Braña, entre Cortázar y Bayer

Un crepúsculo, hace cuatro primaveras, visité a Osvaldo Bayer en su casa del barrio de Belgrano. Habíamos forjado una bella relación que derivó en algunos encuentros y varios intercambios epistolares. Pero ese atardecer el viejo estaba muy locuaz. Mis ojos brillaban ante sus palabras.

Un encuentro con Walsh en plena calle Corrientes, en el cenit de la Dictadura, ocupó buena parte de la charla íntima. Los vasos de whisky se iban vaciando, mientras la emoción, sino la nostalgia nos abrazaban.

De pronto, don Osvaldo recordó una historia de resistencia. Más tarde leí que la contó en algún que otro lugar. La cosa es que yo no la conocía y los detalles contados por uno de sus protagonistas excluyentes me erizaron el cuerpo.

Bayer, en el exilio obligado por la última dictadura cívico militar, se puso a la cabeza de una operación política para denunciar el genocidio en la Argentina. Planificó el aterrizaje en nuestro país de un avión lleno de intelectuales y periodistas del mundo para ocupar el suelo patrio en una visita relámpago que alcanzara para mostrar al planeta el cercenamiento de todas las garantías en nuestra nación.

Fue poroteando intelectuales quienes aceptaron expeditivos. Se envalentonó y apuntó alto. Contactó a los premios nobel de literatura Gûnter Grass y Gabo García Márquez. También dieron el sí. Con una condición. Que viajara Julio Cortázar.

El autor de Rayuela, también involucrado en la denuncia de las desapariciones y todas las violaciones a los derechos humanos en nuestro país y el resto de América Latina, se hallaba viviendo en París desde hacía años. Desde allí había defendido, además, las más variadas causas populares y, particularmente, las revoluciones de los pobres en Cuba y Nicaragua. Escribiendo y, muchas veces, también poniendo el cuerpo.

Desde Alemania viajó Bayer a visitar a su amigo. Cenaron, conversaron, rieron. Osvaldo, en una finta, deslizó la propuesta. Cortázar pidió una tregua. Necesitaba pensarlo. A Bayer le pareció extraño pero aceptó.

Finalmente, Córtazar lo llamó y le dijo que no. Que no venía. Que lo disculpara pero que estaba con el cuero cansado de mil batallas y, sobre todo, que estaba enamorado de una joven y bella mujer con quien disfrutaba los últimos días que le quedaban.

Don Osvaldo bajó su vaso y me miró. Hizo un silencio preciso justo antes del remate certero:

-¿Qué le podía decir? Estaba enamorado.

Muchas veces pensé en esa actitud del también autor de Nicaragua tan violentamente dulce. Su negativa frustró el operativo. Bayer y el resto -incluido Cortázar- debieron recurrir a otros métodos para, finalmente, coadyuvar a la caída de la dictadura.

Al principio, condené en silencio a Cortázar. Después lo toleré. Más tarde, lo comprendí. Finalmente lo respeté.

Cortázar había brindado servicios incomparables a los pueblos del mundo que sufren la explotación. Había legado todo su prestigio a esos fines y había colaborado, notablemente, en el afianzamiento exitoso de algunas de esas experiencias. Y con ello, el intelectual brillante se había elevado a ser la voz de los oprimidos.

Y ahora, con Bayer, descubría que el prócer, también era un hombre grande con cansancios, amores y miserias. Y ello no lo hacía menos prócer, lo hacía más humano.

Esta semana, recordé la voz de don Osvaldo. En un sitio más mundano y cotidiano, pero no menos popular. Quizás la comparación sea una demasía. Estimo que no.

A un gigante del fútbol lo cascotearon de todos lados por no hacer lo que muchos esperaban.

Escribo sobre el Chapu. Algunos se desayunaron que el Chapu Braña, un pasionario conurbano y cervecero también tiene otro amor que se llama Estudiantes de La Plata. Y en Quilmes, muchos pibes -y no tanto- levantaron el dedo y acusaron traición o, más suave, falta de compromiso, por no haber vuelto a Quilmes a sus 39 años a jugar en la B.

Yo lo vi distinto. recordé aquel crepúsculo de una primavera no tan lejana. Yo, un agradecido eterno a ese tipo noble, aguerrido y representativo de lo mejor que podemos ser llamado Rodrigo Braña no le reproché ninguna de sus palabras. Pensé en Bayer. Y en Cortázar.

¿Qué le podía decir?

Gracias por todo los que nos dio.

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