Falda roja y camisa de seda

Por Facundo Gatti*

Celedonia Flores cruza la placita. Es domingo, está repleta de gente. Nadie la detiene, todos la miran. Los chicos juegan alegremente con sus madres en el arenero, y de fondo se escucha el aliento del público de Quilmes que quiere que su equipo de fútbol le gane a Lanús para conseguir el tan ansiado campeonato. Ya pasaron 38 años del último torneo logrado por aquel equipazo del “Piojo” Yudica y la tensión se sintió durante la semana. Al llegar a la esquina donde suelen parar los amigos de Tortuga, por primera levanta la vista del suelo. Los muchachos no dicen nada, parecen estatuas. Ella sabe que esos idiotas son los que festejaban cada vez que Tortuga les contaba cómo la golpeaba. Celedonia Flores aguantó el maltrato porque Kevin, su pequeño de 3 años, la necesitaba. Y el único momento en que podía estar tranquila era cuando su pareja iba a “El Centenario” a descargar su bronca con los jugadores. Tortuga no era el padre del nene. Kevin era hijo del dueño de la panadería donde trabajaba. Ese era el típico comercio de barrio que a duras penas sobrevivía gracias a la fidelidad de los vecinos. Celedonia todavía recuerda la tapa de la revista “El Gráfico” pegada en una de esas paredes, en la que aparecen Milano y Filardo festejando el gol de Gaspari. Se acuerda porque todos miraban esa portada con atención, como queriendo arrancarla para llevársela a sus hogares. Y lo que también recuerda Celedonia fue su final en esa panadería. La cosa fue así: el viejo asqueroso le dijo que la quería como encargada y después de hacerle el chamuyo, una tarde la violó en el cuartito donde se cambiaba. Cuando se enteró que estaba preñada, la despidió y le dijo que se callara la boca porque él tenía muchas relaciones y la iba a destruir si boconeaba. Celedonia se fue a vivir con su hermana. La Gladys era un poco más bicha. Se había juntado con un camionero que conoció en el baile de la sociedad de fomento. Cuando vino Celedonia a la casa, los hechos cambiaron. Al camionero le gustó Celedonia e intentó propasarse. Ese hecho marcó un quiebre en su relación familiar y mandó al carajo a su hermana. Con Kevin se fue a vivir a la “capillita”, un lugar de refugio para madres solteras que dirigía el pastor evangélico Ismael. Había seis compañeras, cada una con su quilombo pero todas ayudándose. Una mañana Ismael les comentó que El Polaco iba a hacer una presentación en el club y que parte de lo recaudado le tocaría a la “capillita”. Alegres se pusieron a trabajar. Cuando llegó el día soñado el club estaba lleno y el esfuerzo valió la pena. En ese encuentro conoció Celedonia a Tortuga. Fue un flechazo, un flash, un amor a primera vista. Era el milagro de su vida. Tortuga se llamaba Claudio Mansilla, tenía 34 años, había nacido en Pujato, una ciudad de 3 mil habitantes muy cerca de Casilda, en Santa Fe. Le habían apodado Tortuga porque era un tipo lento, demasiado tranquilo, hasta se diría con algún problema de retraso. De lo que siempre se acordaba era de las formaciones de Quilmes. Las memorizaba y las repetía constantemente, como aquel estudiante que practica la lección antes de entrar al colegio. De la que más se acordaba era de la formación del equipo que ascendió a Primera División en 1991. Era usual verlo caminar por la calle y escucharlo decir: “Mulet, Grelak, Escalante, Juarez, Montenegro, Acosta, Rodríguez, Mario Gómez, Colombo, Scime y Ruffini”. Entre esos once jugaba Mario Gómez, con quien compartía el apodo de Tortuga. Tortuga era el quinto hijo de una familia que vivía en el barrio Las Ranas. Su padre, peón del ferrocarril y su madre, costurera. No les sobraba la plata, pero podían darse algunos lujos. Claudio vivió en Pujato hasta los 15 años, momento en que decidió irse del pueblo después de pelearse con su padre, cuando lo encontró en la cama con su hermana, una chica de 12 años. Se lo dijo a su madre pero ésta como única respuesta le dijo: “El mantiene la casa”. Primero se fue a Casilda y vivió un tiempo en la casa de una tía. No conforme saltó a Rosario y allí estuvo a los tumbos hasta que un remisero lo contrató para hacer viajes a Buenos Aires. Así llegó a Capital. Le gustaron las luces, el olor de las pizzerías, las madrugadas con sabor a milongas y las prostitutas. Se quedó. Buscó laburo y consiguió uno de chófer de colectivo en una línea suburbana. Se juntó con Rocío, una repositora de un supermercado y en medio de este clima se le apareció Celedonia, vestida con una falda roja y una camisa de seda que resaltaba sus atributos. Bailaron, cantaron, bebieron y el final esperado fue un encuentro sexual exitoso. La largó a Rocío y se fueron a vivir a Ezpeleta, donde tenía la Terminal la línea de colectivos. Una casita con jardín al frente donde Kevin podía jugar y ellos tomar mate. Con fondo para que Roco pudiera esconder sus huesos y una parrillita para hacer el asadito que tanto disfrutaba Tortuga. Pero un día, cuando tomó el servicio y había hecho seis paradas, dos guachos se subieron al colectivo y lo apuraron, uno le pedía la plata y el otro lo pinchaba con la punta del tramontina. Tortuga se reveló y lo clavaron. Chocó el colectivo y se desmayó. Cuando volvió en sí estaba en la salita y a su lado Celedonia. Durante quince días se encerró en su casa, no hablaba, no comía, no dormía, sólo tomaba. Comenzó a insultar a Celedonia, a castigar a Kevin, a juntarse con los de la plaza, a fumar marihuana, a jugar a los naipes. Ya Celedonia no le gustaba y le dijo que se fuera, que él no la iba a seguir manteniendo, que se buscara a otro. Celedonia aguantó, aguantó por Kevin, aguantó porque pensó que cambiaría, aguantó porque sabía que no era un mal tipo, que eso del asalto lo había quebrado, que seguramente esto era una prueba que el Señor le mandaba para ver si podía ser feliz. Tortuga no cambió. Tortuga empeoró. Salió de caño con los muchachos de la plaza. Empezó a pegarle cada vez que volvía sin plata y borracho. Una noche agarró a Kevin de los pelos y lo tiró al patio “así se lo comen las ratas”. Celedonia aguantó, fue a ver a esa señora que hablaba con las mujeres golpeadas. No quiso hacer la denuncia por violencia de género porque en la comisaría le decían: “¿Estás segura nena…? Mirá que si no estás segura esto corre como falsa denuncia…”. Lo llevó a Kevin a la casa de su vecina quien conocía todo el calvario, le dijo que tenía que hablar a solas con Tortuga. Cuando volvió Claudio Mansilla, ella lo estaba esperando con la falda roja y la camisa de seda desabotonada, sin corpiño, perfumada y maquillada. La vio y se le tiró encima, le arrancó la pollera y cuando estaba por consumarse el acto sexual, Celedonia le metió 20 puñaladas. Lo dejó morir. Se duchó, se puso el jean y una remera amarilla que decía “NI UNA MENOS”. Salió a la calle, era domingo, el sol le regalaba a la tarde su esplendor. Caminó por la calle de tierra hasta la placita y la cruzó en diagonal. Al llegar a la esquina se encontró con los muchachos que parecían estatuas. Siguió caminando, un aire fresco le llenó la cara, un viento de cambio empezaba a soplar. De repente escuchó un grito de gol. Y pensar que en la cancha de Quilmes no había público visitante…

* Cuento elegido entre los primeros tres del concurso Quilmes A Contar

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