignidad de sujetxs que no pueden acceder a cosas que otrxs si, y que a su vez son mal vistos por esa inaccesibilidad que carece de alcance individual que se vende como mérito propio pero que se rige por la misma desigualdad.

* Frase extraída de la serie “Mentira es la verdad” de canal Encuentro, capitulo “La ley”.

** Estudiante de Pedagogía Social. Artículo escrito como examen final de la materia Promoción de Derechos Humanos a cargo de Demian Konfino.

*** Del libro “Hasta el amanecer de Tupacamaria” de Demian Konfino.

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La cubana Nuria Barbosa en Argentina

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Crónicas Villeras

Portada original del VHS: Tapia camina sobre una villa 31 arrasada.

Sobre el intento erradicación de las villas porteñas y la digna resistencia villera: “Buenos Aires – Crónicas Villeras” de Marcelo Céspedes y Carmen Guarini.

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Semblanza escrita en ocasión de la muerte de Paco Urondo por Rodolfo Walsh

Mi querido Paco:

Me han pedido que escriba una semblanza tuya. Es lo último que yo hubiera querido escribir, pero me doy cuenta que es necesario que alguien empiece a decir algo de tu hermosa vida, antes que otros, con más capacidad, puedan estudiarla junto a tu obra.

Lo primero que me acude a la memoria es la frase de un poeta guerrillero checo, al que mataron los nazis, que dejó escrito: “Recuérdenme siempre en nombre de la alegría”.

Para nosotros, Paco, la alegría era muchas cosas de cada día: la compañera, la hija, el hijo y los nietos, un truco, un verso, una ginebra. Pero más que nada era una certidumbre permanente, como una fiebre del día y de la noche que nos hace creer que vamos a ganar, que el Pueblo va a ganar.

Es en nombre de esa última alegría, la que vos no viste y yo no sé si voy a poder ver, que te escribo. Tal vez por ahí me salga la semblanza.

Te lloramos, hombres y mujeres, quién podría no llorarte.(…)

En estos días que han pasado desde que te mataron, me he preguntado qué es lo importante de tu vida y de tu muerte, qué cosa te distingue, qué ejemplo podríamos sacar, qué lección nos dio Francisco Urondo.

Tengo una respuesta provisoria en las cosas evidentes que pudiste ser y en las más desconocidas que elegiste.

Llegaste a los cuarenta años con la pasta de los grandes escritores, que no es más que una forma de mirar y una forma de escuchar, antes de escribir. El problema para un tipo como vos y un tiempo como éste, es que cuando más hondo se mira y más callado se escucha, más se empieza a percibir el sufrimiento de la gente, la miseria, la injusticia, la crueldad de los verdugos. Entonces ya no basta con mirar, ya no basta con escuchar, ya no alcanza con escribir.

Pudiste irte. En París, en Madrid, en Roma, en Praga, en la Habana, tenías amigos, lectores, traductores. Podías sentarte a ver desfilar en tu memoria el ancho río de tu vida, la vida de los tuyos, volcarlos en páginas cada vez más justas, cada vez más sabias. Con el tiempo quién lo duda, habrías figurado entre esos grandes escritores que eran tus amigos, tu nombre asociado al nombre de tu país, pedirían tu opinión sobre los problemas que agitan al mundo.

Preferiste quedarte, despojarte, igualarte a los que tenían menos, a los que no tenían nada. Lo que era tuyo era fruto de tu esfuerzo, pero igual lo consideraste un privilegio y lo fuiste regalando con una sonrisa. (…)

Estuviste preso, sobre el fin de la dictadura de Lanusse. En la cárcel, sin esperarla, volvió la literatura. Esa noche del 25 de mayo de 1973, cuando el pueblo victorioso embestía contra los muros de Devoto y centenares de compañeros festejaban la libertad inminente, te encerraste con los sobrevivientes del fusilamiento de Trelew y una grabadora. Escuchaste, mientras en la calle subía ese rugido impresionante de la multitud empujando la reja “¡abran carajo, o se la echamos abajo!”. Escuchaste como nunca, atento a cada temblor en la voz de los que habían resucitado del espanto. Manejaste esa historia como de chico debiste manejar el bote, allá en tu río, dejándote llevar por su corriente, con apenas un toque de tu pala –una pregunta- para enderezar el rumbo. Allí fue más cierto que nunca que escribir es escuchar. De ese impecable ejercicio de silencio salió La patria fusilada, un libro que ya no era tuyo, porque era de muchos. (…)

No te hacías ilusiones sobre la supervivencia personal. En todo caso, estabas preparado para la muerte, como las decenas de muchachos y muchachas que se juegan diariamente en una pinza, en una operación. O más bien como decías en uno de tus poemas: “Anoche soñé –seguía diciendo el soldado- que mi hija y mi nieto nacían simultáneamente en este mundo que vendrá. Ahora puedo morir en paz, aunque sería mejor que esto ocurra dentro de mucho tiempo”.

No fue tanto, cuando te llegó el momento –en una cita de rutina y te batiste. Ellos eran demasiados en esa tarde aciaga. Un coronel te insultó en un comunicado, los diarios no se atrevieron a publicar tu nombre, te iban a enterrar como a un perro cuando te recuperamos.

Era el fin de una parábola. Son los pobres de la tierra, los trabajadores secuestrados, los torturados, los presos que fusilan simulando combates. Son las masas las que van a sepultar a tus verdugos en el tacho de basura de la Historia.

No soy quién para decir cuál fue tu mejor libro, tu mejor cuento, la mejor línea de tus poemas. Pero pienso que tu obra literaria, tan inseparable de tu vida, nos va a ayudar a resolver esa pregunta tan trillada sobre lo que puede hacer un intelectual revolucionario.

Puede hablar con su pueblo y de su pueblo poniendo en ese diálogo lo mejor de su inteligencia y de su arte; puede narrar sus luchas, cantar sus penas, predecir sus victorias. Ya eso es suficiente, ya eso justifica. Pero vos nos enseñaste que no le está prohibido dar un paso más, convertirse él mismo en un hombre del pueblo, compartir su destino, compartir el arma de la crítica con la crítica de las armas. Gracias por esa lección.

Rodolfo Walsh.*

*Semblanza escrita en ocasión de la muerte de Paco Urondo. Julio de 1976.

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“13 puntos”

Presentamos el cuento galardonado con el segundo puesto del concurso literario del QAC: Quilmes A Contar.

Autor: Octavio Rogelio Echevarría.

No hay caso, el dolor no se me pasa con nada. ¿Que si me están dando analgésicos? De todos los colores y por todos los lados. Tengo el estómago perforado y los brazos como un colador. Usté me entenderá porque tiene esa pierna que Dios me libre. Pero son buenos los médicos acá. Y más… las enfermeras. Son un amor. En este hospital nací yo, así que imaginesé si tengo una historia acá. Hasta el olor, esa cosa que a otros les da sensación de enfermedad, a mí me encanta.

Hace como 3 días que estoy internado. Habré llegado medio día después que usté. Sólo que usté estaba inconsciente todavía. Llegué a escuchar del accidente en la ruta 8, lo dijeron por la radio. Hasta escuché las sirenas. Vivo cerca de la ruta, del otro lado. Por la cancha de Rivadavia. ¿Conoce el Coloso de la calle Sarmiento? Bueno, yo siempre indico mi casa así, no podría hacerlo de otra manera. Yo ya me voy, pero si le dan el alta y no tiene en donde quedarse, puede pasar por casa. Lugar hay. Y llegar va a llegar. Pregunte por el hincha de Quilmes. Soy el único cervecero de Venado Tuerto. Y nacido acá, eh. Nada de que vine de chiquito o cosas así. Nacido, criado y de padres venadenses. Es cierto que hubo alguien… Mi abuelo materno. Tenía un amigo, muy amigo, un tal Martini, que conoció en la colimba. Después del servicio se siguieron viendo y mi abuelo lo visitaba en Buenos Aires. Bueno, en Quilmes. Cerca de la cancha. Y ahí fue la primera vez que fue a ver fútbol profesional. Se quedó enamorado de esos tablones. Y de chiquito me transmitió ese amor. Me hablaba de Maschio, de Dellacha, Pedro Dellárea. Un desagradecido de mierda, me decía. Bueno, tenemos un camión lleno de desagradecidos de mierda. ¿Que si los desagradecidos no somos nosotros? No sé, no lo había pensado. No, tengo razón. Son unos hijos de puta algunos. No podés escupir la mano que te dio de comer. Mire: usté me invita a su casa. Me abre la puerta de su hogar y de su heladera… y después yo voy por ahí diciendo que tiene la leche vencida y otras boludeces. ¿Qué soy? Animesé, animesé… soy un reverendo hijodemilputas. Así son estos jugadores desagradecidos de mierda y hijosdemilputas. Pero no se confunda, no todos fueron iguales. Así nomás le puedo nombrar a Ismael Villegas, el Mono, que es de acá, como nosotros. Un ídolo. Un habilidoso de los que ya no hay. Horacio Milozzi. Y el Indio, por supuesto… Mire, lo nombró nomás y ya me emociono.

Usté estaba inconsciente, como le decía, y no me vio. Se lo ve bastante bien ahora, igual, eh. Llegué el domingo a la noche. Yo estaba consciente por desgracia. Porque me dolía hasta la muela de juicio que me sacaron el año pasado. No hay nada como un poco de inconsciencia, es como dormir sin sueños, me dijo mi cuñado. Él estuvo en coma una vez. Fue lo más apasionante que le pasó en su puta vida. No, para mí lo mejor fue hace 5 años en la cancha de Central. ¿Cómo que qué pasó? ¡No! ¡Qué mierda va a salir campión Central! Salió el cervecero. Sí, sí, señores, yo soy de Quilmes. Una fiesta. Y fue un regalo para mí, para mi abuelo. Quilmes nos vino a buscar acá a nosotros. ¿Vio ese dicho de Mahoma y la montaña? Que si Mahoma no va a la montaña, la montaña viene a Mahoma. ¿Cómo que es al revés? No tiene sentido al revés. ¿Está seguro? Bueh, es igual. El caso es que nosotros siempre que pudimos fuimos a ver a Quilmes a Guido y Sarmiento. Claro, para usté no significa mucho que le nombre esa esquina pero para los hinchas de Quilmes es como nuestra segunda casa. Y muchas veces, la primera. Nunca sentimos que fuera una locura hacerse casi 400 kilómetros para ver al club que te acelera el corazón. Porque en el viaje de ida, esa expectativa de la fiesta, es maravillosa. Y después los comentarios del partido, de la gente, del hijo de puta del referí. No, si perdíamos era una cagada, era una tremenda cagada. Era volver con cara de culo y casi sin hablarnos.

Ay, me duele la cabeza. Me duele cuando me río. Cuando estoy serio no me río, entonces me duele un poco menos. Lógica pura. Como el dicho de Mahoma. Al revés no tiene sentido.

Pero fue como un regalo que saliéramos campiones acá, tan cerca de mi abuelo y de mí. Lo único que nos perdimos fue la caravana de vuelta a la ciudad de la cerveza. La ciudad de la cerveza es Quilmes. Usted se pierde fácil, viejo. ¿Está seguro que el de la herida en la cabeza soy yo? Me duele todo pero en la cabeza me dieron el botellazo. Me agarró de lleno el guacho. Todavía, si miro para arriba, veo las estrellas. Es normal, me dijo el médico. “Si mira para el cielo, ve las estrellas. Si mira para el campo, las espinas”. Me hubiera reído del chiste si no me doliera tanto.

Nos perdimos la caravana de la gloria por la ruta, todo azul y blanco, todo festejo, todo alegría por el campionato. Nosotros veníamos tocando bocina por la 33 con mi abuelo, como dos pelotudos. La gente nos abría paso porque creía que íbamos al hospital de urgencia. Pensaban que la bandera era un pañuelo. Cuando pasábamos cantando no entendían nada. Jaja. Ayayay. Me olvido que no tengo que reírme.

Llegamos a casa y nos abrazamos con todos, hasta con los vecinos. Ellos se pusieron contentos también. Le habían tomado cariño al equipo por nosotros. Mi abuelo era un tipo muy querido en el barrio. La gente de antes era distinta. Ahora no respetan un carajo. Pero los vecinos son gente de antes, sigue siendo un barrio de gente de muchos años.

El año pasado no pudimos ir a ver las finales con Ferro. Mi abuelo estaba muy enfermo ya. Y en diciembre murió, antes de las fiestas. Yo sentí que se moría un pedazo de mí. Estuve deprimido por eso y, para colmo, descendimos. Usté dirá: “Qué pelotudo este tipo. Que se muera el abuelo y descender es lo mismo para él”. No es igual. Pero para mí, Quilmes es mi abuelo y mi abuelo es Quilmes. No puedo separarlos del todo. Es su gran legado. Es como si las dos cosas fueran lo mismo para mí. ¿Cómo dice? ¿Homo…? No, señor. ¿Homo…loga? ¿Que son homólogas? A la pipeta. Usté sí que sabe. Debe ser como usté dice, nomás, lo de la montaña. Aunque ya no me acuerdo como era ni cómo decía usté.

Ay, cómo me duele. Pero a este botellazo lo recibí por Quilmes. Es decir, por mi abuelo. No. No estoy yendo a la cancha, hace mucho. Tampoco en el barrio. No me peleo con nadie. La gente se ríe de mí, pero tranquila. No me joden. Es hincha de Quilmes y bueh. Mi hemano dice que es hincha de Ñuls. Imaginesé. Es como ser hincha de una fábrica de heladeras. ¿Y qué? ¿Me voy a cagar a piñas con mi propio hermano? No, para nada.

Se lo ve mejor, amigo. De mejor talante. Si lo ve jugar al Indio Gómez se levanta y se pone a bailar. Cierto que no le gusta el fútbol a usté. Un intelectual. Medio raro. Pero tenía razón con lo de Mahoma. Si él no iba a la montaña, la montaña venía a él. ¿Ah, no? Entonces no tiene sentido.

En el trabajo nos encanta el fútbol. En la fábrica de ollas. Las Essen. Por ahí las sintió nombrar pero como es un intelectual, por ahí no. ¿Ah sí? Son buenísimas. A mí me salvaron porque mi señora me tenía las bolas por el suelo de tanto bife con ensalada. Y ahí mete de todo y queda rico. Solamente le agrego sal, je, como mi abuelo. Uno cada tanto se hincha las bolas y dice “no me hago más malasangre”. No, en el trabajo, no. Con el fútbol. Cuando nos fuimos a la B el año pasado dije “chau, perdoname abuelo, pero estos hijos de puta me van a llevar al lado tuyo antes de lo pensado”. Y no quise saber nada de nada con el fútbol. Pero en la fábrica le dan mucha importancia. Como yo, bah, si no fuera por la muerte de mi abuelo y por el descenso del año pasado. Estaba haciendo una especie de duelo doble. Pero aunque trato de no engancharme con el fútbol, porque la verdad que escuchar partidos con Villa Dálmine, Almirante Brown o Italiano me resultan de lo más deprimente; no puedo dejar de participar de la boleta del prode del trabajo. Un poco porque soy buen compañero y otro poco porque si ganan todos ellos y me quedo afuera, me voy a querer cortar las bolas. ¿Se imagina el lunes yo solo en la fábrica? Me moriría de bronca. Todos desfilando para apretarse los huevos delante del jefe y yo laburando como un boludo.

Me vinieron a buscar el domingo a la tarde, después de los partidos. Ya se habían escuchado las sirenas y el quilombo de su coche. Fuimos con mi hermano, incluso, a ver el lugar del accidente. Solamente viendo su auto uno supondría lo peor, pero se lo ve bastante mejor que a su auto. Los fierros se arreglan. Y si no se arreglan, lo único que se pierde es plata. Hablando de la plata, los muchachos ya la estaban contando. “Che, Pochi, hicimos 12 puntos y falta sólo un partido que empieza ahora”. “¿Qué partido falta?” “Quilmes contra Chacarita” me dicen. “¿Y qué le pusieron?”, pregunté, admito que con muchísimo miedo. “Chacarita”, me dice el Tano Ferraresi, que tiene apellido de jugador del ascenso, el muy hijo de puta. “Es el local”, me dice como si argumentara a lo Perry Mason en el final de la película. Desde ese momento, me maliciaba lo peor. ¿Quiere que le cuente?

Fuimos al bar, cerca de la fábrica. A los pocos minutos, Chaca se puso 1 a 0. Mis compañeros gritaban enloquecidos. Yo no podía. Pensaba en mi abuelo, en su primera vez en una cancha profesional, pensaba en la gloriosa tarde de Rosario, en cancha de Central. Tantos lugares para salir campión en casi 100 años de historia y venir a salir acá, a la vuelta de casa. Así terminó el primer tiempo y así transcurrían los primeros minutos del segundo. Algunos planeaban comprar la fábrica, otros iban a cagar a trompadas al patrón. Yo ni reírme podía. Como ahora. Pero ese dolor, era todavía más fuerte. ¿Sabe una cosa? No me dolía que Quilmes fuera perdiendo. A uno, de tantos descensos se le va haciendo como una cáscara. Uno de tanta derrota, ya arranca perdiendo. Siempre estamos perdiendo 1 a 0 en el corazón. Así que el primer gol es para gritarselo en la cara a la mala suerte, al destino, a quien quiera que sea. Pero es una estrategia, es para que no duela tanto, nada más. Pero lo que me dolía, lo que me laceraba el alma, era mi popia contradicción. Porque en vez de querer agarrar plata, contra mi propio bolsillo, contra mis propios compañeros; le estaba pidiendo a mi abuelo un gol de Quilmes. A él, que estaría sentado al lado de Cristo, susurrándole al oído que los de enfrente eran amargos, como las gallinas y los bosteros. Y estaba seguro, muy seguro, de que me iba a escuchar. El chueco Mansera también rezaba. Le pedía a Dios desesperadamente, que hiciéramos 13 puntos. Y llegó el empate… ¿puede creerlo? A los 40 y tantos del segundo. Y juraría que lo vi a mi abuelo saltando con bandera, gorro y vincha, al lado del Altísimo, que también saltaba y gritaba enloquecido. ¿Como no unirme a ese festejo? Si era como una Pascua. Me subí a la mesa y agite los brazos y quería llegar al techo y abrazarlos, como si el cielorraso fuera menos raso por una sola vez. Fue lo último que pensé. Y sentí un cabezazo en el estómago y caí redondo. Y me agarraron entre todos: Ferraresi, Seppaquercia, Valdivia… todos apellidos del ascenso tienen los hijos de puta. Y me insultaban en todos los idiomas, como contaba mi catequista en la historia de la torre de Babel. Supongo que ver cómo se te escurre la fortuna entre los dedos, debe ser como presenciar el incendio de tu casa. Capaz que los entienda cuando vea su auto hecho pelota. Creamé que hasta el botellazo del final, sentía que me la aguantaba. Pero a partir de ahí, me terminaron de abandonar las pocas fuerzas que me quedaban. Y acá estoy. Por gritar un empate, nada más.

Al final, hay que creer o reventar. Porque Dios se las arregla para complacer a todos. No como el Mahoma ése, que no nos puede hacer poner de acuerdo. ¿Que por qué se lo digo? Porque con un gol nos arregló a mí, a mi abuelo y al pedido del chueco Mansera. ¿Sabe cuántos puntos me dieron los médicos en la cabeza? ¡Me dieron 13 puntos los hijos de puta!

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Lapidario informe sobre cumplimiento a los DDHH en el primer año de Cambiemos

El Observatorio de Derechos Humanos (ODH) presentó el primer balance anual sobre la gestión del Gobierno de Cambiemos y denunció una “restricción y pérdida progresiva” de derechos elementales de los argentinos.

Por Sebastián Penelli

Según el documento al que accedió ámbito.com, desde la llegada de Mauricio Macri a la Casa Rosada se “puso en marcha un dispositivo político, económico, social y cultural que redundó en un modelo excluyente”, que provocó un serio déficit en el cumplimiento de normas que protegen a los ciudadanos más necesitados. En ese marco, el ODH elaboró un suculento “muestreo” área por área sobre los derechos “violados a partir de medidas concretas” tomadas por el Presidente y su gabinete.

En comunicación, derogó con el DNU 267/16 la debatida Ley de Medios, “desarticulando buena parte de los derechos allí consagrados”.

Respecto de los derechos a la libertad menciona el caso de Miagro Sala, la dirigente jujeña detenida desde el 16 de enero de 2016. “La prisión sin causa, ni proceso, ni mucho menos sentencia, representa una violación al principio de inocencia (artículo 18 Constitución Nacional) y, sobre todo, al derecho a la libertad de las personas (art. 15 CN), con el agravante escandaloso de responder a motivaciones políticas”, sostuvo el informe.

“La vulneración de este derecho representa una afrenta para las libertades públicas y está colocando al Estado Nacional en situación de Responsabilidad internacional, ante el incumplimiento de las órdenes de liberación inmediata emanadas de la ONU, la CIDH y apoyadas por OEA, diferentes países del mundo como Canadá, y por organizaciones como Amnesty y Human Rights Watch”, agregó.

En cuanto a los derechos laborales se enfocó en el “despido de miles de trabajadores” estatales, la “promoción de paritarias a la baja y con acuerdos sectoriales que auspician la flexibilización laboral”. Según la entidad, esa combinación de factores propicia la violación de los artículos 14 y 14 bis de la Constitución nacional.

Lo mismo ocurre con el derecho a huelga, que para el ODH fue vulnerado con las violentas acciones de las fuerzas de seguridad y la redacción del Protocolo de Actuación en caso de marchas y piquetes. “Las cuatro fuerzas que dependen del Ministerio de Seguridad han participado de represiones a la protesta social o laboral”, destacó el trabajo elaborado por un grupo interdisciplinario de especialistas, y aclararon que “si bien el protocolo no se ha empleado, resulta vigente y presto a ser utilizado cuando se lo considere”.

Sobre los derechos migratorios advirtieron por la creación de un “lugar exclusivo de detención” o cárcel para las personas infractoras a la Ley 25.871 (de Migraciones), a partir de un convenio suscripto entre la Dirección Nacional de Migraciones y el Gobierno porteño. “Tiende a la segregación y al reforzamiento de los estigmas creados en cabeza de los migrantes, vulnerando el artículo 20 de la Constitución Nacional, así como el propio preámbulo”.

En el plano de la salud denunciaron la “discontinuación” de los medicamentos para pacientes con HIV, una reducción en la cantidad de remedios disponibles en la cartilla del PAMI, la derogación del programa “Qunita”, que “disminuía” la mortalidad materno- infantil, y el retiro de los equipos territoriales que se “ocupaban de desplegar actividades de prevención y promoción de la salud en los barrios más postergados”.

También mencionan como menoscabo del derecho a la salud la interrupción de una licitación ya iniciada para compra de preservativos, lo que generó “faltantes y derivó en un aumento de un 35% los casos de sífilis”, y la puesta en marcha de la Cobertura Universal en Salud (CUS). “(El plan) escondió el objetivo de avanzar hacia un sistema de aseguramiento, que indefectiblemente acabará aumentado la inequidad. Al mismo tiempo, se instala el concepto de ‘cobertura’ como acción posible desplazando al de ‘derecho’ como acción concreta y exigible”, señalaron.

“El proyecto incluye un debilitamiento del sector público a todo nivel, y la generación de empresas administradoras jurisdiccionales del seguro, que compitan por la oferta de servicios de salud con una lógica de mercado, agregando más intermediarios privados al negocio”, añadieron sobre el CUS.

En materia de educación observaron la desactivación, reformulación o descentralización de los programas CAI (infancia), CAJ (jóvenes), FiNes (primaria y secundaria), de Orquestas infantiles-juveniles y el Conectar Igualdad. “Esta decisión pone en alto riesgo su continuidad debido a las dificultades económicas que caen sobre las administraciones provinciales y municipales”, afirmaron.

Asimismo, cuestionan el modo de evaluación estandarizada “Aprender”, la implementación del proyecto Educar por argentina, a cargo de una “dudosa” fundación, que contrata profesionales voluntarios para enseñar en las escuelas en paralelo con el rol docente, y la reducción del presupuesto universitario y para sueldos docentes, por debajo de la inflación real.

Otro derecho vulnerado, según el ODH, es a la vivienda. “Macri no construyó vivienda social y desactivó programas virtuosos como el Pro.Cre.ar”, expresaron, tras analiazr los nuevos y a “engorrosos” requisitos para beneficiarios, que “imposibilitaron el acceso a la primera vivienda a miles de personas”. Las mismas críticas cosecharon los escasos créditos hipotecarios en Unidades de Vivienda (UVIS), ajustables por inflación, diseñados por el Banco Central y los ofrecidos a través del Banco Ciudad. “Resultaron un fracaso rotundo y no cumplieron con garantizar el derecho a la vivienda digna”, enfatizaron.

El apartado Memoria, Verdad y Justicia del balance anual del Observatorio es de los más preocupantes. “Se proyectó un discurso oficial negacionista; se propició la prisión domiciliaria para los genocidas mayores de 70 años; se boicoteó la investigación sobre los responsables civiles por delitos de lesa humanidad, y el Estado se retiró de su rol de querellante en determinadas causas”, plantearon.

Por último, subrayaron una embestida contra el derecho a la integridad física con el uso de las pistolas de descarga eléctrica marca Taser, consideradas por organismos internacional como elementos de tortura, en manos de la Policía Metropolitana.
El ODH aseguró que todas estas vulneraciones fueron acompañadas por una cobertura mediática que formaron un “paraguas” que “amparó al Gobierno del repudio popular a buena parte de sus medidas”, pero también con una “campaña de comunicación 2.0”, desde las redes sociales y los asesores de marketing.

“Teniendo en cuenta la densidad de las medidas antipopulares y restrictivas de derechos que ha llevado a cabo la actual gestión nacional, este dispositivo (mediático) que combinó las nuevas y las viejas tecnologías logró disminuir el costo político que pagó el presidente y su coalición”, aseveraron.

“Dependerá de coordinar mejor la fuerza de las organizaciones que defienden los derechos de las grandes mayorías. El acumulado de resistencia, las propias limitaciones políticas de la alianza que gobierna y el ingreso a un año electoral dan cuenta del complejo panorama que le aguarda al presidente y su equipo a la hora de seguir restringiendo derechos”, concluyeron.*

* http://www.ambito.com/866009-lapidario-informe-sobre-cumplimiento-a-los-ddhh-en-el-primer-ano-de-cambiemos

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El ascenso

Por Federico Cannizzaro

Beto se había ido como, luego supimos, se estaban yendo muchos en ese momento, y con él se fueron tantas cosas que costaba pensar en lo que nos quedaba. Yo también me fui un poco con él, o con todo eso que nos dejó su ausencia; lo abrupto de su partida nos dejó tambaleando en tiempos en los que necesitábamos estar de pie. Yo me quedé de este lado del río y de la realidad, pero también me fui en cierto modo, porque estar aquí no era estar del todo, algo nos oprimía y no podíamos nombrar esa fuerza que de a poco se nos instalaba adentro; y también afuera en la ciudad, que ya venía siendo otra cosa completamente distinta a la que estábamos acostumbrados a ver, se oscurecía. El olor a malta y río con el que crecimos, ese sabor nuestro, de entreacasa, que percibíamos en cualquier esquina de la ciudad, nunca dejó de hacernos saber que estábamos, como siempre, en Quilmes, pero lo cierto era que nos caíamos, nos estábamos cayendo en un pozo y la ciudad pozo nos hundía con Beto, con lo que Beto nos dejaba. Porque Beto se fue, se tuvo que ir o se lo llevaron, y esas tres posibilidades de pensar en su suerte nos conectaba con nuestra propia ausencia.

Siempre fuimos tres, Beto Robledo, Carlos Peralta y yo; amigos desde siempre, nos unían muchas cosas que nos venían de antes, la ciudad, el barrio, la misma cuadra, pero mucho más nos aferraba eso que habíamos elegido, decidido y tomado de niños como si fuésemos adultos con cordones desatados, éramos hinchas de Quilmes; Cerveceros, como nos gustaba proclamarnos en la escuela y en la vida, como si de esa manera afirmáramos aún más nuestra elección; porque de Quilmes obviamente éramos, habíamos nacido aquí, todos los quilmeños son de Quilmes, pero Cerveceros no todos y nosotros sí, y esa era nuestra razón de ser. Pensábamos que ver a Quilmes con ojos Cerveceros era ver dos veces una misma cosa pero distinta, especial. Tal vez por eso, años después, comenzamos a percibir que en cada detalle la ciudad se nos estaba escapando; había algo, luego todos lo comprendimos, que contrastaba fuertemente lo que sucedía en la cancha con lo que estaba pasando en la ciudad. La cancha se llenaba, la gente iba en multitudes, pero la ciudad 2 perdía sus pasos y sus paseantes; las casas cerraban sus puertas, la cuadra apagaba la luz. Algo o alguien se había adueñado de nuestra ciudad y nos la quitaba de a poco.

Fuimos creciendo juntos, los sábados en Guido y Sarmiento, en nuestra ciudad, mucho antes de todo, mucho antes de lo de Beto. Empezamos yendo los tres cuando comenzamos el secundario y podíamos cuidarnos solos. Nos juntábamos en la casa de Carlos y caminábamos hasta la cancha. Luego los años, la facultad y nuestras vidas fueron modificando ese ritual y nos encontrábamos directamente en los tablones más altos del codo que daba a la sede social. Para ese entonces peleábamos el ascenso a primera, pero de a poco algo empezaba a decirnos que la pelea era por algo más; no teníamos del todo claro qué era, pero sentíamos que algo tiraba para abajo y nosotros saltábamos sobre los tablones como queriendo soltarnos de esa presión.

Se venían los últimos partidos del campeonato y el ascenso se perfilaba a una realidad. La ciudad entera estaba en la cancha, pero esa tarde Beto no vino. Con Carlos pensamos, o tal vez preferimos limitarnos a pensar, que estaba preparando exámenes o cursando en la facultad, porque la ciudad estaba vacía, jugaba Quilmes, y no hubiese sido lo mejor que la tarde lo encontrara demorado en la calle, caminando hacia la cancha para poder estar. Ganamos dos a uno y el ascenso se definía en casa si lográbamos al menos un empate de visitante. Salimos de la cancha y caminamos hasta la peatonal; la gente buscaba rápido sus destinos, nadie quería demorarse mucho. Apuramos el paso nosotros también, contagiados por la multitud que huía con el sol y le escapaba a la noche, que ya le ganaba a la ciudad. Hablamos poco de la ausencia de Beto esa tarde pero no dejábamos de pensar en eso; sabíamos bien que jamás se perdería ese partido, en ese momento, con tanto por ganar, con tanto que afirmar. Caminamos esas cuadras buscando a Beto, sin decirlo, entre los últimos hinchas que se perdían doblando la esquina; esperábamos verlo aparecer de repente y abrazarnos los tres después de semejante victoria, queríamos contarle cada detalle del partido que se había perdido por culpa del examen, del demorado tren o de lo que fuese; pero la ciudad ya estaba vacía, volvía a ser ese desierto al que tanto nos estábamos acostumbrando, como a la sensación de que un tigre hambriento comenzaba a merodear. Me despedí de Carlos en Mitre y Rivadavia, nos veríamos el sábado en la estación para 3 tomar el tren y buscar ese punto de visitante. Caminé unos metros y miré hacia atrás, busqué a Beto una vez más. Me resistía un poco a todo esto.

Salir de la ciudad nos daba una tregua a Carlos y a mí, probablemente también a los cientos de hinchas que viajaban con nosotros en el tren; alejarnos un poco nos liberaba de algún modo de ese estado de hundimiento en el que nos tenía la ciudad, buscábamos el ascenso. Beto no viajó con nosotros, y al igual que el sábado anterior tampoco estuvo ese día. Comenzábamos a asimilar su ausencia. No teníamos modo de buscarlo más que por un pequeño itinerario que agotamos rápidamente con la habitación que alquilaba en Caballito, que la había abandonado sin aviso ni sus cosas, y la facultad, donde hacía varios días que nadie sabía nada de él. Buscarlo en la ciudad no fue una opción. Conseguimos un empate en el Oeste y sólo restaba lograr el triunfo en casa.

Federico Cannizzaro recibiendo la coronación en el estadio Centenario junto a su hija.

Federico Cannizzaro recibiendo la coronación en el estadio Centenario junto a su hija.

Ese último sábado en Guido y Sarmiento la cancha estaba como nunca, no entraba un alma; las tribunas se abarrotaban de hinchas que se apretaban para hacer un poco más de lugar y recibir a los que seguían entrando. Faltaban dos horas para el comienzo del partido y la cancha era una marea azul y blanca en permanente movimiento. No podría calcularse la cantidad de hinchas que había, veinte o treinta mil, o tal vez uno solo, no había distinción, era una sola fuerza que empujaba hacia arriba y gritaba, se hacía escuchar en un mismo abrazo en el que nos fundíamos todos los Cerveceros, Carlos y yo. Asomaron las primeras camisetas blancas al campo de juego y el aire se hizo papel, millones de partículas de aire convertidas en papeles azules y blancos cubrieron todo y llenaron nuestros pulmones para volver a gritar con más fuerza. Empezó el partido y la euforia aumentaba, los tablones se arqueaban y devolvían el impulso de un resorte, íbamos a tocar el cielo. Llegó el tiro libre y el primer gol, y con él un cerrojo estallaba, algo se abría. Abracé a Carlos, que reía con lágrimas en los ojos, comprendí que había visto a Beto mezclado entre la marea. Siguió el partido y seguíamos ascendiendo, no parábamos, no queríamos parar de gritar y cantar, liberábamos una presión que nos excedía. Llegó el penal y el segundo gol y una puerta que se hacía pedazos, la voz de Beto, incofundible, me llegaba con su grito de gol desde alguna parte de la tribuna o de ese mundo en el que se había convertido la cancha.

Terminó el partido y la calle fue una continuación de los tablones, la marea se expandía por las calles de la ciudad. La gente aparecía por todas partes, se abrían las 4 puertas de las casas y salían como de la boca de un subterráneo, se sumaban a la multitud que no paraba de crecer; habíamos logrado el ascenso, salíamos del pozo y con miles de manos apretadas nos empujábamos a la superficie. Caminaba junto a Carlos en la multitud de bombos y banderas, saltando y cantando, no podíamos más, no nos quedaba un hilo de voz pero seguíamos, no podíamos parar. Una cortina de humo azul y blanco nos acompañaba, era nuestro cielo, no había límite, éramos la ciudad. Las bocinas de los autos y la música que salía de algún bar, el griterío y el canto desbordaban el volumen de la calle; un estruendo en el cielo y luego otro más, y ya no nos escuchábamos, y todos éramos uno y Beto con los ojos vendados, atado a una silla, y los brazos lastimados y los bombos que sonaban cada vez más fuerte y saltábamos sobre el tablón de cemento que era la Avenida Mitre y Beto conteniendo la respiración y el grito de dolor y una bengala azul volvía a pintar el cielo y cantábamos, gritábamos y Beto encapuchado, arrojado al baúl de un auto y saltábamos, no podíamos parar de saltar, de agarrar bien fuerte a la ciudad que era nuestra otra vez, y el silencio, y las lágrimas y el miedo y el terror de Beto que se nos escapaba, nos soltaba la mano y el cielo se abría otra vez, y la marea bajaba, y la calle se despejaba, la gente se perdía y se alejaba por las esquinas como disolviéndose en ese instante que nos preparaba para lo que vendría después.

Seguí caminando con Carlos y los últimos hinchas que se iban quedando atrás. Caminamos sin hablar y llegamos a la peatonal; nos despedimos cuando anochecía. Una noche larga era la que iba a comenzar. Caminé, esta vez sin mirar atrás. Seguí buscando a Beto en cada esquina y en cada gol.*

* Cuento Ganador del I concurso de cuentos cortos Quilmes A Contar. http://quilmesac.com/institucion/cultura/noticias/1480702744_el-ascenso,-el-cuento-ganador-de-quilmes-a-contar

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