Quilmes A Contar

La tragedia argentina pintada en azul y blanco. Un grupo de amigos que se juntan en el codito de Guido y Sarmiento, el que da a la sede social, hasta que uno desaparece. Y Quilmes asciende y Beto encapuchado, arrojado al baúl de un auto. Y sus amigos que lo siguen buscando en cada esquina y en cada gol. O la desigualdad que germina violencia en las barriadas cerveceras y provoca muertes por machismo o por pobreza. O Un pibe que vuelve de Malvinas y en Madryn le cuentan que Quilmes va a jugar la final del campeonato con Ferro.

Cuando ideamos Quilmes A Contar, el concurso de cuentos cortos del Quilmes Atlético Club, la nueva comisión directiva no había arrasado en las elecciones, pero se perfilaba para ganar. Mi cuñado militaba dentro del frente opositor y le habían ofrecido el Departamento de Cultura del club, en caso de alzarse con el histórico triunfo.

La historia de un club, plagada de hitos. Historias de enfrentamientos con la Policía, bancando a la montada en la cancha de Defensores de Belgrano, en los años ´60. Guido y Sarmiento como una recurrencia, como una evocación o como nostalgia de un tiempo pasado que no siempre fue mejor. Sus olores, los papelitos y el tablón. El loco Williams siguiendo al laiman, sintiéndose necesario en la vieja cancha. Las torres de departamentos, allí erigidas, como símbolo de una modernidad que mezquina la memoria, que desconoce de identidades y añoranzas y que no redundan en un progreso para todos. La vieja camiseta, la Adidas del bolsillito. Todo eso contado. Todo eso leído en una larga mesa.

Un Don Valentín Lacrado sobre una mesa larga. Una Quilmes bien fría, haciéndole sombra. Un sifón Strubolini Hnos. y una Coca disputando el tercer puesto. Una mixta y las achuras, como contexto de un asado familiar en Quilmes Oeste, un domingo de invierno. “Si ganan, armamos un concurso de cuentos”, tiré.

Un tiro libre, el ascenso del ´91 y el último abrazo con el viejo. Hasta el llanto se adivina en ese cuento. El recuerdo de los gladiadores de Alfaro para el ascenso del 2003. O un avión a Puerto Madryn con un comandante muy particular en el ascenso del 2012.

No ascendí con la nueva comisión directiva. No participé del proceso electoral. Pero quería que ganara el frente opositor. Compañeros de mil tribunas y algunas fiestas se distribuían los lugares de las listas. Gente con tatuaje azul y blanco. La popular y la mayoría de los trapos que amarran el alambrado hace 20 años, junto a lo más sensato de la techada y lo menos pirotécnico de la preferencial. Más que dirigentes, serían militantes de un barrio, de una identidad y de un escudo que alguna vez alcanzó la cima.

El ´78 contado desde mil ángulos. A Rosario en el Falcon del libro de oro, en Peugeot 404 o en el último tren. La camiseta 16, la de Merlo, atesorada como una reliquia. El piojo Yudica, subido a un banquito de madera en Arroyito, antes de la última arenga. El único hincha de Quilmes en Venado Tuerto que bocineó toda una ruta provincial indiferente. O La vuelta a la ciudad gloriosa en caravana.

No estuve en la ciudad, ese domingo de las elecciones. La fecha señalada me encontró visitando a la familia de mi compañera en la Argentina profunda. Sin embargo –por el poco literario WathsApp– me mantuve informado, minuto a minuto, hasta la algarabía final con el recuento y el estallido pletórico y un audio que sentenció: “El club es de los socios, de los socios, el club es de los socios”.

Socios, continuadores de los que vieron alguna vez al genial Negro Villegas. O los que cuentan al indio Gómez y la emoción. O al Flaco Milozzi y la entereza. O a Quiñones, el héroe fugaz. O narran un máquina Giampietri comprando naranjas. O un campeonato con Braña, Caneo, la felicidad femenina y la efervescencia.

La efervescencia se transformó en acción social, expedita y rápida, como un amparo contra el abandono. Pintura de la sede; un día del niño multitudinario; los trofeos que volvieron a ponerse de pié; cierto revanchismo excesivo y bravucón, también; una ingeniería financiera para pechear la etapa; un plantel de fútbol que hubo que zurcir y unir; un predio de inferiores que se empezó a arar; una comunicación diferente, de proximidad, cercana y ágil; dirigentes vendiendo patys en la cancha y alguna apretada que hubo que aguantar; una avalancha de nuevos socios; el reconocimiento a los viejos, los que forjan la memoria como goles.

Los 118 goles del equipo del ´49. El gol de Rando en la Bombonera y la hazaña. El gol de Gáspari , siempre el gol de Gáspari. Como si hubiese hecho un solo gol en su vida. El tiro libre de la tortuga Gómez contra Almirante para el tan ansiado ascenso del ´91. Un gol de Lalo Colombo, sobre la hora, en Sarandí. El gol de Chapu Braña, de 3 dedos, frente a Platense. El gol de Quiñones a Los Andes, tal vez el más gritado en muchos años. Una bolea de Bustos Montoya, para un empate agónico ante Argentinos Juniors. Una vaselina de Pérez Godoy para cerrar la puerta del descenso.

Un club con puertas abiertas, en el que todos pueden, muchos quieren hacerlo y bastantes ya lo estamos llevando a cabo. Esta democracia cervecera comandada por Marcelo Calello, con pocos precedentes nacionales, que evoca –en pleno siglo XXI– los principios solidarios que enaltecieron a los fundadores de las sociedades de fomento, las mutuales o los clubes sociales y deportivos de principio del siglo pasado. Este es el club al que llevé la propuesta del concurso de cuentos un día y –prácticamente– al siguiente la empezamos rodar, con pocos miedos y mucha pasión.

Con miedos y pasiones fue contado ese abuelo trajeado para ver al cervecero. O un secreto del nieto que cada partido deja una butaca vacía en la techada para su abuelo que ya no está. O el que esparció sus cenizas y un ritual en el Centenario.

No fue un rito redactar las bases y condiciones. Cultura y Comunicación echaron a andar la pelota. O la lapicera. El Secretario de Deportes Amateurs, Andrés Deyá, le comentó al coordinador del Departamento de Cultura, Leo González ­–Payaso–, que el reconocido periodista quilmeño, Carlos Doallo –Carlitos– podía y quería participar como jurado. Le dimos la bienvenida y nos pusimos de acuerdo sobre la metodología de evaluación que adoptaríamos y el fomento y la difusión del concurso en las radios.

La radio, ligada íntimamente a nuestro club, hace rememorar con rabia la traición de Splendid en el ´78, cuando el Flaco Gómez se fue a relatar a Boca. O retratan el ascenso del 2003 con la voz del gordo Di Blasi y la santa madre de Baldassi. O se emocionan con un “Soy de Quilmes” que sale de una portátil y eriza la piel.

Fuimos a las radios, parte esencial de nuestra cotidianeidad cervecera, narramos la idea de Quilmes A Contar. El Turco Yaman y Carlitos Doallo se entusiasmaron al aire. El querido gordo Di Blasi, hito de la cultura popular quilmeña, nos llenó de inmerecidos elogios, junto a Seba Kerle. El concurso empezó a tomar forma y existencia.

Dilemas existenciales se plantean y uno se queda duro, dudando. Un gol de Quilmes a Chacarita en el ´83 o ganar el Prode. La diferencia entre ser de Quilmes o ser de un club grande. Volver a un Guido y Sarmiento, sin cancha y con edificios, por un amor muy otro. El recorrido sinuoso por diversas etapas de la pasión. Quilmes y la vida, preguntas, respuestas e ideas que permanecen.

Roberto Magadán me acercó una idea y un teléfono. Daniel Razzetto, con su Editorial Galerna podían auspiciar el concurso. Lo hablé con él y quedó cerrado un nuevo y jugoso premio. Editorial Ciccus, mi editorial, me acercó libros para los ganadores. Carlitos Doallo gestionó más premios con Mistral. Y la frutilla del postre. El maestro Alejandro Apo. Su voz emblema, clásica como su programa de los sábados sintonizado antes de ir a la cancha durante los largos años del ascenso, al servicio de esta aventura cultural. Alejo leería el cuento ganador.

Ganar y llenar el álbum con la figurita del gallego Rodríguez. O ir a la cancha por primera vez, en el Centenario, frente al San Pablo, nunca menos.

Y en menos de una semana, empezaron a llegar las historias al club. Alguno, chimentan, aprovechó para volver a ser socio. En cuenta gotas fueron llegando los sobres. Como ocurre a menudo en el mundo Quilmes, sobre el final empezaron a llegar con más asiduidad. Llegando al cierre, varios socios reclamaron la extensión del plazo. Ocurrido lo cual, contabilizamos 50 cuentos.

50 textos llenos de identidad y costumbres cerveceras. El sueño de ser gigantes y la sangre vengada del Indio Kilme. Un sueño de Copa Libertadores con Kempes y Fillol usando la blanquita. O imaginar el año 2018 y una historia que se repite: Argentina y Quilmes campeones nuevamente.  Evita y Quilmes, un solo corazón. Las cábalas. Un bar cervecero y las discusiones futboleras de los lunes. Goles a Lanús que se añoran o se sueñan. Los conocidos anónimos de la tribuna. El olorcito a malta y río. A ver A Quilmes en el Roca o en 22. Un casamiento y las fotos en el Centenario. Una lluvia de papelitos, peleando contra un cielo gris. Un beso de película en la Indio Gómez.

50 películas. 50 personas, vecinos de casa o de tablón que se motivaron, cranearon algunos días y se sentaron algunas horas a escribir. 50 sobres con emociones hechas tinta. Y ahí está todo. Recuerdos arrancados a la desmemoria. Leyendas que resisten al olvido. Hitos que lucharon por ser escritos. Silencios que prefirieron dejar de serlo. Mitos que empiezan a contornearse. Cultura popular, quilmeña y cervecera, que escribe –en azul sobre una página blanca– alguito de lo que fuimos, perfilando lo mejor de lo que podemos ser. Sentimientos hechos arte que auguran larga vida al club Quilmes.

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Una respuesta a Quilmes A Contar

  1. Gaston Cassagne dijo:

    Muy buen resumen de lo que significa. Amar y escribir. Quizá una misma cosa dentro del mismo sentimiento cervecero. Encontrar en tu texto frases reconocidas en uno mismo (en cada uno de nuestros cuentos) es sentirse parte de nuestra historia. Saque una mención especial. Me quede en la puerta del podio, pero igualmente vale el reconocimiento como un mimo al alma o, por lo menos, entrar a jugar los últimos 5 minutos de un partido definido.

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