Villa Cartón, el fuego y la infamia

Me junto con Mabel en el obrador construido por la Fundación Madres de Plaza de Mayo en avenida Castañares de Lugano, el departamento que le adjudicaron, tras inviernos de lucha, después del incendio. Mabel es una sobreviviente de una vida hosca y de una tragedia provocada por la canalla perpetuación en el tiempo de la segregación y la ignominia.

Me cuenta que nació en Morón y que tuvo una infancia plagada de privaciones. Merodeó las calles del Oeste y aprendió a leer y escribir uniendo letras, tras las vitrinas comerciales de Castelar. Aprendió códigos y contraseñas y vías de escape. Vivió de nómade con gitanos hasta que su hermano mayor la encontró y la devolvió al pedazo conurbano de fenólico que les había tocado en suerte.

En plena década menemista, estando en pareja, Mabel reincidió, ante la angustia de un presente ramplón: “Vayámonos, a donde quieras, llevame debajo de un puente, pero vayámonos”, carcajea  hoy al recordar el arribo a la capital, junto a sus hijos, a partir de la interpretación literal por parte de su compañero. El destino fue un predio ocupado por varios ranchos improvisados en Roca y Lacarra en el barrio de Villa Soldati, bajo la autopista AU7. “Me cumplió el sueño”, sigue riendo Mabel.

Se hizo vendedora ambulante, intentando parar la hoya en un contexto demasiado hostil. Notó la necesidad que campeaba en su contorno y decidió aportar lazos para unir al vecindario y pechear en comunidad. Comenzó repartiendo zapatillas que le donaron hasta que una iglesia evangelista de la zona contribuyó con chocolatadas y harinas para los pibes del puente. Fue forjando la experiencia haciendo fiestas para niños los fines de semana, cuando solía acompañar la merienda, payaseando con maquillaje y nariz incluidos.

Muchas doñas se fueron acercando. Los varones, también. Ya no eran Mabel y su familia, sino el barrio unido el que levantó el comedor “La Misión” como un espacio de contención, participación y encuentro. A partir de allí, la mancomunión se fue haciendo carne y cotidianeidad. “Nosotros éramos muy lieros”, titula para explicar cómo consiguieron las bajadas de luz y otros servicios y desarrolla: “Con toda la gente salíamos a la calle. Era hermoso. Hasta las ratas sacábamos a pasear porque teníamos cacho de ratas así y hacíamos cortes y mostrábamos por la tele las ratas… Le ponían nombre, las chicas… Fue lindo.”

De esa época en que se consolidaron los brazos fraternos, Mabel evoca y me regala una descripción señera sobre la concepción de la unidad en la resistencia: “El mejor familiar de uno es el vecino”, dice, me pasa un mate y corre la vista orgullosa, colocando un punto y aparte. Va a pasar a contarme el incendio de Villa Cartón y necesita respirar y ponerme en clima.

Ahora, abro un libro de hojas ajadas al que siempre estoy volviendo. Es la obra sencilla de un escritor sensible que visibilizó la cuestión villera por vez primera. Me refiero a “Villa Miseria también es América”. El ejemplar al que recurro, cuando percibo la repetición de la infamia, está impreso en 1957 por el sello editorial Guillermo Kraft Limitada. Esta reliquia la encontré hace algunos años en el sótano de una casa de Quilmes, entre mugre y arañas, escondiéndose de una persecución que ya había acabado hacía años.

Aparto su tapa desguarnecida y leo las primeras palabras: “El recuerdo terrible de Villa Basura, deliberadamente incendiada para expulsar con el fuego a su indefenso vecindario, era un temor siempre agazapado en el corazón de los pobladores de Villa Miseria…”. El vértigo de una coincidencia no casual me hace retumbar las entrañas. No los hubiera hallado, pero éstos son los términos exactos del oprobio que vivió Mabel y su vecindario 50 años después.

Villa Cartón debía su nombre al oficio mayoritario de sus vecinos, el cartoneo. Los venían amenazando hacía un año con el incendio. Extraños mercaderes de la noche frenaban sus motos y lanzaban el agravio “los vamos a prender fuego, si no se van”, “ustedes duermen y los prendemos fuego”. Una y otra vez. La advertencia era seria y el vecindario decidió combatirla. Se armaron guardias rotativas. Un cronograma estipuló el turno de cada vecino para despabilarse en la noche y mantenerse alerta.

La prepotencia verbal, al cabo, se transformó en acción. “Cuando había una tira que se dormía, esa se prendía fuego. Poquitas casas, un par de casitas, se prendían fuego”, relata Mabel, aguantando un nudo en su garganta, prestándome un hilo de su voz. Todo ese año hubo varios focos de incendio que el propio barrio alcanzó a controlar a tiempo, antes del contagio de las aletas ardientes sobre las maderas que paraban las casas y los insumos laborales de los cartoneros.

El método no era una creación del nuevo siglo. Desconocidos forasteros criollos, encapuchados, frenaban el motor de un auto moderno, bajaban sus vidrios negros y arrojaban madejas de lana encendidas. Aceleraban, con sigilo, y se perdían en la madrugada.

Al percatarse de la organización del barrio, los agentes de la calamidad se guardaron en sus madrigueras por tres meses. Pero ese relajo en la tensión, aflojó el rigor de las guardias villeras. La noche calurosa del 9 febrero del año 2007, ignotos ejecutores de la injusticia desataron su plan perfecto. Varias madejas cayendo, coordinadamente, sobre cada tira de casas, sorprendió a la villa cuando ya era demasiado tarde. El grito de “¡fuego, fuego!”, corrió por los pasillos, segundos antes que el humo lo invadiera todo e hiciera el vecindario irrespirable.

Se temió lo peor y fue verdad. Tras unos minutos, que parecieron horas, la estampida empezó a serenar un recuento. Hubo cientos de personas atendidas por principios de asfixias. Sin embargo, las más de 450 familias, con sus pibes, estaban vivas. Con lo puesto, pero vivas. La guadaña y su capucha especularon en vano. No habían podido arrebatar ni una vida, pero habían arrasado con el presente –y su día siguiente– de miles de personas pobres de Buenos Aires.

Esta ciudad desigual volvía a eliminar una villa miseria, quemándola, con su gente adentro. El gastado comentario de tanto otario con pose canchera se había hecho chispa, remontando la mecha del desprecio y el prejuicio enraizado en cierta postura de clase que no cesa en apuntar al marginado como un enemigo.

Los responsables del atentado no lo reivindicaron y la investigación judicial llenó fojas de taquigrafía vacía, sin arribar a los culpables. Mientras tanto, los villeros del Cartón iniciaron un largo e inestable peregrinar. Acamparon algunas semanas, a metros del predio donde permanecieron añares. Los reubicaron en casas precarias en Parque Roca hasta que un Juez ordenó un subsidió habitacional para cada vecino, por las condiciones de insalubridad que presentaba el nuevo barrio improvisado. Algunas familias lograron la adjudicación de una vivienda social en el complejo de Avenida Castañares. Otras, todavía esperan, aunque el gobierno de la ciudad y su desguazado Instituto de la Vivienda no registran la impaciencia.

De esto me está hablando Mabel Quiroga, cuando el estruendo de truenos cercanos la frena en seco. Un grupo de vecinas se acercan y afirman que el aguacero está inundando a parte de la comuna de El Cartón, instalados provisionalmente –desde entonces– en Budge y el El Olimpo, Lomas de Zamora. Un vendaval de agua termina abruptamente esta crónica sobre un incendio villero, mientras Mabel y sus vecinas aprontan las pilchas para salir a evacuar a su gente.*

* Nota de Demian Konfino publicada en la sección “Crónica Villera” de la Revista Sudestada, edición N° 126 – Marzo 2014

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Una respuesta a Villa Cartón, el fuego y la infamia

  1. Cristian dijo:

    Me gustaría saber si les solucionaron el problema habitación al ya que la gobernadora Vidal dijo públicamente que cada habitante tiene su casa es así ? Saludos

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