La fuerza de las nuevas mayorías

Cristina Fernández de Kirchner está zurciendo la fuerza propia, despojada de intereses personales. En cada palabra que emite, en cada entonación cuidadosa, en cada invitado al que nombra, se percibe esa responsabilidad que siente propia.

El presente y el futuro inmediato, que vislumbra sombrío. Néstor, su obra y su memoria. Ella misma y su lugar en la historia. Habiendo elevado tanto el umbral de derechos de una sociedad en un país y, hasta, en un continente, cuyos subsuelos la porfían, Cristina no es dueña de tomar una decisión individual, ajena a los intereses de las grandes mayorías por las que tanto peleó y logró. No se lo perdonaría.

Muchos militantes interrogan sin convicción “¿Qué más le podemos pedir a Cristina?”. Mucho, pienso. Todo lo que sea proporcional con su talla. Todo lo que esté a la sazón de un acumulado social, cultural, económico, político estimable que fue su consecuencia. Hay personas comunes con responsabilidades importantes, que dejan huella tan profunda por sus acciones, que ya no se pertenecen. Tal vez no sea justo, pero es así.

Un ingeniero no construye el edificio de su vida y se desliga de su existencia. Lo mismo un escultor, escritor o artista con su obra cumbre. Cristina tampoco. Su proyecto –ni soñado– fue realizado. Pese a adversarios mañosos. Pese a enemigos mafiosos. Pese a errores no forzados. Por audacia. Por bravura. Por sapiencia. Por preparación. Por coraje. Son hechos palpables en la cotidianeidad de cada persona que viva en nuestro suelo. Y más allá.

Los cimientos del mejor gobierno, desde el primer peronismo para acá, tambalean. La cuota de vicios redhibitorios es importante. Los dirigentes intermedios poseen un activismo notable, que se las rebusca para contener a los propios, sin lograr siquiera –plenamente– el objetivo. Ni cerca están de dialogar con los ajenos. Lo intentan, con orgullo. Pero están muy quemados para el gran público. Tienen mil batallas políticas libradas en el lomo a contrapelo de la hegemonía. Y les pasan factura. Probablemente sea una falla constitutiva del kirchnerismo. Los únicos que se bancaron todas y volvieron a cantarle al sol fueron Néstor y Cristina.

Pero, a no confundirse, lo que aqueja a los sectores medios y humildes de nuestra sociedad son las políticas de ajuste salvaje que tienen sostén, plafón y cobertura en una estructura, en un bloque de poder financiero, agroexportador, mediático y geopolítico cohesionado, sólido, que está envalentonado y sin fisuras relevantes.

Luego, la continuidad en el tiempo de las conquistas del kirchnerismo están en disputa. La supervivencia de su legado está puesta en crisis. Es ella, conductora o capitana, quien debe asumir la primacía en la defensa de lo construido y es quien debe proyectar las virtudes futuras que posee el modelo para mejorarle la vida a la mujer y al hombre de a pie. Porque la memoria está. Pero de la nostalgia no se come. Rememorar, solo, avances del pasado no garpa. Cristina lo sabe.

Deberá ingeniárselas para resultar convincente en las posibilidades de porvenir que están ínsitas en sus ideas y en sus realizaciones. Un sector importante de la población desconfía. Otro, una minoría intensa, mantiene una lealtad y una mística conmovedora. Si supo persuadir y alcanzar la friolera de 54 % a fuerza de contundencias en cada barrio, en esta nueva etapa, sin el Estado, con una campaña mediática, política y judicial en su contra sin precedentes cercanos, deberá reinventarse sin perder su esencia.

Los hechos políticos de estas semanas enseñan que Cristina está a la altura del desafío. El acto de Atlanta ensanchó los márgenes de la tropa propia hacia el sindicalismo combativo, coherente y radical del bancario Sergio Palazzo, tal vez el gremialista que más brille en esta hora de genuflexiones varias. Hizo lugar para intelectuales críticos y honestos como Mempo Giardinelli. Marcó nuevos objetivos. Señaló la inconsecuencia de quienes se miran en el espejo del ajuste y se ven nacionales y populares. Se calzó la boina blanca. Se inscribió en la búsqueda de nuevas mayorías, mostrando humildad. Las nuevas reivindicaciones no pueden ser sectarias, arguyó. Lució bella y entera.

En la Universidad de Quilmes la homenajearon, como antes lo habían hecho en Ecuador. Ella aprovechó para empezar a dar pistas concretas de la nueva construcción electoral. En un sitio de honor, ubicó a Daniel Scioli y a intendentes del conurbano, muy populares en sus terruños. A Scioli, cuidó en nombrarlo cálidamente en un par de oportunidades. También a Jorge Taiana, referente del Movimiento Evita. Allí esbozó el camino a transitar de cara al año próximo.

Esta semana, diferentes espacios del peronismo porteño que habían roto los bloques del FPV en la Legislatura porteña o en la Cámara de Diputados, aceptaron el nuevo puente y la agasajaron en el día de la Lealtad. El Movimiento Evita, la Corriente de la Militancia de Daniel Filmus y el espacio que lidera de Víctor Santamaría armaron un acto en el teatro SHA por el parecen haber oficializado que se encolumnan detrás de la conducción de Cristina. Allí, por teleconferencia, Cristina pidió salir del internismo, no hablarle a los dirigentes, ir a los barrios a representar la búsqueda de soluciones para los problemas concretos de la gente.

Esa fue la senda que imaginó Cristina en aquel lejano 13 de abril en la puerta de Comodoro Py, cuando habló del Frente Ciudadano contra los aumentos de los servicios públicos. Representar a los que sufren las consecuencias del ajuste, despojados de histrionismo épico, parece ser una de las claves con que Cristina interpela a los dirigentes de su espacio.

El crecimiento de Cristina en las encuestas de la Provincia de Buenos Aires es una realidad. La zozobra que causa en sus adversarios políticos es admisión que le temen. La agresividad de algunos de sus juglares raya la desesperación ante una pesadilla que no logran superar. Paso a paso, el kirchnerismo vuelve a divisar la probabilidad del favor de su pueblo al que siempre representó lealmente, aunque no siempre supo dialogar con él.

El pulso sereno de “la Jefa”, la precisión de su vocabulario, la amabilidad de trato y la precaución de sus verbos sitúan a Cristina en sintonía con los intereses de los ajustados, vislumbrando esperanzas realistas de acceder al tejido de nuevas mayorías para enfrentar con éxito la disputa por el mañana.

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