Patria Villera

El libro que terminé de escribir el mes pasado tuvo un adelanto inesperado. La palabra pausada y generosa de don Osvaldo Bayer recomendando su lectura en la contratapa de Página 12 es un temprano reconocimiento hacia la historia de la villa más emblemática de la ciudad y a uno de sus dirigentes patrióticos que sigue caminando por su urbanización. Me refiero a Villa 31 y a Teófilo Tapia.

Esto dijo don Osvaldo: “Acerca de la realidad e historia de nuestras villas de extrema pobreza, el escritor Demián Konfino –hombre de esas villas que ha estudiado como ninguno su historia y su gente– acaba de escribir un libro esclarecedor en todo sentido: Patria Villera. Es la historia de Teófilo Tapia, el habitante más viejo de la Villa 31. Allí está la realidad: sus trabajos desde el comienzo, sus luchas, sus sueños, su solidaridad y la realidad actual. Un libro para que leamos los argentinos y nos miremos al espejo.” (http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-243985-2014-04-12.html)

La obra se encuentra en etapa de pulido y corrección, esperando ser publicada en el transcurso del año.

A continuación, un capítulo que ya vio la luz -en una versión preliminar- en la edición de Diciembre de la Revista Sudestada. Para ir masticando una historia digna de ser contada y leída:

El caminante.

Camina don Tapia. Este hombre que es apellido de la lucha por la tierra y la vivienda de Villa 31 de Buenos Aires, anda lento, con su cuerpo diminuto, aunque macizo, encorvado, no obstante de una agilidad asombrosa. La brisa no le despeina el prolijo jopo engominado que, aún a sus setenta y dos otoños, persevera abultado y azabache. Alguien me dijo, alguna vez, “A Teófilo Tapia se lo va a recordar así, caminando”. Le saca lustre al asfalto porteño en su largo peregrinar. Embarra barrocos despachos del centro. Vuelve al barrio, donde su andar cansino luce –desde hace 50 años– como engranaje necesario y urgente de la cotidianeidad irredenta del subsuelo de la patria.

Caminó desde lejos, desde que tiene memoria, en su lejana escolaridad en Jujuy y Salta. Pateó, se agachó y cargó a lomo sus cosechas varias, en su juventud golondrina, en los campos mendocinos. Recorrió el kilometraje nacional buscando el mango y el estudio. En un rancherío allende el puerto nuevo, lo cobijaron al llegar a Buenos Aires en los sesenta. Conoció el centro y se perdió.

Consiguió laburo. Zigzagueó por entre las mesas de un bar en Callao y Santa Fe, recorrió los gremios de la construcción hasta que se hizo estibador portuario, transitando entre compañeros, dársenas y arbitrarios capataces.

En los setenta acompañó a los pibes de la jotapé, al curita del barrio, Mugica, y a sus vecinos que se habían inclinado por la militancia política. Estuvo en Ezeiza y en diversas movilizaciones que convocaba el Movimiento Villero Peronista. No fue un cuadro. Simpatizaba con las causas y ponía el cuerpo. Su salto a la arenosa política barrial llegaría más tarde, entre amenazas, atropellos y topadoras.

Promediaba el año setenta y nueve, cuando fue protagonista de una soberbia mojada de oreja al poder racista del intendente del genocidio, brigadier Cacciatore, cuando –junto a 32 familias– lograron quedarse en Retiro a través de la resolución a su favor de una medida cautelar, frenando la erradicación decretada en modernas Olivetti desalmadas. Antes había tenido que deambular entre parroquias y tugurios, pasando la voz por los pasillos de las villas de Buenos Aires.

Siguió, yendo y viniendo, peleando. Lo eligieron, ya en democracia, delegado del barrio YPF de la Villa 31, justo cuando la familia tironeaba para salir hacia una de las viviendas de material en el barrio Illía –en el sur de la ciudad– que ofrecía la Municipalidad a los vecinos de Retiro. Con nostalgia optó, temporalmente, por no pernoctar en Retiro, para acompañar a su familia. Allí también lo eligieron delegado. Mantuvo el mandato vecinal en ambas asambleas, cuando en la villa de Retiro le denegaron su renuncia. Se las ingenió para pasar sus horas diurnas en el barrio YPF, retornando al crepúsculo al calor del hogar.

De esta época data la película “Crónicas villeras” de Marcelo Céspedes, en la que Tapia aportó su testimonio y protagonismo. Allí, se lo ve a Tapia, acercándose al espectador, tendiendo un puente a la sensatez. De fondo aparece el edificio rulero, el de Cerrito y el bajo, arrogante, erguido frente a la ignominia, ampuloso frente a la iniquidad.

Fue el tiempo en el que abrió el comedor Padre Mugica en Villa 31, que aún sigue compartiendo ochocientas raciones diarias con sus vecinos, lugar en donde se armó, como pudo, una piecita de dos por cuatro, donde aún vive. La responsabilidad de sentir el peso moral de los que dieron la vida por ellos, pudo más que los lazos familiares, los que siguió cultivando desde la distancia. “Somos los continuadores de Mugica, de Chejolán, de Galleta”, sigue enseñando, a quien lo escuche, marcando la contundencia de un profundo concepto de lucha política como proceso histórico.

Invitó a familias enteras a repoblar el barrio. Como demiurgo en las tinieblas, se las ingenió –junto a sus vecinos– para escabullirse del olfato policial y presentar el hecho consumado, con metrajes estipulados, sistemas de calles establecidos y decenas de personas instaladas, ante las cámaras de la televisión.

Siguió caminando, a pesar del desempleo. Se convirtió en mendigo y piquetero. El puerto lo dejó sin laburo y se hizo escuchar –junto a sus compañeros– primero en Plaza de Mayo y luego –tras la represión– frente al Ministerio de Economía, donde, además, tiraba la manga a quien pasara, para parar la olla. Un gobernador prometió ocuparse, si algún día llegaba a presidente. Con el tiempo, consiguieron una ley de reparación histórica y la jubilación merecida. En paralelo, bancó nuevas topadoras, aunque ahora democráticas y ahistóricas.

Rechazó honores políticos, para poder seguir caminando el barrio sin recriminaciones, desde el verdadero llano fangoso. Sin embargo, permaneció surcando las galerías oficiales, agrietando la idea fija de expulsión, pecheando para parir un término de musicalidad extravagante, pero de reminiscencias, melancolías y significantes conocidos: urbanización. Nada más ni nada menos que el derecho a la vivienda digna en el lugar donde se vive. Una lucha histórica del movimiento villero que quedó plasmada en el artículo 31 de la Constitución de la Ciudad, del año ´96, en la Ley N° 148 del año ´98, para todas las villas de la ciudad y en la Ley N° 3.343 del 2009, que prohibió los desalojos en el polígono de las Villas 31 y 31 bis y ordenó su urbanización.

Cuentan que la medianoche previa a la sanción de esta última norma, por la que tanto anduvo Tapia, un rumor se hizo certeza y un arquitecto sacó de la cama a don Tapia, para coordinar la jornada venidera y acercarse a la Legislatura a empujar y consolidar una construcción política en forma de ley. Sólo él y 30 vecinos –algunos de un oportunismo llamativo– fueron figuras estelares de esa noche de diciembre, en la que la justicia social se acercó solo un poco más.

Hoy sigue caminando. A veces con muletas, cuando la salud intenta –sin éxito– jugarle una mala pasada. Pero va por la efectiva urbanización de Villa 31.

Es referente de uno de los espacios políticos villeros más coherentes y plurales: La Mesa de Urbanización y Radicación de las Villas 31 y 31 bis Padre Carlos Mugica. No es orgánico a ningún partido político, más allá de sus lazos y sintonías tejidos alrededor de organizaciones vinculadas al kirchnerismo. A algunos militantes, de acatamiento acrítico, les cuesta comprender su encuadre jabonoso. No se come amagues, ni se deja seducir por atajos. Permanece fiel al camino que señalizaron los precursores.

Tapia hace patria desde su barrio. Camina, leal a sus orígenes y a los ideales de los que soltaron el lápiz y el sacapuntas para palear, cavar y construir, en el territorio, la noción concreta de la “vivienda digna”.

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