Pacto con Walsh

Esta es la historia de un pacto villero, un pacto de sangre. Hace unos meses, frente a una mesa oscura de un cafetín de Buenos Aires, una compañera me trajo la hilacha. Fui jalando hasta conseguir un número de teléfono y un nombre mítico, protagonista de esta madeja: Carmelo.

Unos días después, al otro lado del tubo, una voz grave, con registro pausado, aceptó el encuentro, para esa misma tarde, en un bar de Congreso. Me dijo “soy morocho, pelo canoso y largo y tengo una gorra negra de revolucionario, me vas a reconocer”.

Pensé en grabar la conversación, pero me abstuve. El viboreo de la cinta puede, eventualmente, trabar palabras, condicionar verbos, retacear adjetivos. Temía no llegar al detalle de aquella misteriosa noche porteña, allá por los años setenta, cuando un grupo de militantes se cruzaron entre claves, gestos y fierros, lacrando un juramento que dos de ellos sellarían, mezclando la sangre caliente.

Carmelo Sardinas Ullpu sorbía un café con leche junto a la ventana que daba a la Avenida Callao. Una lluvia grisácea y gélida contextualizaba el encuentro, en una tarde de invierno muy lejana de aquellos inviernos de plomo. El reconocimiento fue exacto. Un saludo, unas breves presentaciones y el cuaderno de escribidor se posó junto al tazón con líquido marrón claro y aroma muy nuestro. A partir de allí, comenzaron a abrazarse las palabras, la nostalgia, el recuerdo y la añoranza.

Carmelo nació en Potosí, Bolivia, en el seno de una familia de agricultores, orgullosamente originaria, miembro de la Confederación del Tawantisuyu. Su padre, veterano de la guerra del Chaco con Paraguay, fue su faro de compromiso colectivo y rebelde al participar activamente de la Revolución nacionalista del ´52 en Bolivia, comandada por los mineros y reconocida en la figura de Víctor Paz Estenssoro y el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Él fue quien le sugirió que vaya para Argentina a juntar dinero para estudiar en la Universidad de San Simón en Cochabamba y luego retornar a su comunidad para apuntalar la reconstrucción de la cultura quechua.

Trabajó entre cañaverales jujeños y salteños. En la zafra siguió formándose políticamente. El sindicato les pasaba a los obreros del azúcar, en los fondos de los ingenios, las cintas del General Perón llamando a organizarse desde el exilio madrileño.

Sin lograr el objetivo económico, pensando todavía en el regreso, decidió probar suerte en la gran ciudad. En Septiembre de 1966, llegó a la Terminal de trenes de Retiro, procedente de San Salvador, con un bolsito y unos pocos pesos. Reconoció a un paisano que pasaba para el trabajo y le salió al cruce, pidiendo orientación. Luego de una breve conversación de bienvenida, lo acompañó y lo alojó ahicito nomás, en el barrio Comunicaciones, próximo al puerto nuevo, donde rápidamente se acomodó y consiguió trabajo en la construcción.

En eso andaba, intentando ahorrar unos manguitos, cuando conoció al padre Mugica, “un avanzado en la política”. Entre varias charlas que tuvo con él, Carlos lo invitó a acercarse a la iglesia, hecho que fue rechazado por Carmelo, en el recuerdo de la destrucción y el genocidio originario bajo el signo de la cruz. Mugica lo enmudeció sentenciando “hermano mío, todos somos hijos de esta madre prostituta”, señalando a la virgen. Carmelo se conmovió por la elocuencia de este padrecito tan otro. Comenzó a asistir a misa porque, además, allí se hablaba de Perón.

Promediaba el año 1968, cuando un luchador histórico del barrio, José Valenzuela, lo fue a buscar a su casa y le pidió que lo acompañara hasta el dispensario médico, al lado de la capilla Cristo Obrero, donde iba a haber una reunión política “importante”. Aceptó, sin dudarlo y fueron al encuentro. Estaban en medio de las deliberaciones, cuando apareció, tras la puerta, un “tipo grandote, de anteojos gruesos, un gringo” que dijo llamarse Rodolfo. Era Rodolfo Walsh. Preguntó por las necesidades del barrio, intercambiaron opiniones hasta que se sumó Mugica. Se pusieron de acuerdo para movilizar a Plaza de Mayo a una convocatoria que organizaba el Partido Comunista, bajo la consigna “Carestía de vida”. En los días sucesivos, se lo vio a Walsh, sector por sector, organizando la movilización. Carmelo estaba impresionado por el activismo de este gringo tan singular, que pronto conocería más de cerca como compañero.

Carmelo se integró de lleno a la Jotapé, donde fue forjando una relación de confianza con Walsh, militando por el regreso del líder y por la vivienda digna y la radicación definitiva de la villa de Retiro. Se fue a vivir a Güemes, uno de los barrios de la villa, donde al poco tiempo ganó las elecciones con la lista blanca de la Jotapé y se convirtió en el nuevo presidente del barrio, imponiéndose frente a la lista rosa del PC.

Siendo presidente del barrio y uno de los referentes del Movimiento Villero Peronista, recién formado, participó de la toma de la Comisión Municipal de la Vivienda y organizó el primer y segundo Congreso Nacional del Movimiento Villero, en Rosario y Córdoba respectivamente. A los pocos días del último congreso, Carmelo –junto a otros referentes villeros- fue a Olivos a encontrarse con Perón, quien los había mandado a llamar. Perón les dijo “Ningún villero sin vivienda digna”, pero no en Retiro, por cuestiones estratégicas y de seguridad. Debían irse a complejos a estrenar en Soldati o Ciudadela.

Con la desilusión a cuestas, a los pocos meses mataron al vecino Alberto Chejolán en una marcha a Plaza de Mayo y, posteriormente, al Padre Mugica. A ello se le suma, la falta de entendimiento con López Rega, encargado de las negociaciones para las relocalizaciones y, en breve lapso, la muerte de Perón.

En ese contexto, con las bandas fascistas de Lopecito cazando militantes populares, se vinculó aún más con la Orga, Montoneros, donde estrechó aún más su relación con Walsh. Juntos, planificaron acciones armadas y las llevaron a cabo.

Una de ellas fue el “caño” que pusieron en una tanqueta que se encontraba alojada momentáneamente en el puerto, y que los militares habían importado para usar de prototipo en Fabricación Militares para producirla en el país. La explosión fue rotunda, el destrozo, total y la operación, absolutamente exitosa. Al poco tiempo, dejaron de verse. El estado de situación y la estrategia militar de la Orga ya no lo permitía. Habían pasado a la clandestinidad y todo sigilo era prematuro.

Eran tiempos donde las certezas pendían de delgadas piolas, las hendijas solo filtraban sombras y la esperanza latía en un tugurio sin música.

Una noche fría de un invierno duro, compañeros de la Orga en el barrio cifraron encontrarse a espaldas del viejo correo, entre los barrios YPF y Comunicaciones. Eran Carmelo, Valenzuela, Fernando –responsable de la Orga en el barrio- y Julio Lares. Puntuales fueron llegando a la cita. De fondo, un caño de escape estridente alertó un acercamiento no calculado del todo. Un Citroën 2CV celeste, con capota negra, apuntó sus faros redondos al grupo de cuatro compañeros que viraron de frente, puño al cinto. El frío del metal en sus diestras expandió una sustancia adrenalina en sus cuerpos, mientras el rodado se acercaba. A diez metros, el auto apagó las luces y detuvo su marcha. Bajaron, lentamente, cuatro personas y, tras una breve pausa, salió Rodolfo Walsh. La guardia de Rodolfo se mantuvo a distancia. Walsh caminó hacia los compañeros villeros. Las sonrisas desdentadas alcanzaron a cruzarse. Abrazos cortos, calentaron la noche. Walsh habló. Todos hablaron. Se juraron lealtad recíproca. Prometieron no abandonar el país, como aquellos legendarios capitanes, pereciendo de pie, junto a sus naves, en las aguas profundas y borrascosas. “No buscaremos refugio en otro país”, sugirió uno de ellos, en registro de susurró. Otro, apenas contuvo el grito: “¡De acá no se va nadie, carajo!”. “Si morimos luchando, alguien nos recordará, sino nos espera la infamia”, agregó, algo pomposo, otro de los cófrades. “No importa si la conducción decide exiliarse, nosotros nos quedamos, compañeros”, ratificó el cuarto. Se abrazaron nuevamente, cerciorando una convicción y un compromiso. Walsh dijo certero, apenas disimulando el brillo de sus ojos y un sollozo nasal amenazante: “Compañeros, ahora siento orgullo de esta organización”.

Carmelo y Valenzuela, retomando una añeja tradición andina, cortaron la yema de sus pulgares izquierdos. La espesura roja brotó de las pieles morenas. Juntaron sus dedos, entrelazándose, ratificando el juramento, integrando la sangre viva y compañera.

Al poco tiempo, algunos de ellos fueron detenidos y permanecen desaparecidos. Ninguno se fue del país, a pesar de la desbandada y la expansión de la derrota epocal. Carmelo salió del barrio, por orden de la Orga. Se guardó primero en la villa de Colegiales y luego en William Morris.

“Libramos una lucha justa, quisimos cambiar la historia”, sostiene Carmelo, entre la bruma de Buenos Aires y la emoción de sus lágrimas y cierra: “Rodolfo cumplió con el pacto”.*

* Publicado en la sección “Crónica villera” de la Revista Sudestada, Edición Nº 124, Noviembre 2013.

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Esta entrada fue publicada en Derechos Humanos, Latinoamérica, Libertad de Expresión, Pueblos Originarios, Villa 31. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Pacto con Walsh

  1. Wilma M.B. dijo:

    muy conmovedora amor Date: Wed, 6 Nov 2013 14:12:14 +0000 To: wilmamariamb@hotmail.com

  2. Seba dijo:

    Una gran y sentida crónica. No sabía de este pacto. Muy bueno!

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