Defensa de Venezuela

Hay un texto fundamental para entender lo que hoy pasa en Venezuela. Se llama Defensa de Nicaragua por Eduardo Galeano y lo leí hace años en su libro “El tigre azul y otros artículos”.

Venezuela, como Nicaragua en los 80, sufre un acoso desmesurado. Hace 20 años que la Revolución Bolivariana es hostigada, desde adentro y desde afuera, por el solo hecho de haber intentado un país para todxs los venezolanxs. Con errores y dobleces, Venezuela hoy, como Nicaragua ayer, puede exhibir lo que pocos: la derrota del analfabetismo.
Son muchos los hechos, las fotos, que pueden exhibirse para defender los logros de los procesos emancipadores latinoamaricanos. Pero la asfixia que sufren es tan grande, la campaña internacional es tan extensa que, parece, ya nadie se acuerda de ellos.
Prefieren hablar de una nueva esperanza traicionada.
Defender a Venezuela del golpe de Estado es, entonces, defender a Nicaragua de los contras. Es, en definitiva, defender el derecho de intentar un camino sin muletas imperiales y, también, tener derecho a tropezar y seguir caminando.

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El Midi de Juan Diego Incardona

Cuento de Incardona que relata un juego de niños. Las figuritas. El loco Gatti contra Andreuchi en un duelo de titanes. Quilmes, en otra etapa, tuvo un nueve temible que, además de ser el goleador de un torneo de primera, fue una figurita difícil.

El midi

Hacía tiempo que buscaba al Loco Gatti. Estaba encaprichado, era mi ídolo. Y el de mi vieja!
Una tarde estábamos en el porche de mi casa con Martín y el cabezón, jugando a las figuritas. Empezamos a cambiar. De pronto la vi, casi al pasar, entre los dedos rápidos de Martín, que revisaba su colección. Sí, era Gatti, estaba seguro. Ojo, en realidad Gatti no era tan difícil, porque era un jugador conocido, pero a mí se me negaba. Y cuanto más me esquivaba esa loca, más la deseaba. Le dije:
—Che, Martín, ¿tenés a Condorito Ramos de Newells? (Esa era difícil de verdad)
—Ni en pedo.
Y sin demostrar mucho interés, agregué:
—¿Y al loco Gatti?
—Sí, creo que sí, a ver, sí, acá está.
—Ah, mirá, bueno, te la cambio por ésta —y le mostré a Andreuchi de Quilmes (un verdadero tesoro).
A Martín se le pusieron los ojos como dos huevos duros. Pero sospechó enseguida, el turrito. Me miró un rato en silencio. Después me dijo:
—No sé, no sé, ésta es la única que tengo de Gatti.
El cabezón saltó al toque, y acercándose a Martín, le dijo en voz baja (igual escuché):
—¿Pero vos sos boludo?
—Callate, no te enganchés –le contestó Martín.
Después, dirigiéndose a mí, me propuso:
—Juguémoslas al midi. El que llega más cerca de la pared se queda con las dos.
Mmmm, aceptar era peligrosísimo. Si perdía, no sólo seguía mi mala racha con Gatti, sino que además me quedaba sin el tesoro Andreuchi.
—No, dale, cambiemos –le dije.
—No, midi o nada –me contestó.
Lo pensé, lo pensé, lo pensé…
—Bueno.
Era el midi de mi vida. Acordamos cruzar a la vereda de la Maico, porque las baldosas eran lisas, no como las de mi casa, que tenían canaletitas donde las figus se incrustaban.
Martín tiró primero. Fue bastante conservador. Su Gatti voló despacio y con curva. Se quedó a unos diez centímetros de la pared. No estaba mal, pero era absolutamente ganable. Yo jugaba bien y tenía práctica. El midi era mi favorito entre los juegos de figuritas. Convencido de mi triunfo disparé un tiro recto, sin mucha rotación, destinado a la gloria inevitable, que me esperaba en la línea de meta entre la pared y la última baldosa.
El goleador de Quilmes surcó el aire, y los mares y la tierra y el tiempo mismo en aquella palomita, la más importante de su carrera.
Parado sobre el cordón la vi, con gracia, pasar encima de la anteúltima raya, después sobre el mismo Gatti postrado y tocar, por fin, la última, la delgada línea final. Pero la actitud de Andreuchi era sobradora, un grito de gol antes de que la pelota tocara la red.
La figurita pegó en la parte inferior de la pared con demasiada fuerza, así que rebotó. Padrenuestro, Dios te salve María, pero no hubo caso. Andreuchi cayó vertical en el piso y empezó a rodar hacia nosotros, debido a la suave pendiente inclinada de la vereda, que caía hacia la calle por el desagüe.
Finalmente se detuvo: era una derrota total.
Martín levantó las dos figuritas, me saludó rápido y se fue. El cabezón lo acompañó. Se iban riendo en voz baja. Yo me senté en la vereda. Apenas lo hice cayó una gota del cielo, después otra, después otra.
Apoyado sobre el respaldo blanco de la catástrofe me mantuve en la nada, preso de la percusión repetitiva sobre mi cabeza, tuc, tuc, tuc, golpeaban pero yo prácticamente no me movía, hasta que el agua empezó a chorrearme por la cara. Entonces reaccioné. Me puse de pie nuevamente y corrí al almacén de la Juanita.
—Juanita, ¿me puedo agarrar la tapa de una botella vacía?
—Sí, Juanegriego, pasá.

Desenrosqué de una botella de vino y salí a la calle: se había largado con todo.
Crucé, puse el barquito en la zanja y lo acompañé por la orilla. Pronto se lo llevó el zanjón de Boris Karloff en Giribone, después los rápidos llegando a Mariquita Thompson. La tormenta hacía globitos y paragüitas por todos lados. Estaba empapado. Las figuritas que quedaban en mi bolsillo, después lo sabría, se convertían en una masa enchiclada.
Pasaron varios minutos y ahora me encontraba a siete cuadras, casi llegando a la General Paz, antes derrotado, ahora corriendo y corriendo a la par de mi tapita de vino en la zanja cada vez más caudalosa, en una carrera que parecía infinita, hecho carne infantil para la lluvia y los vecinos refugiados que me señalaban desde abajo de los techos, libre pero desesperado, como una tortuga recién nacida en busca del mar, perseguida por cangrejos y gaviotas.*

* Texto del libro Villa Celina de Incardona.

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Debate sobre Otras voces narrativas con Juan Carrá, Demian Konfino y Gabriela Cabezón

Debate: Construcción de “otras” voces narrativas y marginalidad.
Con la participación de Gabriela Cabezón Cámara, Juan Carrá y Demian Konfino se realizará el debate el jueves 15 de noviembre, a las 17:00h en la Universidad Nacional de las Artes, en la sede de Bartolomé Mitre 1869, en el aula mayor (3° piso).*

Ver en http://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/debate-construccion-de-otras-voces-narrativas-y-marginalidad

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Cerrando el año, quedan invitados e invitadas a continuar los debates sobre el arte de la escritura con dos escritores y una escritora que queremos y admiramos: Gabriela Cabezón Cámara, Juan Carrá y Demian Konfino. El debate será en torno a la construcción narrativa de “otras” voces, la relación entre ficción y realidad, los principales desafíos y estrategias para la construcción de mundos narrativos.

¿Cuándo?

Se realizará el jueves 15 de noviembre, de 17 a 18:30, en la Universidad Nacional de las Artes, en la sede de Bartolomé Mitre 1869, en el aula mayor (3° piso).

¿Quiénes lo organizan?

El Centro de Estudiantes de Crítica de Artes y colectivo aquelarre (alumnas y alumnos de artes de la escritura) en el marco de la Licenciatura de Artes de la Escritura.

¡¡¡Es un evento público, con entrada libre y una muestra de por qué seguimos defendiendo a la educación pública!!! ¡¡¡Les esperamos!!!

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La mala en el BAN! 2018

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La Mala en el BAN! 2018

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DESDE LOS AFECTOS

¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?
Que uno sólo tiene que buscarlo y dárselo,
Que nadie establece normas salvo la vida,
Que la vida sin ciertas normas pierde forma,
Que la forma no se pierde con abrirnos,
Que abrirnos no es amar indiscriminadamente,
Que no está prohibido amar,
Que también se puede odiar,
Que el odio y el amor son afectos
Que la agresión porque sí hiere mucho,
Que las heridas se cierran,
Que las puertas no deben cerrarse,
Que la mayor puerta es el afecto,
Que los afectos nos definen,
Que definirse no es remar contra la corriente,
Que no cuanto más fuerte se hace el trazo más se dibuja,
Que buscar un equilibrio no implica ser tibio,
Que negar palabras implica abrir distancias,
Que encontrarse es muy hermoso,
Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida,
Que la vida parte del sexo,
Que el “por qué” de los niños tiene un porque,
Que querer saber de alguien no es sólo curiosidad,
Que querer saber todo de todos es curiosidad malsana,
Que nunca está de más agradecer,
Que la autodeterminación no es hacer las cosas solo,
Que nadie quiere estar solo,
Que para no estar solo hay que dar,
Que para dar debimos recibir antes,
Que para que nos den hay que saber también cómo pedir,
Que saber pedir no es regalarse,
Que regalarse es, en definitiva, no quererse,
Que para que nos quieran debemos demostrar qué somos,
Que para que alguien “sea” hay que ayudarlo,
Que ayudar es poder alentar y apoyar,
Que adular no es ayudar,
Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara,
Que las cosas cara a cara son honestas,
Que nadie es honesto porque no roba,
Que el que roba no es ladrón por placer,
Que cuando no hay placer en las cosas no se está viviendo,
Que para sentir la vida no hay que olvidarse que existe la muerte,
Que se puede estar muerto en vida,
Que se siente con el cuerpo y la mente,
Que con los oídos se escucha,
Que cuesta ser sensible y no herirse,
Que herirse no es desangrarse,
Que para no ser heridos levantamos muros,
Que quien siembra muros no recoge nada,
Que casi todos somos albañiles de muros,
Que sería mejor construir puentes,
Que sobre ellos se va a la otra orilla y también se vuelve,
Que volver no implica retroceder,
Que retroceder también puede ser avanzar,
Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol,
¿Cómo hacerte saber que nadie establece normas salvo la vida?

MARIO BENEDETTI

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Las villas: de la erradicación a la urbanización

Por Demian Konfino*

Se están cumpliendo exactamente 50 años del primer mega plan de erradicación de villas de emergencia de la ciudad de Buenos Aires. A la sombra del golpe de Estado encabezado por el dictador Juan Carlos Onganía, se aprobó, para las villas, un plan de erradicación propensamente devastador. El programa fue conocido como PEVE (Plan de Erradicación de Villas de Emergencia) y se proponía el traslado de sus habitantes en etapas, primero a Núcleos Habitacionales Transitorios y, posteriormente, a Núcleos Habitacionales Definitivos. Para ello había que “resocializar” a sus habitantes.

El programa inauguró el uso de topadoras, camiones del ejército para el traslado a los NHT o a provincias o países de origen los habitantes de las villas e incluyó rocío a pobladores con DDT para “desinfectarlos”.

Si bien se redujo la cantidad de personas en villas, el plan no cumplió con sus objetivos aunque inauguró una fase de hostigamiento y estigmatización hacia los pobladores villeros.

Mientras tanto, el movimiento villero se organizó para reclamar primero por mejoras en su calidad de vida y, posteriormente, por su derecho a la vivienda digna en el lugar. En este proceso, el padre Carlos Mugica jugaría un rol fundamental.

La dictadura de 1976 retomó aquellos métodos y se propuso un plan aún más ambicioso: la erradicación humillante, compulsiva y violenta de las villas -que incluyó patotas, traslados en camiones de basura y violaciones- sin planificación respecto al destino de sus pobladores. De este modo, la gestión del gobierno de la Ciudad a cargo del Brigadier Cacciatore -nombrado por el genocida Jorge Rafael Videla- erradicó las villas del Bajo Belgrano, Colegiales y la de la Av. Córdoba y Jean Jaurés. Asimismo, disminuyó considerablemente la cantidad de habitantes de todas las villas de Buenos Aires, logrando resistir y permanecer en sus lugares solo un puñado de pobladores gracias a un amparo judicial.

Con el advenimiento de la democracia, el movimiento villero volvió a repoblar los barrios que habían sido menguados y, con ellos, el discurso de la erradicación compulsiva de las villas volvió a tener fuerza y se convirtió en política oficial durante la gestión de Jorge Domínguez como intendente de la Ciudad, nombrado por el entonces presidente Carlos S. Menem, al intentar derribar casillas de Villa 31 ante las cámaras de televisión.

Sin embargo, con la flamante autonomía de la Ciudad y la sanción de su Constitución, el constituyente tomó la decisión de establecer una única forma para satisfacer el derecho a la vivienda digna para los pobladores villeros, la urbanización de las villas con criterio de radicación. O, más sencillo, viviendas dignas en el territorio de las mismas villas.

En este sentido, en la sesión del 28 de septiembre de 1996 de la Convención Constituyente, el convencional Eduardo Jozami explicó el espíritu de este artículo: “Los habitantes de las villas de emergencia deben ver resuelto su problema de vivienda de acuerdo con el criterio de la radicación en el lugar”.

La convencional María Elena López en esa misma sesión, completó: “La idea de aludir a la integración urbanística tiene que ver con la integración de todos esos asentamientos al resto de la Ciudad; urbanizar es abrir calles, es instalar luz, proveer de agua y abrir plazas”.

El artículo 31 de la Constitución de la CABA promueve, en este sentido, “la integración urbanística y social de los pobladores marginados, la recuperación de las viviendas precarias y la regularización dominial y catastral, con criterios de radicación definitiva”.

A partir de allí, con la fuerza de una norma constitucional, quedó estipulado que ningún proyecto de ley puede contemplar el traslado de los pobladores villeros.

Por ello resulta saludable que el gobierno de la Ciudad revierta sus antecedentes, decida apegarse a la letra de la Constitución y resuelva sancionar nuevas normas que promuevan la urbanización de las villas de la Ciudad. No se trata de una dádiva sino del cumplimiento de la Constitución y representa un triunfo de la tenacidad, la perseverancia y la organización villera que no cejó en la batalla cultural por prevalecer en la lucha por vivienda digna.

Sin embargo, debe remarcarse: las leyes sancionadas en el último tiempo para las villas 20, 31, Rodrigo Bueno y Playón de Chacarita -entre otras- no implican directamente “urbanización”. Tampoco determinan per se el goce de la vivienda digna para sus habitantes. Son, no obstante, pasos importantes que deberán consolidarse en planos, obras concretas y nuevas normas que garanticen verdaderamente el ejercicio del derecho a la vivienda digna de todos los habitantes de las villas de Buenos Aires. En el lugar donde se vive.

Cabe recordar que se trata de un gobierno de la misma fuerza política que gestiona la Ciudad hace casi 11 años, que triunfó en las elecciones prometiendo erradicación de villas allá por el año 2007, y que, ya en la gestión, pasó las topadoras por el barrio Papa Francisco y lo intentó -legislativamente- con el barrio Rodrigo Bueno.

Nuevas normas deberán superar la etapa programática y alcanzar elevados consensos entre los pobladores villeros para así avanzar en mejoras concretas en su cotidianeidad respetando sus historias, sus luchas y sus tradiciones que colocaron al movimiento villero en el lugar en el que se encuentra hoy, habiendo ganado el sentido común por la urbanización, esperando la realización de su derecho histórico. Que pueda cumplirse el sueño del padre Mugica, a 44 años de su asesinato: hacer de las villas barrios obreros.

* http://www.ambito.com/921057-las-villas-de-la-erradicacion-a-la-urbanizacion

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Patria

“Esperaste, hábilmente, ese hueco que se genera, indefectiblemente, cuando se disipan las carcajadas, justo tras uno de tus exitosos chistes. De pronto gritaste, desaforado, ¡Viva la patria!”. Cuento de Demian Konfino.

Por Demian Konfino (Agencia Paco Urondo*)

No sé si se dieron cuenta lo que pasó recién. Brindamos por la piba del Tano que va a nacer en un mes; por la salud de tu vieja, Toni, Dios quiera que se mejore. Seguro que sí. El Negro dijo que este año se les da, Vamo Lobo que este año damo la vuelta… Así lo gritó el caradura, sin ponerse colorado. Claro, ¿qué pensabas, que no nos íbamos a cagar de risa, gil?

En eso estábamos, levantando la copa, una y otra vez, por las cosas que nos importan. Y en eso el boludo del Bebe pide silencio. Lo dijiste así, despacito, Cállense muertos. Esperaste, hábilmente, ese hueco que se genera, indefectiblemente, cuando se disipan las carcajadas, justo tras uno de tus exitosos chistes. De pronto gritaste, desaforado, ¡Viva la patria!

Les juro que me bloqueé. Corríjanme, creo que el vacío duró más de un minuto, hasta que el Chacho devolvió un tímido Viva.

Y por suerte saliste con otra cosa.

Bueno, fueron algunos segundos, no importa. A lo que voy es que en quince, veinte años de amistad que tenemos, desde que empezamos la secundaria ¿ustedes recuerdan que alguna vez hayamos hablado de la patria?

Bebe ¿de dónde sacaste eso? ¿Cómo mierda se te ocurrió?

Por favor. Patria ¿Qué carajo es eso, guacho?

Les voy a decir algo.

Ustedes saben que, en casa, a duras penas llegábamos a fin de mes. Mi viejo hacía de todo para conseguir el pan. Casi ni lo veíamos en todo el día. La vieja se hizo cargo de todos nosotros. Saben lo que debe ser siete hijos varones y dos mujeres ¡Madre santa!

Todos tenemos alguna historia parecida. Sino, no nos hubiésemos conocido en la Nocturna. Tuvimos que laburar desde pibes. Algunos, gracias a Dios, pudimos recibirnos del bachillerato. Otros dejaron rápido, pero tienen su familia. Su ranchito. Casi todos tenemos nuestra motito. Incluso el cheto del Tano, que ahora anda de corbata cagando ahorristas, llegó a tener el auto.

No. No hagás así con la cabeza. No es que estoy melancólico.

Vos me contaste, Tano, cuando en la escuela te jodieron porque eras de River y un día apareciste con la de Boca. ¿Y qué les ibas a explicar, qué era la única que tenías, qué vino en una bolsa de donación de la parroquia, qué vos ni te animaste a protestar cuando tu vieja te la puso porque sabías como ella chivaba para que vos y tus hermanos pudieran ir a la escuela?

Bueno, a mí me pusieron una vez la de los mates, porque mi viejo laburaba en Tuqsa en ese momento. Sí, los camiones de basura que habían firmado con el Municipio. Y Tuqsa auspiciaba la camiseta del añejo y querido Argentinos de Quilmes. En ese entonces nosotros vivíamos en el Monte, a pocas cuadras de la cancha. Pero yo era, soy y seré enfermo de Quilmes.

El viejo, ustedes saben, había parado en la barra mucho tiempo, hasta que se pudrió todo con el Negro Thompson. Así y todo, un sábado a la mañana vino y me dijo Gustavito, mirá lo que tengo, hoy salís de mascota con el primer equipo, esta es un regalo del patrón. Juegan con Alem. Ya hablé con don Alcíbiades, para que te saque lindo en la foto.

¿Qué le iba a decir? Se la había regalado el patrón. Para mí, su pibe ¿Saben con qué orgullo había diagramado todo el plan?

Al día de hoy conservo la foto, con el once inicial de los mates. Estoy hincado, apoyándome en una Pinter preciosa, blanquísima, con sus estrellas cada vez más negras. ¿Se acuerdan de esa bola? Era un sueño. Y ¿de Martín Di Diego? ¿Se acuerdan?, el pechofrío que pintaba bárbaro, de las inferiores de Quilmes. Bueno, el tano Di Diego se apoya en mi espalda en la foto.

Desde ese día, no me lo van a creer, supe que quería ser basurero cuando fuera grande. Eso que mi viejo había hecho de todo. Tornero en una metalúrgica. Albañil para una constructora de Berazategui. De joven laburó muchos años en una fábrica textil. Más tarde se embarcó en la marina mercante.

Pobre el viejo, grande y todo, cuando fue la crisis, sí, en el 2000, se hizo cartonero el pobre. De todo hizo el Pedro. Y yo elegí ser lo que soy por ese gesto del Jefe, fijate vos. Todavía tengo guardado los pantalones de gabardina naranja de la Municipalidad, los del viejo.

Una vez el Bebe me cagó a pedos. Me dijo Sobrás para la categoría, hermano, ¿te acordás?, Estás recibido y tenés un laburo de mierda. Tenés que apuntar más alto, vos que podés.

Y yo le contesté, me acuerdo patente, Todos podemos apuntar más alto. Vos también Bebe. Solo nos lo tenemos que proponer y hacer. Pero a mí me gusta mucho mi laburo.

Tantísimo tiempo hice camión, ustedes saben. Eso me encantaba. Jugaba a embocar las bolsas. Me creía Jordan. Varias veces me engancharon relatando Pichi Campana para treees…

Corría. Saltaba. Cuando me paraba en el estribo, estiraba el cogote, cerraba los ojos y escuchaba el viento. Empecé en la propia Tuqsa hasta que cerró. Hubo un negociado raro ahí. Decían que la firma era de un concejal que no sé cuánta guita se había llevado. Que sé yo. Lo único que supe es que, rápido, cuando todavía estaba en la nocturna, conocí la desocupación, ¿se acuerdan? Durísimo es eso. Realmente no se lo deseo a nadie. Ni siquiera al guacho ese que se cogía a la Andrea.

Sí. Cornudo. Ya fue. ¿Alguno cree que se va a salvar de los cuernos? Hay varios con los que ya compartimos el gremio, y los que no, les falta poco.

Bueno, después pasé por Ceamse, Cliba. Todas empresas del rubro.

En una época, cuando estaba la novela esa, Campeones, las minas se nos pegaban. Increíble. Cierto que rebalso de facha, pero creían que todos éramos Mariano Martínez.

Ahora trabajo para Urbasur, hago la zona de Boedo. Cada tanto mando un quiebre o un tarareo del tanguito ese San Juan y Boedo antiguo y más allá la inundación…

Me estoy yendo por las ramas de nuevo. Vayamos a lo importante.

Una fría noche de junio pasaba por una Iglesia, la Santa Cruz, ahí en Boedo, como les dije. En eso estaba persignándome, cuando veo entrar a unas señoras, grandes, ancianas, con pañuelos blancos sobres sus cabellos, atados al mentón, en nudo de dos vueltas. Yo las había visto en la tele. Las Madres de la Plaza de Mayo. Las del golpe del 76. ¿Se acuerdan que lo estudiamos eso? Sí, con Aldo, el profe de Historia.

Para asegurarme, consulté con un Don, bien arreglado, que estaba parado justo en la esquina de Urquiza y Estados Unidos. No solo corroboró, sino que agregó Acá el hijo de puta de Astiz, marcó a las Madres, como Judas, para que se las chuparan en la dictadura.

Me quedé duro, pensando. Me comprometí, enseguida, a conseguir esa historia e informarme. La sensación de estar frente a la Historia me había paralizado. Nunca me había sucedido.

El camión me había dejado dos cuadras atrás. Pablo, el conductor no se había dado cuenta, porque mi otro compañero, Oscarcito, seguía con la recolección. Tuvieron que dar la vuelta para recogerme. Dale boludo, subí, me gritaron.

Creo que no tuvo nada que ver con este episodio. Sin embargo, unos días más tarde, me explicaron que las necesidades funcionales de la empresa necesitaban de mis servicios en otra área. Que me tenía que animar y que no podía decir que no. Es decir, me avisaron que no iba a hacer más camión.

Loco, se me cayó la estantería abajo, como quien dice. Ahora iba a pasar a la escoba. Barrendero, sí. El carro, el tacho, la bolsa, los guantes, las botas, la escoba y la pala. Todo eso más un hermoso uniforme nuevo con esas cintas que brillan en la noche, para que nadie te lleve puesto.

La cuestión es que –no me quiero desviar de lo que les quería contar– habiéndome acostumbrado a barrer los sumideros y las canaletas, nunca me había tocado salir durante un diluvio. No se imaginan lo que es eso. Una tremenda aventura.

Era una noche de agosto. El frío calaba los huesos. Había garuado un poco, durante la tarde. Cuando salía para el laburo, el cielo se había encapotado. Una manta espesa de algodón gris rata se había adueñado de toda la inmensidad. Un rayo, al oeste, fue el primero en quebrar la monotonía oscura del atardecer. Un trueno polifónico hizo trastabillar los cimientos de la ciudad.

Fiché en la empresa y metí un padrenuestro –en voz baja– para que todo estuviera bien. Me cambié y a los diez o quince minutos salí. Los sumideros, nos habían recomendado antes de cruzar la puerta.

Media cuadra nomás y se largó con todo. Eran piñas que caían del cielo, muchachos. Pispié, de reojo, para arriba y me pareció ver miles de viejas arrojando baldazos de agua fría. Era un aluvión, ni más ni menos. El traje empezó a pesarme toneladas, mientras el frío penetraba, humedeciendo, todo mi cuerpo. El caucho de las botas se hinchaba, batallando contra las corrientes y contracorrientes que recorrían las calles, abandonadas, de Buenos Aires. Los pelos de la escoba se escapaban. Se inundaba la bolsa. Y yo seguía. Barriendo, paleando y a la bolsa.

Llegó un momento, pasada media hora del torrente universal, que me empezó a gustar la joda. Era como una lucha contra la tempestad. Solito contra el hosco chaparrón.

Me creí importante en mi silenciosa y meticulosa cotidianeidad. Después me dije Sos un gil, qué te pensás que tu jefe te va a felicitar. Qué va… Yo me seguía sintiendo cómodo en la incomodidad de las tinieblas.

Botellas de Coca. Latitas. Tampones. Pañales. Yogures. La mierda de Buenos Aires. Todo adentro de la bolsa de polietileno, para que esta triste ciudad no se inunde.

Estaba disfrutando la ponencia del maligno, teniendo conciencia de que mi goce era anónimo y secreto. Había hecho siete cuadras y media. Me acuerdo perfecto. Estaba a la altura del supermercado chino de Carlos Calvo entre Colombres y Castro Barros.

¿Se dieron cuenta de que todos los chinos tienen las mismas rejas de rectángulos?

Si, una boludez. Ya sé, no tiene nada que ver. Bueno, el tema es que estaba ahí, en esa cuadra. Había metido diez bolsas completas, calculale. Siempre respetando el protocolo. Dejando las bolsas en zonas altas, en lo posible accesibles para los camiones.

No estaba cansado. Ni me acordaba del frío. Estaba contento como cuando el Pedro me trajo el primer Topolino.

En eso, miro al balcón de un primer piso por escalera de un edificio de cien años. Si no estaba tomado, andaba por ahí. Tenía toda la pinta. Apenas se veía el color ocre del frente. Alguna vez ya me había fijado en esa estructura de techos altos. Me llamaba la atención el esplendor de años ha. Las escaleras a la calle eran de mármol blanco. Imagínense lo que habrá sido. Ahora estaba derruido.

Parado, junto a la baranda desdeñosa, un señor entrado en años, bajo un paraguas negro, evidentemente, resistente. El viejo me miraba tras gruesos y mojados lentes de receta. Me permití observarlo por espacio de treinta segundos, antes de continuar. El viejo bien abrigado, con un camperón beige, miraba y pensaba.

Giré el cogote y empecé a caminar. A los dos metros me detuve para recoger unos envases. Estaba alejándome cuando escucho Pibe, Pibe. Volteé y lo miré. ¡Gracias! ¡Pibe, vos estás haciendo Patria! ¡Gracias, pibe! Se dio media vuelta y se perdió en el ventanal centenario.

Y ahora vos, Bebe. Venís a brindar por la Patria.

¿Se pusieron todos de acuerdo?

Bueno. Nada.

Esperen que agarro la copa. Servime algo de tinto, gil. Ahora sí.

¡Viva!

* http://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/patria

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