Operativo Mataderos: La nueva novela negra de Demian Konfino

Ediciones Ciccus presenta la nueva novela negra de Konfino, un thriller que puede emocionar, entretener y, también, invitar a alguna reflexión sobre la vida y la muerte en los suburbios de Buenos Aires.

Publicado en Marcha*

Barras de Chicago, represores reciclados en democracia, gatilleros de poca monta y lumpenaje de bajos fondos rodean la trama intentando que todo quede como está.  Haciendo equilibrio entre Ciudad Oculta y los pasillos del Ministerio de Defensa, la Dra. Amarilla –la heroína que ha creado Konfino en “La Mala” (Ciccus, 2017)– blande sus mejores armas y deja a la intemperie sus debilidades más explícitas. Sin embargo, su experiencia,  forjada a sangre, fuego y traiciones, la convierten en la única indicada para alcanzar finalmente la verdad: Quién mató a Dieguito Gómez.

Un triángulo amoroso se cuela, imprevistamente, entre las hendijas que van dejando las pistas falsas de esta intriga. Flor Amarilla intenta rearmar su vida, mirando a los ojos a sus miserias y nos regala, definitivamente, una historia de amor.

“Operativo Mataderos” puede leerse como segundo libro de la saga iniciada por “La Mala”. Se puede seguir sintiendo junto a su protagonista, que narra en primera persona, las pasiones y razonamientos  de este hallazgo de la literatura policial argentina. O puede corroborarse lo que Juan Sasturain sentenció al referirse a la incursión de Konfino en este género: “Ha nacido una nueva voz en la literatura argentina”.

Cabe recordar que entre otras distinciones, “La Mala” tuvo una participación destacada en el Festival BAN! (Buenos Aires Negra), edición 2018.

“Operativo Mataderos”, a su tiempo, puede saborearse con autonomía absoluta, como una obra independiente. Como si no existiera un libro anterior que haya dado aliento a su protagonista entrañable.

Demian Konfino, de este modo, se consolida como un escritor que maneja diversos registros, que puede emocionar, entretener y, también, invitar a alguna reflexión sobre la vida y la muerte en los suburbios de Buenos Aires.

Tapa Frente Operativo Mataderos

Nacido en 1982 en Quilmes, Konfino es escritor y abogado. Es profesor de “Promoción de Derechos Humanos” y de “Derecho Administrativo” en el IFTS Nº 28 (CABA). Publicó los libros “Tupacamaria” (CCC, 2010), “Villa 31” (Punto de encuentro, 2012), “Patria Villera” (Ciccus, 2015) y “La Mala” (Ciccus, 2017). A su vez, ha escrito artículos, crónicas o cuentos para diferentes medios entre los que se destacan la Agencia Paco Urondo (APU), la Revista Sudestada y el periódico Ámbito Financiero, entre otros.

En 2010 recibió el primer puesto en el I Concurso Nacional de Cuentos Cortos (AFIP). En 2016 organizó y presidió el jurado del concurso de cuentos “Quilmes A Contar” del Quilmes Atlético Club.

“Operativo Mataderos”, que estará pronto en diversas librerías del país, ya se puede conseguir en la página de la editorial (ciccus.org.ar) o haciendo su pedido por las redes sociales del autor @patriavillera

*https://www.marcha.org.ar/operativo-mataderos-la-nueva-novela-negra-de-demian-konfino/

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COVID-19 en barrios populares de CABA: son siete los referentes sociales fallecidos al momento

Con los fallecimientos de Pedro Condorí, Salvador Benítez y Carmen Canaviri ya son siete los referentes populares que han fallecido en las villas de la ciudad de Buenos Aires como consecuencia de la pandemia.

Por Demian Konfino (Agencia Paco Urondo)* 

Es un hecho que el coronavirus se ha instalado en los barrios populares de la Ciudad de Buenos Aires. Algunas de las razones por las que se está propagando con más contundencia que en otras zonas de la ciudad son el hacinamiento y la falta de agua corriente. En suma la falta de vivienda digna. El virus global vino al país con quienes pudieron viajar en avión y está haciendo estragos en aquellos que nunca podrán hacerlo y viven en condiciones de extrema precariedad.

El primer contagio en Villa 31, en este sentido, ocurrió con una trabajadora de casas particulares que contrajo el virus por el contacto con su empleadora que había vuelto de Alemania. Comparte el baño con 13 personas. Su madre, Toribia Balbuena de 84 años fue la primera víctima del barrio. Al mismo tiempo, los especialistas y la propaganda oficial informan que hasta que no haya vacuna la mejor forma de prevención es el lavado de manos. Pero en las villas de Buenos Aires hubo gente que estuvo hasta tres semanas sin lavarse las manos por falta de provisión por parte de las autoridades locales.

A su vez, la cuarentena viene generando una restricción económica que en las villas es suplida –en parte– por la asistencia de los referentes barriales a través de la entrega de víveres, quienes no cuentan con adecuados elementos sanitarios para desarrollar la labor. Este hecho ha dejado como consecuencia el contagio de decenas de referentes populares, tales como Carlos Ramírez de la Corriente Villera del Barrio San Martín (Villa 31), Daniel Castillo de La Cámpora (Villa 31), o el padre Guillermo Torres de la capilla Cristo Obrero (Villa 31) donde descansan los restos de Carlos Mugica. Víctor “El Oso” Giracoy del histórico comedor Estrella de Belén (Villa 31) y Ramona Medina militante de La Poderosa (Villa 31), fueron los primeros referentes barriales fallecidos por coronavirus. A esa triste lista se sumó Agustín Navarro, militante de la Mesa por la Urbanización y Barrios de Pie (Villa 31) y Víctor Ávila de Juegotecas Barriales – Puerto Pibes (Villa 31), fallecidos la semana pasada.

Esta semana se conocieron los fallecimientos de Pedro Condorí, militante de la Corriente Nacional de la Militancia (Villa 31), Carmen Canaviri, coordinadora del merendero “Lucecitas del Sur” de Barrios de Pie (Villa 1-11-14) y Salvador Benítez delegado de Manzana (Villa 31 bis).

No hay casualidad. Están en la trinchera, haciendo lo que el gobierno porteño no hace. Ocupándose de sus vecinos. Repartiendo alimentos y artículos de primera necesidad. Compartiendo una palabra de aliento. Contra prejuicios y omisiones oficiales, los referentes populares tan despreciados por la mirada hegemónica son los firman -con el cuerpo- su compromiso y ponen en juego hasta su propia vida.

Las partidas de defunción habrán hecho referencia al coronavirus. Pero habrán omitido alusión alguna al abandono por parte del gobierno de la Ciudad, distrito que es conducido hace 13 años por la misma fuerza política. La falta de vivienda digna sigue matando.

* Escritor. Autor de los libros “Villa 31”, “Patria villera” y “La Mala”.

http://www.agenciapacourondo.com.ar/militancia/covid-19-en-barrios-populares-de-caba-son-siete-los-referentes-sociales-fallecidos-al

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La muerte de Agustín Navarro: el coronavirus sigue matando a referentes sociales

Víctor “Oso” Giracoy, Ramona Medina y ahora Agustín han muerto. Otros tantos referentes sociales y políticos han contraído el virus en las villas de Buenos Aires. No es casual. Están en la línea de fuego, haciendo lo que el gobierno porteño no hace.” Por Demian Konfino (Publicado en Agencia Paco Urondo: http://www.agenciapacourondo.com.ar/violencia-institucional/la-muerte-de-agustin-navarro-el-coronavirus-sigue-matando-referentes)Cuervo22

Por Demian Konfino*

El Covid-19 acaba de cobrarse una nueva víctima popular. Acaba de morir**, Agustín Navarro, entrañable compañero de la Mesa por la Urbanización de Villa 31. Y es una pérdida enorme.
Tenía 57 años. Le decíamos Bin Laden. Supo tener el pelo muy largo y la barba, tupida. Quiso superarse y llegó a meter algunas materias de Ciencias políticas. Con su palabra simple y su sonrisa sincera, estuvo siempre. En todas las reuniones. En todas las marchas. En el último tiempo estaba militando en Barrios de Pié y llevaba adelante un merendero en el barrio YPF de la villa de Retiro donde vivía.
Como Ramona, Agustín tampoco tenía agua.

Víctor “Oso” Giracoy, Ramona Medina y ahora Agustín han muerto. Otros tantos referentes sociales y políticos han contraído el virus en las villas de Buenos Aires. No es casual. Están en la línea de fuego, haciendo lo que el gobierno porteño no hace. Ocupándose de sus vecinos. Repartiendo bolsones de comida. Conteniendo. Contra prejuicios y omisiones oficiales, los referentes tan vilipendiados por la mirada pública son los rubrican con el cuerpo su compromiso y ponen en juego hasta su propia vida.

Se fue un tipo digno. Se lo llevó un bicho global que vino en avión con los que pudieron viajar y ahora caravanean en autos caros reclamando por la libertad para circular. Lo mató el coronavirus  y el abandono del gobierno de la Ciudad, distrito que es conducido hace 13 años por la misma fuerza política. La falta de vivienda digna sigue matando.

En la foto, Agustín se ríe detrás de Teófilo Tapia, referente del comedor Padre Mugica.

*Militante, escritor, abogado

**(falleció durante la jornada de ayer, domingo 25 de mayo) 

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La tormenta

Por Demian Konfino*

CUENTOS DE LA PANDEMIA es una sección de Ambito.com donde se publican cuentos breves, historias, relatos, crónicas o ensayos de ficción, vinculados a la pandemia del coronavirus Covid-19.

Ya venía mal. La muerte de mamá el año anterior me había embarcado barranca abajo. La soledad fatal y el estrés sin sentido, hacía lo propio.

Ahora, encima, el barbijo me asfixiaba. Mi encierro decretado de antemano se había enardecido con el asilamiento obligatorio. Cuando salía a la calle, para ir al chino o a la carnicería, sufría ataques de pánico. En esas ocasiones, Clonazepam y las facturas eran lo único que me calmaba. En dos meses aumenté cinco kilos. Estaba rolluda, panzona y culona. Un asco. Las tetas se me habían caído de golpe. Como las ganas de pelearla.

Manuel no me aguantaba, pobre. Ni yo misma lo hacía. Pero no se iba. Así de leales éramos. No tenía un compañero de vida, pero tenía a Manuel. Y no lograba valorarlo. Un día insistió en sacarme a caminar al parque Lezama y solo accedí porque lo vi destrozado. Fuimos, tomados del brazo, desde el museo histórico hasta la estatua de Pedro de Mendoza y le pedí regresar. No había sido tan grave. Con él podía salir. Sola ni en pedo.

Empezó a meterme, sin que me diera cuenta, una rutinita. Caminata todos los lunes y jueves a la mañana por el parque. Ampliamos el trayecto. De Pedro de Mendoza nos metíamos en el pasillo de Rómulo y Remo y de ahí para abajo hasta la calesita. De vez en cuando nos sentábamos en un banco y mirábamos a las palomas que esperaban a sus viejitos sin darse por enteradas de la cuarentena. Una mañana me subió a la calesita y sentí el viento fresco de mi niñez resbalando sobre mi rostro. Junto con la sal de mis lágrimas. Lágrimas, esta vez, no de angustia. De nostalgia.

Cuando Manuel no estaba, mi rito seguía consumiendo series pedorras, novelas colombianas y Rial. Harinas y Coca Cola. Antidepresivos o ansiolíticos, según ninguna regla.

Solo quería que el tiempo pasara. Y que Dios se apiadara de mí alivianándole la tarea a Manuel, haciéndome el sufrimiento perpetuo aunque fuera un poco más llevadero. Pero ni diosito ni mi virgencita parecían prestarme atención. Con tantos quilombos en el mundo, guerras, pandemias o hambrunas, lo mío era una nadería.

Seguí morfando mañana, tarde, noche y madrugada, resuelta a esperar el lento transcurrir de la vida anhelando, tal vez, mechar por alguna hendija distraída alguna mueca levemente digna en el medio de esa derrota cotidiana e inevitable que eran mis días. Pero no lo lograba. Salvo por las caminatas con Manuel, alguna caricia de Julieta o alguna comidita que preparaba mi nuera, el llanto era mi única verdad.

El tiempo fue pasando. Muy despacio. Pero no sanó las heridas.

Cuentos de la Pandemia VIII: La tormenta (Ilustración  Nadia Isoardi)

Cuentos de la Pandemia VIII: La tormenta (Ilustración Nadia Isoardi)

Cada sol que moría en el horizonte era un chorrito de alcohol que alimentaba el fuego. No acertaba un pacto con la diaria, no existía conciliación con lo nimio, no había tregua posible con el metro cuadrado que me rodeaba.

Manuel, además, estaba trabajando. Era heladero en Calabria de Barracas. El de Montes de Oca y Olavarría. De todos modos, plata no nos faltaba pero el pibe estaba bien criado y quería tener lo suyo. Lorena, mi nuera, me fue haciendo bastante compañía e intentaba, vanamente, cortarme mis largos bajonazos. Cocinaba rico la pendeja. Pero yo no me lo permitía disfrutar.

Me acordaba de los pasillos de tierra, de los parques de diversiones gratuitos y de los hospitales públicos de mi niñez y mi adolescencia. Repasaba, una y otra vez, la larga agonía de Roberto en el hospital Rivadavia. El papá de Manuel, había sido mi anteúltimo gran amor. Su muerte temprana aún me seguía desgarrando las entrañas.

Manuel, gracias a Dios, no tuvo que padecer penurias o escasez. Le había podido dar un presente afincado en una zona de confort por la cual yo ya no era imprescindible. Al contrario, a esta altura, resultaba totalmente prescindente. Es más, entendí que mi paso al costado ya no era una opción. Era una urgencia.

Había llegado el final. Mi final.

Lo resolví y comencé a planearlo. Tampoco quería que fuera un final intrascendente. Habría carta. Pero antes debía establecer el registro, el tono de mi epílogo, tenía que darme el gusto de hacer algo más literario, ya que podía elegir mi último párrafo.

Increíblemente, planeando mi ocaso me sentí después de mucho tiempo animada. Y no voy a mentir. Eso me hizo dudar. Apenas. Efímeramente. Pero dudé. Había que actuar rápido porque entraba en un terreno vidrioso.

Finalmente lo había zanjado. Ya lo tenía. Una conclusión a la altura de una trayectoria que, al menos, no había sido ordinaria. Pero primero lo primero. Antes la carta póstuma. Mis últimas palabras. Breves. Para Manuel.

Tomé mi libreta de todos los días. La de las compras. La de los pendientes. La de los números de teléfonos sueltos e inconexos. La de mis poemas clandestinos. Iba a tomar una lapicera cuando me topé con mi letra precisa y redonda.

Martín, leí y me tembló todo. Lo fui repasando y la conmoción me embriagó. Me sentí mareada y con ganas de vomitar. Casi no recordaba lo que este hombre había inspirado en mí. Sólo tenía claro el abismo sentimental que me abrazaba desde entonces. Pero el camino previo, la ruta sin acantilados me resultaba más borrosa, aunque, ahora lo veía más claro, mucho más placentera.

¿Cómo estaría pasando este tiempo Martín? Porque estaba segura que estaba vivo. Achacado pero vivo. Y también que estaba solo. No tenía ningún indicio y tampoco ninguna duda. Era muy jodidamente cabrón como para que alguien lo aguantara.

Pero qué buen tipo era Martín. Y tan atento. Y tan dulce. Su aparición fugaz en mi vida había labrado un surco. Pensar que nos habíamos distanciado en el 2008 por política. Yo no me bancaba que fuera tan contrera. Y él decía que yo era muy zurda.

Cerré los ojos, apreté los párpados y, repentinamente, todo cambió de color. Lo gris se tornó azul. Despegué las pestañas de a poco y era verdad. Todo azul, como el cielo detrás de mi ventanal al sur. La tormenta comenzaba a amainar.

Busqué en un viejo índice. Ahí estaba. En la misma “M” de siempre. Me apresuré a buscar el aparato y marcar. No fuera cosa que me arrepintiera.

–Diga, ladró Martín después de tres tonos, y yo sentí que volvía a nacer.

* https://www.ambito.com/opiniones/cuentos-la-pandemia/viii-la-tormenta-n5103724

 

 

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ADVIERTEN QUE LA AUSENCIA ESTATAL ESTÁ EXPONIENDO A LOS REFERENTES SOCIALES EN LAS VILLAS

El autor del libro “Patria Villera” sobre el Barrio 31, Demian Konfino, advirtió hoy que “la ausencia del Estado” está “exponiendo a los referentes sociales al contagio” en los barrios vulnerables de la Ciudad, donde el coronavirus ya se cobró la vida de Ramona Medina y Víctor Giraco, mientras las necesidades de asistencia alimentaria se multiplican.

“Nos preocupa la exposición de los referentes al contagio”, dijo en diálogo con Télam.

“Hay decenas de militantes sociales y políticos contagiados, y eso no es casual. Ocurre porque fueron a hacer lo que no está haciendo el Estado que es asistir a los vecinos, repartir bolsones de comida y atender los comedores; todo sin los elementos sanitarios correspondientes”, agregó.

El abogado, docente y militante social explicó que la cuarentena por la emergencia sanitaria está potenciando “la cuestión social” y, por lo tanto, generando una mayor demanda de asistencia alimentaria ya que “los vecinos se quedaron sin trabajo y tienen que acudir a los comedores”, con el riesgo que implica esa “circulación”.

“Yo estoy muy preocupado por Téofilo Tapia”, dijo, en relación al histórico referente villero de 77 años que desde hace 59 está al frente del comedor Padre Mujica donde diariamente comen 800 personas.

“Hasta hace una semana lo tenían abierto, pero lo tuvieron que cerrar y está viendo cómo puede hacer para repartir unas 100 raciones, porque si bien sabe que corre riesgo, siente que tiene una obligación moral con su vecindario”, aseguró.

Para Konfino, la explosión de casos positivos en el Barrio 31 -que concentra el 71% de las infecciones por coronavirus en barrios vulnerables de la Ciudad-, se explica fundamentalmente por el incumplimiento de los planes de urbanización que hace que, entre otras cosas, falte el agua potable.

“Por todos lados te dicen que hasta que no haya vacuna, la mejor vacuna es lavarse las manos, y hasta te explican cómo hacerlo bien. Pero en la villa hubo gente que estuvo tres semanas sin lavarse las manos y muchos de los contagiados son lo que no tuvieron agua”, dijo.

En ese sentido, “lo de Ramona es paradigmático” porque “lo venía denunciando y se terminó contagiando toda la familia”.

“Si viviera en otro lugar, posiblemente no estaría muerta; pero le tocó nacer en un lugar donde faltan los elementos básicos en tiempos normales, y mucho más en una pandemia”, aseveró.

Konfino destacó que la gestión de Horacio Rodríguez Larreta mantiene “una política de mayor obra pública en las villas”, a diferencia de su antecesor del mismo color político, el ex presidente Mauricio Macri, “pero es evidente que no alcanza”.

“Son muchos años de abandono, de torpeza, de subejecución, de obras que van a contramano de lo que pide el vecindario, de iniciativas que no van al hueso de la cuestión”, dijo.

Konfino hizo hincapié en la paradoja de que “la ciudad más rica del país tenga barrios sin agua potable y dependiendo de un camión cisterna” al lado del barrio de Recoleta -uno de los más opulentos de la Capital- y que “un virus que vino a la Argentina con los turistas que viajaron a Europa y Estados Unidos, ahora lo estén sufriendo más la gente que nunca tendrá los recursos para hacer esos viajes”.

“La situación en el barrio es dramática, hay cientos y cientos de infectados más que no figuran en los registros, pasillos enteros que no fueron testeados y hay una situación que no ayuda y es que alguna gente no se somete al diagnóstico por miedo al destrato o porque no tiene con quién dejar a sus hijos si tuvieran que aislarse”, dijo.

Para el escritor, “la situación falló a nivel de gestión del gobierno porteño en todos los planos”, ya que no tuvo “un plan de contingencia”.

“Con vivienda digna, es decir, con servicios básicos y no hacinamiento, la pandemia no hubiera explotado en las villa”, concluyó. (Télam)

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El coronavirus mata. La falta de vivienda digna también

Por Observatorio de Derechos Humanos de la ciudad de Buenos Aires (ODH)*

El tratamiento de la pandemia del COVID-19 en las villas por parte del Poder Ejecutivo local a cargo de Horacio Rodríguez Larreta ha sido deficitario, y ha sido operado con desidia y desinterés. El principal problema, el más evidente, ha sido la falta de agua potable. Miles de habitantes, en plena epidemia, se han quedado sin agua, sin la posibilidad de lavarse las manos, sin ese único método para higienizarse y mantener el virus alejado. La responsabilidad es del Gobierno de la Ciudad, que es quien tiene que proveer de servicios básicos a los habitantes de esta Ciudad. Ocurrió en Villa 31. Hoy ocurre en Villa 1-11-14.

El Estado local falló en su obligación de garantizar el agua, pero además no tuvo respuestas que suplieran la falta de dicho elemento tan esencial. Los camiones cisternas fueron insuficientes, tampoco estuvo garantizada la distribución de alcohol, que hubiera sido una buena medida paliativa.

Georgina Banzer, adolescente de Villa 31 bis, nos contó que estuvo algunos días sin agua y afirmó que hubo vecinos que estuvieron casi tres semanas sin agua y la mayoría de ellos están infectados con Covid 19: “Desde el gobierno de la Ciudad jamás nos escucharon”, relató.

Por su parte, el aislamiento y la consecuente merma laboral ha generado un parate económico de envergadura que solo pudo ser paliado con la asistencia de comedores comunitarios o por la labor entrañable de referentes barriales. El movimiento en el barrio, por este y otros motivos, ha disminuido pero ha sido constante, sin que el gobierno de la Ciudad lograra un control eficaz del cumplimiento de la cuarentena.

“Es como si no les importara los de la villa porque somos unos “negros” para ellos y les da igual venir a ver si hacen la cuarentena o no”, relató Georgina Banzer.

La prevención falló notablemente en el caso de Villa 31, que es dónde hoy se registran más casos positivos de todos los barrios populares de la Ciudad de Buenos Aires. En manifestaciones vertidas por el Secretario de Integración Social y Urbana Diego Fernández, en la última reunión de la Comisión de vivienda de la Legislatura porteña, indicó como una de las principales medidas preventivas, las campañas de difusión con altoparlantes, y a través de WhatsApp entre sus listas de difusión.

A su tiempo, los referentes barriales reemplazaron con sus pocas herramientas al Estado, y reforzaron sus tareas de asistencia, poniendo en riesgo su propia salud. Este hecho ha dejado como saldo el contagio de diversos referentes barriales, tales como Carlos Ramírez de la Corriente Villera del Barrio San Martín (Villa 31), Daniel Castillo de La Cámpora (Villa 31), o Víctor Giracoy del histórico comedor Estrella de Belén (Villa 31) y Ramona Medina de La Poderosa (Villa 31), quienes han resultado fallecidos recientemente.

El Covid 19 vino de afuera del país, junto a aquellos que pudieron viajar. Está pegando fuerte, y matando, a aquellos que no pudieron hacerlo. Ni podrán. Los habitantes de los barrios vulnerados de Buenos Aires.

Hemos recibido, a su vez, denuncias de trabajadores de cooperativas de limpieza de los barrios vulnerados que prestan un servicio esencial para este momento y que han reclamado no contar con los elementos básicos de higiene y protección para llevar a cabo su tarea en plena pandemia.

Consultado el gobierno de la Ciudad por un pedido de informes de este ODH, el Director General de la Dirección General Fortalecimiento Sociedad Civil del Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat, Rodrigo Vieiro Magaz ha indicado genéricamente que “atento la situación excepcional suscitada a causa del COVID19, se está haciendo entrega a los efectores (sociales) de elementos de limpieza e higiene”, sin especificar qué elementos, en qué cantidad y con cuánta regularidad. Los hechos demuestran que esta acción ha resultado claramente insuficiente.

También debemos indicar que hemos recibido denuncias respecto a que en algunos barrios la asistencia social del gobierno no ha llegado a todos o, en algunos casos, los bolsones con comida han sido distribuidos con discrecionalidad por algunos referentes barriales. Esto también debe ser corregido.

Los comedores, en líneas generales, también han sufrido el desdén del gobierno porteño recibiendo tardíamente materiales sanitarios y de manera escasa. En algunos casos, la falta de seguridad sanitaria ha generado cierres preventivos de comedores como el Padre Carlos Mugica de Retiro o el Hormiguita Viajera del Bajo Flores.

En relación a los testeos, el titular de la Secretaria de Integración Social y Urbana declaró que se sigue el protocolo de la autoridad sanitaria y que se testea sólo a quienes tienes dos síntomas, y con sus contactos estrechos el procedimiento es que se auto aíslen durante 14 días. Quienes conocemos los barrios populares, sabemos que ante esta circunstancias, y con un virus tan contagiosos, todos los vecinos y vecinas son contactos estrechos, debido al hacinamiento en el que viven. Por lo cual exigimos la aplicación de un protocolo específico para barrios vulnerados.

Por último, nos han llegado denuncias desde Villa 31, sobre la situación de vulneración de derechos y discriminación a la que se somete a las personas que son testeadas y dan positivo. Por empezar deben en promedio 7 horas hasta que un micro escolar las recoja por el barrio y las lleve a una Unidad Febril, dónde los espera otro par de horas, hasta que son derivadas a un hospital o un hotel de acuerdo a su estado de salud. Comparten micros y lugares a la espera de resultados, todos juntos, sospechosos y positivos, incrementando las posibilidades de contagio. Durante ese tiempo son destratados y le dan sólo un sándwich para comer para todo el día, tal como denunció el referente barrial Daniel Castillo de La Cámpora (Villa 31) en un video que se volvió viral en su barrio.

Todas estas violaciones de derecho apuntadas provocan que haya vecinos y vecinas que no quieran ir a testearse y prefieran atravesar los síntomas en sus hogares, según declaraciones que hemos recibido.

Nos sumamos a lo que nos dijo Georgina Banzer: “A Larreta lo único que le pedimos es que nos traten como a todos. Somos humanos también. No somos bichos raros. ¡Todos somos iguales! No queremos ser discriminados. Queremos que nos traten como a todos”.

La villa, aquella que no tiene garantizada el agua, que siempre es un elemento indispensable para la vida, pero más en estos momentos que atravesamos, es la que sufre. Es el incumplimiento de la norma que ordena la urbanización de las villas, y la provisión digna de todos los servicios básicos, por parte del gobierno de la Ciudad. Desde la Constitución en su artículo 31, hasta decenas de normas que la establecen para cada villa en particular. Sin embargo, otra vez la ausencia y demora del Estado. Digámoslo con toda claridad: La falta de vivienda digna es un crimen.

Con vivienda digna, es decir, con servicios básicos y no hacinamiento, la pandemia no hubiera explotado en las villas. Todo es consecuencia de una estado ausente en el barrio, lo que es imperdonable teniendo en cuenta que vivimos en la ciudad con mayores recursos del país. Exigimos un protocolo especial y la urgente dedicación prioritaria para frenar este virus en las villas de Buenos Aires.

* Publicado en http://www.agenciapacourondo.com.ar/violencia-institucional/el-coronavirus-mata-la-falta-de-vivienda-digna-tambien

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La rabia

Nació como el contorno de un rumor. Fue tomando forma y se convirtió en noticia. Primero de color. Indefinido, el color. Después, amarilla. La radio empezó a hablar de escándalo. En la cola de Despensa Luana o en la del Banco Provincia. Los cajetillas del restorán Venados o los pescadores del río Ajó. El pueblo se empezó a exaltar. Era cierto.
Un tano en General Lavalle. En plena pandemia.
La hija del jefe de guardaparques, Agustina, se casaba con Ernesto, el heredero de un extenso campo en General Madariaga. Hacendado el pibe, buen partido. Pero nieto de tanos. Y si antes esto no era un problema, ahora sí. En nuestro país recién aparecían los primeros casos. Pero las noticias que llegaban desde el primer mundo eran poco alentadoras.
El primo del pretendiente, Francesco, llegó para la boda que se iba a celebrar en La Merced y, claro, para el fiestón que se esperaba en la Sociedad Rural de Tordillo, en el vecino pueblo de General Conesa. Sin embargo, inexplicablemente, fue alojado en la casa de don Echeverry, el jefe de guardaparques de Lavalle, sobre avenida Mitre.
En la radio la polémica se instaló. ¿Por qué el tano no se quedaba en Madariaga si Ernesto era de allá? ¿O en Conesa, si allí sería la fiesta? Había que minimizar riesgos y los tanos, por definición, eran riesgosos. A nadie le importaba si eran de la Lomabardía, donde picaba fuerte el bicho, o si eran de Calabria, como Francesco, donde la cosa estaba más tranquila. La información, en estos casos, solía ser una de las primeras víctimas.
El Dr. Arizmendi, intendente de Lavalle cortó por lo sano. Citó a conferencia de prensa. En la sala, los dos movileros de las dos radios y la cronista del semanario local con estricta separación de un metro. Quiso llevar calma a la población. Y en buena medida lo logró. Comunicó que el tano sería conducido en una finca familiar en General Guido. No iría al servicio religioso en La Merced y solo iría a la fiesta. En un auto particular, se sentaría solo y tendría un mozo propio, con guantes y barbijo. El tano también, por supuesto, vestiría todas las medidas de higiene necesarias.
La tranquilidad volvió por unas horas a los bancos de la plaza del pueblo. La cuestión pasó a ser abordada en los últimos quince minutos de la programación radial. Y el alcohol en gel volvió a tener stock en la única farmacia lavallense.
La paz no podía durar demasiado mientras transcurriera la peste. La prensa volvió a abordar el tema como una cuestión política, casi judicial. La intendencia de General Guido había enviado una carta documento al municipio de General Lavalle, con el fin de retractar la medida. El problema era de Lavalle. Guido no tenía por qué hacerse cargo del muerto.
¿Muerto? Si nadie estaba muerto. Ni siquiera infectado. Pero el drama ya había ascendido a estaturas escalofriantes. Se hablaba que el sistema sanitario local no cubriría la demanda y la farmacia, ya había quedado demostrado, no lograría un adecuado abastecimiento.
El sentimiento guidense empezó a aflorar como en viejas epopeyas años ha. No lo iban a permitir. Qué se creían. El gerente del correo sucursal General Guido, don Achával, visitó a don Velázquez, el viejo dueño del polirrubro Buena nueva. Le comió el coco. A Guido nadie lo iba a llevar de la rastra. Armaron una reunión en el correo. Invitaron a don Ricardo, dueño de la Panadería Don Ricardo y a Sergio, dueño de Gomería Sergio.
La propuesta fue de Achával pero no hubo desacuerdos. Había que cortar por lo sano. Crearon el Comité de Autodefensa de Guido contra la Epidemia. Las siglas daban para CAGE pero resolvieron ponerle CAGUE. La primera misión estaba clara. Hacer respetar a Guido. Los cuatro presentes lo entendieron perfectamente sin siquiera decirlo. Había que deshacerse del tano.
Quedaron en encontrarse el viernes por la mañana en el correo, justo el día anterior al casamiento. Sergio llegó con su rifle 22 Browning de palanca, colgado del hombro por la correa. Tal como habían quedado. Ricardo llevaría su Fiorino y, juntos, le harían la visita al tano.
Llegaron como pudieron, por el par de surcos de huella de tractor sobre el camino embarrado. Un viejo casco rosa pálido se divisaba a lo lejos, una vez atravesada la tranquera. Cuando la Fiorino se acercaba un hombre fornido y de cabello ensortijado salió al encuentro. Estaba envuelto en un mameluco blanco, llevaba guantes de latex azules como manos y el rostro, se escondía detrás de un barbijo blanco.
Ricardo clavó el freno y bajó. El resto hizo lo propio. De la caja del utilitario saltó Sergio y cargó el Browning al hombro. El hombre, al ver el caño apuntándole, quiso correr. Ni bien giró, se escuchó la estampida. El hombre cayó. Seco. Como el eco, detrás del humo del 22. Corrieron hasta el cuerpo sangrante que ya no respiraba. Sergio no lo dijo pero sacó pecho como un barco. Su notable puntería había ganado fama en los torneos de caza de la costa.
Al llegar, otro hombre de bermuda de lino beige, remera de algodón blanca y franciscanas de cuero marrón, de barba recortada a la moda y cabeza rasurada a cero salió portando unos Ray Ban indesmentibles, legítimos.
Dijo algo ligeramente inentendible. Sergio solo entendió catzo. O sea, algo en tano. Había ocurrido un gran equívoco. El hombre que yacía de cara al sol y al cielo diáfano no era el blanco acordado. Se miraron y hubo gestos de reproche indisimulados hacia Sergio.
Hubo un momento de silencio. La duda llegó a instalarse. ¿Habían matado a un médico? Y ¿ahora? Limpiar a un tano de mierda en el culo del mundo era una cosa. ¿A quién carajo le iba a importar? Pero asesinar a un doctor. La pucha.
-En qué quilombo nos metimos. –Dijo Sergio.
-No. -Le contestó Achával a Sergio.- Te metiste.
Sergio revisó los bolsillos del hombre caído. Ahí estaba su pasaporte bordó. Venezolano. Uno menos, pensó Sergio.
Se volvieron a mirar. Se estudiaron. Sergio levantó el rifle y apuntó hacia Achával.
-¿Sabés qué les pasa a los tibios? –Le preguntó mientras Achával levantaba las dos palmas y empezaba a sudar mares.
-…
-Ya lo sabés. No es tiempo para dudas. –Giró el caño hacia a la derecha hasta encontrar al tano. Un segundo habrá demorado. A lo sumo dos. Descargó.
La bala entro limpia en el centro exacto de la frente.
-Muerto el perro se acabó la rabia. –Sentenció Sergio ante la mirada aterrada de los demás. –Vamos.
Enfilaron hacia la Fiorino y volvieron al pueblo. Cuando llegaron a la plaza y la paz parecía volver a instalarse en cada uno de ellos y en los pueblos de los generales, don Velázquez, notablemente cansado exclamó:
-¡No!
-¿No qué? –Interrogó Achával, extenuado, con un pie afuera del utilitario.
-Lo escuché anoche en el noticiero. Qué mala pata.
-¿Qué cosa dice, don Velázquez? –Inquirió Ricardo.
-El muerto sigue contagiando. Después de muerto. La peste sigue en el fiambre. –Los miró a todos. Uno por uno. Sergio volvió a empuñar el 22.
-La rabia nunca murió cuando mataron al perro -alcanzó a decir don Velázquez, mirando hacia los plátanos de la plaza vacía, antes de escuchar el tiro del final. De su final.*
* Publicado en http://hermanos-dios.blogspot.com/2020/03/historias-de-cuarentena-8.html

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Dispara, yo ya estoy muerto

Dispara, yo ya estoy muerto. De Julia Navarro.
Novela histórica interesantísima. Aborda el espinoso conflicto árabe israelí y lo hace con belleza a pesar del dolor.
Los pogromos de los zares. El movimiento sionista con componentes socialistas. Los kibutzim. El imperio otomano. La primera guerra mundial. El sueño de una gran nación árabe. Ingleses y franceses repartiéndose medio oriente. La segunda guerra. La shoá. La partición de Palestina. Las batallas entre palestinos y judíos. Todo narrado desde un pedazo de tierra en Jerusalem: La huerta de la esperanza.
La autora parece tener una frase emblemática para su obra: Hay momentos en los que para salvarse a uno mismo se mata o se muere.
Yo prefiero otra: Si hay que morir por la libertad, se muere. Y se muere con dignidad.
Las 899 páginas de esta edición están trazadas por las verdades relativas de unos y otros. Parecen contrapuestas. Aunque, tal vez, tres cucharaditas de sensatez alcancen para construir un puente dónde hoy hay un muro.
La escena más notable de la trama es la muerte de Mohamed en combate con la foto de Marinna en la mano. Él, palestino. Ella, judía. Una historia de amor que no pudo ser, aunque debió haber sido. Y, acaso, deberá ser.

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“LA FALTA DE ESTADO ES LO QUE REPRODUCE LA DESIGUALDAD”

Entrevista con Demian Konfino, autor del libro “La Mala” de Ediciones Ciccus.
30 agosto 2019

Por María Laura Morales*

Demian Konfino es escritor, abogado, militante popular y profesor titular de la materia “Promoción de Derechos Humanos” de la Tecnicatura Superior en Pedagogía Social con orientación en Derechos Humanos del Instituto de Formación Técnica Superior (IFTS) Nº 28 de la Ciudad de Buenos Aires. Nació en Quilmes en 1982 y lleva publicados cuatro libros, es conocedor de la realidad villera como pocos y ha escogido el género negro para narrar los días y las noches de miles de seres humanos que habitan las villas argentinas y no alcanzan a vencer su contexto.

– ¿Qué te llevó a escribir esta novela? ¿Por qué decidiste contar la historia de chicos villeros?

Tenia la necesidad de contar la vida de un pibe chorro. La novela negra guarda los rudimentos del genero, hay héroes, villanos, intriga. Es un género que daba para lo que yo necesitaba literariamente. Llevo escrito cinco libros, el quinto aún no esta publicado y es una continuación de La Mala, todos tienen vinculación con temáticas villeras, desde diferentes ángulos tuve la necesidad de hacer una literatura más política. Mi primer libro se llama “Villa 31. Historia de un amor invisible”, es una historia de amor y de lucha por la urbanización de la villa de retiro. Después hice un libro de historia, documentado con entrevistas sobre la historia de las villas de Buenos Aires y me parecía que me estaba faltando quizás en ese primer libro de ficción, hacerme cargo de la marginalidad, de contarla desde una mirada popular, comprensiva, poniéndola en contexto. Quería hablar sobre la marginalidad y la tragedia que acarrean los lazos que se construyen a partir de la marginalidad. Si bien había tocado el tema en el primer libro, en “Patria Villera” era una cuestión mas objetiva y de narración. En la Mala como el título lo indica, que significa caer en la mala, narro lo que pasa con todos esos pibes que no pueden vencer a su contexto y que aún siendo respetados y queridos en sus barrios no logran salir de un cono que esta claramente condicionado por su entorno, el delito, la droga. Las causas negativas de esa marginalidad hacen que muchos a pesar de querer, de intentarlo, de tratar de estudiar, de laburar, en algún momento (algunxs) terminen cayendo en la mala y no puedan salir.

-¿Cómo lograste construir el personaje de Flor, la protagonista de la novela?

Fue complejo porque es una piba adolescente y villera. Claramente yo no tengo ninguna de esas características y tuve que componerlo. Pero milité muchos años en la villa 31 en una organización que fundé que se llama “Los Invisibles” y tuvimos muchas actividades, apoyo escolar, peleas políticas por la urbanización, merendero, cooperativa de recolección de residuos, asesoramiento gratuito jurídico por mi rol de abogado, etc. Gracias a eso pude conocer mucha gente y una vez que lo llevo al plano literario tengo un bagaje que me permite acercarme al verosímil en lo que puede ser una piba de esa edad y con esas características.

– ¿Cambió algo la realidad de las villas? ¿Cuándo escribiste la novela?

Las villas se reconstruyen después de la dictadura, por lo menos las de capital federal que se las quiso radicar compulsivamente, con mucha violencia cargando a la gente en camiones de basuras, tirando a las personas del otro lado de la frontera, de la General Paz, hay muchas historias de resistencia. A partir de la década del noventa se reconstruyen y empieza a haber marginación, son escenas que pueden tener diferentes etapas, puede haber sido escrita ahora o cinco meses atrás. “La Mala” la escribí en el 2015 y se publicó a fines del 2017, hay un rasgo distintivo en esa época, ese estado que estuvo presente en la época kirchnerista no alcanzó para miles de pibes y pibas que más allá de la presencia o voluntad que en ese período se tuvo, a muchos el estado no le llegó. Flor, quién narra la historia, es una estudiante universitaria que recibe una beca que existe, existió en esos años, aunque ahora esta discontinuada pero en esa época se militaba la beca, los promotores de la universidad pública iban a la villa a buscar a estudiantes villeros universitarios para que estudien en la Universidad Nacional de Buenos Aires, a partir de la beca Mugica. Ella estudió y Leo, el otro protagonista, no.

– ¿Qué devolución recibiste del libro?

Corrí el riesgo cuando escribí “La Mala” de que el lector piense que estoy escribiendo más desde mi lugar, que soy abogado con algún manejo de lenguaje jurídico y no crean en la existencia de Flor. El lector que no es de las villas podía creer que no era verosímil. Pero lo que fui recogiendo no fue eso, aunque fue uno de los miedos, que crean que no existen estos personajes y existen muchas chicas y chicos que estudian en la universidad desde las villas.

– ¿Por qué es tan importante el estado para los ciudadanos de las villas?

La falta de estado hace que estén controladas por el narcomenudeo o las mafias, que siempre son conocidas por la policía y eso sucede porque el estado no está y eso es lo que permite la reproducción de muchos de los problemas que tienen dentro de las villas. Hay escenas que cuento en el libro que conozco, por ejemplo pasillos enteros que son “privatizados” que se le pone una reja que la maneja un sector vinculado al narco porque hay alguna cocina y cientos de vecinos tienen que dar una vuelta enorme para poder pasar a su casa. Porque no hay un estado que regule la situación. La falta de estado es lo que reproduce la desigualdad, lo que genera mayores niveles de exclusión.

– ¿Por qué no se puede erradicar la discriminación y estigmatización sobre las personas que viven en las villas?

A la sociedad (que obviamente es una generalización, injusta, como toda generalizacion pero a los fines vale), le queda mas cómodo echar la culpa al otro, siempre hay un otro que será responsable de nuestras propias frustraciones y ese otro lo tenemos que buscar en el extranjero, en el pobre, siempre hubo en la historia, ha sido el judío, el gitano, el armenio. Siempre hay una otredad negativa que se construye en un colectivo para tratar de responsabilizar a un otro que como sociedad no somos capaces de construir y ese es un lugar en general que le queda cómodo a gente que prefiere no plantearse más profundamente el tema.

* https://www.megafonunla.com.ar/notas/2019-08-30_la-falta-de-estado-es-lo-que-reproduce-la-desigualdad

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Un domingo en familia: la sensación del Cervantes

CULTURA //// 09.07.2019 AGENCIA PACO URONDO*

La obra de teatro escrita por Susana Torres Molina y dirigida por Juan Pablo Gómez circula de boca en boca y acaba colmando la sala Orestes Caviglia en cada función. Se presenta de jueves a domingo a las 21:00h, en el TNA Cervantes, Libertad 815, CABA. Reseña teatral, por Demián Konfino.

Por Demián Konfino

Con las notables actuaciones de Anabella Bacigalupo, Lautaro Delgado Tymruk, Juan De Rosa, José Mehrez, la música en escena de Guillermina Etkin y el cuidado vestuario de Roberta Pesci, el escenario resulta una exposición de arte, filosofía, política, lucha armada y peronismo que tensiona al espectador, lo perturba y, sobre todo, lo conmociona.

Nadie que acceda a esta novedosa puesta en escena de la cartelera porteña sale del Teatro Nacional Argentino (TNA) Cervantes igual que como ingresa. Consignas políticas voceadas, canto popular, reflexiones sensatas, lealtades, cinismo, dudas, bajezas, ideales, adjetivos, verbos. Actores que dejan todo, nunca se bajan del escenario, y generan una empatía tal que su verosimilitud lastima, casi, acongoja.

Un domingo en familia relata un episodio concreto: el secuestro de un dirigente montonero mientras infringía una norma de seguridad por él mismo creada, en una playa del norte de Buenos Aires, mientras se disfrutaba un domingo de verano con su familia. ¿Cómo llegó hasta ahí, hasta el 28 de diciembre de 1975, con cuánto de hartazgo, cuánto de hastío, cúanto de locura, cuánto de desdén? Sabiendo que los militantes caían como moscas, ¿qué lo llevó a exponerse así? ¿Qué les pasó a los militantes de base con esa caída? ¿Cómo procesaron el juicio “revolucionario” y “aleccionador” que ideó la organización?

Como extraída de un libro de José Pablo Feinmann, la convulsionada década del setenta en Argentina aparece en toda su complejidad junto a los dilemas filosóficos de todos los tiempos y todos los lugares: la muerte, la verdad, el mal, la ética. La injusticia contra los sueños de libertad. Juan Perón es sometido a su discurso contradictorio. Pepe Firmenich aparece preso de su célebre soberbia. Roberto Quieto es el decidido dirigente que vacila, sabe que debe amainar pero no puede. La juventud peronista se representa como fruto de un tiempo y, acaso, un equívoco: la pelea por un sujeto político, el pueblo, que desde la vuelta del General oscila entre ignorarla o darle la espalda.

¿La única verdad, en ese contexto, es la tortura y la desaparición de personas?

¿La lucha armada, sin brújula ni horizonte, debió haber dado paso a la lucha política a partir del regreso de Perón? Esta es la pregunta que el argumento de la obra y, tal vez, el avasallante y genocida diario del lunes responden.

Los actores miran los ojos de los espectadores y les hablan. Les cuentan sus pesares. Les cantan. Uno por uno. Los hacen partícipes. ¿Los acusan?

Se puede coincidir o no con el marco ideológico. Pero, si una obra de arte logra generar todas estas inquietudes, más allá de la intención del realizador, más acá de la voluntad del teatrero, la cultura puede respirar. Sigue caminando. Vive.

Un domingo en familia va de jueves a domingo a las 21 horas, en el TNA Cervantes, Libertad 815, CABA. Última función: 21 de julio.

FICHA

Con: Anabella Bacigalupo, Lautaro Delgado Tymruk, Juan De Rosa, José Mehrez

Música en escena: Guillermina Etkin

Producción: Lucero Margulis
Asistencia de dirección: Esteban De Sandi

Música: Guillermina Etkin
Iluminación: Patricio Tejedor
Escenografía: Paola Delgado
Vestuario: Roberta Pesci

* http://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/un-domingo-en-familia-la-sensacion-del-cervantes
Dirección: Juan Pablo Gómez

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