Ojos nuevos

Corría el crepúsculo de los primeros días del invierno austral. Unos ojos se abrían después del llanto confirmatorio. Un color indefinido empezó a escrutar el mundo, alejando la mirada hacia vértices imperceptibles, hasta horizontes no creados aún. Nacía Fidel en Buenos Aires.

Una chispa de inocente pinta repiqueteó en los claustros cerrados de sus primeros días. Alumbrando futuro, emocionó a los suyos, mientras le cantaban una de Carlos Puebla. El amor se filtró, entre lagañas, reconociendo la luz y la sombra de un América morena que sigue anhelando nacer.

Ese par de ojos, que apenas llevan dos semanas remontando el pesado telón de dos párpados rosados, empiezan a reconocer un contexto hostil pero que vale la pena vivirlo.

Ese par de ojos rasgados y vivaces afirman la belleza de la aventura de la vida en sociedad; sostienen la necesidad de creer en que el porvenir puede ser venturoso si, y solo si, hay compromiso y generosidad con el otro; constatan que siguen apareciendo miradas capaces deslumbrar sonrisas con solo mostrarse; generan la esperanza de aprehender que sigue siendo posible un mañana de todos, mientras pares de ojos como estos sigan iluminando cada mañana.

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