Quilmes y la felicidad del pueblo

Cuando éramos pibes, a finales de la década del noventa, no creíamos en nada. En nada, no. Creíamos en lo efímero. Creíamos en lo propio. Creíamos, tal vez, en la cuadra. En el barrio, en el olorcito a lúpulo de la cervecería. Creíamos en la blanquita, la del Decano. Y creíamos en el rocanrol y sus letras rebeldes. Pero no albergábamos esperanzas en nada grande. La suerte estaba echada y nos daba la espalda.

Cambiar algo podía ser canturreado en algún pogo en Huracán, pero no estaba dentro del catálogo de intentos posibles. La política era la villanía, lo nefasto, lo oscuro. No había espacio para un relato necesario sobre reformas o revoluciones que nos sacudiera la modorra posmoderna y mejorara la cotidianeidad de millones.

Cuando éramos pibes, con mi hermano Jonti, fieles seguidores del viejo y querido Quilmes, craneamos la urgencia de manifestar nuestra identidad en una bandera. En un trapo. Devotos de la cultura del aguante, concebimos la importancia de acompañar nuestro recorrido por las canchas del conurbano y alrededores con algo que expresara nuestra lealtad.

Los colores y cuatro palabras: Quilmes, pan y circo. Eso solo en nuestro pabellón azul y blanco. El barrio y el pan de cada día. La memoria de Guido y Sarmiento y un poquito de entretenimiento. Como los romanos, que se permitían las lujurias más audaces, mientras no faltara el morfi y las batallas del Coliseo.

El trapo implicó una responsabilidad, claro. Hubo que llevarlo a todas las canchas. Hubo que hacerlo pasar por todos los controles hasta hacerlo besar con todos los alambrados del ascenso y, más tarde, con los tejidos prolijos de las canchas de primera. Y hubo que bancarlo. Defenderlo.

En un momento, las banderas empezaron a tener la culpa de la violencia en el fútbol y en alguna oficina barroca idearon la solución: Solo se permitirían banderas de hasta un metro por dos. Hubo que cortar el trapo a la mitad y cocerle un velcro. Hubo que adaptar nuestro atuendo, para que la insensatez no matara nuestro rito y con él, nuestro sentido de la vida. Hubo que llevar medias de fútbol a la cancha y pantalones largos con botamangas anchas, para pasar las mitades de nuestra identidad entre nuestras tibias y las medias. O usar zapatillas anchas, las de skaters, para meter las mitades bajo las plantillas. Hubo que sortear a la maldita policía, la bonaerense y la federal embravecidas. Más tarde, hubo que escamotear las policías provinciales, sin ningún código, y hasta los carabineros chilenos.

A todo eso nos enfrentamos y a las hinchadas rivales también. Como cuando arriamos a media tribuna del lobo jujeño en la tacita del Plata, recuperando nuestra bandera dehilachada, cuando la creíamos perdida.

Al cabo de los años, fue tal nuestra constancia que lideramos una tabla de banderas seguidoras que armaba una revista que se repartía en la tribuna Indio Goméz. Ya se nos había sumado Brenda, la menor de nosotros y eso nos hacía fuertes. Sentíamos que teníamos un respeto ganado entre los propios y que habíamos logrado expresar nuestra identidad cabalmente a lo largo del tiempo y los campeonatos.

De pronto, nos empezamos a dar cuenta que nuestra identidad se iba ampliando. Que ya no nos alcanzaba con Quilmes, el pan y el circo. Ahora, nos habían devuelto la política. Y la habíamos recibido y abrazado. Y ahora, había fines de semana que no podíamos sostener el trapo en su lugar del alambrado porque faltábamos a la cita. Porque estábamos en los rancheríos, dándole apoyo escolar a los pibes o peleando por las cloacas, junto a sus padres. Y el trapo empezó a quedar incompleto.

Pudimos haberle agregado un retazo de tela y pinturrear “Quilmes, Pan, Circo y Néstor”. Pero ya no sería lo mismo, si no podíamos garantizar la presencia del trapo en todas las justas en las que se batiera el cervecero. Optamos por el retiro sin gloria, pero con pena. Optamos por la buena nueva y no por la nostalgia. Elegimos seguir siendo fieles a los colores, pero le sumamos un sentido urgente a nuestras vidas del siglo XXI.

Ahora abrazamos la causa de nuestro pueblo y ya no lo hacemos desde un grito de La Renga, sino desde nuestro cuerpo militante. Desde nuestro cuerpo político. A esa bandera cervecera, le sumamos las tres de los días más felices, la de la Justicia Social, la Independencia Económica y la Soberanía Política.

El viejo trapo quedó enrollado en la casa de mi hermano. La lealtad, no. Vamos a la Indio Gómez, cuando podemos. Cuando no estamos en la bandeja alta, búsquenos en algún barrio suburbano. Allí estamos intentando la patria.

Cuando los vientos del individualismo vuelven a golpear la puerta de nuestra aldea, nuestra identidad y nuestra vida sigue trazada por la blanquita, por intentar el pan y perseguir el circo para todos y todas. Pero también la vivienda y el trabajo. Nuestra lucha futbolera, rocanrolera y política está clavada en la búsqueda de la felicidad del pueblo.

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