El camino y el tiempo

Me siento a escribir. Lo necesito. Y, sin embargo, veo esta hoja en blanco y me resulta una enormidad, una quimera. Pero recuerdo las palabras del poeta y me doy ánimo: “Ser perseverantes y tenaces, escribir religiosamente todos los días, todas las tardes, todas las noches”, dicen que recomendó  Paco Urondo y lo escribió en épocas turbulentas.

Ayer, estuvimos donde teníamos que estar. A las puertas del Congreso, junto a  miles. Fui con mi pibe y mi compañera. Me encontré allí con amigos y compañeros. La certeza de estar en el lado correcto nos sostuvo. Fuimos Pueblo y fuimos Patria, eso sentimos.

La nostalgia de días más felices, intuyo, nos recorrió a todos. La tristeza de constatar que a la casa de la democracia, apenas ayer, se iba a festejar las grandes conquistas: la ampliación de derechos sociales, económicos y culturales, el ensanchamiento de los márgenes de independencia y la recuperación de soberanía. Fueron 12 años y medio de ir al Congreso a otra cosa. O tal vez no. Fuimos a lo mismo. A Perseguir los ideales de las Madres, a sostener las luchas de sus hijos, a empuñar el ejemplo de los fundadores de nuestra Nación.

Y ayer fuimos como teníamos que ir. Con la frente alta. Con la disposición al abrazo. Con la obstinación de bancar los trapos, aún en cuando la cosa se pone fulera y nuestra gente alterna entre guarecerse y hacerse oír.

La inercia de mejores años proyecta su sombra sobre nuestros días. Por más que se agiten amenazas sobre futuros vendavales, la tormenta está en pleno desarrollo. Es un hecho del presente. Depende de nosotros el plazo para que el sol vuelva a salir para las grandes mayorías, que aún disfrutan de los ramalazos de luz que se filtran entre los nubarrones, sin siquiera regalarnos un arcoíris. Algún día va a escampar. Depende de nosotros, convencidos de las tres banderas, el cuándo. Depende de nosotros, como parte integrante de las grandes mayorías de nuestra Patria, que podamos acertar a mezclar las dosis necesarias de paciencia, con las pizcas urgentes de calle.

Ayer, quedó claro, la calle sigue siendo primordial. Aunque más no sea para dar testimonio. Cuando mi pibe crezca y pregunte qué hicieron sus padres cuando regalaban el país, le enseñaremos la foto en la que estamos con él en su carrito y, a pesar de todo, sonreímos. Es que sin sonrisa, no hay futuro. Eso también se lo vamos a decir, cuando interrogue.

Pero, más que testimonio, debemos alcanzar la movilización popular para avanzar, para conquistar poder y derechos para el pueblo. La lógica de repliegue y defensa deberá mutar en una táctica ofensiva para poder doblegar al compacto bloque de gobierno que conforman todos los factores de poder históricos. Los que siempre jugaron contra los intereses de las grandes mayorías están unidos y son fuertes. Pero nosotros somos millones. Un poco dispersos, bastante encabronados entre nosotros, pero somos millones, tenemos convicciones precisas y logros tangibles en cada casa argentina.

Hoy, estamos haciendo carne el cimbronazo. Duelen las traiciones. Claro. En el alma. Pero mucho más lastima el dolor de nuestro pueblo pobre. De nuestros trabajadores que se quedan sin laburo, de nuestros jubilados que se quedan sin moratoria, de nuestros pibes que se quedan sin sus computadoras y sin inocencia. Nos jode que vuelva la resignación.

El neoliberalismo en formato zen es el viento posmoderno que parece arrasar todo, desde la pantalla de TV. Pero, no es el único camino posible. Más de 12 años demostramos que se puede jugar a otra cosa. Que se puede jugarle a Brasil con 3 delanteros en el Maracaná. Que podemos pararnos con dignidad frente a las potencias. Que llevamos orgullosos la medalla que nos regala Obama declarando que nuestras políticas eran sistemáticamente antiestadounidenses y, aún así –o justamente por ello–, pudimos asegurar un piso de derechos cada vez más alto. Que inflamos el pecho cuando Videla aseguraba que sus peores días fueron con nosotros. No por venganza, sino por Justicia. Que la copa que se llena no derrama, sino que la aspira la glotonería consuetudinaria. Que se puede gobernar para los 40 millones, aunque a muchos se les desgarre el músculo del respeto y se lancen al odio. Que nosotros no odiamos. Que nuestro motor fue, es y será el amor. Siempre. El amor al otro.

Demostramos, en más de 12 años, que nos bancamos las derrotas parciales, las trastadas y las tristezas definitivas. Porque siempre nos recuperamos y siempre volvimos.

Volvió la generación diezmada tras años de desmemoria, ¿no vamos a volver nosotros, que probamos que un mundo mejor es posible, que tenemos el cuero curtido y tenemos la calle? No tenemos derecho a no volver. Nuestros muertos surcaron un camino que no pensamos desandar. Por más barro que nos tiren.

Por eso, más que una expresión de deseo, todos los que estuvimos ayer con el corazón henchido, aún los que hasta en la instancia definitiva nos corrieron por izquierda y llamaron a votar en blanco, sabemos que volveremos. De la organización del poder del pueblo depende el plazo. Quizás sea pronto. Tal vez lleve más tiempo. La inexorabilidad en la historia ha fracasado una y otra vez. Pero sabemos que volveremos porque nuestro pueblo ha vivido los mejores días con nuestras políticas. Eso pensamos. Esas son nuestras verdades relativas.

Mientras más eficazmente logremos dialogar con la paciencia de las grandes mayorías, mientras más hábilmente alcancemos la dialéctica entre esa paciencia y su movilización, más certeramente estaremos a las puertas del retorno. Porque esa paciencia no es conformidad. Esa paciencia puede ser descanso, puede implicar una suspensión, un paréntesis. Tanta intensidad en la confrontación con los ganadores de siempre y su agitación mediática, pudo haber logrado cierto hastío. Pero ese hastío es máscara que recubre la comprobación cotidiana del grado de felicidad de nuestros hijos. Ese hastío es pasajero. Oculta la potencia del pobrerío cuando advierte la estafa. Disimula la latencia de rebeldía que es ADN de un pueblo curtido en las luchas por la olla, por la tierra, por la vivienda, por los pibes. Por el futuro de los pibes.

Entre comprender esa paciencia y descubrir el velo de la fatalidad, están nuestros días en el territorio. Están las rondas de mate con nuestros vecinos. Están nuestros hombros para contener a las víctimas de esta etapa. Para contenernos a nosotros mismos de la desazón. Están el barro y el abrazo, pero también la pala.

Al mismo tiempo deberemos administrar la calle. Dar testimonio de nuestras verdades relativas, claro. Ante cada atropello, nuestras banderas bien altas. Ante cada arbitrariedad, nuestro canto orgulloso.

Mas, sobre todo, nuestro regreso alberga sus posibilidades reales en la capacidad de motorizar la insatisfacción que ya se percibe en los suburbios. Para ser un solo grito y un solo puño. En eso se jugarán las chances de que nuestra vuelta sea más temprana que tarde y que el dolor de nuestro pueblo vuelva a ser memoria y no presente y futuro. Solo así el poeta volverá escribir sobre el sol y el trovador la cantará flores al presente y no a la nostalgia. Solo así los pibes de nuestros pibes le preguntarán a sus abuelos sobre aquéllas tormentas en las que reinaban la inmoralidad, la tristeza y la villanía. Solo así, las 3 banderas estarán institucionalizadas y el porvenir será cotidianeidad. Solo así, el camino y el tiempo se hallarán, junto a un cielo azul, en un clima venturoso.

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