El retroceso de Cambiemos

por Demian Konfino 

La semana que concluye ha expuesto a un oficialismo que hociquea en la neblina, que va tanteando tácticas diversas sin una orientación homogénea. La derrota apabullante en la votación del Senado por la ley antidespidos a manos de toda la oposición unida es un hilo que se junta con la contundente marcha de las tres CGT, las dos CTA, el kirchnerismo y los partidos de izquierda, por el día del trabajador y contra el ajuste, y que muestra al gobierno de Cambiemos en una posición defensiva y tirando manotazos en el aire para ver si emboca alguna.

Todos los oradores del acto sindical de este viernes advirtieron al gobierno que no se atreva a vetar esa norma. Hugo Moyano fue más allá y, en un pasaje lucido de su discurso, le enrostró a Mauricio Macri que está cruzando una raya, quitándole la comida a los laburantes: “Todo esto que lleva adelante, señor Presidente, son platos de comida que le faltan a las familias más pobres en la mesa”, clamó.

Por primera vez desde que gobierna, la gestión de Macri parece tener averiada la brújula. Florecen las broncas internas. Los pases de facturas son moneda corriente. Se inauguran los carpetazos al propio bando con filtraciones escabrosas sobre conductas probablemente antijurídicas de los hombres de confianza del presidente, Mario Quintana y Néstor Grindetti. En una coyuntura que se inicia con la reaparición rotunda de Cristina Fernández, aparece una oposición que se ordena, se disciplina y avanza, al mismo tiempo que el oficialismo, que se había acostumbrado al paso victorioso y pacífico, no acierta en el repliegue.

El gobierno porfía en la eficacia de la reminiscencia a la pesada herencia. Sabe que cuenta con los partidos judicial y mediático para la faena. Se reitera en ese recurso y profundiza la grieta que lo enfrenta con el kirchnerismo, al son de “la unidad de los argentinos”.

El relato PRO necesita mostrarse como cultor del diálogo y el consenso y, a la vez, paladín de la transparencia. Los hechos no comprueban esa realidad pero, gracias al auxilio necesario de los medios de comunicación masiva, Cambiemos intenta conservar la primacía apelando a la semántica de los antagonistas: Soy lo contrario que mi rival.

En esta línea, la gestión oficial confía en poder echar trabajadores y devaluar pero aparecer preocupado por la pobreza cero; tener al presidente y muchos funcionarios con sociedades en guaridas fiscales pero ser los campeones de la lucha contra la corrupción; acallar las voces críticas, pero ser adalides de la libertad de expresión; anunciar que vetaría la ley antidespidos -a pesar de la amplia mayoría que la acompaña- pero cantar loas a la República.

Las sendas paralelas en las que transita el proyecto restaurador necesita evitar la verdad por medio de una majestuosa puesta en escena que prescinde de la cotidianeidad, de la constatación a través de los propios sentidos. Requiere de un proceso colosal de colonización masiva de subjetividades. En esta tarea están embarcados el Grupo Clarín, el diario La Nación y el multimedios América como vanguardia hegemónica.

Sin embargo, el aislamiento en la autocontemplación y la promesa del maná que bajará del cielo en el próximo semestre choca de bruces contra lo que pasa en los pasillos de las barriadas, en los comedores populares que se llenan, en el aumento de carteles de inmobiliarias ofreciendo locales en alquiler en centros urbanos, en la multiplicación del cartoneo, en la vuelta a las marcas de segunda en alimentos, en el descenso a la nafta Súper. Hay indicios de la realidad de cualquier mujer u hombre de a pie que contrastan escandalosamente con ese clima de alegría posmoderna que venía a traer el PRO. El revanchismo inflamado a toda hora se mece ante su propia barra brava, pero tiende a hastiar por lo remanido, sino por su ajenidad. La escenografía “Báez” ya no encaja en el papel protagónico que le endosan, por más repeticiones e innovación en el género de ciencia ficción que diviertan imaginaciones sobre refugios soterrados en desiertos patagónicos.

La verdad del laburante, la del desocupado, la del changuista que ya no para la olla, la del matrimonio de clase media que selecciona los momentos para cenar afuera, la de la jubilada que queda al desamparo de un PAMI canuto que no entrega los remedios, ese verosímil reconoce que estamos más pobres que hace seis meses, que hay más gente sin hogar, que hay más pibes tirando de la manga, que aumenta el desempleo.

Ante una agenda que por primera vez no controla, el PRO se atolondra y niega. No fueron los funcionarios de este gobierno los que ganaron enormidades de dinero con el asunto del dólar a futuro, claman. Tampoco, los que fugaron fortunas a paraísos Off Shore, enuncian. Fueron sus empresas, esconden. Lo que no es lo mismo, pero es igual. Si los actuales funcionarios fueron los dueños de las empresas que se beneficiaron con las primeras medidas PRO, fueron –entonces– los que tomaron las decisiones de uno y otro lado del mostrador. Y eso lo entiende cualquier Cacho o María, sin necesidad de perspicacia. En este sendero, a la notoria falta de sensibilidad social adhieren la sorprendente ocurrencia de que el nivel de empleo aumentó, a pesar que lo que llaman “sensación térmica” asegura lo contrario.

El rudimento del discurso oficial carece de reflejos y no cambia cuando las circunstancias lo ameritan. La coalición gobernante posee pragmatismo para variar políticas de acuerdo a correlaciones de fuerza adversas pero muestra una llamativa carencia de astucia a la hora construir un relato de gobierno que tenga sustrato de calle. Que pueda foguearse en la vereda de una verdulería.

Esta vacancia política hace que el PRO, a la defensiva, mienta alevosamente y, sin sonrojarse, alardee sobre el crecimiento de las cifras de ocupación laboral. Podría simular preocupación. Podría recriminar la avaricia de los empresarios. Elige la perfidia.

Políticamente es el peor momento de la alianza de gobierno y eso se lo debe a su ideología, sino a su gestión. Sin torpezas se notaría menos, es cierto. Pero la percepción de que Cambiemos gobierna para los ricos no requiere de costosos focus group, basta con hacer la cola en la carnicería del barrio, basta con colocar el termómetro en el bar de la esquina. Bastaría con sentir como pueblo.

Errores del kirchnerismo y una cobertura mediática notable pudo vestir a una fuerza para minorías en una experiencia democrática con fragmentos de popularidad. La vuelta de Cristina vino a barajar de nuevo. Vino a ordenar roles y lecturas. Cristina alineó a la oposición, aún a los que reniegan de ella.

Es una mala nueva para el gobierno que, al mismo tiempo, no acierta a pasar el mal trago y se atora con pócimas eficientes para otros contextos. Hay miopía en el macrismo. O confusión. La oposición tiene la gran chance de pasar a la ofensiva de manera clara y decidida. Las próximas semanas serán claves para la construcción de una oposición plural, con objetivos concretos y capacidad de daño al proyecto de contrarreforma oficial. El crepúsculo de abril avizora las hendijas urgentes por donde la esperanza ya no es utopía. La vuelta empieza a tener cuerpo.*

*http://revistalabarraca.com.ar/el-retroceso-de-cambiemos/

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