Braña, entre Cortázar y Bayer

Un crepúsculo, hace cuatro primaveras, visité a Osvaldo Bayer en su casa del barrio de Belgrano. Habíamos forjado una bella relación que derivó en algunos encuentros y varios intercambios epistolares. Pero ese atardecer el viejo estaba muy locuaz. Mis ojos brillaban ante sus palabras.

Un encuentro con Walsh en plena calle Corrientes, en el cenit de la Dictadura, ocupó buena parte de la charla íntima. Los vasos de whisky se iban vaciando, mientras la emoción, sino la nostalgia nos abrazaban.

De pronto, don Osvaldo recordó una historia de resistencia. Más tarde leí que la contó en algún que otro lugar. La cosa es que yo no la conocía y los detalles contados por uno de sus protagonistas excluyentes me erizaron el cuerpo.

Bayer, en el exilio obligado por la última dictadura cívico militar, se puso a la cabeza de una operación política para denunciar el genocidio en la Argentina. Planificó el aterrizaje en nuestro país de un avión lleno de intelectuales y periodistas del mundo para ocupar el suelo patrio en una visita relámpago que alcanzara para mostrar al planeta el cercenamiento de todas las garantías en nuestra nación.

Fue poroteando intelectuales quienes aceptaron expeditivos. Se envalentonó y apuntó alto. Contactó a los premios nobel de literatura Gûnter Grass y Gabo García Márquez. También dieron el sí. Con una condición. Que viajara Julio Cortázar.

El autor de Rayuela, también involucrado en la denuncia de las desapariciones y todas las violaciones a los derechos humanos en nuestro país y el resto de América Latina, se hallaba viviendo en París desde hacía años. Desde allí había defendido, además, las más variadas causas populares y, particularmente, las revoluciones de los pobres en Cuba y Nicaragua. Escribiendo y, muchas veces, también poniendo el cuerpo.

Desde Alemania viajó Bayer a visitar a su amigo. Cenaron, conversaron, rieron. Osvaldo, en una finta, deslizó la propuesta. Cortázar pidió una tregua. Necesitaba pensarlo. A Bayer le pareció extraño pero aceptó.

Finalmente, Córtazar lo llamó y le dijo que no. Que no venía. Que lo disculpara pero que estaba con el cuero cansado de mil batallas y, sobre todo, que estaba enamorado de una joven y bella mujer con quien disfrutaba los últimos días que le quedaban.

Don Osvaldo bajó su vaso y me miró. Hizo un silencio preciso justo antes del remate certero:

-¿Qué le podía decir? Estaba enamorado.

Muchas veces pensé en esa actitud del también autor de Nicaragua tan violentamente dulce. Su negativa frustró el operativo. Bayer y el resto -incluido Cortázar- debieron recurrir a otros métodos para, finalmente, coadyuvar a la caída de la dictadura.

Al principio, condené en silencio a Cortázar. Después lo toleré. Más tarde, lo comprendí. Finalmente lo respeté.

Cortázar había brindado servicios incomparables a los pueblos del mundo que sufren la explotación. Había legado todo su prestigio a esos fines y había colaborado, notablemente, en el afianzamiento exitoso de algunas de esas experiencias. Y con ello, el intelectual brillante se había elevado a ser la voz de los oprimidos.

Y ahora, con Bayer, descubría que el prócer, también era un hombre grande con cansancios, amores y miserias. Y ello no lo hacía menos prócer, lo hacía más humano.

Esta semana, recordé la voz de don Osvaldo. En un sitio más mundano y cotidiano, pero no menos popular. Quizás la comparación sea una demasía. Estimo que no.

A un gigante del fútbol lo cascotearon de todos lados por no hacer lo que muchos esperaban.

Escribo sobre el Chapu. Algunos se desayunaron que el Chapu Braña, un pasionario conurbano y cervecero también tiene otro amor que se llama Estudiantes de La Plata. Y en Quilmes, muchos pibes -y no tanto- levantaron el dedo y acusaron traición o, más suave, falta de compromiso, por no haber vuelto a Quilmes a sus 39 años a jugar en la B.

Yo lo vi distinto. recordé aquel crepúsculo de una primavera no tan lejana. Yo, un agradecido eterno a ese tipo noble, aguerrido y representativo de lo mejor que podemos ser llamado Rodrigo Braña no le reproché ninguna de sus palabras. Pensé en Bayer. Y en Cortázar.

¿Qué le podía decir?

Gracias por todo los que nos dio.

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Falda roja y camisa de seda

Por Facundo Gatti*

Celedonia Flores cruza la placita. Es domingo, está repleta de gente. Nadie la detiene, todos la miran. Los chicos juegan alegremente con sus madres en el arenero, y de fondo se escucha el aliento del público de Quilmes que quiere que su equipo de fútbol le gane a Lanús para conseguir el tan ansiado campeonato. Ya pasaron 38 años del último torneo logrado por aquel equipazo del “Piojo” Yudica y la tensión se sintió durante la semana. Al llegar a la esquina donde suelen parar los amigos de Tortuga, por primera levanta la vista del suelo. Los muchachos no dicen nada, parecen estatuas. Ella sabe que esos idiotas son los que festejaban cada vez que Tortuga les contaba cómo la golpeaba. Celedonia Flores aguantó el maltrato porque Kevin, su pequeño de 3 años, la necesitaba. Y el único momento en que podía estar tranquila era cuando su pareja iba a “El Centenario” a descargar su bronca con los jugadores. Tortuga no era el padre del nene. Kevin era hijo del dueño de la panadería donde trabajaba. Ese era el típico comercio de barrio que a duras penas sobrevivía gracias a la fidelidad de los vecinos. Celedonia todavía recuerda la tapa de la revista “El Gráfico” pegada en una de esas paredes, en la que aparecen Milano y Filardo festejando el gol de Gaspari. Se acuerda porque todos miraban esa portada con atención, como queriendo arrancarla para llevársela a sus hogares. Y lo que también recuerda Celedonia fue su final en esa panadería. La cosa fue así: el viejo asqueroso le dijo que la quería como encargada y después de hacerle el chamuyo, una tarde la violó en el cuartito donde se cambiaba. Cuando se enteró que estaba preñada, la despidió y le dijo que se callara la boca porque él tenía muchas relaciones y la iba a destruir si boconeaba. Celedonia se fue a vivir con su hermana. La Gladys era un poco más bicha. Se había juntado con un camionero que conoció en el baile de la sociedad de fomento. Cuando vino Celedonia a la casa, los hechos cambiaron. Al camionero le gustó Celedonia e intentó propasarse. Ese hecho marcó un quiebre en su relación familiar y mandó al carajo a su hermana. Con Kevin se fue a vivir a la “capillita”, un lugar de refugio para madres solteras que dirigía el pastor evangélico Ismael. Había seis compañeras, cada una con su quilombo pero todas ayudándose. Una mañana Ismael les comentó que El Polaco iba a hacer una presentación en el club y que parte de lo recaudado le tocaría a la “capillita”. Alegres se pusieron a trabajar. Cuando llegó el día soñado el club estaba lleno y el esfuerzo valió la pena. En ese encuentro conoció Celedonia a Tortuga. Fue un flechazo, un flash, un amor a primera vista. Era el milagro de su vida. Tortuga se llamaba Claudio Mansilla, tenía 34 años, había nacido en Pujato, una ciudad de 3 mil habitantes muy cerca de Casilda, en Santa Fe. Le habían apodado Tortuga porque era un tipo lento, demasiado tranquilo, hasta se diría con algún problema de retraso. De lo que siempre se acordaba era de las formaciones de Quilmes. Las memorizaba y las repetía constantemente, como aquel estudiante que practica la lección antes de entrar al colegio. De la que más se acordaba era de la formación del equipo que ascendió a Primera División en 1991. Era usual verlo caminar por la calle y escucharlo decir: “Mulet, Grelak, Escalante, Juarez, Montenegro, Acosta, Rodríguez, Mario Gómez, Colombo, Scime y Ruffini”. Entre esos once jugaba Mario Gómez, con quien compartía el apodo de Tortuga. Tortuga era el quinto hijo de una familia que vivía en el barrio Las Ranas. Su padre, peón del ferrocarril y su madre, costurera. No les sobraba la plata, pero podían darse algunos lujos. Claudio vivió en Pujato hasta los 15 años, momento en que decidió irse del pueblo después de pelearse con su padre, cuando lo encontró en la cama con su hermana, una chica de 12 años. Se lo dijo a su madre pero ésta como única respuesta le dijo: “El mantiene la casa”. Primero se fue a Casilda y vivió un tiempo en la casa de una tía. No conforme saltó a Rosario y allí estuvo a los tumbos hasta que un remisero lo contrató para hacer viajes a Buenos Aires. Así llegó a Capital. Le gustaron las luces, el olor de las pizzerías, las madrugadas con sabor a milongas y las prostitutas. Se quedó. Buscó laburo y consiguió uno de chófer de colectivo en una línea suburbana. Se juntó con Rocío, una repositora de un supermercado y en medio de este clima se le apareció Celedonia, vestida con una falda roja y una camisa de seda que resaltaba sus atributos. Bailaron, cantaron, bebieron y el final esperado fue un encuentro sexual exitoso. La largó a Rocío y se fueron a vivir a Ezpeleta, donde tenía la Terminal la línea de colectivos. Una casita con jardín al frente donde Kevin podía jugar y ellos tomar mate. Con fondo para que Roco pudiera esconder sus huesos y una parrillita para hacer el asadito que tanto disfrutaba Tortuga. Pero un día, cuando tomó el servicio y había hecho seis paradas, dos guachos se subieron al colectivo y lo apuraron, uno le pedía la plata y el otro lo pinchaba con la punta del tramontina. Tortuga se reveló y lo clavaron. Chocó el colectivo y se desmayó. Cuando volvió en sí estaba en la salita y a su lado Celedonia. Durante quince días se encerró en su casa, no hablaba, no comía, no dormía, sólo tomaba. Comenzó a insultar a Celedonia, a castigar a Kevin, a juntarse con los de la plaza, a fumar marihuana, a jugar a los naipes. Ya Celedonia no le gustaba y le dijo que se fuera, que él no la iba a seguir manteniendo, que se buscara a otro. Celedonia aguantó, aguantó por Kevin, aguantó porque pensó que cambiaría, aguantó porque sabía que no era un mal tipo, que eso del asalto lo había quebrado, que seguramente esto era una prueba que el Señor le mandaba para ver si podía ser feliz. Tortuga no cambió. Tortuga empeoró. Salió de caño con los muchachos de la plaza. Empezó a pegarle cada vez que volvía sin plata y borracho. Una noche agarró a Kevin de los pelos y lo tiró al patio “así se lo comen las ratas”. Celedonia aguantó, fue a ver a esa señora que hablaba con las mujeres golpeadas. No quiso hacer la denuncia por violencia de género porque en la comisaría le decían: “¿Estás segura nena…? Mirá que si no estás segura esto corre como falsa denuncia…”. Lo llevó a Kevin a la casa de su vecina quien conocía todo el calvario, le dijo que tenía que hablar a solas con Tortuga. Cuando volvió Claudio Mansilla, ella lo estaba esperando con la falda roja y la camisa de seda desabotonada, sin corpiño, perfumada y maquillada. La vio y se le tiró encima, le arrancó la pollera y cuando estaba por consumarse el acto sexual, Celedonia le metió 20 puñaladas. Lo dejó morir. Se duchó, se puso el jean y una remera amarilla que decía “NI UNA MENOS”. Salió a la calle, era domingo, el sol le regalaba a la tarde su esplendor. Caminó por la calle de tierra hasta la placita y la cruzó en diagonal. Al llegar a la esquina se encontró con los muchachos que parecían estatuas. Siguió caminando, un aire fresco le llenó la cara, un viento de cambio empezaba a soplar. De repente escuchó un grito de gol. Y pensar que en la cancha de Quilmes no había público visitante…

* Cuento elegido entre los primeros tres del concurso Quilmes A Contar

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Desigualdad

“La ley está para proteger a los buenos, pero ¿Quién NO se cree bueno?”*

Por Vera Carnuccio**

Tomando esta frase disparadora daré comienzo a un análisis crítico respecto al derecho y su relación con la inseguridad. Para ello utilizaré conceptos extraídos de la idea de Tupacamaria*** acerca de dicha temática. Entendemos que dentro del concepto inseguridad pueden observarse derechos vulnerados. Esta, es una visión global en la que todxs coincidimos. Ahora, pues, comienza el debate cuando se analiza que derechos y quienes son los vulnerados.

Partiré por definir el término: la inseguridad se entiende por crímenes callejeros relacionados con el robo de objetos materiales.

Partiendo de dicha definición entendemos que el derecho vulnerado es del sujeto al que le expropian por la fuerza su objeto material. Ahora bien, si comenzáramos un escalón más abajo y diéramos origen al análisis a partir del porqué de la inseguridad, (es decir, de un sujeto que roba y otro que es robado) quizás la búsqueda de la vulneración e derechos se volvería mas abarataba.

Los crimines callejeros surgen a partir de la desigualdad social, y la desigualdad social surge a partir de la acumulación de riquezas, y un sistema capitalista que sustenta este modelo de vida, que se retroalimenta tanto con las clases dominantes como con las clases medias e incluso con lxs sujetxs mas perjudicadxs económica y socialmente. Por lo tanto, el sujeto robado ha de ser poseedor de bienes que el sujeto ladrón carece. Si bien aquel objeto material no es imprescindible en la vida de ningunx, se observa en ese acto una desigualdad contundente entre unx y otrx, regida por los bienes materiales.

En ese instante el sujeto robado siente que le arrebataron algo más que dicho objeto en sí, le arrebataron la dignidad que significaba tenerlo, es decir, el tiempo y el esfuerzo que ha dedicado para obtener aquella cosa que era tan difícil de conseguir, pero tan fácil de perder. Entonces, ¿Este sujeto, se siente vulnerad por aquel ladrón? ¿O se siente vulnerado por el sistema que nos hace creer que si nos esforzamos obtendremos cosas que en realidad de un día para el otro pueden ser nada? Cosas que ni siquiera son elementales para una vida digna, aquella vida digna que nosotrxs tenemos y que aquel ladrón no tiene. ¿Y la responsabilidad de ello de quién es? ¿Del sujeto que roba o del sistema que sostiene y promueve este mecanismo establecido?

Una vez analizado el contexto del sujeto robado analizaré el del robador. Nos encontramos en una sociedad en la que la calidad de vida digna se rige a partir de la calidad de los bienes materiales que poseamos, sean o no prescindibles en nuestra vida, sean o no productivos para un bien común. Pues en una sociedad que esta educada en pos de una calidad de vida relacionada directamente con el consumismo, ¿Cómo podemos pretender que no traiga consecuencias para quienes quedan por fuera del consumismo? Primero deberíamos entender por qué queda gente fuera. ¿Es realmente sólo mérito? ¿Sólo hay que tener voluntad para tener una vida digna? Si es así esto significaría que los millonarios son las personas más “eficientes”, trabajadoras y productivas mientras que los pobres son los más ineficientes ¿Y qué hay de aquellas personas de clase media baja que trabajan día y noche pero aun así no llega a fin de mes? Cuando se hace referencia al empleo, y a las búsquedas de las empresas y los organismos, observamos una serie de requisitos desde la labor en sí, hasta las características que debe tener el empleado. Pues bien, un sujeto que se encuentra desempleado, en situación de calle, sin acceso a una economía básica para comprar un diario y ver las búsquedas solicitadas, o incluso para ir un ciber ¿Podría cumplir con los requisitos demandados por la empresa? ¿Se encuentra en condiciones favorables? O utilicemos un ejemplo más cercano: Un joven de 20 años sin estudios, proveniente de un barrio humilde con calles de tierra ¿Cumple con aquellos requisitos? Aquí podría mencionarse “si hubiera estudiado quizás no le haría falta trabajo”. Pues ¿Estos dos sujetos anteriormente mencionados están en condiciones de acceder a la educación – por más “libre y gratuita” que se demuestre- cuando el acceso a las inscripciones ya requieren de una pc y acceso a internet? En este recorrido se observan a simple vista tres derechos vulnerados: vivienda, educación y trabajo.

Existiendo sujetos que se encuentra absolutamente al margen del sistema, vulnerados en una serie de derechos elementales para una vida digna, es suficiente motivo para no focalizar la búsqueda del problema allí. Se suele poner como eje conflictivo al sujeto, considerando que existen sujetos que “roban porque quieren” (lo cual no considero real ya que es probable que si ellxs pudieran valer sus derechos vulnerados no se encontrarían en la situación que están) pero dicha culpabilización no sería eficaz ya que aunque así fuera, la raíz del conflicto se encuentra en otros puntos. La discriminación, la desigualdad, la obscenidad que reflejan las diferencias visualmente a diario entre clases, son violencia, violencia que atenta contra la dignidad de sujetxs que no pueden acceder a cosas que otrxs si, y que a su vez son mal vistos por esa inaccesibilidad que carece de alcance individual que se vende como mérito propio pero que se rige por la misma desigualdad.

* Frase extraída de la serie “Mentira es la verdad” de canal Encuentro, capitulo “La ley”.

** Estudiante de Pedagogía Social. Artículo escrito como examen final de la materia Promoción de Derechos Humanos a cargo de Demian Konfino.

*** Del libro “Hasta el amanecer de Tupacamaria” de Demian Konfino.

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La cubana Nuria Barbosa en Argentina

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Crónicas Villeras

Portada original del VHS: Tapia camina sobre una villa 31 arrasada.

Sobre el intento erradicación de las villas porteñas y la digna resistencia villera: “Buenos Aires – Crónicas Villeras” de Marcelo Céspedes y Carmen Guarini.

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Semblanza escrita en ocasión de la muerte de Paco Urondo por Rodolfo Walsh

Mi querido Paco:

Me han pedido que escriba una semblanza tuya. Es lo último que yo hubiera querido escribir, pero me doy cuenta que es necesario que alguien empiece a decir algo de tu hermosa vida, antes que otros, con más capacidad, puedan estudiarla junto a tu obra.

Lo primero que me acude a la memoria es la frase de un poeta guerrillero checo, al que mataron los nazis, que dejó escrito: “Recuérdenme siempre en nombre de la alegría”.

Para nosotros, Paco, la alegría era muchas cosas de cada día: la compañera, la hija, el hijo y los nietos, un truco, un verso, una ginebra. Pero más que nada era una certidumbre permanente, como una fiebre del día y de la noche que nos hace creer que vamos a ganar, que el Pueblo va a ganar.

Es en nombre de esa última alegría, la que vos no viste y yo no sé si voy a poder ver, que te escribo. Tal vez por ahí me salga la semblanza.

Te lloramos, hombres y mujeres, quién podría no llorarte.(…)

En estos días que han pasado desde que te mataron, me he preguntado qué es lo importante de tu vida y de tu muerte, qué cosa te distingue, qué ejemplo podríamos sacar, qué lección nos dio Francisco Urondo.

Tengo una respuesta provisoria en las cosas evidentes que pudiste ser y en las más desconocidas que elegiste.

Llegaste a los cuarenta años con la pasta de los grandes escritores, que no es más que una forma de mirar y una forma de escuchar, antes de escribir. El problema para un tipo como vos y un tiempo como éste, es que cuando más hondo se mira y más callado se escucha, más se empieza a percibir el sufrimiento de la gente, la miseria, la injusticia, la crueldad de los verdugos. Entonces ya no basta con mirar, ya no basta con escuchar, ya no alcanza con escribir.

Pudiste irte. En París, en Madrid, en Roma, en Praga, en la Habana, tenías amigos, lectores, traductores. Podías sentarte a ver desfilar en tu memoria el ancho río de tu vida, la vida de los tuyos, volcarlos en páginas cada vez más justas, cada vez más sabias. Con el tiempo quién lo duda, habrías figurado entre esos grandes escritores que eran tus amigos, tu nombre asociado al nombre de tu país, pedirían tu opinión sobre los problemas que agitan al mundo.

Preferiste quedarte, despojarte, igualarte a los que tenían menos, a los que no tenían nada. Lo que era tuyo era fruto de tu esfuerzo, pero igual lo consideraste un privilegio y lo fuiste regalando con una sonrisa. (…)

Estuviste preso, sobre el fin de la dictadura de Lanusse. En la cárcel, sin esperarla, volvió la literatura. Esa noche del 25 de mayo de 1973, cuando el pueblo victorioso embestía contra los muros de Devoto y centenares de compañeros festejaban la libertad inminente, te encerraste con los sobrevivientes del fusilamiento de Trelew y una grabadora. Escuchaste, mientras en la calle subía ese rugido impresionante de la multitud empujando la reja “¡abran carajo, o se la echamos abajo!”. Escuchaste como nunca, atento a cada temblor en la voz de los que habían resucitado del espanto. Manejaste esa historia como de chico debiste manejar el bote, allá en tu río, dejándote llevar por su corriente, con apenas un toque de tu pala –una pregunta- para enderezar el rumbo. Allí fue más cierto que nunca que escribir es escuchar. De ese impecable ejercicio de silencio salió La patria fusilada, un libro que ya no era tuyo, porque era de muchos. (…)

No te hacías ilusiones sobre la supervivencia personal. En todo caso, estabas preparado para la muerte, como las decenas de muchachos y muchachas que se juegan diariamente en una pinza, en una operación. O más bien como decías en uno de tus poemas: “Anoche soñé –seguía diciendo el soldado- que mi hija y mi nieto nacían simultáneamente en este mundo que vendrá. Ahora puedo morir en paz, aunque sería mejor que esto ocurra dentro de mucho tiempo”.

No fue tanto, cuando te llegó el momento –en una cita de rutina y te batiste. Ellos eran demasiados en esa tarde aciaga. Un coronel te insultó en un comunicado, los diarios no se atrevieron a publicar tu nombre, te iban a enterrar como a un perro cuando te recuperamos.

Era el fin de una parábola. Son los pobres de la tierra, los trabajadores secuestrados, los torturados, los presos que fusilan simulando combates. Son las masas las que van a sepultar a tus verdugos en el tacho de basura de la Historia.

No soy quién para decir cuál fue tu mejor libro, tu mejor cuento, la mejor línea de tus poemas. Pero pienso que tu obra literaria, tan inseparable de tu vida, nos va a ayudar a resolver esa pregunta tan trillada sobre lo que puede hacer un intelectual revolucionario.

Puede hablar con su pueblo y de su pueblo poniendo en ese diálogo lo mejor de su inteligencia y de su arte; puede narrar sus luchas, cantar sus penas, predecir sus victorias. Ya eso es suficiente, ya eso justifica. Pero vos nos enseñaste que no le está prohibido dar un paso más, convertirse él mismo en un hombre del pueblo, compartir su destino, compartir el arma de la crítica con la crítica de las armas. Gracias por esa lección.

Rodolfo Walsh.*

*Semblanza escrita en ocasión de la muerte de Paco Urondo. Julio de 1976.

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“13 puntos”

Presentamos el cuento galardonado con el segundo puesto del concurso literario del QAC: Quilmes A Contar.

Autor: Octavio Rogelio Echevarría.

No hay caso, el dolor no se me pasa con nada. ¿Que si me están dando analgésicos? De todos los colores y por todos los lados. Tengo el estómago perforado y los brazos como un colador. Usté me entenderá porque tiene esa pierna que Dios me libre. Pero son buenos los médicos acá. Y más… las enfermeras. Son un amor. En este hospital nací yo, así que imaginesé si tengo una historia acá. Hasta el olor, esa cosa que a otros les da sensación de enfermedad, a mí me encanta.

Hace como 3 días que estoy internado. Habré llegado medio día después que usté. Sólo que usté estaba inconsciente todavía. Llegué a escuchar del accidente en la ruta 8, lo dijeron por la radio. Hasta escuché las sirenas. Vivo cerca de la ruta, del otro lado. Por la cancha de Rivadavia. ¿Conoce el Coloso de la calle Sarmiento? Bueno, yo siempre indico mi casa así, no podría hacerlo de otra manera. Yo ya me voy, pero si le dan el alta y no tiene en donde quedarse, puede pasar por casa. Lugar hay. Y llegar va a llegar. Pregunte por el hincha de Quilmes. Soy el único cervecero de Venado Tuerto. Y nacido acá, eh. Nada de que vine de chiquito o cosas así. Nacido, criado y de padres venadenses. Es cierto que hubo alguien… Mi abuelo materno. Tenía un amigo, muy amigo, un tal Martini, que conoció en la colimba. Después del servicio se siguieron viendo y mi abuelo lo visitaba en Buenos Aires. Bueno, en Quilmes. Cerca de la cancha. Y ahí fue la primera vez que fue a ver fútbol profesional. Se quedó enamorado de esos tablones. Y de chiquito me transmitió ese amor. Me hablaba de Maschio, de Dellacha, Pedro Dellárea. Un desagradecido de mierda, me decía. Bueno, tenemos un camión lleno de desagradecidos de mierda. ¿Que si los desagradecidos no somos nosotros? No sé, no lo había pensado. No, tengo razón. Son unos hijos de puta algunos. No podés escupir la mano que te dio de comer. Mire: usté me invita a su casa. Me abre la puerta de su hogar y de su heladera… y después yo voy por ahí diciendo que tiene la leche vencida y otras boludeces. ¿Qué soy? Animesé, animesé… soy un reverendo hijodemilputas. Así son estos jugadores desagradecidos de mierda y hijosdemilputas. Pero no se confunda, no todos fueron iguales. Así nomás le puedo nombrar a Ismael Villegas, el Mono, que es de acá, como nosotros. Un ídolo. Un habilidoso de los que ya no hay. Horacio Milozzi. Y el Indio, por supuesto… Mire, lo nombró nomás y ya me emociono.

Usté estaba inconsciente, como le decía, y no me vio. Se lo ve bastante bien ahora, igual, eh. Llegué el domingo a la noche. Yo estaba consciente por desgracia. Porque me dolía hasta la muela de juicio que me sacaron el año pasado. No hay nada como un poco de inconsciencia, es como dormir sin sueños, me dijo mi cuñado. Él estuvo en coma una vez. Fue lo más apasionante que le pasó en su puta vida. No, para mí lo mejor fue hace 5 años en la cancha de Central. ¿Cómo que qué pasó? ¡No! ¡Qué mierda va a salir campión Central! Salió el cervecero. Sí, sí, señores, yo soy de Quilmes. Una fiesta. Y fue un regalo para mí, para mi abuelo. Quilmes nos vino a buscar acá a nosotros. ¿Vio ese dicho de Mahoma y la montaña? Que si Mahoma no va a la montaña, la montaña viene a Mahoma. ¿Cómo que es al revés? No tiene sentido al revés. ¿Está seguro? Bueh, es igual. El caso es que nosotros siempre que pudimos fuimos a ver a Quilmes a Guido y Sarmiento. Claro, para usté no significa mucho que le nombre esa esquina pero para los hinchas de Quilmes es como nuestra segunda casa. Y muchas veces, la primera. Nunca sentimos que fuera una locura hacerse casi 400 kilómetros para ver al club que te acelera el corazón. Porque en el viaje de ida, esa expectativa de la fiesta, es maravillosa. Y después los comentarios del partido, de la gente, del hijo de puta del referí. No, si perdíamos era una cagada, era una tremenda cagada. Era volver con cara de culo y casi sin hablarnos.

Ay, me duele la cabeza. Me duele cuando me río. Cuando estoy serio no me río, entonces me duele un poco menos. Lógica pura. Como el dicho de Mahoma. Al revés no tiene sentido.

Pero fue como un regalo que saliéramos campiones acá, tan cerca de mi abuelo y de mí. Lo único que nos perdimos fue la caravana de vuelta a la ciudad de la cerveza. La ciudad de la cerveza es Quilmes. Usted se pierde fácil, viejo. ¿Está seguro que el de la herida en la cabeza soy yo? Me duele todo pero en la cabeza me dieron el botellazo. Me agarró de lleno el guacho. Todavía, si miro para arriba, veo las estrellas. Es normal, me dijo el médico. “Si mira para el cielo, ve las estrellas. Si mira para el campo, las espinas”. Me hubiera reído del chiste si no me doliera tanto.

Nos perdimos la caravana de la gloria por la ruta, todo azul y blanco, todo festejo, todo alegría por el campionato. Nosotros veníamos tocando bocina por la 33 con mi abuelo, como dos pelotudos. La gente nos abría paso porque creía que íbamos al hospital de urgencia. Pensaban que la bandera era un pañuelo. Cuando pasábamos cantando no entendían nada. Jaja. Ayayay. Me olvido que no tengo que reírme.

Llegamos a casa y nos abrazamos con todos, hasta con los vecinos. Ellos se pusieron contentos también. Le habían tomado cariño al equipo por nosotros. Mi abuelo era un tipo muy querido en el barrio. La gente de antes era distinta. Ahora no respetan un carajo. Pero los vecinos son gente de antes, sigue siendo un barrio de gente de muchos años.

El año pasado no pudimos ir a ver las finales con Ferro. Mi abuelo estaba muy enfermo ya. Y en diciembre murió, antes de las fiestas. Yo sentí que se moría un pedazo de mí. Estuve deprimido por eso y, para colmo, descendimos. Usté dirá: “Qué pelotudo este tipo. Que se muera el abuelo y descender es lo mismo para él”. No es igual. Pero para mí, Quilmes es mi abuelo y mi abuelo es Quilmes. No puedo separarlos del todo. Es su gran legado. Es como si las dos cosas fueran lo mismo para mí. ¿Cómo dice? ¿Homo…? No, señor. ¿Homo…loga? ¿Que son homólogas? A la pipeta. Usté sí que sabe. Debe ser como usté dice, nomás, lo de la montaña. Aunque ya no me acuerdo como era ni cómo decía usté.

Ay, cómo me duele. Pero a este botellazo lo recibí por Quilmes. Es decir, por mi abuelo. No. No estoy yendo a la cancha, hace mucho. Tampoco en el barrio. No me peleo con nadie. La gente se ríe de mí, pero tranquila. No me joden. Es hincha de Quilmes y bueh. Mi hemano dice que es hincha de Ñuls. Imaginesé. Es como ser hincha de una fábrica de heladeras. ¿Y qué? ¿Me voy a cagar a piñas con mi propio hermano? No, para nada.

Se lo ve mejor, amigo. De mejor talante. Si lo ve jugar al Indio Gómez se levanta y se pone a bailar. Cierto que no le gusta el fútbol a usté. Un intelectual. Medio raro. Pero tenía razón con lo de Mahoma. Si él no iba a la montaña, la montaña venía a él. ¿Ah, no? Entonces no tiene sentido.

En el trabajo nos encanta el fútbol. En la fábrica de ollas. Las Essen. Por ahí las sintió nombrar pero como es un intelectual, por ahí no. ¿Ah sí? Son buenísimas. A mí me salvaron porque mi señora me tenía las bolas por el suelo de tanto bife con ensalada. Y ahí mete de todo y queda rico. Solamente le agrego sal, je, como mi abuelo. Uno cada tanto se hincha las bolas y dice “no me hago más malasangre”. No, en el trabajo, no. Con el fútbol. Cuando nos fuimos a la B el año pasado dije “chau, perdoname abuelo, pero estos hijos de puta me van a llevar al lado tuyo antes de lo pensado”. Y no quise saber nada de nada con el fútbol. Pero en la fábrica le dan mucha importancia. Como yo, bah, si no fuera por la muerte de mi abuelo y por el descenso del año pasado. Estaba haciendo una especie de duelo doble. Pero aunque trato de no engancharme con el fútbol, porque la verdad que escuchar partidos con Villa Dálmine, Almirante Brown o Italiano me resultan de lo más deprimente; no puedo dejar de participar de la boleta del prode del trabajo. Un poco porque soy buen compañero y otro poco porque si ganan todos ellos y me quedo afuera, me voy a querer cortar las bolas. ¿Se imagina el lunes yo solo en la fábrica? Me moriría de bronca. Todos desfilando para apretarse los huevos delante del jefe y yo laburando como un boludo.

Me vinieron a buscar el domingo a la tarde, después de los partidos. Ya se habían escuchado las sirenas y el quilombo de su coche. Fuimos con mi hermano, incluso, a ver el lugar del accidente. Solamente viendo su auto uno supondría lo peor, pero se lo ve bastante mejor que a su auto. Los fierros se arreglan. Y si no se arreglan, lo único que se pierde es plata. Hablando de la plata, los muchachos ya la estaban contando. “Che, Pochi, hicimos 12 puntos y falta sólo un partido que empieza ahora”. “¿Qué partido falta?” “Quilmes contra Chacarita” me dicen. “¿Y qué le pusieron?”, pregunté, admito que con muchísimo miedo. “Chacarita”, me dice el Tano Ferraresi, que tiene apellido de jugador del ascenso, el muy hijo de puta. “Es el local”, me dice como si argumentara a lo Perry Mason en el final de la película. Desde ese momento, me maliciaba lo peor. ¿Quiere que le cuente?

Fuimos al bar, cerca de la fábrica. A los pocos minutos, Chaca se puso 1 a 0. Mis compañeros gritaban enloquecidos. Yo no podía. Pensaba en mi abuelo, en su primera vez en una cancha profesional, pensaba en la gloriosa tarde de Rosario, en cancha de Central. Tantos lugares para salir campión en casi 100 años de historia y venir a salir acá, a la vuelta de casa. Así terminó el primer tiempo y así transcurrían los primeros minutos del segundo. Algunos planeaban comprar la fábrica, otros iban a cagar a trompadas al patrón. Yo ni reírme podía. Como ahora. Pero ese dolor, era todavía más fuerte. ¿Sabe una cosa? No me dolía que Quilmes fuera perdiendo. A uno, de tantos descensos se le va haciendo como una cáscara. Uno de tanta derrota, ya arranca perdiendo. Siempre estamos perdiendo 1 a 0 en el corazón. Así que el primer gol es para gritarselo en la cara a la mala suerte, al destino, a quien quiera que sea. Pero es una estrategia, es para que no duela tanto, nada más. Pero lo que me dolía, lo que me laceraba el alma, era mi popia contradicción. Porque en vez de querer agarrar plata, contra mi propio bolsillo, contra mis propios compañeros; le estaba pidiendo a mi abuelo un gol de Quilmes. A él, que estaría sentado al lado de Cristo, susurrándole al oído que los de enfrente eran amargos, como las gallinas y los bosteros. Y estaba seguro, muy seguro, de que me iba a escuchar. El chueco Mansera también rezaba. Le pedía a Dios desesperadamente, que hiciéramos 13 puntos. Y llegó el empate… ¿puede creerlo? A los 40 y tantos del segundo. Y juraría que lo vi a mi abuelo saltando con bandera, gorro y vincha, al lado del Altísimo, que también saltaba y gritaba enloquecido. ¿Como no unirme a ese festejo? Si era como una Pascua. Me subí a la mesa y agite los brazos y quería llegar al techo y abrazarlos, como si el cielorraso fuera menos raso por una sola vez. Fue lo último que pensé. Y sentí un cabezazo en el estómago y caí redondo. Y me agarraron entre todos: Ferraresi, Seppaquercia, Valdivia… todos apellidos del ascenso tienen los hijos de puta. Y me insultaban en todos los idiomas, como contaba mi catequista en la historia de la torre de Babel. Supongo que ver cómo se te escurre la fortuna entre los dedos, debe ser como presenciar el incendio de tu casa. Capaz que los entienda cuando vea su auto hecho pelota. Creamé que hasta el botellazo del final, sentía que me la aguantaba. Pero a partir de ahí, me terminaron de abandonar las pocas fuerzas que me quedaban. Y acá estoy. Por gritar un empate, nada más.

Al final, hay que creer o reventar. Porque Dios se las arregla para complacer a todos. No como el Mahoma ése, que no nos puede hacer poner de acuerdo. ¿Que por qué se lo digo? Porque con un gol nos arregló a mí, a mi abuelo y al pedido del chueco Mansera. ¿Sabe cuántos puntos me dieron los médicos en la cabeza? ¡Me dieron 13 puntos los hijos de puta!

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