La Mala, una historia de tiros y amor villero

Por Tiempo Argentino

Once corchazos ponen en jaque la vida de Leo, un pibe chorro que antes de chorro fue pibe. Flor, novia enamorada y narradora, es estudiante universitaria gracias a una beca Padre Mugica. La intensa relación entre estos dos jóvenes villeros que mezcla, a la vez, ternura y furia se impone en el centro de la trama, mientras la marginalidad acecha a miles de trabajadores en una villa de Buenos Aires.

El autor hace hincapié en la relación entre estos dos adolescentes y al contexto en la que se traba. Allí, una reflexión social –casi una denuncia– aparece, solapada, como en toda novela negra.

Estamos ante un policial clásico en su versión latinoamericana, donde el héroe nunca podría ser un policía o un juez siempre que se intente la verosimilitud del relato. Y “La Mala” lo intenta y lo consigue. Es Flor quien, casi en soledad, se encargará de la pesquisa, probándose la pilcha de justiciera. Una justiciera imperfecta que no cejará hasta encontrar la verdad.

El otro gran eje de la historia es el crimen y la indagación sobre qué pasó, quién lo hizo y por qué. José Pablo Feinmann ha dicho: “En la novela negra el criminal es apenas un emergente de la turbia moral capitalista”. En este sentido, el criminal de “La Mala” lo es. Claramente.

El escritor Demian Konfino es quilmeño y tiene 35 años. Lleva publicado cuatro libros: Hasta el amanecer de Tupacamaria (2010), Villa 31, Historia de un amor invisible (2012), Patria Villera, Villa 31 y Teófilo Tapia: historia de una lucha (2015) y La Mala de reciente aparición. Tres de estos cuatro libros se refieren a la temática villera.

En esta oportunidad, Konfino ha escogido el género negro para narrar los días y las noches de miles de seres humanos que habitan las villas argentinas y que no alcanzan a vencer su contexto. El resultado, la historia de una sociedad, en un momento determinado, contada desde sus márgenes, desde sus crímenes más ocultos.

Los fierros, el narco y la corrupción policial fungen como actores necesarios de este thriller urbano cuyo vértigo no cesa ni siquiera con el demoledor final. Es, en suma, una novela necesaria y urgente.*

* https://www.tiempoar.com.ar/articulo/view/74757/la-mala-una-historia-de-tiros-y-amor-villero

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Gloria

Por Demián Konfino

Sus días eran obvios. Reiterados. Idénticos. Siete y cuarenta de la mañana sonaba el despertador comprado en un todo por dos pesos en neoliberales tiempos. Luego de asearse, el paquete de yerba marca Unión –con su bandita elástica-, el mate metálico con el escudito de Independiente, la bombilla y la pava a punto de hervor. No más de nueve o diez mates auto cebados. La radio clavada en Rivadavia, su única compañía. Al concluir el desayuno junto a unos biscochitos 9 de oro, dejaba todo en la mesa de pino blanco del comedor de su PH tres ambientes en Quilmes Oeste, para que su madre -una vez despierta- se encargara de no dejar rastros de su existencia matinal. Se entraba a bañar. El peine negro de bolsillo y la gomina definían su ritual arquitectura capilar de raya al costado en su abundante pelo entrecano. Elegía entre sus tres pantalones de vestir talle cuarenta y ocho, las tres camisas y las dos corbatas. Mismos zapatos y cinturón. El resto de la indumentaria dependía de las variantes climatológicas, relatividades que le ponían algo de pimienta a su mañana.

Salía despacio con su carterita de cuerina negra bajo la axila izquierda. Dos giros a la cerradura, diez metros por pasillo y a la calle.

Veintidós cuadras y media separaban su caminata hasta la Estación de tren. Cruzaba las vías por el paso subterráneo y enfilaba al boletero. “Ida y vuelta al final del recorrido, por favor”, enigmático, enunciaba. Pagaba y al andén. Adquiría el Diario Popular y recorría directo –aunque sigiloso- la chica de la contratapa. Sólo dos veces no llegó a tomar el tercer vagón de la formación de las nueve y dieciséis.

Nunca conseguía asiento. Entre los miles de laburantes yendo a la capital en el Roca, podía reconocer –sin mirar- a la decena de vendedores ambulantes que transitaban los vagones hasta el furgón.

El tuerto que oscilaba entre las mentitas y los pañuelos descartables. Los pibitos con las estampitas. El del tatuaje de “madre” en el antebrazo derecho vendiendo chocolates. El cafetero. El gordo de la granja de recuperación para adictos, ofreciendo panadería en su canastón de mimbre. El mutilado en pierna izquierda, de uniforme y medallas, sobreviviente de Malvinas repartiendo calcos a voluntad con la frase “Las Malvinas son Argentinas”. La viejita, siempre con algo diferente pero igual énfasis para todos sus productos. El flaquito enseñando la credencial de infectado con HIV.

Entre el pasquín y los vendedores se entretenía hasta la estación terminal. Una vez allí, jugaba cinco pesitos a la Nacional vespertina y con la boleta al bolsillo partía caminando hacia la oficina. Antes de ingresar, saludaba –respetuoso- a señoras y travestis trabajadoras del más viejo oficio.

Cumplía tareas en la Regional cercana de la Agencia de Recaudación Nacional, más precisamente en la Mesa de Entradas de una oficina de Fiscalización Externa del tercer piso, desde que ingresó al Organismo años antes había sido ferroviario. El avance tecnológico lo había obligado a aprender las nociones básicas de la informática, logrando adaptarse, de la vieja máquina de escribir Olivetti a diferentes programas de ingreso y egreso de expedientes.

Minutos más, minutos menos, diez menos cuarto era el primero en llegar a su prolijo escritorio. De la carterita extraía un manojo de llaves, con la correspondiente al modular petacón donde guardaba la radio y la de la cajonera donde protegía la almohadilla de tinta y el sello. Los sellos. Pero sobre todo uno, aquel que lo hacía sentir –por un instante- el hombre más formidablemente poderoso: el sello de “recibido”.

Su fiel espada acompañaba sus ánimos. Si era una señorita, omitía algún refoliado sin firma. En la última media hora de la jornada, una señora lupa secundaba la búsqueda del inexorable error en la carátula, los agregados, los acumulados, la enumeración o el paquete mismo.

Excepto el asuntito del sello, que desquiciaba a más de un compañero de otras oficinas, era un hombre apreciado por sus pares y modestamente valorado por sus superiores jerárquicos.

Piropeador suave con las ellas, aunque no muy creativo. Ingenioso en el complejo arte de recitar chistes de salón. No se le habían conocido peleas laborales, como tampoco historias de mujeres.

Peronista de cuna y voto, se consideraba apolítico. Paladín de la obediencia, nunca se había plegado a una protesta por añejas remembranzas al fantasma de la desocupación y la deshonra. Su madre, clarito le había explicado este tópico. Al trabajo, a laburar.

El fallecimiento repentino de Chicha, madre y compañera de vivienda hasta su lecho final a los noventa y dos pirulos, trazaría un antes y después en su vida.

Desafiando el psicoanálisis, ese deceso –lejos de liberarlo- lo sumió en una profunda depresión, trastorno que afectó sus relaciones laborales tanto como la rutina hogareña.

Dejó de comprar la cremona en la panadería de don Mario cuando retornaba de la oficina, hábito que tanto placer le daba a la vieja. Ya no adquirió las revistas de chimentos, ni los crucigramas, que tanta pasión imprimían a esos sábados con mamá, al despertar de la siesta.

Comenzó a aborrecer los fines de semana, ansiando el lunes. Su vida pasó a ser solo la Agencia. La satisfacción de un Gracias, Que buena mano me dio, Necesito que usted me busque esto, lo hacían sentir Alguien. Subrayaba el gramo de existencia que le quedaba a su autoestima.

Esa mañana fría de un gris lunes de invierno conurbano, en la que incorporaba a su vestuario el añejo tapado de pelo de camello con fuerte hedor a naftalina, todo hacía prever que ésta sería la gran novedad de la jornada. Nunca imaginó la gallarda noticia que lo aguardaba en su cuenta de correo electrónico oficial. La Dirección de Recursos Humanos le notificaba una distinción a su persona por “sus encomiables servicios que ha prestado a este Organismo a lo largo de estos 20 años”. Textual. Irrumpió en silencioso y emocionado llanto al comprobar que no había yerro, pues su nombre y apellido -letra por letra- figuraban entre los premiados -con entrega de medalla incluida- como Agentes que cumplían veinte, veinticinco y treinta años de trayectoria, con la presencia del Jefe máximo de la Institución Tributaria estatal, a realizarse a fin de mes.

Cuando volvía a su casa en el tren, observando desde el estribo los fondos de las fábricas de Avellaneda, pensó en Chicha. Lamentó no haber conocido a su padre. Supo, sin posibilidad de equivocación, lo orgulloso que estarían ambos. Definitivamente era Alguien, no solo para sus compañeros sino para la Institución.

No recordaba un instante de mayor jactancia. Este leve sentido de vanidad que le hinchaba el pecho derivó en un pensamiento sublime, cuando la formación dejaba atrás la cancha del rojo y atravesaba los siete puentes.

¿Qué mejor que concluir acá, en el momento de mi mayor felicidad?

Bajó los dos peldaños que lo apartaban del último estribo. Mantuvo al viento la pierna izquierda por espacio de diez segundos. Estaba por arrojarse, cuando imaginó la gloria. Volvió sobre sus pasos, satisfecho semblante, oyendo a la locutora anunciando: Vicente Atilio Nardone, Empleado Administrativo.
* http://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/gloria-cuento-de-demian-konfino

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Sinfonía para Ana: éxito y debate

Sinfonía para Ana, el film de Ernesto Ardito y Virna Molina, se emitió durante 15 semanas en el cine Gaumont, a sala llena. Viaje al interior de una obra necesaria, aunque no exenta de polémica.

Por Demian Konfino*

Ana (Isadora Aridto) e Isa (Rocío Palacín) son amigas íntimas desde la infancia. La efervescencia de la militancia juvenil de los años 70 las encuentra cursando los primeros años de la secundaria en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Deciden involucrarse. Luego, adolescencia y política se erigen como dos ejes potentes que adquieren sus propios rumbos y se entrecruzan a lo largo de todo el film.

Si bien el cine nacional ha abordado la temática en diversos formatos —inclusive el golpe del 76 fue contado desde el protagonismo adolescente en la clásica La noche de los lápices— resulta novedoso el enfoque elegido, en el que los actores interpretan jóvenes que recién ingresan a la adolescencia y que, por lo tanto, empiezan a dejar de ser niños. Con ello, sus preocupaciones pasan por el primer beso y la primera vez, a la par que comienzan a entender qué es la política y la militancia.

La fotografía, el vestuario, la música y la puesta en escena son aspectos descollantes. En todo momento, el espectador siente que está ahí, en el Nacional Buenos Aires de los 70. De igual modo, la actuación de Isadora Ardito, hija de los directores, es reveladora.

Una voz en off, la de Ana, teje el hilo narrativo que enlaza una escena con otra, en un registro melancólico que tiñe toda la obra y redunda en un largo epitafio cargado de emociones. Es un relato crudo que recoge la mirada de una de sus protagonistas. La obra, de todos modos, logra el efecto “sorpresa” deseado con un giro inquietante sobre el final.

Sin embargo, el guión —escrito por los propios directores— padece algunos vacíos que despiertan la polémica.

El film tiene un nicho, un público al que se dirige. Y que, sin dudas, le ha respondido notoriamente. Basta con ir a una función en el Gaumont y dejarse llevar por los rumores de la sala, que oscilan entre la congoja y el aplauso final. Se trata de un espectador politizado, identificado con las ideas del campo popular y de izquierda. Principalmente apunta a los jóvenes, aunque también a quienes formaron parte de la “maravillosa juventud” en aquellos años. Recordemos que el film es una adaptación de la novela homónima, escrita por Gaby Meik, ex estudiante del Nacional y está basada en hechos reales.

Por ende, la película apunta a un verosímil. Se autoexige en ese sentido y, a veces, flaquea. Sorprenden dos omisiones puntuales que acaban poniendo en jaque esa credibilidad anhelada: la ingenuidad política de Ana y la relación de Ana con sus padres.

Vamos por partes.

Ana se mete en política. Va a la plaza en el 74 —junto con Isa— y escucha Juan Perón despedirse con su alegórica frase: “Llevo en mis oídos la más maravillosa música, que es para mí, la palabra del pueblo argentino”. Se hace peronista. Se acerca a la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), la línea de la JP en los secundarios. Se integra. Pasa a ser militante.

A pesar de ese estatus, en toda la película Ana nunca emite un discurso político, no se trenza en discusión ideológica alguna ni esgrime una idea concreta sobre qué significa su militancia. Tampoco se narran acciones políticas concretas como apoyos escolares en villas o panfleteadas en el colegio o en fábricas.

Esta omisión en la trama resulta altamente llamativa cuando su militancia se profundiza y pasa a la clandestinidad junto a sus compañeros, yendo a citas y recibiendo la pastilla de cianuro. Ana parece acompañar todo este proceso con una intensa ingenuidad, jugándose la vida sin saber muy bien por qué. En alguien que toma esa decisión, aún a su corta edad, resulta sorprendente que no pueda hilvanar alguna aproximación teórica o práctica que acompañe esa audacia.

En sus charlas con Isa, la principal preocupación de Ana es el amor o si tener o no relaciones sexuales por primera vez, todas cuestiones que reflejan el pensamiento de una joven de esa edad pero que parecen quedar cortas en alguien que se está jugando la vida por algo a lo que nunca identifica. La tragedia como algo absurdo es un borde al que peligrosamente se acerca la película.

Valga la comparación, en La noche de los lápices los jóvenes luchaban por el boleto estudiantil. La película de Héctor Olivera se hizo cargo de ese eje aunque omitió identificar a la “justicia social” o al “socialismo nacional” como las causas que guiaban el comportamiento de esos jóvenes platenses. Este silencio evocó algunas voces críticas pasados los años.

En Sinfonía para Ana, los compañeros de Ana discuten política, expresan acaloradamente sus ideas, se apasionan o se indignan. Inclusive Isa. Sin embargo, del sentimiento político de Ana solo se sabe que se hizo peronista por haber estado en la plaza el día de la despedida del General y que comparte con su mucama la tristeza por la muerte del líder nacional.

En esta línea, Ana tampoco retruca los retos de sus padres. Por sumisión o por no tener argumentos. Ana parece confundida. Y probablemente sea ese el papel que deba interpretar. Pero atenta contra el verosímil de una militante política con sobradas muestras de temeridad. Hay dos planos que no conectan armónicamente.

Los padres de Ana (interpretados por Javier Urondo y Vera Fogwill) son el otro gran interrogante del film. Son progresistas. Hay iconografías del Che y textos de Paco Urondo en el hogar. No obstante, nunca dialogan con Ana. Alternan entre la represión y la pasividad. Al menos, hay dos situaciones concretas que merecían algún diálogo o alguna escena en el guión.

Se producen “caídas” de compañeros muy cercanos a Ana. Ante ello, el resto de los compañeros —junto a sus padres— deciden exiliarse. Ana y sus padres se quedan, sin que siquiera se haya discutido esa posibilidad.

En otro plano de la misma secuencia, no solo no se exilian, tampoco la cambian de colegio. Ana —en absoluta soledad— sigue estudiando en el Buenos Aires en plena dictadura. Ni siquiera la voz en off da cuenta de la resolución, de la asunción de ese riesgo, a priori, innecesario e imprudente.

Hechas estas salvedades —atribuibles al guión, esencialmente—, los sentimientos de injusticia e indignación que invaden al espectador a lo largo del film son magistralmente convocados por los realizadores.

Es una película triste y, a la vez, necesaria. No hay épica ni esperanza. Sin embargo, tampoco lega una angustia paralizante. Por el contrario, pone sobre la mesa jirones de memoria que se niegan a callar.

Sinfonía para Ana, la película que acaba de salir de la cartelera del cine Gaumont tras su exitosa exhibición a lo largo de 15 semanas, pasa a formar parte de la notable tradición de nuestro cine comprometido, aportando arte y mucha memoria al recuerdo de jóvenes militantes que fueron desaparecidos por el poder totalizante de una dictadura sangrienta.

El involucramiento empático de los directores con la obra se palpa y se trasmite. Las lágrimas de miles de espectadores coronan un merecido homenaje para esas pibas y pibes que siguen estando presentes en cada nuevo joven que recoge sus banderas y decide luchar por un futuro distinto.

* http://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/sinfonia-para-ana-exito-y-debate

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El negro corazón del crimen y Rodolfo Walsh: el hombre detrás del mito

El negro corazón del crimen (2017, Alfaguara), el último libro de Marcelo Figueras, puede leerse como una historia de amor, como un policial clásico o, como prefiere su autor, como homenaje a un hombre que fue parido por su obra cumbre.

Por Demian Konfino*

Un escritor incipiente, Erre, se topa, azarosamente, con un hecho extraordinario que lo imanta. Una balacera de Máuser interrumpe su partida de ajedrez en el bar de su barrio. Sale a curiosear y queda atrapado en el epicentro de los acontecimientos que conmueven al país: la rebelión encabezada por el General Valle para derrocar al General Aramburu y repatriar al General Perón. Como puede, logra llegar a su casa donde lo esperan su mujer y sus dos hijas.

Al poco tiempo se entera de los fusilamientos ordenados por la dictadura y alguien le acerca un grito afónico: Hay un fusilado que vive.

Este escritor, burgués y antiperonista, sabe que tiene una papa caliente, una bomba mediática que, sin embargo, ningún diario importante quiere publicar.

Una compañera de trabajo, la española Enriqueta o “Muñiz”, se ofrece a ayudarlo en la investigación y, con ello, a jugar su propio pellejo en la osadía. Juntos descubren que los fusilamientos ordenados por el Jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires se realizaron con anterioridad a la vigencia de la ley marcial. Se obsesionan con el tema y comienzan a empatizar con las víctimas. Se enteran de otros fusilados que lograron sobrevivir. Conocen a sus familias y a sus razones. Erre escribe, logra publicar y se atiene a las consecuencias.

Erre y Muñiz empiezan a conocerse y a gustarse. Un triángulo amoroso abre una ventana insospechada en la narración que acaba imponiéndose como uno de los principales ejes de la obra.

Avanzan las páginas y Erre, con su fierro Walther PPK debajo de la cintura, se va transformando en lo que acaba siendo hasta el final de sus días: un militante de la verdad y las causas justas.

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) es periodista y escritor. Entre sus novelas se destacan “El muchacho peronista” y “Kamchatka”. Sus libros han sido traducidos a una veintena de idiomas. Fue guionista (junto a Marcelo Piñeyro”) de la película “Plata quemada” y la serie “Las viudas de los jueves”. En la actualidad se encuentra escribiendo la biografía autorizada del Indio Solari.

Con una prosa precisa y, a la vez, florida, Figueras ampara el impactante resultado estético de “El negro corazón…” al mismo tiempo que logra dinamismo, intriga, indignación, emoción y urgencia por avanzar en la lectura. La oración corta y el notable manejo de los diálogos son algunas de las claves de este entrañable texto.

La capacidad de plasmar en una obra de literatura circunstancias que, más que hechos, son llagas abiertas en el acontecer nacional es uno de los rasgos salientes de la trama. No hay golpes bajos. Hay trucos literarios que Figueras domina acabadamente y los va presentando al lector en modo peronista: todo a su tiempo y armoniosamente.

Figueras, en los agradecimientos, aspira a que “este libro se entienda como lo que pretende ser: un homenaje a ese hombre. A quien asesinaron hace cuarenta años, sin que eso impida que escriba y piense cada vez mejor”.

Solo escribe su nombre y apellido en el crepúsculo de la trama. Ese hombre, antes que su mito, es Rodolfo Walsh y fue el autor de Operación Masacre.

* http://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/el-negro-corazon-del-crimen-y-rodolfo-walsh-el-hombre-detras-del-mito

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ANDAR EN LA MALA | ENTREVISTA A DEMIÁN KONFINO

Jose Maria Gatti diciembre 5, 2017 Rastros

Hay otro mundo, otro planeta, otra historia. Nadie sabe que se esconde detrás de las paredes de una casilla en la villa. Nadie quiere ver, nadie quiere acercarse, nadie quiere juntarse con esos “vagos de mierda”. Pero ese mundo, ese planeta, esa historia no es nueva para la literatura. Bernardo Verbitsky ya en 1957 había bautizado a los conglomerados barriales con el nombre de “villa miseria” y en su libro, Villa Miseria también es América, sellaría esa imagen patética. Todo está sobre el escenario, sin maquillaje ni escenografía como soporte.

En este contexto Demián Konfino (Quilmes,1982), nos presenta un relato pasional y dolorosa, curtido de un lenguaje bizarro, relleno de códigos marginales y palabras tercas y necesarias. En esta literatura de urgencia todo vale si nos ponemos en la piel de los protagonistas, si dejamos de lado los prejuicios y entendemos que la raíz social calibra la historia cotidiana.

Flor nos va narrando la tragedia: “La concha de su madre, La vida de Leo valía. Y mucho. Y se lo vamos a demostrar, pensé en ese momento pero no me dije nada. Aferré a Leo por la mano izquierda y acompañé el carro, corriendo.”

Flor, nació en la villa, hija de padres paraguayos, tiene 20 años y sabe desde niña que su destino es barrero. A Leo lo ama desde que el chico le regaló una rosa amarilla y ahí tatuó su amor; “Qué te hacés el galancito”, le dijo para que no quedara explícita la llama del amor.

La mala refiere a la vida, a ese transitar diario que soportan y sobrellevan los habitantes de la villa. El relato cargado de protesta busca despertar conciencia, ponerse en el lugar del otro. En este plano pichoneano: “El individuo es un ser de necesidades que sólo se satisfacen socialmente en relaciones que lo determina…” es donde Konfino logra su cometido y presiona al lector a tomar partida de una realidad relegada.

Florencia(Flor) y Leonel(Leo) son los protagonistas cargados de una suma de frustraciones que los estigmatizan. “Para que te voy a mentir. Leo merodeaba la mala. El pendejo probó de todo. También quiso hacer el camino legal. Varias veces lo intentó.

Entraba y salía de la mala. Se daba cuenta que podía terminal mal. Entraba y salí. Se colaba una pasta y salía de caño para conseguir más o para comprarse pilcha y al tiempo se daba cuenta que era un boludo y largaba todo y se rescataba.”

Leo dejó los estudios, se juntó con los vagos, entró en el delito y la droga y “once corchazos” lo bajaron del pedestal. De ahí en más su lucha entre la vida y la muerte. Flor cargada de rencor y embarazada, reflexiona: “Estaba sola y decidí volver caminando a la villa. El dolor me había dado una tregua. Necesitaba caminar y pensar. Cuando llegúe al parque Thays recordé que ese había sido el inicio de la perdición de Leo. Estaba muy sensible, se ve, volví a llorar. Me senté al lado de una estatua gorda de bronce. Me acarié la panza y se la juré.

-Leo lo voy a encontrar, Por tu memoria. Por tu amor. Por nuestro hijo. Ese hijo de mil putas que te borró las va a pagar. Sabelo, pendejo.”

El relato crece en dramatismo y Konfino descarga su furia sobre el sistema policial y judicial. No son datos novedosos, simplemente los pone sobre la mesa para demostrar que todo está en juego. Flor quedará atrapada en esta historia que ya palpita a guión cinematográfico.

La mala es un libro para determinado público, circula por el andarivel del texto político-partidario, pero su lectura nos deja el malestar propio que aflora cuando sabemos que la vida, la mala vida, también es parte de nosotros.

Tapa La mala (para imprimir)

¿Qué es la mala vida en la villa?

El no poder vencer a tu contexto, un contexto cargado de marginalidad. Con lazos precarios en lo afectivo, con malos ejemplos, con carencias materiales, con necesidades insatisfechas, con la carga de saber los estigmas que pesan sobre tus espaldas.

¿Desde tu experiencia hay cambios en la conducta social en el conglomerado villero?

Sí y no. Flor es universitaria, gracias a una beca. La Padre Mugica. Esta beca de la UBA existió y permitió que cientos de pibes de las villas sean universitarios. Eso ayuda a una conducta social diferente. También los pibes y las pibas villeras que participan en política o en actividades sociales o en comedores, recreando lazos de solidaridad. Pero, caer en la mala sigue siendo una tentación a mano para miles de adolescentes a los que buena parte de la sociedad los excluye, por un lado, y, por el otro, le fomenta la cultura del consumo.

¿Quienes son tus referentes en la literatura nacional y latinoamericana?

Te nombro algunos. Osvaldo Soriano, Eduardo Sacheri, Juan Sasturain, José Pablo Feinmann, Leo Oyola, entre los nacionales. Daniel Chavarría, Leo Padura y Gioconda Belli, entre los latinoamericanos.

¿El policial es una literatura de denuncia?

Sin dudas. Feinmann dice que “el criminal es apenas un elemento de la turbia moral capitalista”. Creo que con el policial se describe a una sociedad, en un determinado momento, desde sus márgenes. Desde sus crímenes.

¿Qué libros forman parte de tu historia personal?

Elijo dos: “Villa Miseria” de Bernardo Verbitsky y “Patas arriba” de Eduardo Galeano.

Con La mala ya llevás escrito cuatro libros ¿Cómo te sentís en el rol de escritor?

Creo que estoy aplomado, que voy consolidando un estilo. Eso me hace sentir seguro a la hora de escribir.

¿A quiénes tenés que agradecer?

Una dedicatoria: El libro se lo dedico a Jampy, un amigo, un pibe que conocí y lo mataron cuando había caído en la mala. En él, a los miles de Jampys que se mueren en las villas argentinas, sin que se mueva un músculo de las grandes ciudades.

Un deseo: Llegar a los lectores que no comparten mi modo de ver el mundo. La literatura te permite eso. No pretendo convencer a nadie. Deseo que nos reconozcamos en el otro. Que, al menos, lo comprendamos.

Una ilusión: Que las historias que escribo entretengan y hagan pensar.*
* http://evaristocultural.com.ar/2017/12/05/andar-en-la-mala-entrevista-a-demian-konfino/

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La Mala por Kranear

El escritor y abogado Demián Konfino publicó su primer texto de ficción. Se trata de una novela negra que transcurre en un terreno que conoce a fondo: una villa porteña. “Estamos ante una novela necesaria y urgente”, cuentan en la reseña.

Once corchazos ponen en jaque la vida de Leo, un pibe chorro que antes de chorro fue pibe. Flor, novia enamorada y narradora, es estudiante universitaria gracias a una beca “Padre Mugica”. La intensa relación entre estos dos jóvenes villeros que mezcla, a la vez, ternura y furia, se impone en el centro de la trama, mientras la marginalidad acecha a miles de trabajadores en una villa de Buenos Aires.

El autor hace hincapié en la relación entre estos dos adolescentes y al contexto en la que se traba. Allí, una reflexión social –casi una denuncia– aparece, solapada, como en toda novela negra.

Estamos ante un policial clásico en su versión latinoamericana, donde el héroe nunca podría ser un policía o un juez siempre que se intente la verosimilitud del relato. Y “La Mala” lo intenta y lo consigue. Es Flor quien, casi en soledad, se encargará de la pesquisa, probándose la pilcha de justiciera. Una justiciera imperfecta que no cejará hasta encontrar la verdad.

El otro gran eje de la historia es el crimen y la indagación sobre qué pasó, quién lo hizo y por qué. José Pablo Feinmann ha dicho: “En la novela negra el criminal es apenas un emergente de la turbia moral capitalista”. En este sentido, el criminal de “La Mala” lo es. Claramente.

Los fierros, el narco y la corrupción policial fungen como actores necesarios de este thriller urbano cuyo vértigo no cesa ni siquiera con el demoledor final.

El escritor Demian Konfino, conocedor de la realidad villera como pocos, ha escrito cuatro libros, tres de los cuales refieren a la temática villera. En esta oportunidad, ha escogido el género negro para narrar los días y las noches de miles de seres humanos que habitan las villas argentinas y que no alcanzan a vencer su contexto. El resultado, la historia de una sociedad, en un momento determinado, contada desde sus márgenes, desde sus crímenes más ocultos.

Estamos ante una novela necesaria y urgente. Publicada por Ediciones CICCUS.*
* http://kranear.com.ar/2017/12/04/la-mala/

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Hablando de La Mala

Programa de la Agencia Paco Urondo TV emitido por Barricada TV (Canal 32 de la TDA).

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