La vuelta de Evita

En la tarde del jueves, nos hemos merendado que el Movimiento Evita ha abandonado el bloque del Frente para la Victoria en la Cámara de Diputados de la Nación. Los planteos públicos para justificar su salida resultan razonables. Abundan en la ausencia de autocrítica y condenan la corrupción sin atajos. Sin embargo, su alejamiento del frente que conduce Cristina Fernández es un error estratégico que debilita al kirchnerismo y celebra la restauración conservadora. Y la envalentona.

El Evita llama a la unidad, rompiendo, hecho que destaca una contradicción que no requiere traducciones. Si la estrategia es la unidad, las diferencias se resuelven adentro. La drástica acción se presenta bajo motivaciones atendibles, aunque hay otras que permanecen ocultas y deben rastrearse más en mantener la estructura de la organización que en la estrategia de unidad que se declama en el comunicado de ruptura.

Pero no nos equivoquemos. En el Evita no hay traidores. Hay compañeros. Inclusive, muchos de ellos no aceptan, a esta hora, la resolución de sus dirigentes. Pero, nuevamente, la conducción del Evita pifió feo en esa decisión, no en los considerandos de su comunicado de salida. Habrá que revisar nuestras tácticas y estrategias en esta coyuntura inédita.

Pero hay que escribirlo, hemos afectado muchos intereses desde el Estado y se están cobrando la osadía. De a una. Los restauradores están sacados. Perciben su poder. Brotan odio. Lo amplifican por cadena. Cosen expedientes judiciales para la ocasión. Procesan por si acaso. Se apresuran.

Algunos recientes e incómodos aliados desean que perezcamos como un cúmulo de malos entendidos de la historia. Se pliegan al escarnio, expeditos. Mejor hubiese sido haber revisado nuestros sistemas de alianzas y haber tomado debida distancia oportunamente. Las elecciones fueron cabal prueba de listas en las que primó el pragmatismo sobre los principios. En casi todos los territorios, encabezaron aquéllos que hoy se apuran a mudar la remera.

No es el caso del Evita. Siempre estuvieron en el barro bancando, junto a nosotros, junto al pobrerío. Más allá de su grueso yerro en la coyuntura, debimos haberlos contenido. Esa era nuestra responsabilidad. Aceptar nuestras deficiencias es intentar no reincidir en ellas. Sin embargo, entre muecas, párrafos y alardes, los que sufren los desencuentros dentro del campo popular son los pueblos.

Nos hemos recuperado de las bombas, de los fusilamientos, del destierro, de la proscripción, de los traidores, del terrorismo de Estado. Nos hemos recuperado del posibilismo. También del fin de la historia. Nos repusimos a la 125, de la derrota de Néstor en 2009. Y hasta de su muerte. De esta también vamos a salir.

Por más bruma que nos invisibilice, queda claro hoy que el retorno no será un paso de baile. Los días más felices tendrán que esperar a que nos volvamos a entender.

Luego, la salida del Evita retrasa la vuelta. Pero el progreso en cada hogar argentino, durante 12 años, será la memoria activa de nuestro retorno. Los logros del kirchnerismo son tangibles, pueden constatarse en cada casa, a lo largo y ancho de nuestra patria. Esa es nuestra garantía. Más temprano que tarde, si acertamos en organización. Porque los pueblos no se suicidan.

Juan Perón volvió. Y volvió la Justicia Social de Evita, cuando Néstor y la generación diezmada. Los derechos conquistados desde el Estado resultan una experiencia que se ha hecho carne en cada distrito, en casa localidad.

Después de todo, Evita siempre está volviendo, aunque la quieran seguir profanando.

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