Azurduy vs. Colón

Por Marcelo Valko

Resulta sorprendente hasta qué punto “la estatua de Colón” se instaló como tema en el común de la gente. En reuniones de amigos, en taxis, las chicas de las tiendas, los parroquianos en los bares, todos tienen un juicio formado que, en general, está teñido por un halo de conmiseración hacia el navegante, y por ende la opinión en cuanto al traslado es negativa. En la despiadada puja por cada metro de terreno que mantienen oposición y Gobierno, los medios, por ignorancia, por seguir la corriente y también los más poderosos -como Clarín y La Nación y sus respectivos séquitos- se oponen con uñas y dientes al emplazamiento de la estatua de Juana Azurduy en el sitio donde se encuentra don Cristóbal. En el caso de la prensa que apoya el traslado, su mediocridad es tal que no advierte que transita la agenda impuesta por sus enemigos.

Tanto alboroto periodístico de unos y otros logró despertar en los ciudadanos el interés por la estatuaria: el problema es que lograron invertir el eje de la cuestión. Y en este caso, el orden de los términos afecta al producto. ¿A qué me refiero? La idea fundamental, más que sacar a Colón del patio trasero de la Casa Rosada, es emplazar allí a Juana Azurduy. En Desmonumentar a Roca, me explayé con cierta profundidad sobre el simbolismo de la estatuaria. Nada más peligroso que una estatua en su aparente inmovilidad. La estatuaria es modélica, y por regla general está al servicio de una historia oficial que invariablemente nace, crece y se reproduce para servir a las élites que controlan el poder económico.

Al igual que una moneda, toda estatua posee dos caras. Una es el símbolo que representa y la otra, el espacio geográfico donde está emplazada. En Ciudades malditas, ciudades perdidas, expuse la trascendencia de ciertos espacios que no pueden mensurarse con la vara del sistema métrico. No existe el espacio, sino los espacios. Sitios que no tienen equivalentes. Y en determinados casos muy puntuales, logran generan lo que denominamos “geografía sagrada”. Me refiero a lugares que por su historia se tiñen de un poderoso simbolismo comunitario.

Observando el emplazamiento geográfico del cual pretenden “arrancar” al navegante, veremos hasta qué punto se invirtió el eje del asunto. Se encuentra a metros de la Casa Rosada. Nada menos que el centro neurálgico del poder político del país. Su geografía sagrada abarca además la Plaza de Mayo y el Cabildo. Es el punto cero donde nació la Patria.

Por ende, que en sus inmediaciones se encuentre merodeando don Cristóbal no es muy lógico. En cambio resulta comprensible que, así como el frente de la Casa Rosada está custodiado por la estatua ecuestre de Manuel Belgrano, sería muy acertado que la parte posterior se encuentre amparada por Juana Azurduy, conformando una suerte de mandala protector. Los integrantes de esa pareja simbólica tienen mucho en común. Tanto Belgrano como Azurduy lucharon por nuestra Independencia y, paradójicamente, ambos murieron solos, pobres y olvidados. Murieron por una Patria justa y fraterna. Es cierto, admito que esa Patria no llegó. Todos lo sabemos y lo constatamos en las calles observando tanta gente que busca comida en la basura. Esa Patria no llegó, pero la meta es que llegue.

Hagamos un breve racconto de la Juana. En principio, se trata de una mujer, altoperuana, india y combatiente. Una mujer muy bien puesta a quien Belgrano nombró teniente coronela legándole su sable y a quien Bolívar pidió el honor de conocerla. Durante la guerra de la Independencia, enterró a sus cuatro hijos y logró rescatar la cabeza de su marido de lo alto de una pica realista. Incluso Félix Luna -un historiador que durante el Proceso cívico-militar-eclesiástico no tuvo escrúpulos en escribir en un suplemento de Clarín sobre el centenario de la Conquista del Desierto- es el autor de la hermosa letra que musicaliza Ariel Ramírez, donde la presenta como “flor del alto Perú/ no hay otro capitán más valiente que tú”. Un último dato, por esas casualidades extrañas, Azurduy entró en la noche de la muerte un 25 de mayo.

(La nota completa en la Revista Sudestada nº 121 de agosto 2013)

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