Maquinista, panchero u hotelero en el país de los mil colores‏

A continuación, transcribo una carta que envíe en febrero de 2006 a Balcarce 50, remitida a nombre del entonces Presidente Néstor Kirchner. Las estaciones de trenes abandonadas en la Argentina profunda, me habían motivado a hacerlo.

Su contenido expresa la constatación de las secuelas generadas por la devastación neoliberal en el país. Hay, en esa cuartilla, una búsqueda. De reparación quizás. Tal vez, de desahogo. También hay un guiño, un gesto de confianza. Se la dirigí a quien creía que podía acusar recibo de esa ternura indignada y adolescente.

La carta fue recepcionada institucionalmente y se me fue notificando las diferentes áreas de gobierno que se involucraron en la misiva. Ignoro si el Presidente llegó a leerla.

Hoy, tras el entrañable anuncio de Cristina sobre la estatización de los ferrocarriles y el reflote de “Ferrocarriles Argentinos”, insignia apta por nostalgias y reminiscencias, compruebo que no estuve equivocado en apelar a la conducción de este proyecto para que atendiera aquella inquietud.

Cristina Fernández, Presidenta y conductora del espacio político que fundó junto a su compañero Néstor Kirchner, al anunciar la vuelta completa de los trenes al Estado Nacional reparó omisiones y cinismos, retomó un legado histórico del movimiento nacional y popular, devolvió cursos de vida arrebatados por la desmesura capitalista.

Ahora sí, un texto con una sintaxis prematura, la de un joven que empezaba a escribir y anhelaba respuestas en la política.

“Quilmes, 03/02/2006

Sr. Presidente Nestor Kirchner:
Le quería contar que este verano, como todos desde hace varios años, con mis
amigos decidimos recorrer estas tierras. Esta vez el destino, nuestro
añorable Norte.
Empezamos por Tucumán, pasamos noche en algunos pueblos en la que
encontramos gente que nos cobijó como a hermanos. Seguimos en la provincia
bella de Salta, la cual es linda en serio. Y llegamos a San Salvador de
Jujuy, para comenzar a ver los mil colores en esas perfectas/ imperfectas
quebradas.
En el camino hacia cada pueblo, por el cuadro del colectivo lleno que nos
llevaba, observaba que se tendía unas lineas metálicas, que sólo eran
interrumpidas por postes o señales, pero cuyo recorrido era casi
ininterrumpido. Eran las vías del ferrocarril a La Quiaca.
Si esto me despertó algo de bronca, al verlas en estado abandónico, más se
me erizaba la piel, cuando veía las estaciones: Purmamarca, Maimará,
Tilcara, Humahuaca, etc., convertidas en galpones en la que sus habitantes
se las rebuscaban para organizar ferias de ropa, o artesanales.
Sumergido ya en la impotencia de pensar lo que habrán sufrido los habitantes
de estos escenarios, cuya escenografía es imponente, intensa, y sus vidas
sin sobresaltos, con la tranquilidad de los pueblos chicos, llegamos a
Humahuaca, declarada hace poco patrimonio de la humanidad por la Unesco.
En la Estación de Colectivos, como se acostumbra a hacer entre la comunidad
mochilera, preguntamos a algunos de estos aventureros, donde se habían
hospedado, pensando siempre que tiene que ser económico ese lugar, y nos
señalaron que al cruzar la terminal de trenes, se habría la calle Pampa, y
allí en la mitad de cuadra habría un portón blanco.
Al llamar a la puerta, tras infructuosos choques de palmas, nos abrió un
hombre de mirada profunda, que luchaba entre lo predescible y lo
indescifrable.
Roberto nos habilitó una habitación, que en otro momento sería de algún
hijo. Al interiorizarnos en su persona, nos contó que con el turismo se las
rebuscaba con el alquiler diario de piezas, y que en las noches lindas
vendía panchos en lo que había sido la estación de trenes, ubicada en el
corazón de la ciudad. En ese instante preciso, se me abrió la oportunidad de
consultarlo por esa impotencia que llevaba dentro. Y de sus ojos que casi
desbordan de emoción, recuerdo, nostalgia, y vaya a saber que otro
sentimiento, vi aparecer el relato desbordante de su pasado como
ferroviario.
Sr. Presidente, esos ojos de este hombre que otrora fue ferroviario, y ahora
se bate entre su puesto de panchos y el alquiler de habitaciones, me decidió
a escribirle, apelando no sólo a su sensibilidad, sino también a su visión
estratégica del país.
Creo que ese ramal debe volver a funcionar a través del estado, y no sólo
por su función social, intuyo que además debe ser rentable, porque los
pasajeros desbordan de los micros en épocas estivales e invernales. Y su
reconstrucción no debe ser tan costosa si se piense que los durmientes ya
están colocados, y se podría apelar a acreedores de planes sociales que
podrían ser transformados en trabajo genuino.
Espero que atienda a mi narración, que es la narración de un Argentino, que
sueña con un país con mil colores alegres.

Demian Konfino DNI 29.460890”

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