“13 puntos”

Presentamos el cuento galardonado con el segundo puesto del concurso literario del QAC: Quilmes A Contar.

Autor: Octavio Rogelio Echevarría.

No hay caso, el dolor no se me pasa con nada. ¿Que si me están dando analgésicos? De todos los colores y por todos los lados. Tengo el estómago perforado y los brazos como un colador. Usté me entenderá porque tiene esa pierna que Dios me libre. Pero son buenos los médicos acá. Y más… las enfermeras. Son un amor. En este hospital nací yo, así que imaginesé si tengo una historia acá. Hasta el olor, esa cosa que a otros les da sensación de enfermedad, a mí me encanta.

Hace como 3 días que estoy internado. Habré llegado medio día después que usté. Sólo que usté estaba inconsciente todavía. Llegué a escuchar del accidente en la ruta 8, lo dijeron por la radio. Hasta escuché las sirenas. Vivo cerca de la ruta, del otro lado. Por la cancha de Rivadavia. ¿Conoce el Coloso de la calle Sarmiento? Bueno, yo siempre indico mi casa así, no podría hacerlo de otra manera. Yo ya me voy, pero si le dan el alta y no tiene en donde quedarse, puede pasar por casa. Lugar hay. Y llegar va a llegar. Pregunte por el hincha de Quilmes. Soy el único cervecero de Venado Tuerto. Y nacido acá, eh. Nada de que vine de chiquito o cosas así. Nacido, criado y de padres venadenses. Es cierto que hubo alguien… Mi abuelo materno. Tenía un amigo, muy amigo, un tal Martini, que conoció en la colimba. Después del servicio se siguieron viendo y mi abuelo lo visitaba en Buenos Aires. Bueno, en Quilmes. Cerca de la cancha. Y ahí fue la primera vez que fue a ver fútbol profesional. Se quedó enamorado de esos tablones. Y de chiquito me transmitió ese amor. Me hablaba de Maschio, de Dellacha, Pedro Dellárea. Un desagradecido de mierda, me decía. Bueno, tenemos un camión lleno de desagradecidos de mierda. ¿Que si los desagradecidos no somos nosotros? No sé, no lo había pensado. No, tengo razón. Son unos hijos de puta algunos. No podés escupir la mano que te dio de comer. Mire: usté me invita a su casa. Me abre la puerta de su hogar y de su heladera… y después yo voy por ahí diciendo que tiene la leche vencida y otras boludeces. ¿Qué soy? Animesé, animesé… soy un reverendo hijodemilputas. Así son estos jugadores desagradecidos de mierda y hijosdemilputas. Pero no se confunda, no todos fueron iguales. Así nomás le puedo nombrar a Ismael Villegas, el Mono, que es de acá, como nosotros. Un ídolo. Un habilidoso de los que ya no hay. Horacio Milozzi. Y el Indio, por supuesto… Mire, lo nombró nomás y ya me emociono.

Usté estaba inconsciente, como le decía, y no me vio. Se lo ve bastante bien ahora, igual, eh. Llegué el domingo a la noche. Yo estaba consciente por desgracia. Porque me dolía hasta la muela de juicio que me sacaron el año pasado. No hay nada como un poco de inconsciencia, es como dormir sin sueños, me dijo mi cuñado. Él estuvo en coma una vez. Fue lo más apasionante que le pasó en su puta vida. No, para mí lo mejor fue hace 5 años en la cancha de Central. ¿Cómo que qué pasó? ¡No! ¡Qué mierda va a salir campión Central! Salió el cervecero. Sí, sí, señores, yo soy de Quilmes. Una fiesta. Y fue un regalo para mí, para mi abuelo. Quilmes nos vino a buscar acá a nosotros. ¿Vio ese dicho de Mahoma y la montaña? Que si Mahoma no va a la montaña, la montaña viene a Mahoma. ¿Cómo que es al revés? No tiene sentido al revés. ¿Está seguro? Bueh, es igual. El caso es que nosotros siempre que pudimos fuimos a ver a Quilmes a Guido y Sarmiento. Claro, para usté no significa mucho que le nombre esa esquina pero para los hinchas de Quilmes es como nuestra segunda casa. Y muchas veces, la primera. Nunca sentimos que fuera una locura hacerse casi 400 kilómetros para ver al club que te acelera el corazón. Porque en el viaje de ida, esa expectativa de la fiesta, es maravillosa. Y después los comentarios del partido, de la gente, del hijo de puta del referí. No, si perdíamos era una cagada, era una tremenda cagada. Era volver con cara de culo y casi sin hablarnos.

Ay, me duele la cabeza. Me duele cuando me río. Cuando estoy serio no me río, entonces me duele un poco menos. Lógica pura. Como el dicho de Mahoma. Al revés no tiene sentido.

Pero fue como un regalo que saliéramos campiones acá, tan cerca de mi abuelo y de mí. Lo único que nos perdimos fue la caravana de vuelta a la ciudad de la cerveza. La ciudad de la cerveza es Quilmes. Usted se pierde fácil, viejo. ¿Está seguro que el de la herida en la cabeza soy yo? Me duele todo pero en la cabeza me dieron el botellazo. Me agarró de lleno el guacho. Todavía, si miro para arriba, veo las estrellas. Es normal, me dijo el médico. “Si mira para el cielo, ve las estrellas. Si mira para el campo, las espinas”. Me hubiera reído del chiste si no me doliera tanto.

Nos perdimos la caravana de la gloria por la ruta, todo azul y blanco, todo festejo, todo alegría por el campionato. Nosotros veníamos tocando bocina por la 33 con mi abuelo, como dos pelotudos. La gente nos abría paso porque creía que íbamos al hospital de urgencia. Pensaban que la bandera era un pañuelo. Cuando pasábamos cantando no entendían nada. Jaja. Ayayay. Me olvido que no tengo que reírme.

Llegamos a casa y nos abrazamos con todos, hasta con los vecinos. Ellos se pusieron contentos también. Le habían tomado cariño al equipo por nosotros. Mi abuelo era un tipo muy querido en el barrio. La gente de antes era distinta. Ahora no respetan un carajo. Pero los vecinos son gente de antes, sigue siendo un barrio de gente de muchos años.

El año pasado no pudimos ir a ver las finales con Ferro. Mi abuelo estaba muy enfermo ya. Y en diciembre murió, antes de las fiestas. Yo sentí que se moría un pedazo de mí. Estuve deprimido por eso y, para colmo, descendimos. Usté dirá: “Qué pelotudo este tipo. Que se muera el abuelo y descender es lo mismo para él”. No es igual. Pero para mí, Quilmes es mi abuelo y mi abuelo es Quilmes. No puedo separarlos del todo. Es su gran legado. Es como si las dos cosas fueran lo mismo para mí. ¿Cómo dice? ¿Homo…? No, señor. ¿Homo…loga? ¿Que son homólogas? A la pipeta. Usté sí que sabe. Debe ser como usté dice, nomás, lo de la montaña. Aunque ya no me acuerdo como era ni cómo decía usté.

Ay, cómo me duele. Pero a este botellazo lo recibí por Quilmes. Es decir, por mi abuelo. No. No estoy yendo a la cancha, hace mucho. Tampoco en el barrio. No me peleo con nadie. La gente se ríe de mí, pero tranquila. No me joden. Es hincha de Quilmes y bueh. Mi hemano dice que es hincha de Ñuls. Imaginesé. Es como ser hincha de una fábrica de heladeras. ¿Y qué? ¿Me voy a cagar a piñas con mi propio hermano? No, para nada.

Se lo ve mejor, amigo. De mejor talante. Si lo ve jugar al Indio Gómez se levanta y se pone a bailar. Cierto que no le gusta el fútbol a usté. Un intelectual. Medio raro. Pero tenía razón con lo de Mahoma. Si él no iba a la montaña, la montaña venía a él. ¿Ah, no? Entonces no tiene sentido.

En el trabajo nos encanta el fútbol. En la fábrica de ollas. Las Essen. Por ahí las sintió nombrar pero como es un intelectual, por ahí no. ¿Ah sí? Son buenísimas. A mí me salvaron porque mi señora me tenía las bolas por el suelo de tanto bife con ensalada. Y ahí mete de todo y queda rico. Solamente le agrego sal, je, como mi abuelo. Uno cada tanto se hincha las bolas y dice “no me hago más malasangre”. No, en el trabajo, no. Con el fútbol. Cuando nos fuimos a la B el año pasado dije “chau, perdoname abuelo, pero estos hijos de puta me van a llevar al lado tuyo antes de lo pensado”. Y no quise saber nada de nada con el fútbol. Pero en la fábrica le dan mucha importancia. Como yo, bah, si no fuera por la muerte de mi abuelo y por el descenso del año pasado. Estaba haciendo una especie de duelo doble. Pero aunque trato de no engancharme con el fútbol, porque la verdad que escuchar partidos con Villa Dálmine, Almirante Brown o Italiano me resultan de lo más deprimente; no puedo dejar de participar de la boleta del prode del trabajo. Un poco porque soy buen compañero y otro poco porque si ganan todos ellos y me quedo afuera, me voy a querer cortar las bolas. ¿Se imagina el lunes yo solo en la fábrica? Me moriría de bronca. Todos desfilando para apretarse los huevos delante del jefe y yo laburando como un boludo.

Me vinieron a buscar el domingo a la tarde, después de los partidos. Ya se habían escuchado las sirenas y el quilombo de su coche. Fuimos con mi hermano, incluso, a ver el lugar del accidente. Solamente viendo su auto uno supondría lo peor, pero se lo ve bastante mejor que a su auto. Los fierros se arreglan. Y si no se arreglan, lo único que se pierde es plata. Hablando de la plata, los muchachos ya la estaban contando. “Che, Pochi, hicimos 12 puntos y falta sólo un partido que empieza ahora”. “¿Qué partido falta?” “Quilmes contra Chacarita” me dicen. “¿Y qué le pusieron?”, pregunté, admito que con muchísimo miedo. “Chacarita”, me dice el Tano Ferraresi, que tiene apellido de jugador del ascenso, el muy hijo de puta. “Es el local”, me dice como si argumentara a lo Perry Mason en el final de la película. Desde ese momento, me maliciaba lo peor. ¿Quiere que le cuente?

Fuimos al bar, cerca de la fábrica. A los pocos minutos, Chaca se puso 1 a 0. Mis compañeros gritaban enloquecidos. Yo no podía. Pensaba en mi abuelo, en su primera vez en una cancha profesional, pensaba en la gloriosa tarde de Rosario, en cancha de Central. Tantos lugares para salir campión en casi 100 años de historia y venir a salir acá, a la vuelta de casa. Así terminó el primer tiempo y así transcurrían los primeros minutos del segundo. Algunos planeaban comprar la fábrica, otros iban a cagar a trompadas al patrón. Yo ni reírme podía. Como ahora. Pero ese dolor, era todavía más fuerte. ¿Sabe una cosa? No me dolía que Quilmes fuera perdiendo. A uno, de tantos descensos se le va haciendo como una cáscara. Uno de tanta derrota, ya arranca perdiendo. Siempre estamos perdiendo 1 a 0 en el corazón. Así que el primer gol es para gritarselo en la cara a la mala suerte, al destino, a quien quiera que sea. Pero es una estrategia, es para que no duela tanto, nada más. Pero lo que me dolía, lo que me laceraba el alma, era mi popia contradicción. Porque en vez de querer agarrar plata, contra mi propio bolsillo, contra mis propios compañeros; le estaba pidiendo a mi abuelo un gol de Quilmes. A él, que estaría sentado al lado de Cristo, susurrándole al oído que los de enfrente eran amargos, como las gallinas y los bosteros. Y estaba seguro, muy seguro, de que me iba a escuchar. El chueco Mansera también rezaba. Le pedía a Dios desesperadamente, que hiciéramos 13 puntos. Y llegó el empate… ¿puede creerlo? A los 40 y tantos del segundo. Y juraría que lo vi a mi abuelo saltando con bandera, gorro y vincha, al lado del Altísimo, que también saltaba y gritaba enloquecido. ¿Como no unirme a ese festejo? Si era como una Pascua. Me subí a la mesa y agite los brazos y quería llegar al techo y abrazarlos, como si el cielorraso fuera menos raso por una sola vez. Fue lo último que pensé. Y sentí un cabezazo en el estómago y caí redondo. Y me agarraron entre todos: Ferraresi, Seppaquercia, Valdivia… todos apellidos del ascenso tienen los hijos de puta. Y me insultaban en todos los idiomas, como contaba mi catequista en la historia de la torre de Babel. Supongo que ver cómo se te escurre la fortuna entre los dedos, debe ser como presenciar el incendio de tu casa. Capaz que los entienda cuando vea su auto hecho pelota. Creamé que hasta el botellazo del final, sentía que me la aguantaba. Pero a partir de ahí, me terminaron de abandonar las pocas fuerzas que me quedaban. Y acá estoy. Por gritar un empate, nada más.

Al final, hay que creer o reventar. Porque Dios se las arregla para complacer a todos. No como el Mahoma ése, que no nos puede hacer poner de acuerdo. ¿Que por qué se lo digo? Porque con un gol nos arregló a mí, a mi abuelo y al pedido del chueco Mansera. ¿Sabe cuántos puntos me dieron los médicos en la cabeza? ¡Me dieron 13 puntos los hijos de puta!

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