Estela y la alegría

Estaba sentado, disfrutando el sosiego de una lectura querible, cuando un temblor en el bolsillo derecho del pantalón me sobresaltó. Un texto en mi teléfono celular rumoreaba una incredulidad: Parece que apareció Guido, el nieto de Estela.

No hizo falta contextualizar apellidos para el mensaje que me estaba enviando mi compañera Wilma. Un erizo recorrió súbitamente mi pellejo, hasta decidir la suspensión de mi mundo, por un instante.

Permanecí sentado en un banco de plaza, junto a mi hijo Fidel protegido de la brisa invernal de una tarde de Agosto por una manta celeste, mientras soñaba colores en su carrito.

Dejé a Soriano y su pintura exacta de la desolación de los noventa en “Una sombra ya pronto serás”, donde las vías muertas, los pueblos fantasmas y las personas sin rumbo recuerdan un enclave lagrimal en nuestra memoria. Y de pronto, ya no pude volver a la melancolía de un Gordo entrañable contando -como nadie- lo que pudimos hacer de nuestra especie. El gol a los ingleses, el del “barrilete cósmico”, estaba sucediendo, pero en la vida real, convirtiendo a nuestro género en poesía viva. La reserva moral de la patria fecundando amor al “por mayor”, con un hecho político sísmico.

La lucha, como expresión comprometida de lo mejor que tienen la mujer y el hombre para dar y trascender en su camino vital, adquiría un sentido revelador, cargado de sentidos. La utopía, como nunca antes, adquiría verdadera dimensión. Una búsqueda imposible encontraba el premio mayor.

La vida y la identidad del nieto de Estela de Carlotto se confirmaba y, con él, la algarabía del ciudadano de a pie y de los militantes políticos de todos el amplio abanico de ideologías populares.

Me incorporé, dejé definitivamente a Soriano en un apartado del cochecito de Fidel y me fui a caminar con él, por el sendero asfaltado de un parque de Buenos Aires. Un cielo limpio filtraba los últimos rayos de sol de la tarde por entre los árboles añejos.

Fue allí cuando percibí un momento efímero, semejante -intuyo- a la felicidad plena, que ofició de prólogo a mi congoja, la que estalló cuando escuché en la radio a Estela describiendo “Guido es un artista”.

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