Crónica villera: Cautelar del 79

En el año 77, el entonces intendente municipal, brigadier Osvaldo Cacciatore, dictó una ordenanza municipal Nº 33.652/77 con el fin “dar solución integral al problema de las llamadas “villas de emergencia”, eufemismo que no explicaba todavía lo que Guillermo del Cioppo, titular de la Comisión Municipal de la Vivienda (CMV), organismo encargado de la ejecución de la ordenanza, declararía a la prensa 5 años después: Por ahora hay que crear una frontera en la General Paz.

Fueron 3 verbos de significantes espurios, los que resumieron la gradualidad: congelar, desalentar, erradicar. Para legitimar la tarea, se crearon los estereotipos que aún perduran en buena parte del imaginario clase media, respecto a lo villero. Desde la villa como aguantadero, los hábitos pendencieros, la vagancia, hasta el refugio de los extranjeros que le roban el trabajo a los argentinos. Los grandes medios de comunicación asumieron, a gusto, la elaboración de estigmas como tarea patriótica.

Luego, todo fue natural cuando el funcionario Del Cioppo expresó, ancho de espaladas, Producidas las erradicaciones de las villas de Retiro y Perito Moreno, se produjo una sensible disminución de los casos de tuberculosis y sífilis, y también del índice de delincuencia.

La dictadura de la desaparición de personas intentó, casi como una sátira, vestir con ropaje legal lo que venía haciendo desde su gestación, violar todos y cada uno de los derechos humanos de los habitantes de nuestro suelo que no le servían para su proyecto neoliberal. Tirar a una familia de pobres allende el Riachuelo, entonces, no era una violación al derecho a una vivienda digna, sino el cumplimiento de una ordenanza municipal.

La dictadura “logró” una sensible disminución de la población villera, como era de esperar. Tal es así que hubo villas enteras, como el Bajo Belgrano, que fueron erradicadas. Sin embargo, hubo villeros obstinados y temerarios que se atrevieron a desafiar a la barbarie vestida de levita o uniforme verde oliva y rechazaron la injusticia, con persistencia pacífica, en las mismísimas fauces del Poder genocida.

A menos de 2 kilómetros de la Casa de Gobierno usurpada, alrededor de 40 familias se quedaron en la villa de Retiro, resistiendo, aguantando todo tipo de atropellos. Tras las topadoras, los traslados compulsivos, las arbitrariedades y la muerte un grupo de vecinos empezó a imaginar caminos para rescatar la Historia y sus derechos. Empezaron, pausadamente, a juntarse en la capilla Cristo Obrero, la misma que había levantado el Padre Mugica y ahora se encontraba a cargo de José María Meisegeier, el Padre Pichi. Iban a misa y entre amenes y sermones planteaban búsquedas, proponían soluciones.

De ese modo surgió la conformación de la Comisión de Demandantes. Era el año 79 y el miedo era consenso. La larga noche argentina estaba instalada y era Poder. Sin embargo, vecinos como Teófilo Tapia y Efraín Medina Arispe, junto al empuje del padre Pichi, buscaron la manera de aprovechar los jirones de legalidad, que se autorreguló la dictadura, para hacer valer sus derechos. Tocaron muchas puertas que no contestaron. Pero hubo una puerta que sí se abrió. Accedieron a la Asociación de Abogados de Buenos Aires y, con ella, a dos jóvenes profesionales, Horacio Rebón y María Victoria Novellino, militantes de la Federación Juvenil Comunista, quienes acordaron la defensa de 32 de las 40 familias que quedaban en Retiro.

La estrategia que plantearon los letrados fue pedir ante la Justicia el cumplimiento de la ordenanza. En lugar de pedir la inconstitucionalidad de la norma, lo cual era evidente pero imposible de conseguir en ese contexto, trazaron el inteligente plan de sostener la violación del inciso “c” del segundo artículo de la ordenanza municipal 33.652/77, por parte de la Municipalidad de Buenos Aires, por cuanto este inciso procuraba que antes de la erradicación debían crearse las condiciones para que los grupos familiares accedieran a “viviendas decorosas”.

En la demanda, se argumentó que la CMV debía ajustarse a dichas pautas reglamentarias, las que representaban un límite a la actividad del municipio sobre las erradicaciones, ya que la norma obligaba tanto a gobernantes como a gobernados. Como medida cautelar, es decir, de modo preventivo, se solicitó que se ordene a la Muncipalidad que interrumpa los desalojos y demolición de las viviendas de la villa de Retiro. Ofrecieron como testigos de la brutalidad a 2 vecinos valerosos y al sacerdote de la villa, José Meisegeier.

La Dra. Novellino sostiene hoy que éste último fue un testimonio determinante. Al consultarla sobre los riesgos, la abogada recuerda que, si bien eran conscientes de los peligros que implicaba hacerle un juicio al gobierno militar, “para que deje de pasar, había que actuar”.

En primera instancia -como era de prever- tuvieron el revés del Juzgado Civil Nº 17, pero los abogados apelaron y el expediente caratulado “Soria, Ascención y otros contra la Municipalidad de Buenos Aires s/cumplimiento de Ordenanza”  fue elevado a la Sala “C” de la Cámara Civil de la Nación.

Para sorpresa de los vecinos y sus abogados, con fecha 27 de noviembre de 1979, los jueces Jorge Alterini, Santos Cifuentes y Agustín Durañona y Vedia frenaron definitivamente la erradicación de la villa de Retiro, resolviendo “… la prohibición de innovar en la situación de hecho y de derecho de los actores con respecto a las viviendas que se denuncian en el escrito inicial, prohibiéndose la demolición de las casas denunciadas…”. Además, ordenaron notificar el fallo “… a la persona del señor intendente municipal…” Osvaldo Cacciatore.

Los camaristas entendieron que el derecho invocado por los demandantes resultaba verosímil a partir del “contenido de la ordenanza municipal”, considerando que “… las declaraciones testificales… se desprende también el peligro que ocasionaría la demora en dictar la medida…”, en virtud de “… los desalojos y demolición de las casillas que se denuncian…”.

La sentencia, escrita en una temblorosa tipografía de máquina de escribir, o de época, fue el precedente que sentó las bases jurisprudenciales para frenar la erradicación del resto de las villas de la Capital.

De pronto, sin pedir permiso, en pleno año 79, el del campeonato juvenil de Japón, un grupo de villeros lograba torcerle la mano a la más feroz de las dictaduras de la historia sudamericana. Con sus propias reglas de juego, de visitante, con todo el público en contra, incluyendo a los medios de comunicación, obtuvieron la hazaña de batir a Goliat con una cautelar.

Esta crónica no intenta un hallazgo, sino que anhela reflejar la épica olvidada de los que nunca se rinden, de los que innovan en las maneras cuando ya no quedan maneras, de los que se meten en fangosas trincheras ajenas porque no le temen al fango, de los que resisten desde el subsuelo de la patria que los abandona. Esa es la épica que seguirá alumbrando, con otras epopeyas, la aventura del hombre hacia la Justicia social.*

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* Escrito por Demian Konfino para su columna “Crónica villera” de la Revista Sudestada, Edición Nº 120, Julio 2013.

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