DESDE LOS AFECTOS

¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?
Que uno sólo tiene que buscarlo y dárselo,
Que nadie establece normas salvo la vida,
Que la vida sin ciertas normas pierde forma,
Que la forma no se pierde con abrirnos,
Que abrirnos no es amar indiscriminadamente,
Que no está prohibido amar,
Que también se puede odiar,
Que el odio y el amor son afectos
Que la agresión porque sí hiere mucho,
Que las heridas se cierran,
Que las puertas no deben cerrarse,
Que la mayor puerta es el afecto,
Que los afectos nos definen,
Que definirse no es remar contra la corriente,
Que no cuanto más fuerte se hace el trazo más se dibuja,
Que buscar un equilibrio no implica ser tibio,
Que negar palabras implica abrir distancias,
Que encontrarse es muy hermoso,
Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida,
Que la vida parte del sexo,
Que el “por qué” de los niños tiene un porque,
Que querer saber de alguien no es sólo curiosidad,
Que querer saber todo de todos es curiosidad malsana,
Que nunca está de más agradecer,
Que la autodeterminación no es hacer las cosas solo,
Que nadie quiere estar solo,
Que para no estar solo hay que dar,
Que para dar debimos recibir antes,
Que para que nos den hay que saber también cómo pedir,
Que saber pedir no es regalarse,
Que regalarse es, en definitiva, no quererse,
Que para que nos quieran debemos demostrar qué somos,
Que para que alguien “sea” hay que ayudarlo,
Que ayudar es poder alentar y apoyar,
Que adular no es ayudar,
Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara,
Que las cosas cara a cara son honestas,
Que nadie es honesto porque no roba,
Que el que roba no es ladrón por placer,
Que cuando no hay placer en las cosas no se está viviendo,
Que para sentir la vida no hay que olvidarse que existe la muerte,
Que se puede estar muerto en vida,
Que se siente con el cuerpo y la mente,
Que con los oídos se escucha,
Que cuesta ser sensible y no herirse,
Que herirse no es desangrarse,
Que para no ser heridos levantamos muros,
Que quien siembra muros no recoge nada,
Que casi todos somos albañiles de muros,
Que sería mejor construir puentes,
Que sobre ellos se va a la otra orilla y también se vuelve,
Que volver no implica retroceder,
Que retroceder también puede ser avanzar,
Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol,
¿Cómo hacerte saber que nadie establece normas salvo la vida?

MARIO BENEDETTI

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Las villas: de la erradicación a la urbanización

Por Demian Konfino*

Se están cumpliendo exactamente 50 años del primer mega plan de erradicación de villas de emergencia de la ciudad de Buenos Aires. A la sombra del golpe de Estado encabezado por el dictador Juan Carlos Onganía, se aprobó, para las villas, un plan de erradicación propensamente devastador. El programa fue conocido como PEVE (Plan de Erradicación de Villas de Emergencia) y se proponía el traslado de sus habitantes en etapas, primero a Núcleos Habitacionales Transitorios y, posteriormente, a Núcleos Habitacionales Definitivos. Para ello había que “resocializar” a sus habitantes.

El programa inauguró el uso de topadoras, camiones del ejército para el traslado a los NHT o a provincias o países de origen los habitantes de las villas e incluyó rocío a pobladores con DDT para “desinfectarlos”.

Si bien se redujo la cantidad de personas en villas, el plan no cumplió con sus objetivos aunque inauguró una fase de hostigamiento y estigmatización hacia los pobladores villeros.

Mientras tanto, el movimiento villero se organizó para reclamar primero por mejoras en su calidad de vida y, posteriormente, por su derecho a la vivienda digna en el lugar. En este proceso, el padre Carlos Mugica jugaría un rol fundamental.

La dictadura de 1976 retomó aquellos métodos y se propuso un plan aún más ambicioso: la erradicación humillante, compulsiva y violenta de las villas -que incluyó patotas, traslados en camiones de basura y violaciones- sin planificación respecto al destino de sus pobladores. De este modo, la gestión del gobierno de la Ciudad a cargo del Brigadier Cacciatore -nombrado por el genocida Jorge Rafael Videla- erradicó las villas del Bajo Belgrano, Colegiales y la de la Av. Córdoba y Jean Jaurés. Asimismo, disminuyó considerablemente la cantidad de habitantes de todas las villas de Buenos Aires, logrando resistir y permanecer en sus lugares solo un puñado de pobladores gracias a un amparo judicial.

Con el advenimiento de la democracia, el movimiento villero volvió a repoblar los barrios que habían sido menguados y, con ellos, el discurso de la erradicación compulsiva de las villas volvió a tener fuerza y se convirtió en política oficial durante la gestión de Jorge Domínguez como intendente de la Ciudad, nombrado por el entonces presidente Carlos S. Menem, al intentar derribar casillas de Villa 31 ante las cámaras de televisión.

Sin embargo, con la flamante autonomía de la Ciudad y la sanción de su Constitución, el constituyente tomó la decisión de establecer una única forma para satisfacer el derecho a la vivienda digna para los pobladores villeros, la urbanización de las villas con criterio de radicación. O, más sencillo, viviendas dignas en el territorio de las mismas villas.

En este sentido, en la sesión del 28 de septiembre de 1996 de la Convención Constituyente, el convencional Eduardo Jozami explicó el espíritu de este artículo: “Los habitantes de las villas de emergencia deben ver resuelto su problema de vivienda de acuerdo con el criterio de la radicación en el lugar”.

La convencional María Elena López en esa misma sesión, completó: “La idea de aludir a la integración urbanística tiene que ver con la integración de todos esos asentamientos al resto de la Ciudad; urbanizar es abrir calles, es instalar luz, proveer de agua y abrir plazas”.

El artículo 31 de la Constitución de la CABA promueve, en este sentido, “la integración urbanística y social de los pobladores marginados, la recuperación de las viviendas precarias y la regularización dominial y catastral, con criterios de radicación definitiva”.

A partir de allí, con la fuerza de una norma constitucional, quedó estipulado que ningún proyecto de ley puede contemplar el traslado de los pobladores villeros.

Por ello resulta saludable que el gobierno de la Ciudad revierta sus antecedentes, decida apegarse a la letra de la Constitución y resuelva sancionar nuevas normas que promuevan la urbanización de las villas de la Ciudad. No se trata de una dádiva sino del cumplimiento de la Constitución y representa un triunfo de la tenacidad, la perseverancia y la organización villera que no cejó en la batalla cultural por prevalecer en la lucha por vivienda digna.

Sin embargo, debe remarcarse: las leyes sancionadas en el último tiempo para las villas 20, 31, Rodrigo Bueno y Playón de Chacarita -entre otras- no implican directamente “urbanización”. Tampoco determinan per se el goce de la vivienda digna para sus habitantes. Son, no obstante, pasos importantes que deberán consolidarse en planos, obras concretas y nuevas normas que garanticen verdaderamente el ejercicio del derecho a la vivienda digna de todos los habitantes de las villas de Buenos Aires. En el lugar donde se vive.

Cabe recordar que se trata de un gobierno de la misma fuerza política que gestiona la Ciudad hace casi 11 años, que triunfó en las elecciones prometiendo erradicación de villas allá por el año 2007, y que, ya en la gestión, pasó las topadoras por el barrio Papa Francisco y lo intentó -legislativamente- con el barrio Rodrigo Bueno.

Nuevas normas deberán superar la etapa programática y alcanzar elevados consensos entre los pobladores villeros para así avanzar en mejoras concretas en su cotidianeidad respetando sus historias, sus luchas y sus tradiciones que colocaron al movimiento villero en el lugar en el que se encuentra hoy, habiendo ganado el sentido común por la urbanización, esperando la realización de su derecho histórico. Que pueda cumplirse el sueño del padre Mugica, a 44 años de su asesinato: hacer de las villas barrios obreros.

* http://www.ambito.com/921057-las-villas-de-la-erradicacion-a-la-urbanizacion

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Patria

“Esperaste, hábilmente, ese hueco que se genera, indefectiblemente, cuando se disipan las carcajadas, justo tras uno de tus exitosos chistes. De pronto gritaste, desaforado, ¡Viva la patria!”. Cuento de Demian Konfino.

Por Demian Konfino (Agencia Paco Urondo*)

No sé si se dieron cuenta lo que pasó recién. Brindamos por la piba del Tano que va a nacer en un mes; por la salud de tu vieja, Toni, Dios quiera que se mejore. Seguro que sí. El Negro dijo que este año se les da, Vamo Lobo que este año damo la vuelta… Así lo gritó el caradura, sin ponerse colorado. Claro, ¿qué pensabas, que no nos íbamos a cagar de risa, gil?

En eso estábamos, levantando la copa, una y otra vez, por las cosas que nos importan. Y en eso el boludo del Bebe pide silencio. Lo dijiste así, despacito, Cállense muertos. Esperaste, hábilmente, ese hueco que se genera, indefectiblemente, cuando se disipan las carcajadas, justo tras uno de tus exitosos chistes. De pronto gritaste, desaforado, ¡Viva la patria!

Les juro que me bloqueé. Corríjanme, creo que el vacío duró más de un minuto, hasta que el Chacho devolvió un tímido Viva.

Y por suerte saliste con otra cosa.

Bueno, fueron algunos segundos, no importa. A lo que voy es que en quince, veinte años de amistad que tenemos, desde que empezamos la secundaria ¿ustedes recuerdan que alguna vez hayamos hablado de la patria?

Bebe ¿de dónde sacaste eso? ¿Cómo mierda se te ocurrió?

Por favor. Patria ¿Qué carajo es eso, guacho?

Les voy a decir algo.

Ustedes saben que, en casa, a duras penas llegábamos a fin de mes. Mi viejo hacía de todo para conseguir el pan. Casi ni lo veíamos en todo el día. La vieja se hizo cargo de todos nosotros. Saben lo que debe ser siete hijos varones y dos mujeres ¡Madre santa!

Todos tenemos alguna historia parecida. Sino, no nos hubiésemos conocido en la Nocturna. Tuvimos que laburar desde pibes. Algunos, gracias a Dios, pudimos recibirnos del bachillerato. Otros dejaron rápido, pero tienen su familia. Su ranchito. Casi todos tenemos nuestra motito. Incluso el cheto del Tano, que ahora anda de corbata cagando ahorristas, llegó a tener el auto.

No. No hagás así con la cabeza. No es que estoy melancólico.

Vos me contaste, Tano, cuando en la escuela te jodieron porque eras de River y un día apareciste con la de Boca. ¿Y qué les ibas a explicar, qué era la única que tenías, qué vino en una bolsa de donación de la parroquia, qué vos ni te animaste a protestar cuando tu vieja te la puso porque sabías como ella chivaba para que vos y tus hermanos pudieran ir a la escuela?

Bueno, a mí me pusieron una vez la de los mates, porque mi viejo laburaba en Tuqsa en ese momento. Sí, los camiones de basura que habían firmado con el Municipio. Y Tuqsa auspiciaba la camiseta del añejo y querido Argentinos de Quilmes. En ese entonces nosotros vivíamos en el Monte, a pocas cuadras de la cancha. Pero yo era, soy y seré enfermo de Quilmes.

El viejo, ustedes saben, había parado en la barra mucho tiempo, hasta que se pudrió todo con el Negro Thompson. Así y todo, un sábado a la mañana vino y me dijo Gustavito, mirá lo que tengo, hoy salís de mascota con el primer equipo, esta es un regalo del patrón. Juegan con Alem. Ya hablé con don Alcíbiades, para que te saque lindo en la foto.

¿Qué le iba a decir? Se la había regalado el patrón. Para mí, su pibe ¿Saben con qué orgullo había diagramado todo el plan?

Al día de hoy conservo la foto, con el once inicial de los mates. Estoy hincado, apoyándome en una Pinter preciosa, blanquísima, con sus estrellas cada vez más negras. ¿Se acuerdan de esa bola? Era un sueño. Y ¿de Martín Di Diego? ¿Se acuerdan?, el pechofrío que pintaba bárbaro, de las inferiores de Quilmes. Bueno, el tano Di Diego se apoya en mi espalda en la foto.

Desde ese día, no me lo van a creer, supe que quería ser basurero cuando fuera grande. Eso que mi viejo había hecho de todo. Tornero en una metalúrgica. Albañil para una constructora de Berazategui. De joven laburó muchos años en una fábrica textil. Más tarde se embarcó en la marina mercante.

Pobre el viejo, grande y todo, cuando fue la crisis, sí, en el 2000, se hizo cartonero el pobre. De todo hizo el Pedro. Y yo elegí ser lo que soy por ese gesto del Jefe, fijate vos. Todavía tengo guardado los pantalones de gabardina naranja de la Municipalidad, los del viejo.

Una vez el Bebe me cagó a pedos. Me dijo Sobrás para la categoría, hermano, ¿te acordás?, Estás recibido y tenés un laburo de mierda. Tenés que apuntar más alto, vos que podés.

Y yo le contesté, me acuerdo patente, Todos podemos apuntar más alto. Vos también Bebe. Solo nos lo tenemos que proponer y hacer. Pero a mí me gusta mucho mi laburo.

Tantísimo tiempo hice camión, ustedes saben. Eso me encantaba. Jugaba a embocar las bolsas. Me creía Jordan. Varias veces me engancharon relatando Pichi Campana para treees…

Corría. Saltaba. Cuando me paraba en el estribo, estiraba el cogote, cerraba los ojos y escuchaba el viento. Empecé en la propia Tuqsa hasta que cerró. Hubo un negociado raro ahí. Decían que la firma era de un concejal que no sé cuánta guita se había llevado. Que sé yo. Lo único que supe es que, rápido, cuando todavía estaba en la nocturna, conocí la desocupación, ¿se acuerdan? Durísimo es eso. Realmente no se lo deseo a nadie. Ni siquiera al guacho ese que se cogía a la Andrea.

Sí. Cornudo. Ya fue. ¿Alguno cree que se va a salvar de los cuernos? Hay varios con los que ya compartimos el gremio, y los que no, les falta poco.

Bueno, después pasé por Ceamse, Cliba. Todas empresas del rubro.

En una época, cuando estaba la novela esa, Campeones, las minas se nos pegaban. Increíble. Cierto que rebalso de facha, pero creían que todos éramos Mariano Martínez.

Ahora trabajo para Urbasur, hago la zona de Boedo. Cada tanto mando un quiebre o un tarareo del tanguito ese San Juan y Boedo antiguo y más allá la inundación…

Me estoy yendo por las ramas de nuevo. Vayamos a lo importante.

Una fría noche de junio pasaba por una Iglesia, la Santa Cruz, ahí en Boedo, como les dije. En eso estaba persignándome, cuando veo entrar a unas señoras, grandes, ancianas, con pañuelos blancos sobres sus cabellos, atados al mentón, en nudo de dos vueltas. Yo las había visto en la tele. Las Madres de la Plaza de Mayo. Las del golpe del 76. ¿Se acuerdan que lo estudiamos eso? Sí, con Aldo, el profe de Historia.

Para asegurarme, consulté con un Don, bien arreglado, que estaba parado justo en la esquina de Urquiza y Estados Unidos. No solo corroboró, sino que agregó Acá el hijo de puta de Astiz, marcó a las Madres, como Judas, para que se las chuparan en la dictadura.

Me quedé duro, pensando. Me comprometí, enseguida, a conseguir esa historia e informarme. La sensación de estar frente a la Historia me había paralizado. Nunca me había sucedido.

El camión me había dejado dos cuadras atrás. Pablo, el conductor no se había dado cuenta, porque mi otro compañero, Oscarcito, seguía con la recolección. Tuvieron que dar la vuelta para recogerme. Dale boludo, subí, me gritaron.

Creo que no tuvo nada que ver con este episodio. Sin embargo, unos días más tarde, me explicaron que las necesidades funcionales de la empresa necesitaban de mis servicios en otra área. Que me tenía que animar y que no podía decir que no. Es decir, me avisaron que no iba a hacer más camión.

Loco, se me cayó la estantería abajo, como quien dice. Ahora iba a pasar a la escoba. Barrendero, sí. El carro, el tacho, la bolsa, los guantes, las botas, la escoba y la pala. Todo eso más un hermoso uniforme nuevo con esas cintas que brillan en la noche, para que nadie te lleve puesto.

La cuestión es que –no me quiero desviar de lo que les quería contar– habiéndome acostumbrado a barrer los sumideros y las canaletas, nunca me había tocado salir durante un diluvio. No se imaginan lo que es eso. Una tremenda aventura.

Era una noche de agosto. El frío calaba los huesos. Había garuado un poco, durante la tarde. Cuando salía para el laburo, el cielo se había encapotado. Una manta espesa de algodón gris rata se había adueñado de toda la inmensidad. Un rayo, al oeste, fue el primero en quebrar la monotonía oscura del atardecer. Un trueno polifónico hizo trastabillar los cimientos de la ciudad.

Fiché en la empresa y metí un padrenuestro –en voz baja– para que todo estuviera bien. Me cambié y a los diez o quince minutos salí. Los sumideros, nos habían recomendado antes de cruzar la puerta.

Media cuadra nomás y se largó con todo. Eran piñas que caían del cielo, muchachos. Pispié, de reojo, para arriba y me pareció ver miles de viejas arrojando baldazos de agua fría. Era un aluvión, ni más ni menos. El traje empezó a pesarme toneladas, mientras el frío penetraba, humedeciendo, todo mi cuerpo. El caucho de las botas se hinchaba, batallando contra las corrientes y contracorrientes que recorrían las calles, abandonadas, de Buenos Aires. Los pelos de la escoba se escapaban. Se inundaba la bolsa. Y yo seguía. Barriendo, paleando y a la bolsa.

Llegó un momento, pasada media hora del torrente universal, que me empezó a gustar la joda. Era como una lucha contra la tempestad. Solito contra el hosco chaparrón.

Me creí importante en mi silenciosa y meticulosa cotidianeidad. Después me dije Sos un gil, qué te pensás que tu jefe te va a felicitar. Qué va… Yo me seguía sintiendo cómodo en la incomodidad de las tinieblas.

Botellas de Coca. Latitas. Tampones. Pañales. Yogures. La mierda de Buenos Aires. Todo adentro de la bolsa de polietileno, para que esta triste ciudad no se inunde.

Estaba disfrutando la ponencia del maligno, teniendo conciencia de que mi goce era anónimo y secreto. Había hecho siete cuadras y media. Me acuerdo perfecto. Estaba a la altura del supermercado chino de Carlos Calvo entre Colombres y Castro Barros.

¿Se dieron cuenta de que todos los chinos tienen las mismas rejas de rectángulos?

Si, una boludez. Ya sé, no tiene nada que ver. Bueno, el tema es que estaba ahí, en esa cuadra. Había metido diez bolsas completas, calculale. Siempre respetando el protocolo. Dejando las bolsas en zonas altas, en lo posible accesibles para los camiones.

No estaba cansado. Ni me acordaba del frío. Estaba contento como cuando el Pedro me trajo el primer Topolino.

En eso, miro al balcón de un primer piso por escalera de un edificio de cien años. Si no estaba tomado, andaba por ahí. Tenía toda la pinta. Apenas se veía el color ocre del frente. Alguna vez ya me había fijado en esa estructura de techos altos. Me llamaba la atención el esplendor de años ha. Las escaleras a la calle eran de mármol blanco. Imagínense lo que habrá sido. Ahora estaba derruido.

Parado, junto a la baranda desdeñosa, un señor entrado en años, bajo un paraguas negro, evidentemente, resistente. El viejo me miraba tras gruesos y mojados lentes de receta. Me permití observarlo por espacio de treinta segundos, antes de continuar. El viejo bien abrigado, con un camperón beige, miraba y pensaba.

Giré el cogote y empecé a caminar. A los dos metros me detuve para recoger unos envases. Estaba alejándome cuando escucho Pibe, Pibe. Volteé y lo miré. ¡Gracias! ¡Pibe, vos estás haciendo Patria! ¡Gracias, pibe! Se dio media vuelta y se perdió en el ventanal centenario.

Y ahora vos, Bebe. Venís a brindar por la Patria.

¿Se pusieron todos de acuerdo?

Bueno. Nada.

Esperen que agarro la copa. Servime algo de tinto, gil. Ahora sí.

¡Viva!

* http://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/patria

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Presentación del libro La Mala, de Demian Konfino, en el Instituto Patria

Por Agencia Paco Urondo*

La Mala, novela negra, editado por CICCUS, es el nuevo libro de Demian Konfino y será presentado este martes 3 de abril en un panel que contará con la participación destacada del escritor Juan Sasturain.

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La Mala

“Once corchazos ponen en jaque la vida de Leo, un pibe chorro que antes de chorro fue pibe”, reza la contratapa. Flor, novia enamorada y narradora, es estudiante universitaria gracias a una beca Padre Mugica. La intensa relación entre estos dos jóvenes villeros, que mezcla a la vez ternura y furia, se impone en el centro de la trama, mientras la marginalidad acecha a miles de trabajadores en una villa de Buenos Aires.

El autor hace hincapié en la relación entre estos dos adolescentes y al contexto en la que se traba. Allí, una reflexión social –casi una denuncia– aparece, solapada, haciendo honor al género negro. Estamos ante un policial clásico en su versión latinoamericana, donde el héroe nunca podría ser un policía o un juez siempre que se intente la verosimilitud del relato. Y La Mala lo intenta y lo consigue. Es Flor quien, casi en soledad, se encargará de la pesquisa, probándose la pilcha de justiciera. Una justiciera imperfecta que no cejará hasta encontrar la verdad.

El otro gran eje de la historia es el crimen y la indagación sobre qué pasó, quién lo hizo y por qué. José Pablo Feinmann ha dicho: “En la novela negra el criminal es apenas un emergente de la turbia moral capitalista”. En este sentido, el criminal de La Mala lo es. Claramente.

El escritor Demian Konfino es quilmeño y tiene 35 años. Lleva publicado cuatro libros: Hasta el amanecer de Tupacamaria (2010), Villa 31, Historia de un amor invisible (2012), Patria Villera, Villa 31 y Teófilo Tapia: historia de una lucha (2015) y La Mala de reciente aparición. Tres de estos cuatro libros se refieren a la temática villera.

En esta oportunidad, Konfino ha escogido la novela negra para narrar los días y las noches de miles de seres humanos que habitan las villas argentinas y que no alcanzan a vencer su contexto. El resultado, la historia de una sociedad, en un momento determinado, contada desde sus márgenes, desde sus crímenes más ocultos.

Los fierros, el narco y la corrupción policial fungen como actores necesarios de este thriller urbano cuyo vértigo no cesa ni siquiera con el demoledor final. Es, en suma, una novela necesaria y urgente.

La presentación se realizará este martes 3 de abril, a las 18 h en el Instituto Patria, Rodríguez Peña 80 (CABA).

Panel integrado por:

Juan Sasturain, periodista y escirtor.
Mónica Santino, DT en Villa 31.
Juan Carlos Manoukian, Director Ediciones Ciccus.
Demian Konfino, autor.

* http://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/presentacion-del-libro-la-mala-de-demian-konfino-en-el-instituto-patria

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Cartonero

Por Demian Konfino

No pudo pegar un ojo en toda la noche. No está seguro, aunque ya concedió su palabra. Luego de mucha insistencia en la cena de anoche, Héctor le prometió a su hijo Maurito que lo llevaría con él a laburar.
Sin embargo, teme. El pibe es muy pibe. Diez pirulos nomás. Siente que no debería llevarlo. No quiere que se entusiasme.
Cierto es que Maurito es un pésimo estudiante. Cursa tercer grado y apenas sabe leer y escribir. Pero ellos tuvieron la culpa. Lo anotaron recién en primer grado con edad de tercero. Se percibe grandulón respecto a sus compañeros y tiene razón.
También es verdad que su infancia no fue nada fácil. En la escuela esto lo entienden. Lo que no logran comprender del todo es la extraña composición familiar en la que conviven una figura paterna con dos representaciones maternas y ocho niños de entre uno y quince años. Dos de esos chicos, –los más grandes- Héctor, los tuvo con la Adela. El resto, con la Vane, la hija de Adela. Maurito no entiende mucho eso de que sus dos hermanos mayores sean hijos de su abuela y –al mismo tiempo- de su papá.
Viven todos juntos en Villa Tranquila, partido de Avellaneda. Llegaron allí hace trece años, desde Pinto, Santiago del Estero.
Hizo punta Héctor. Había conseguido laburo en una obra en Buenos Aires, por intermedio de su padrino. Allá, en Pinto, hacía rato que ni changas había. No lo dudó. Vivió unos meses en una pensión en el Once, hasta que lo despidieron, cuando se paró la obra. El manguito ahorrado se diluyó. Tuvo que ir a parar al terrenito que le reservó un primo, en el conurbano. Armó una precaria estructura de cartones, maderas y chapones, que resistió varios años. Ahí mismo dónde ahora levantó una casita de material con tres habitaciones, cocina, living y baño. Recién a los dos años, cuando enganchó una seguidilla de changas, mandó el pasaje a sus mujeres y niños para unirse en Buenos Aires.
Hoy Maurito duerme en la misma cama con su hermano Pedro y en la misma pequeña habitación con cuatro hermanos más. No se queja mucho y en el barrio es muy querido por sus amigos.
La maestra de la escuela Alberdi de Avenida Mitre los citó varias veces por sus desmanes. A Héctor le costaba creerlo hasta que la Vane fue –al fin- a la reunión y tuvo que soportar que la maestra le contara que Maurito era una especie de demonio inimaginable. Escupía a maestros y alumnos, meaba a las compañeritas, robaba cartucheras enteras.
Cuando volvió hecha un trapo, la Vane y le contó, Héctor decidió acortarle la rienda. Tenerlo cerca. Se mostró firme, pero temblaba. Bajo esa larga cabellera azabache, su rala barba y su envidiable masa muscular, Héctor percibía la duda de estar errando el vizcachazo. Creía que podía ser una opción crucial y estar pifiando. Si el pibe le agarraba el gustito al laburo, ¿Cómo lo devolvía a la escuela?
Arrancó hace diez años, en este difícil oficio de cartonero. Corría el 2002 y todo se caía a pedazos en el país. Maurito tenía seis meses y él ya no metía un laburito ni para rebusque. Los pibes, al menos, comían en el comedor de la capilla. A él lo mortificaba enormemente eso. No poder darle de morfar, implicaba una afrenta a su dignidad de hombre.
La villa se superpobló de un mes a otro. Gracias a Oscar, el referente barrial, compañero de fútbol de Héctor en el equipo de la villa, arañaron un Plan Jefas y Jefes de Hogar de ciento cincuenta mangos por mes que no alcanzaba ni para diez días.
De pronto, empezó a haber como una moda de cartoneros. La profesión fue ampliamente reflejada por los medios de comunicación. Y Héctor se decidió a probar suerte, junto con la Adela, cuando la depresión estaba ganando.
Previo a eso, cuando ya habían decidido arrancar, debieron procurarse los medios de producción.
Para ello, nada mejor que cagar a los gringos y, de pasó, vengar, aunque sea un tantito, a la patria fusilada. Se fueron hasta el Wal Mart del Alto Avellaneda, sobre Güemes, merodearon la zona y entraron. La Adela distrajo premeditadamente al guardia más cercano a la fila de changos del estacionamiento. Héctor operó eficaz y se dio a la fuga sin siquiera ser perseguido. Para despejar cualquier sospecha, Adela ingresó al hipermercado y compró dos kilos de mandarinas, que tiraban de lo lindo. Ajusticiada la nación se reencontraron en Villa Tranquila. El Héctor y la Vane la esperaban cerveza en mano.
Averiguaron dónde vender y debutaron, auspiciosamente, al día siguiente.
Héctor era el encargado de traccionar. Al principio le agarraba unas punciones lumbares agudas. Más de una vez tubo que recurrir a la guardia del Fiorito. Con los meses fue construyendo algunas mañas que mejoraron su performance y aliviaron su salud.
Una tarde, extenuado, volvía a casa sólo. Adela no lo había acompañado. De pronto, constató una escena que no había contemplado en su imaginario fabril. Un competidor dialogando –en registro de hombres de negocios- con un portero de un edificio sobre Pavón. Razonó luego, que debía diagramar una red de porteros expendedores de residuos domiciliarios.
Como buen descendiente de gitano, de lo que no carecía era de chamuyo. La lamparita se le prendió cuando avizoró el objetivo: Las torres del puente Pueyrredón. Si accedía a sus vigiladores, mediando alguna cortesía, se paraba para toda la cosecha. Aunque, a escribir verdad, lejos de pararse, físicamente incrementaría el esfuerzo de una manera sideral.
Su labia y algunas atenciones lograron el objetivo buscado. Se comprometió a pasar todas las madrugadas y efectuar prolija e higiénicamente la separación de los residuos orgánicos de aquéllos reciclables, como cartones, papeles, metales o plásticos.
A diez años del episodio del changuito, es -ya- un experimentado reciclador urbano. Así los llaman ahora, en el Municipio, además de tener sus vestimentas fluorescentes que así lo acredita.
Ahora que puede asegurar las comidas familiares, algún gustito para los niños y alguna pilcha para sus chicas, Héctor descubre las secuelas corporales de la actividad. Llega agotado al hogar. A duras penas juega el picadito semanal con los muchachos. Las disfunciones sexuales se volvieron frecuentes.
Pero se miente feliz. Simula estar a gusto, a pesar de sus periódicas y violentas borracheras, en las que nadie se atreve a narrarle la pedagogía del ejemplo como una de las enseñanzas conceptuales de las guerrillas del Che.
Términos como violencia de género resultan una extravagancia en ese hogar. Sus mujeres, madre e hija, conciben como normalidad la dominación masculina y hasta las agresiones. Los pibes sí sufren el llanto de sus madres. De todas maneras, queda claro quién manda y cómo lo hace y nadie se atreve a oponerse. Ello no es obstáculo para aprovechar del amor de Héctor en sus ratos de lucidez.
Más caracterizable como alcohólico social que como borracho empedernido, Héctor es muy afectivo en todos aquéllos momentos en los que logra no sumergirse en las huestes de Baco.
Esta mañana del debut de Maurito, se cumple un mes de abstinencia y armonía.
Hay momentos en los que la vida te hace escoger entre una derrota y otra derrota. Esa es la lágrima penetrante que ausculta su corazón en la noche de primavera y desvelo.
La Champion Liga empieza a sonar en el minicomponente Aiwa, a las cuatro y veinte de la mañana puntual, según lo programó la noche anterior. Pone la pava en la hornalla. Enciende un fósforo y abre el gas. Entorna la alacena de fórmica blanca y retira dos saquitos de té, dos tazas, dos cucharitas y el tarro de azúcar. Se asea en el baño. Despierta a Maurito, que no acierta a abandonar el sueño.
Desayunan el pan casero con chicharrón de la tarde anterior. Se cambian y salen.
Todas las noches, Héctor deja el carro encadenado a un poste de luz de la placita de la esquina. Su estructura de hierro –soldada por él mismo- no llama la atención, excepto por estar pintada celeste y blanco, como la Academia. En cambio, las ruedas sí están buenas. Pirelli son. Pertenecieron, probablemente, a un Ford Fiesta, teniendo en cuenta el rodado y el modelo de llantas y platillos. Son robables. Pero en el barrio no se escupen el asado.
Padre e hijo, ingresan dentro del cuadrilátero de tire, como Héctor llama a la estructura de hierros desde la que hacen mover el carro. Le explica a Maurito cómo debe agarrar el caño horizontal y lo pone en movimiento. Transitan el sinuoso barro villero, hasta sumergirse en el asfalto que recuerda la civilidad y relaja los músculos.
Héctor canta cuando ingresan al Boulevard Roca. Está contento, ahora sí.
La noche se obstina y no se va. El alumbrado público devuelve sus sombras extendidas en el cemento aún oscuro. Ciertos o imaginados destellos anaranjados imprimen arte a los nauseabundos olores del Riachuelo.
Caminan algunas cuadras hacia las torres del puente. Nuevamente, en silencio, Héctor relojea a Maurito. Sus ojos de la tierra bien abiertos alternan pórticos y balcones. La expresividad de pómulos tensos se corona en la sonrisa despareja, abierta y expresiva. Maurito está gozando como aquélla vez, a sus cuatro años, cuando le regaló una número cinco, o a los siete, cuando le entrego una red de bolitas, extinguidas en sofisticados barrios cerrados, mas irremplazables en las villas argentinas.
Lo que le depara el futuro, una incertidumbre. La alegría de su pibe, explica su llanto repentino, aquietado varias lunas.
Una brisa, descolocada, le vuela la gorra a Maurito. En ese instante, a Héctor le cae la ficha, súbitamente. Pase lo que pase, Maurito está a salvo. Lo ve en sus ojos.
La chispa que desprende su mirada es un hilo invisible que mueve las fibras de lo mejor que tiene el hombre. Avidez por conocer, intercambiar, socializar. Celebrar la unión. Festejar lo nuevo, lo que viene, lo que espera, la esperanza.
Eso cree. Y nadie se lo va a sacar de la cabeza.*

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Aproximaciones al fenómeno Márkaris

Petros Márkaris ha creado a Kostas Jaritos. Sus libros son devorados por la clase media argentina. ¿Cuál es su fórmula? ¿Qué oculta? El caso de Liquidación Final.

Por Demian Konfino

Petros Márkaris nació en Estambul, Turquía, en 1937. Pero escribe sobre Grecia, la nación de su madre que adoptó como propia. Sus libros se venden como pan caliente en Argentina y en España. Escribe policiales. Es el creador Kostas Jaritos, un héroe panzón y sin capa que resuelve los entuertos más extraños en la Grecia del siglo XXI y sirven de excusa para de describir esta Grecia, la actual, la de la crisis económica, la de la troika europea exigiendo ajustes imposibles, la de la política formando parte del problema y no de la solución, la de la corrupción impregnada en todos los órdenes sociales.

Su Grecia es tan verosímil, su modo de explicarla en clave policial es tan universal, que cualquier lector de la periferia del mundo puede creer que los crímenes investigados se cometen en su ciudad y sentir empatía con el comisario Jaritos. A pesar de ser policía. Y a pesar de algunas traducciones de Tusquets, su editorial, dirigidas estrictamente al lector español que generan algún chirrido prescindible en la musicalidad del texto para el lector latinoamericano.

Liquidación final (Tusquets, 2014), es uno de los títulos más interesantes de la zaga de diez libros protagonizados por el comisario. Kostas Jaritos se topa con un asesino de evasores fiscales y funcionarios políticos corruptos. Los mata con métodos o contextos de la Grecia antigua. El homicida se hace llamar “Recaudador Nacional”. Exige que los defraudadores cancelen sus deudas con el Estado. De esta manera, las arcas públicas se incrementan notablemente en poco tiempo.

El prestigio de esta suerte de vengador popular pasa a ser aclamado por la misma opinión pública que soporta el peso de los ajustes exigidos por el Fondo Monetario Internacional y ve con buenos ojos que alguna vez los poderosos paguen sus trapisondas. El Recaudador Nacional recibe, de este modo, fervorosas adhesiones provenientes de todo el espectro ideológico.

El libro describe las reiteradas protestas callejeras que generan caos de tránsito. Tal vez se exceda en ello, pero logra que el lector se sienta ahí entre bocinazos, ahogo y desconcierto. Las coimas son parte de la cotidianeidad y la falta de oportunidades golpea en la propia casa de Jaritos, cuando su hija desea emigrar para alcanzar un buen empleo.

Más allá del notable manejo de la intriga, fundamental para todo buen policial, la denuncia es el alma de la obra. Es su razón de ser. Probablemente, también sea el motivo de su éxito. El clima antipolítico que respira el texto conecta con lectores de diversos países de la periferia occidental, coadyuvando a este boom de ventas.

“Este país no puede permitirse otra generación perdida”, escribe sobre el final Márkaris. Hay un deseo, sino una esperanza. Tal vez, intente aportar un granito de arena con su escritura. Se lo hace decir al Tío Lambros, un personaje menor en la trama que, sin embargo, funge de refugio moral: Un hombre de izquierda, pertinaz y honrado, que siempre ha vivido como ha pensado.

La coherencia y la honestidad, al mismo tiempo, son puntales éticos que guían al comisario en los diez libros. En este sentido, sin faros políticos a la vista, el refugio ético parece ser el camino alumbrado por Márkaris para transitar la decadencia neoliberal y no sucumbir en el intento. Es un destello. Y no es poco. Aunque no alcance.

Márkaris, junto con sus editores, ha creado una marca y le saca jugo. Escribe sobre la crisis griega y no para de vender. Sabe lo que hace y lo hace bien. Prueba de ello es que sus libros se cuelan, de boca en boca, en bares u oficinas porteñas, platenses o cordobesas, entre un comentario político, frívolo o futbolero.

En suma, estamos ante un gran escritor contemporáneo que sabe conectar método y mensaje, que es consciente que gusta y vende y que ha aprendido a moverse dentro del mercado global escribiendo un alimento en el que cree y que, además, se consume: novelas negras globales.*

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El galán de la sombra, cuento de Demián Konfino

El cuento gira en torno a Juan Quintana, un genocida devenido en piloto de una aerolínea de bandera tras la dictadura civico-militar del 76.

Por Demian Konfino

De pronto, Juan Quintana se había avivado, para sorpresa de todos.

La noche que cayó al baile del primer aniversario de la promo 75 con el fitito naranja con volante de madera fue su presentación. La Gladys subió con él y observó que del espejito colgaba un avioncito, amarrado a una cintita roja. Contra la envidia, le dijo. Cuando se bajó en la esquina de su casa, la Gladys leyó en el vidrio trasero dos calcomanías: Lufthansa y Aerolíneas Argentinas. Imposible. El tipo se la había creído.

Ninguno de sus compañeros de la secundaria lo podía creer. El mudito de la clase, el gil, se había movido al minón de la Gladys y empezaba su adultez convenciéndose de un guión que no le calzaba. Ser piloto.

Sin muchas luces ni opciones, la Escuela de Aviación Militar de la Fuerza Aérea en El Palomar le quedaba a dos cuadras de su casa y era gratuita. No lo pensó demasiado. Se hizo milico. Bueno, de la aviación, pero milico al fin.

Para colmo, al poco tiempo de su ingreso se produjo el golpe del 76. A Quintana, que no sabía nada de política, le explicaron en la Fuerza que los comunistas eran el enemigo y que comunistas eran todos los que se disfrazaban de “ayudadores desinteresados de terceros”. Él lo asoció al gordo Germán, su compañero de banco, a quién lo sabía un pibe bárbaro, pero ahora parecía que era pesado –asoció– porque varias veces le había contado de las marchas y de las copas de leche en Villa Corina.

En la academia se lo habían dictado clarito: parecen buenos vecinos, mejores amigos, pero quieren tu casa, tu auto, tu mujer y hasta tus hijos si te descuidás.

Con Gladys salió un par de veces más hasta que se cansó y se dio el lujo dejarla.

Mostrando la chapa, empezó a entrar en todos lados. Le invitaron tragos que repartió con generosidad a –su tardíamente descubierta debilidad– las mujeres de la noche porteña.

Si alguien fruncía el ceño, pelaba el fierro para divertirse viéndolo correr.

Hasta la manija con el goce de su flamante poder, se creyó la guerra a la subversión apátrida y se embarcó.

En su haber –aunque no en su legajo– escribió más de un tormento aplicado entre carcajadas. Una, muy festejada por sus camaradas, fue su creación: a punta de una 9 milímetros, obligaba a los militantes detenidos-desaparecidos a rasurarse la barba. Sin agua, ni jabón. Con su propia orina. Con el meo de Quintana.

Sin remordimientos comenzó a participar, asiduamente, allá por la época del Mundial 78, de lo que más tarde se conocería como “vuelos de la muerte”. Tiraba bolsas negras, supo jactarse, riendo, más de una vez, en rondas de whiskys en encumbrados salones europeos, junto a sus compañeras de Aerolíneas.

Porque Juan Ramón Quintana se recicló, en el 86, como piloto civil de la línea de bandera nacional. Con su impunidad a cuesta, hizo realidad su sueño fabricado: viajar por el mundo como un tipo importante. Recto. Engominado y bien afeitado. Erguido bajo su traje de comandante. Se le abrieron todas las puertas.

No lo paró nadie.

Tuvo algunos hijos, que tampoco figuraron en el legajo.

Se casó con María Eugenia, una modelo rosarina, 15 años menor, que conoció en Barajas. Preciosa. Algo superficial y materialista, aunque bastante sensible. Le dio dos hijos y una vida oprobiosa, repleta de hipocresías, posturas y violencia de género.

Aunque el estado civil indicara “casado y dos hijos”, dejó un tendal sin reconocer, en varios puertos del mundo, ante la pasividad de su mujer. O ante su impotencia.

Después de todo, ella conoció de cerca su impune anecdotario, una vez que quedó embarazada por vez primera. Calló la faena de su marido y no le dio el cuero para plantear un digno y tempestivo divorcio, pereciendo en el infortunado rol que creía asignado por la sociedad: criar a sus hijos, jugar al golf en el country, regalarse unas tardes de shopping.

Por dispendioso, petulante o altanero, Quintana se adivinó enorme, en esas ruedas de whisky por el mundo. Lo fue mucho tiempo. Demasiado. Hasta que conoció a Florencia.

Quintana, un artista en el rubro caballerosidad, la hechizó. Florencia, soltera en la ciudad, solía dejarse seducir por tipos maduros. Se metía con hombres grandes que siempre la terminaban decepcionando.

Volaron juntos un par de veces y Florencia cayó. Como todas. Finísima azafata, muy joven y con poca experiencia de vuelo, el comandante le marcó el camino. Tras un par de histeriqueos, Florencia decidió golpear a su puerta en el Hotel Plaza. Tuvieron una cena de fantasía frente al Central Park. Y, luego, muy buen sexo. Durmieron abrazados. A la mañana repitieron.

Florencia se entusiasmó y empezó a soñar. Sin embargo en la siguiente noche, en el John F. Kennedy de Nueva York, antes de abordar el vuelo de regreso, escuchó el horror.

En el VIP del aeropuerto, buscando enrostrarle poder, como otro elemento de atracción, Juan le confió su historia de vida, en tono intimista.

Florencia enrojeció. Una fuerza a punto de estallar en fricción recorrió su cuerpo. Se puso a temblar, súbitamente. Quiso arrojarse a su cuello y pegarle patadas hasta desfigurarlo. Apenas pudo disimular la mueca de sus labios, apretando su filosa dentadura.

Una cinta de luz se coló entre los nervios y le indicó placidez. Sabiduría.

Atendió un ficto mensaje de texto a su celular. Activó la grabadora y apoyó el aparato boca abajo, sobre la mesa.

Llegaron a Buenos Aires en la mañana de un martes frío. Se despidieron en Ezeiza y Florencia se fue para Comodoro Py. Sin escalas.

Subió las escaleras. Se detuvo y miró al cielo, como un reflejo. Un susurro se le escapó: para vos, viejo. Entró al despacho que le indicaron y accionó el audio ante el joven Secretario Letrado.

En respuesta a un oficio judicial, dos semanas después, Aerolíneas remitió al Juzgado Federal el legajo del experimentado piloto. La cartulina rosada doblada al medio para hacer la carpeta de legajo administrativo contenía su nombre y un número. En su interior una sola hoja rezaba: Juan Ramón Quintana, Piloto. Eso era todo.

Demasiado escueto su legajo. Extrañamente lacónico para ser comandante de Aerolíneas Argentinas durante 30 años.

El legajo rosado de Juan Ramón Quintana omitió esta vida. La Justicia, finalmente, no.

La Fuerza Aérea informó el extravío de la foja de servicio, pero ratificó que perteneció a la Fuerza entre el 75 y el 86.

El valioso testimonio de los sobrevivientes demostró que Quintana fue alias “Rober”, el torturador del Palomar.

Hoy, Juan Ramón “Rober” Quintana galantea la sombra en el pabellón de genocidas de Marcos Paz mientras el papá de Florencia permanece desaparecido.*

* http://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/el-galan-de-la-sombra-cuento-de-demian-konfino

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