El calesitero y la Patria

El calesitero me borra 30 años con una sonrisa y un brazo extendiendo la suerte y el destino. El sortijero. Veo al viejo agitando la calabaza de madera y me pongo nervioso. Mi pibe y yo tenemos la inmensa oportunidad de acertar el premio y ganar una vuelta más. Una vuelta más y las carcajadas de Fidelito. Una vuelta más y mi memoria en blanco y negro. Una vuelta más y la nostalgia. Una vuelta más y la felicidad. Tan solo una vuelta más.

Calesitero

Mientras tanto, mi compañera, la entrañable China, nos estimula desde su banco de plaza. Intenta, cámara en mano, retratar los instantes. Como si en una imagen fotográfica cupieran las cosquillas, la fuerza, los desgarros, los vientos, los olores y la música de esos segundos. El intento vale y, seguro, en el futuro generarán reminiscencias hábiles para la palabra y la emoción.

Fidel estira su brazo de 11 meses y roza la sortija. Damos la vuelta agitados y, nuevamente, una búsqueda que no se concreta. El calesitero me ordena que sea misericordioso y le dé una mano al pibe. Y, ahora sí, al tercer braceo nos alzamos con el fierrito. Fidel alardea. Levanta la sortija con su diestra. La bate y la arroja. Solito el fierrito anhelado nos aguarda a unos centímetros del caballo plateado, sobre el piso de parquet de la calesita de la plaza Boedo.

La voz de María Elena Walsh se va apagando y la marcha se detiene. Levanto la sortija y a Fidel y voy al encuentro de la China y de su abrazo. Tras algunos adjetivos y certeras complicidades siento la voz del viejo, discreto, que me exige la devolución y recuerda el premio.

Feliz retorno a nuestro caballo y a la niñez que, ahora, comparto con mi pibe. Nos entusiasmamos. Bailamos. Saludamos. Llega la hora de bajar y salir. Desciendo –algo mareado– de la calesita junto a mi hijo y me siento niño. Lo veo a él, radiante, todavía con ganas de palmotear a su caballo plateado. Sigo riendo secretamente, si no fuera por un rictus que se dibuja en mi rostro indesmentible.

Saludamos al dueño de la calesita y a su mujer, la encargada de vender el boleto de 6 pesos por vuelta, extraerlo de una añeja boletera de alpaca y entregar el papelito bicolor y numerado. Ambos, presumiblemente jubilados, nos brindan su sonrisa algo desdentada y generosa.

Pienso en ellos, cuando me aferro a la diestra de la China y empujamos el carro con el bebé. Tal vez su oficio real, más que el de calesiteros, sea el del leal ejercicio de la resistencia. El rollo de boletos, su expendedor brilloso, lustrado, sus propios cuerpos encogidos y sus rostros ajados, muestran perseverancia, señalan paciencia, enseñan que han vencido al olvido. Han recuperado el espacio público y su disfrute. La actitud anfitriona, la cordialidad y la calidez del trato permiten adivinar bonhomía.

Hay altruismo en ese oficio. En el ejercicio de la resistencia. Y en el de calesitero. Si los únicos privilegiados serán los niños como pensó Evita, alguna vez; o si la Patria es la niñez, concepto muy en boga entre académicos que peinan canas; o si, ahora lo sabemos, la Patria es el Otro; este hombre alto, delgado, de gruesos lentes y pelo blanco peinado hacia atrás con gomina estricta y esta mujer baja, rellena, con su pelo ensortijado castaño y su sonrisa precisa, de alguna manera, estos hombres engrandecen la condición humana. La empujan hacia adelante.

Si el ejercicio de un oficio es capaz de generar felicidad en el otro entonces, sí, este hombre y esta mujer están haciendo Patria.

Reflexionando sobre el jabonoso concepto de “Patria”, caminaba cuando la China irrumpe con una pregunta inoportuna:

-¿Viste la foto que tenían en la garita?

-No.

-Una foto de ellos dos con Macri.

“No puede ser”, meneo con la cabeza, en silencio. Esta buena gente no tiene nada que ver con quiénes idearon la UCEP para barrer de pobres el espacio público; con quiénes negaban el ingreso de ambulancias a las villas miseria; o con quiénes arrojaron a los agentes de la Policía Metropolitana contra pacientes, médicos, legisladores y periodistas en el Hospital Borda. No. “Viste mal”, sigo pensando. Este hombre y esta mujer que nos regalaron carcajadas y memorias no pueden tener algo que ver con quien les niega el futuro a los miles de pibes de las villas que no urbaniza aunque la constitución y las leyes lo obliguen.

Tal vez, estén agradecidos al Jefe de Gobierno por haberles permitido ejercer sus oficios de resistencia y de calesiteros. Ojalá sea eso. Pero ¿Y si efectivamente adhieren a un proyecto absolutamente individualista y excluyente? ¿Este aspecto le quitaría su bondad? ¿Se reduciría en algo su patriotismo cotidiano?

-No importa China –miento.

Sí me alteró el descubrimiento. Pero, vuelvo a mirarlo a Fidel y reconozco que permanece alegre.

Tal vez, estos lindos viejos militen el combo total de la propuesta neoliberal. Sus oficios parecerían marcar un oxímoron. Quizás esta experiencia sea un buen punto para clarificar que los contornos populares conservadores del macrismo han acertado a mejorar aspectos de la cotidianeidad del vecino de a pie.

Ese vecino al que le concedieron la calesita, aquel al que le han mejorado una plaza o al que le han regalado una sonrisa para sus pibes no es un mal tipo si vota al PRO. No piensa en el porvenir y eso es reprochable, dado nuestra historia. No reflexiona sobre el nosotros y todo el daño que un proyecto con estas características genera hacia los sectores populares y eso se debe poner en discusión.

Pero una mujer, o un hombre, que no está politizado decide su pulsión electoral por sus percepciones presentes, por la miopía de alcanzar a ver solo la mejoría de corto plazo. Claro que el paraguas mediático que protege al Jefe de Gobierno no le permite entrever la calaña acabada de la propuesta restauradora. Posiblemente, tampoco le interesa. Se guía por cuestiones mundanas no por manifiestos.

Sin embargo, los que sí militamos las ideas nacionales, populares y de izquierda debemos prestar atención a este día a día. Seguir teniendo los manifiestos como brújula, seguir generando batallas de ideas que apunten a un cambio cultural, social y político. Pero, mientras tanto, hay que hacer esfuerzos por interpelar al otro en su cuadra, en su barrio. Hay que hacer Patria en el barrio, por las necesidades terrenales del vecino. Un ojo en el manifiesto y otro en la baldoza. Así se construye la Patria. Y si a esa construcción aportan hombres y mujeres que no comparten nuestro Sur, o que no lo conocen, es otro cantar. Podremos dar la discusión o no. Pero tenemos que saber que la Patria es de todos y la construimos entre todos los que movemos hacia adelante la condición humana. Eso hay que entenderlo y no enojarse.

La política es, también, comprender la antipolítica. Teorizar, luchar contra ella, pero saber que existe y convivir. Diagnosticar adecuadamente nuestro contexto es parte fundamental de la praxis política. Mientras peleamos por la hegemonía, debemos levantar las banderas del asfalto, de la plaza, de la cloaca, por la red de agua y por la sonrisa de nuestros pibes. Si entendemos eso, iremos por la senda del presente hacia un porvenir venturoso para todos y todas.

Abrazo a la China. Empujo del carro de Fidel y bajamos por Carlos Calvo. Si nuestra revancha ante el oprobio y la desmemoria es ser felices, nuestra militancia debe permitirse los disfrutes efímeros, los recuerdos que serán aupados cuando acertemos a tomar por asalto el cielo de nuestro manifiesto de principios.

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Esta entrada fue publicada en Derechos Humanos, Latinoamérica, Literatura. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a El calesitero y la Patria

  1. rodolfo livigston dijo:

    Excelente nota. Un estilo precioso y un contenido profundo, que comparto.

    Rodolfo Livingston

  2. Me gusta la reflexión explícita en el relato. Forma parte de la incesante batalla cultural

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