La Mala

Se viene mi cuarto libro. La Mala. Novela negra. Publica Ediciones Ciccus.

Ya está en imprenta.

Mientras tanto, comparto el texto de contratapa, a modo de aperitivo.

La mala Tapa
“Once corchazos ponen en jaque la vida de Leo, un pibe chorro que antes de chorro fue pibe. Flor, novia enamorada y narradora, se prueba la pilcha de justiciera.

Una intensa relación entre dos jóvenes villeros que mezcla, a la vez, ternura y furia se impone en el centro de la trama, mientras la marginalidad acecha. Los fierros, el narco y la corrupción policial fungen como actores necesarios de este thriller urbano cuyo vértigo no cesa ni siquiera con el demoledor final.

El escritor Demian Konfino, conocedor de la realidad villera como pocos, ha escogido el género negro para narrar los días y las noches de miles de seres humanos que habitan las villas argentinas y que no alcanzan a vencer su contexto. El resultado, una novela necesaria y urgente.”

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La dignidad del pueblo armenio

La película “La Promesa” cuenta una historia de amor, o dos, en un contexto que acaba imponiéndose como el principal hallazgo de su realizador: El genocidio armenio a manos del imperio otomano y la dignidad de parte de ese pueblo oprimido que decidió resistir en Musa Dagh, el Monte de Moisés.

Historia invisibilizada por los centros de poder, el film recrea la gesta de una aldea armenia que resolvió no marchar al matadero y enfrentar a un imperio. El resultado es una película conmovedora que rescata lo mejor que tiene el hombre: Su capacidad de oponer dignidad ante la ausencia de razón.

Se calcula que 1.500.000 de armenios fueron exterminados por manos turcas. En Musa Dagh, unos 4000 hombres, mujeres y niños resistieron en condiciones sumamente adversas. Lucharon y sobrevivieron.

No fue todo el pueblo. Ni siquiera, la mayoría. Pero fue una porción necesaria que nos recuerda la vigencia de la poesía: Siempre, aún ante las situaciones más acuciantes, hay lugar para la belleza.

Willian Saroyán escribió:

Me gustaria saber si existe en al tierra
algún poder capaz de destruir esta raza,
esta pequeña comunidad 
de gente insignificante,
cuya historia ha llegado a su fin.
Que tuvo numerosas batallas perdidas,
cuyas estructuras se han desmoronado,
Cuya literatura no es digna de ser leída
ni su música de ser oída,
y cuyos ruegos no han sido contestados.
!Adelante, continúen aniquilando esta raza!
!Destruyan armenia! !Miren si pueden hacerlo!
Sáquenlos de sus casas y envíenlos al desierto!
!Déjenlos sin comida!
Quemen sus casas e iglesias
Pero luego, miren sino son capaces
De volver a reír.
vean sino vuelven a cantar o a rezar.
Y cuando dos de ellos se encuentren en 
cualquier lugar del mundo
vean sino vuelven a crear una nueva Armenia.

De eso se trata. De reír. Aún en el peor de los mundos. Se puede. Se debe. Armenia ha hecho un valioso aporte a esta comprobación empírica.

Coincidencia o no, esta semana el género negro me cruzó con otro armenio. Soghomón Tehlirián. Un justiciero.

Su historia de Justicia por mano propia contra un jerarca otomano, amparada por un tribunal alemán en la década del veinte del siglo pasado, me urgió a la necesidad de indagar más. Y no podía ser de otra manera. Me topé con el viejo Bayer.

Escribió don Osvaldo en Página*:

La historia del mundo está sembrada de reacciones así. Tenemos el ejemplo del armenio Soghomon Tehlirian, quien el 15 de marzo de 1921 mató a Taleat Pachá, en Berlín, de un tiro. Taleat Pachá había sido ministro del Interior del gobierno turco que ordenó la masacre del pueblo armenio, que comenzó en 1915. Esa masacre es una de las más crueles de la historia: los armenios fueron desalojados de sus casas, los hombres fueron muertos a tiros y las mujeres y los niños obligados a caminar distancias sin límites hasta que ellas cayeran exhaustas de sed y de falta de alimentación, al igual que sus niños. Así fueron muertos un millón y medio de armenios. Nunca los gobiernos turcos reconocieron ese genocidio, sino que han tratado siempre de “mirar hacia adelante”. El joven Tehlirian, a quien le habían matado a toda su familia, tomó la decisión de “matar al tirano” en la figura del ministro del Interior turco responsable de las masacres, que se encontraba en 1921 en Berlín, Alemania. En la calle le pegó un solo tiro que fue mortal.
El juicio que la Justicia alemana le hizo al vindicador Soghomon Tehlirian fue ejemplar. Justamente fue eso, los jueces consideraron que había hecho uso de ese principio: matar al tirano y que, cuando no hay justicia, el pueblo tiene derecho a hacer justicia por su propia mano. Los armenios publicaron un libro donde se trae completa la versión taquigráfica de todo el juicio, con los argumentos del fiscal, de los defensores y del veredicto final de la Justicia con la absolución del vengador Soghomon Tehlirian. Fue un paso adelante en el verdadero sentido humano que debe entender la Justicia de los pueblos. Y algo que deben tener en cuenta todos los dictadores del futuro: cuando el matar se toma como algo natural para mantener el poder tiránico, siempre es posible una figura que no acepte ello y aplique el principio de matar a quien mató y no pagó por sus crímenes.
Justamente la comunidad armenia de la Argentina publicará próximamente en un libro el texto íntegro de este juicio. Allí, el lector podrá leer cómo todas las acusaciones del fiscal son contestadas con argumentos justos por los abogados defensores y los argumentos que esgrimieron en una situación tan difícil. Sólo cito un párrafo del abogado defensor Johannes Werthauer: “Pregunto: ¿hay algo más humano que lo que se nos ha presentado aquí? El vengador de todo un pueblo, de un millón y medio de asesinados, está erguido frente al individuo responsable del exterminio de aquel pueblo, frente al autor de aquellas torturas. Empuña la pistola para encarnar el espíritu de la justicia frente a la fuerza bruta. Baja a la calle como el representante del humanismo contra el salvajismo, del derecho contra la injusticia, de los oprimidos contra el representante total de la opresión. Y enfrenta en nombre de un millón y medio de asesinados a quien con todo el pueblo turco tiene la culpa de esos crímenes. El representa a sus padres, hermanas, cuñados y hermanos asesinados y además a su sobrino, de dos años, también masacrado. Lo respalda toda la Nación Armenia desde el anciano hasta el niño de cuna. El lleva la bandera de la justicia, la bandera del humanismo. Señores del jurado, ustedes deben decidir qué ha ocurrido en su alma y su cerebro en el momento del homicidio: si era o no dueño de su voluntad”.
Por unanimidad del jurado, el autor del hecho, Soghomon Tehlirian, fue dejado de inmediato en libertad. Una resolución que conmovió al mundo.
La versión en español que se editará ahora de este juicio lleva un prólogo del juez, miembro de la Corte Suprema de la Nación Argentina, doctor Eugenio Raúl Zaffaroni. Desarrolla ahí un concepto que hará historia. Con una profundidad y una amplitud de mira humanista dice, por ejemplo: “La impunidad de Taleat Pachá frente a la magnitud tan formidable de la injusticia cometida contra el pueblo armenio hacía que el Derecho penal perdiese la fuerza ética necesaria para sancionar al que le diese muerte. La impunidad de la masacre condenaba a Taleat y determinaba la absolución de Tehlirian. Taleat había dejado de ser considerado persona. La impunidad del genocida lo deja en condición de no persona, pues le retira la cobertura jurídica. Quien lo ejecuta no puede ser condenado, aunque nadie lo confiese y aunque se fuercen los argumentos y argucias jurídicos para no condenarlo. Se lo declarará inimputable, se acudirá a la ficción del acto de guerra o se buscará algún pretexto de forma procesal, pero un tribunal imparcial no lo puede condenar”.
Palabras sabias que hablan, por sobre todo, a favor de la vida, ya que pone en aviso a todo poderoso que se precia de su poder, tomando a la muerte como método. Y con eso correrá el peligro de buscar él mismo su muerte…
Matar al tirano. No como regla ni como costumbre. Sólo como llamado de atención a los del poder omnímodo: ninguna violencia de arriba es gratuita. Siempre se va a volver contra el que la inició. Tampoco la venganza es una solución, pero es algo incontenible, humano. Una reacción de los generosos que dan su vida para acabar con los crímenes de los que ejercen el poder. Algo para aprender.

Luego, acá tenemos a los oprimidos. Están los que se resignan y los que se rebelan. Armenia nos enseña que siempre se puede elegir de qué lado de la mecha te colocás. Aún cuando arrecie la tormenta, siempre se puede buscar el sol.

* https://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-163984-2011-03-12.html

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Braña, entre Cortázar y Bayer

Un crepúsculo, hace cuatro primaveras, visité a Osvaldo Bayer en su casa del barrio de Belgrano. Habíamos forjado una bella relación que derivó en algunos encuentros y varios intercambios epistolares. Pero ese atardecer el viejo estaba muy locuaz. Mis ojos brillaban ante sus palabras.

Un encuentro con Walsh en plena calle Corrientes, en el cenit de la Dictadura, ocupó buena parte de la charla íntima. Los vasos de whisky se iban vaciando, mientras la emoción, sino la nostalgia nos abrazaban.

De pronto, don Osvaldo recordó una historia de resistencia. Más tarde leí que la contó en algún que otro lugar. La cosa es que yo no la conocía y los detalles contados por uno de sus protagonistas excluyentes me erizaron el cuerpo.

Bayer, en el exilio obligado por la última dictadura cívico militar, se puso a la cabeza de una operación política para denunciar el genocidio en la Argentina. Planificó el aterrizaje en nuestro país de un avión lleno de intelectuales y periodistas del mundo para ocupar el suelo patrio en una visita relámpago que alcanzara para mostrar al planeta el cercenamiento de todas las garantías en nuestra nación.

Fue poroteando intelectuales quienes aceptaron expeditivos. Se envalentonó y apuntó alto. Contactó a los premios nobel de literatura Gûnter Grass y Gabo García Márquez. También dieron el sí. Con una condición. Que viajara Julio Cortázar.

El autor de Rayuela, también involucrado en la denuncia de las desapariciones y todas las violaciones a los derechos humanos en nuestro país y el resto de América Latina, se hallaba viviendo en París desde hacía años. Desde allí había defendido, además, las más variadas causas populares y, particularmente, las revoluciones de los pobres en Cuba y Nicaragua. Escribiendo y, muchas veces, también poniendo el cuerpo.

Desde Alemania viajó Bayer a visitar a su amigo. Cenaron, conversaron, rieron. Osvaldo, en una finta, deslizó la propuesta. Cortázar pidió una tregua. Necesitaba pensarlo. A Bayer le pareció extraño pero aceptó.

Finalmente, Córtazar lo llamó y le dijo que no. Que no venía. Que lo disculpara pero que estaba con el cuero cansado de mil batallas y, sobre todo, que estaba enamorado de una joven y bella mujer con quien disfrutaba los últimos días que le quedaban.

Don Osvaldo bajó su vaso y me miró. Hizo un silencio preciso justo antes del remate certero:

-¿Qué le podía decir? Estaba enamorado.

Muchas veces pensé en esa actitud del también autor de Nicaragua tan violentamente dulce. Su negativa frustró el operativo. Bayer y el resto -incluido Cortázar- debieron recurrir a otros métodos para, finalmente, coadyuvar a la caída de la dictadura.

Al principio, condené en silencio a Cortázar. Después lo toleré. Más tarde, lo comprendí. Finalmente lo respeté.

Cortázar había brindado servicios incomparables a los pueblos del mundo que sufren la explotación. Había legado todo su prestigio a esos fines y había colaborado, notablemente, en el afianzamiento exitoso de algunas de esas experiencias. Y con ello, el intelectual brillante se había elevado a ser la voz de los oprimidos.

Y ahora, con Bayer, descubría que el prócer, también era un hombre grande con cansancios, amores y miserias. Y ello no lo hacía menos prócer, lo hacía más humano.

Esta semana, recordé la voz de don Osvaldo. En un sitio más mundano y cotidiano, pero no menos popular. Quizás la comparación sea una demasía. Estimo que no.

A un gigante del fútbol lo cascotearon de todos lados por no hacer lo que muchos esperaban.

Escribo sobre el Chapu. Algunos se desayunaron que el Chapu Braña, un pasionario conurbano y cervecero también tiene otro amor que se llama Estudiantes de La Plata. Y en Quilmes, muchos pibes -y no tanto- levantaron el dedo y acusaron traición o, más suave, falta de compromiso, por no haber vuelto a Quilmes a sus 39 años a jugar en la B.

Yo lo vi distinto. recordé aquel crepúsculo de una primavera no tan lejana. Yo, un agradecido eterno a ese tipo noble, aguerrido y representativo de lo mejor que podemos ser llamado Rodrigo Braña no le reproché ninguna de sus palabras. Pensé en Bayer. Y en Cortázar.

¿Qué le podía decir?

Gracias por todo los que nos dio.

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Falda roja y camisa de seda

Por Facundo Gatti*

Celedonia Flores cruza la placita. Es domingo, está repleta de gente. Nadie la detiene, todos la miran. Los chicos juegan alegremente con sus madres en el arenero, y de fondo se escucha el aliento del público de Quilmes que quiere que su equipo de fútbol le gane a Lanús para conseguir el tan ansiado campeonato. Ya pasaron 38 años del último torneo logrado por aquel equipazo del “Piojo” Yudica y la tensión se sintió durante la semana. Al llegar a la esquina donde suelen parar los amigos de Tortuga, por primera levanta la vista del suelo. Los muchachos no dicen nada, parecen estatuas. Ella sabe que esos idiotas son los que festejaban cada vez que Tortuga les contaba cómo la golpeaba. Celedonia Flores aguantó el maltrato porque Kevin, su pequeño de 3 años, la necesitaba. Y el único momento en que podía estar tranquila era cuando su pareja iba a “El Centenario” a descargar su bronca con los jugadores. Tortuga no era el padre del nene. Kevin era hijo del dueño de la panadería donde trabajaba. Ese era el típico comercio de barrio que a duras penas sobrevivía gracias a la fidelidad de los vecinos. Celedonia todavía recuerda la tapa de la revista “El Gráfico” pegada en una de esas paredes, en la que aparecen Milano y Filardo festejando el gol de Gaspari. Se acuerda porque todos miraban esa portada con atención, como queriendo arrancarla para llevársela a sus hogares. Y lo que también recuerda Celedonia fue su final en esa panadería. La cosa fue así: el viejo asqueroso le dijo que la quería como encargada y después de hacerle el chamuyo, una tarde la violó en el cuartito donde se cambiaba. Cuando se enteró que estaba preñada, la despidió y le dijo que se callara la boca porque él tenía muchas relaciones y la iba a destruir si boconeaba. Celedonia se fue a vivir con su hermana. La Gladys era un poco más bicha. Se había juntado con un camionero que conoció en el baile de la sociedad de fomento. Cuando vino Celedonia a la casa, los hechos cambiaron. Al camionero le gustó Celedonia e intentó propasarse. Ese hecho marcó un quiebre en su relación familiar y mandó al carajo a su hermana. Con Kevin se fue a vivir a la “capillita”, un lugar de refugio para madres solteras que dirigía el pastor evangélico Ismael. Había seis compañeras, cada una con su quilombo pero todas ayudándose. Una mañana Ismael les comentó que El Polaco iba a hacer una presentación en el club y que parte de lo recaudado le tocaría a la “capillita”. Alegres se pusieron a trabajar. Cuando llegó el día soñado el club estaba lleno y el esfuerzo valió la pena. En ese encuentro conoció Celedonia a Tortuga. Fue un flechazo, un flash, un amor a primera vista. Era el milagro de su vida. Tortuga se llamaba Claudio Mansilla, tenía 34 años, había nacido en Pujato, una ciudad de 3 mil habitantes muy cerca de Casilda, en Santa Fe. Le habían apodado Tortuga porque era un tipo lento, demasiado tranquilo, hasta se diría con algún problema de retraso. De lo que siempre se acordaba era de las formaciones de Quilmes. Las memorizaba y las repetía constantemente, como aquel estudiante que practica la lección antes de entrar al colegio. De la que más se acordaba era de la formación del equipo que ascendió a Primera División en 1991. Era usual verlo caminar por la calle y escucharlo decir: “Mulet, Grelak, Escalante, Juarez, Montenegro, Acosta, Rodríguez, Mario Gómez, Colombo, Scime y Ruffini”. Entre esos once jugaba Mario Gómez, con quien compartía el apodo de Tortuga. Tortuga era el quinto hijo de una familia que vivía en el barrio Las Ranas. Su padre, peón del ferrocarril y su madre, costurera. No les sobraba la plata, pero podían darse algunos lujos. Claudio vivió en Pujato hasta los 15 años, momento en que decidió irse del pueblo después de pelearse con su padre, cuando lo encontró en la cama con su hermana, una chica de 12 años. Se lo dijo a su madre pero ésta como única respuesta le dijo: “El mantiene la casa”. Primero se fue a Casilda y vivió un tiempo en la casa de una tía. No conforme saltó a Rosario y allí estuvo a los tumbos hasta que un remisero lo contrató para hacer viajes a Buenos Aires. Así llegó a Capital. Le gustaron las luces, el olor de las pizzerías, las madrugadas con sabor a milongas y las prostitutas. Se quedó. Buscó laburo y consiguió uno de chófer de colectivo en una línea suburbana. Se juntó con Rocío, una repositora de un supermercado y en medio de este clima se le apareció Celedonia, vestida con una falda roja y una camisa de seda que resaltaba sus atributos. Bailaron, cantaron, bebieron y el final esperado fue un encuentro sexual exitoso. La largó a Rocío y se fueron a vivir a Ezpeleta, donde tenía la Terminal la línea de colectivos. Una casita con jardín al frente donde Kevin podía jugar y ellos tomar mate. Con fondo para que Roco pudiera esconder sus huesos y una parrillita para hacer el asadito que tanto disfrutaba Tortuga. Pero un día, cuando tomó el servicio y había hecho seis paradas, dos guachos se subieron al colectivo y lo apuraron, uno le pedía la plata y el otro lo pinchaba con la punta del tramontina. Tortuga se reveló y lo clavaron. Chocó el colectivo y se desmayó. Cuando volvió en sí estaba en la salita y a su lado Celedonia. Durante quince días se encerró en su casa, no hablaba, no comía, no dormía, sólo tomaba. Comenzó a insultar a Celedonia, a castigar a Kevin, a juntarse con los de la plaza, a fumar marihuana, a jugar a los naipes. Ya Celedonia no le gustaba y le dijo que se fuera, que él no la iba a seguir manteniendo, que se buscara a otro. Celedonia aguantó, aguantó por Kevin, aguantó porque pensó que cambiaría, aguantó porque sabía que no era un mal tipo, que eso del asalto lo había quebrado, que seguramente esto era una prueba que el Señor le mandaba para ver si podía ser feliz. Tortuga no cambió. Tortuga empeoró. Salió de caño con los muchachos de la plaza. Empezó a pegarle cada vez que volvía sin plata y borracho. Una noche agarró a Kevin de los pelos y lo tiró al patio “así se lo comen las ratas”. Celedonia aguantó, fue a ver a esa señora que hablaba con las mujeres golpeadas. No quiso hacer la denuncia por violencia de género porque en la comisaría le decían: “¿Estás segura nena…? Mirá que si no estás segura esto corre como falsa denuncia…”. Lo llevó a Kevin a la casa de su vecina quien conocía todo el calvario, le dijo que tenía que hablar a solas con Tortuga. Cuando volvió Claudio Mansilla, ella lo estaba esperando con la falda roja y la camisa de seda desabotonada, sin corpiño, perfumada y maquillada. La vio y se le tiró encima, le arrancó la pollera y cuando estaba por consumarse el acto sexual, Celedonia le metió 20 puñaladas. Lo dejó morir. Se duchó, se puso el jean y una remera amarilla que decía “NI UNA MENOS”. Salió a la calle, era domingo, el sol le regalaba a la tarde su esplendor. Caminó por la calle de tierra hasta la placita y la cruzó en diagonal. Al llegar a la esquina se encontró con los muchachos que parecían estatuas. Siguió caminando, un aire fresco le llenó la cara, un viento de cambio empezaba a soplar. De repente escuchó un grito de gol. Y pensar que en la cancha de Quilmes no había público visitante…

* Cuento elegido entre los primeros tres del concurso Quilmes A Contar

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Desigualdad

“La ley está para proteger a los buenos, pero ¿Quién NO se cree bueno?”*

Por Vera Carnuccio**

Tomando esta frase disparadora daré comienzo a un análisis crítico respecto al derecho y su relación con la inseguridad. Para ello utilizaré conceptos extraídos de la idea de Tupacamaria*** acerca de dicha temática. Entendemos que dentro del concepto inseguridad pueden observarse derechos vulnerados. Esta, es una visión global en la que todxs coincidimos. Ahora, pues, comienza el debate cuando se analiza que derechos y quienes son los vulnerados.

Partiré por definir el término: la inseguridad se entiende por crímenes callejeros relacionados con el robo de objetos materiales.

Partiendo de dicha definición entendemos que el derecho vulnerado es del sujeto al que le expropian por la fuerza su objeto material. Ahora bien, si comenzáramos un escalón más abajo y diéramos origen al análisis a partir del porqué de la inseguridad, (es decir, de un sujeto que roba y otro que es robado) quizás la búsqueda de la vulneración e derechos se volvería mas abarataba.

Los crimines callejeros surgen a partir de la desigualdad social, y la desigualdad social surge a partir de la acumulación de riquezas, y un sistema capitalista que sustenta este modelo de vida, que se retroalimenta tanto con las clases dominantes como con las clases medias e incluso con lxs sujetxs mas perjudicadxs económica y socialmente. Por lo tanto, el sujeto robado ha de ser poseedor de bienes que el sujeto ladrón carece. Si bien aquel objeto material no es imprescindible en la vida de ningunx, se observa en ese acto una desigualdad contundente entre unx y otrx, regida por los bienes materiales.

En ese instante el sujeto robado siente que le arrebataron algo más que dicho objeto en sí, le arrebataron la dignidad que significaba tenerlo, es decir, el tiempo y el esfuerzo que ha dedicado para obtener aquella cosa que era tan difícil de conseguir, pero tan fácil de perder. Entonces, ¿Este sujeto, se siente vulnerad por aquel ladrón? ¿O se siente vulnerado por el sistema que nos hace creer que si nos esforzamos obtendremos cosas que en realidad de un día para el otro pueden ser nada? Cosas que ni siquiera son elementales para una vida digna, aquella vida digna que nosotrxs tenemos y que aquel ladrón no tiene. ¿Y la responsabilidad de ello de quién es? ¿Del sujeto que roba o del sistema que sostiene y promueve este mecanismo establecido?

Una vez analizado el contexto del sujeto robado analizaré el del robador. Nos encontramos en una sociedad en la que la calidad de vida digna se rige a partir de la calidad de los bienes materiales que poseamos, sean o no prescindibles en nuestra vida, sean o no productivos para un bien común. Pues en una sociedad que esta educada en pos de una calidad de vida relacionada directamente con el consumismo, ¿Cómo podemos pretender que no traiga consecuencias para quienes quedan por fuera del consumismo? Primero deberíamos entender por qué queda gente fuera. ¿Es realmente sólo mérito? ¿Sólo hay que tener voluntad para tener una vida digna? Si es así esto significaría que los millonarios son las personas más “eficientes”, trabajadoras y productivas mientras que los pobres son los más ineficientes ¿Y qué hay de aquellas personas de clase media baja que trabajan día y noche pero aun así no llega a fin de mes? Cuando se hace referencia al empleo, y a las búsquedas de las empresas y los organismos, observamos una serie de requisitos desde la labor en sí, hasta las características que debe tener el empleado. Pues bien, un sujeto que se encuentra desempleado, en situación de calle, sin acceso a una economía básica para comprar un diario y ver las búsquedas solicitadas, o incluso para ir un ciber ¿Podría cumplir con los requisitos demandados por la empresa? ¿Se encuentra en condiciones favorables? O utilicemos un ejemplo más cercano: Un joven de 20 años sin estudios, proveniente de un barrio humilde con calles de tierra ¿Cumple con aquellos requisitos? Aquí podría mencionarse “si hubiera estudiado quizás no le haría falta trabajo”. Pues ¿Estos dos sujetos anteriormente mencionados están en condiciones de acceder a la educación – por más “libre y gratuita” que se demuestre- cuando el acceso a las inscripciones ya requieren de una pc y acceso a internet? En este recorrido se observan a simple vista tres derechos vulnerados: vivienda, educación y trabajo.

Existiendo sujetos que se encuentra absolutamente al margen del sistema, vulnerados en una serie de derechos elementales para una vida digna, es suficiente motivo para no focalizar la búsqueda del problema allí. Se suele poner como eje conflictivo al sujeto, considerando que existen sujetos que “roban porque quieren” (lo cual no considero real ya que es probable que si ellxs pudieran valer sus derechos vulnerados no se encontrarían en la situación que están) pero dicha culpabilización no sería eficaz ya que aunque así fuera, la raíz del conflicto se encuentra en otros puntos. La discriminación, la desigualdad, la obscenidad que reflejan las diferencias visualmente a diario entre clases, son violencia, violencia que atenta contra la dignidad de sujetxs que no pueden acceder a cosas que otrxs si, y que a su vez son mal vistos por esa inaccesibilidad que carece de alcance individual que se vende como mérito propio pero que se rige por la misma desigualdad.

* Frase extraída de la serie “Mentira es la verdad” de canal Encuentro, capitulo “La ley”.

** Estudiante de Pedagogía Social. Artículo escrito como examen final de la materia Promoción de Derechos Humanos a cargo de Demian Konfino.

*** Del libro “Hasta el amanecer de Tupacamaria” de Demian Konfino.

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La cubana Nuria Barbosa en Argentina

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Crónicas Villeras

Portada original del VHS: Tapia camina sobre una villa 31 arrasada.

Sobre el intento erradicación de las villas porteñas y la digna resistencia villera: “Buenos Aires – Crónicas Villeras” de Marcelo Céspedes y Carmen Guarini.

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