Cristina y el verbo colectivo

por Demian Konfino*

Bajamos la boca del subte C en Avenida de Mayo. Al final de lo audible, un susurro se convirtió en certeza: Vamos a volver. Cientos de personas abarrotadas en el andén, reían y cantaban, esperando su turno para subir a alguna formación, forzando un hueco imposible. Dejamos pasar dos trenes por falta de espacio. Al tercero, pujamos y logramos el acceso. Abroquelados y contentos, nos sumamos a los cánticos y a la emoción. Una señora preguntó, a viva voz “¿Alguien cobró quinientos pesos por venir, acá?”. “No”, coreamos y festejamos. Llegamos a Retiro y la salida fue una celebración. Felices, como si se tratase de una epopeya en tiempo agregado, saliendo de la cancha de Quilmes por Vicente López. Así estábamos, llegando a ver a Cristina.

El ascenso a tierra nos devolvió la lluvia. Mareas de personas sueltas llegábamos tarde a la cita. Alguien había chusmeado que la Jefa ya había entrado al Juzgado y, sin embargo, miles de personas seguíamos arribando al encuentro anhelado. Las copas de los paraguas ensayaban piruetas para ganar alguna posición. El objetivo era llegar lo más cerca posible del acoplado que hacía las veces de escenario improvisado. La necesidad colectiva se había convertido en verdad, apenas horas ha: Cristina hablaría con la multitud.

Nos escurrimos entre el gentío, nos acomodamos y alcanzamos línea recta con el escenario, a unos doscientos metros. No veíamos el camión por la muchedumbre espontánea, los empoderados, los militantes y las banderas de las organizaciones que se encolumnan tras la conducción de Cristina Fernández de Kirchner. Pero más ya no se podía. Un hombre calvo y orgulloso, auricular al oído izquierdo, gritó “¡Está saliendo Cristina!”. Su alrededor rugió. Rugimos y saltamos. Un grupo de cooperativistas, de rostros ajados, aclamó ese instante, como si pudiesen detenerlo en el tiempo, para siempre.

Un loco lindo trepado a un árbol con su remera justicialista sugirió consignas, dialogó con el escenario y fastidió algo a la multitud que intentaba captar un sonido lejano, una alegoría entrañable, un hilito que nos devolviera la voz extrañada. El audio, improvisado casi como el escenario y el acto mismo, era insuficiente. Pero cuando Ella nos saludó, todos comprendimos y nos abrazamos. Había vuelto. Habíamos vuelto.

Algunos fragmentos del discurso llegaron, en la medida que Cristina emitió esas aserciones que fueron más latidos que sentencias. Porque Cristina late a veces. Es como un pedazo de corazón del pueblo que vibra sus verdades, las expone con claridad y contundencia, como obviedades que, no obstante, nadie acertó antes a expresar.

Algunos de los conceptos pudimos amasarlos en el asfalto húmedo de Comodoro Py. Entendimos que Cristina renunció a los fueros porque nos tiene a nosotros. Y nosotros la tenemos a Ella. Y esos nos hace fuertes, al pueblo y a la Jefa. Comprendimos que hay traidores, pero el que se enoja pierde. Los puteamos y nos comimos la reprimenda desde el camión: Hay que hacer política y sumar, en este contexto hostil para el pobrerío. Advertimos que por ahí debe ir un camino que se abre, un sendero incierto que Cristina llamó “Frente ciudadano”, y que debe unirnos por la hoja de ruta, por los objetivos, y no necesariamente por la afinidad personal. Confirmamos que el entramado judicial, mediático y político que enfrentamos es continental y goza de buena salud. Siempre es bueno encuadrar un diagnóstico preciso, cuando las grietas se amplían al amparo de la hipocresía oficial.

Luego, al discurso completo tuvimos que repasarlo tras el acto. Ratificamos lo que en la emoción de la hora implicó un relato conmovedor, historiado, analítico, propositivo, redondo.

La pieza legendaria fue trasmitida en cadena espontánea por todos los medios nacionales de comunicación, púbicos y privados. Incluso el grupo Clarín, a través de su señal de cable TN, mandó al Presidente Macri a un recuadrito sin volumen, cuando quiso arañar audiencia en vivo en un acto en Salta. La admiración de propios y ajenos desbordó lo imaginado.

Pronto, el dispositivo mediático se avivó que estaba obsequiando elogios merecidos pero inconvenientes para su estrategia. Comenzaron a ningunear el número de concurrentes. Corrieron a escrutar algún faltazo necesario. Señalaron un pretenso aislamiento del kirchnerismo. Se divirtieron con un paso de comedia de una cronista amarilla, para enchastrar patoterismo. El extenso centimetraje de la cobertura en los diarios y la superpoblación de adjetivaciones arrojadas por sus editorialistas evidenció un nerviosismo asombroso en el complejo restaurador ante la nueva.

Cada uno de los cientos de miles que estuvimos vivió su propia movilización, con sus propias historias mínimas inolvidables. Pero si algo nos dejó el acto -estimo- a todos por igual fue la sensación de trascendencia, la certidumbre del hito.

Esta movilización nos devolvió alegría. Blindó convicción. Brindó esperanza. La Historia nos permitió ser protagonistas de una jornada que tendrá sus páginas en los libros porque un pueblo, se constató, no está dispuesto a que lo arreen sin luchar. Porque una masa policlasista está de pie, organizada, reencontrada y con liderazgo fogueado en mil batallas. Porque hay un plan. Porque el retorno a los días más felices empezó a tener cuerpo y razón. Porque no somos nostálgicos de tiempos cercanos, sino constructores de futuro. El retorno eficaz no dependerá solo de las almas bellas. Más bien, estará condicionado por la conducción eficaz del verbo colectivo en épocas de desdicha.

Si algo nos trajo el 13 de abril es que el proyecto que amplió derechos para los 40 millones y garantizó un piso mínimo de bienestar está vivo y tiene una capitana indomable que luce radiante ante la adversidad. Cabe repasar y congeniar que los mejores tramos de los gobiernos de Cristina fueron tras las derrotas por la 125 en 2008 y por las legislativas en 2009. Se explica, luego, que nos fue mejor cuando Cristina tuvo la audacia de profundizar los debates y las medidas redistributivas. Se sugiere que la vigencia notable de esta mujer única fulgure cuando el sentido común se encomie en darla por muerta.

El disciplinamiento de los propios y la conducción de los ajenos -pero igualmente disconformes con las restricciones económicas del presente- es la tarea en la que comenzó a navegar el regreso del proyecto nacional y popular. En esta senda, no faltará tanto para que muchos podamos confrontar nuestras anécdotas de bolsillo sobre aquel día en que pusimos el cuerpo bajo un aguacero de otoño para empezar a volver.

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