Galleta

Quienes lo conocieron, dicen que fue -casi- una leyenda. Sin embargo, su legado permanece paciente, bajo el polvo de un silencio mediático que se obstina en ser memoria. Lo que sigue es una breve crónica sobre quien merecería un libro o un panteón entero en la galería de luchadores populares americanos. Es la historia de uno de los cuadros políticos más completos del Movimiento Villero de los agitados años 70´s. Intenta ser una semblanza sobre un irreverente, un tipo que desafió brujos y dictadores desde su humilde trinchera de barro, en el barrio Saldías de la villa de Retiro.Galleta

Galleta, Alberto Cayetano Alfaro, fue portuario, camionero y hasta, injurian, medio bandido. Aunque nació en la provincia de Chaco un frío 7 de agosto de 1953, la calle lo formó -tempranamente- en la villa de Retiro, donde vivió junto a su padre.

Este morochazo de piel mestiza, cabellera abundante, ensortijada y negra, ojos color de la tierra, nariz ancha y labios angostos, pasa varias noches en oscuros calabozos de la Policía Federal, cuando las racias indiscriminadas eran parte del vuelto por ser villero. Allí conoce la tortura y la impotencia. También la voluntad por rebelarse ante lo injusto.

Transitando la adolescencia, en un contexto de fuerte politización de las juventudes argentinas, comienza a distanciarse del riesgo insustancial y la adrenalina como concepto vacío. La mala no le sienta, más allá de menudencias eventuales. Percibe que le interesa dar una mano a los que peor la están pasando. No lo llama política, todavía, cuando funda un club en su barrio, el Club Juvenil de Saldías, donde, junto a sus amigos, se organizan por los problemas de la manzana, luego del barrio, hasta pensar en la Argentina, como el rancho a mejorar.

Influenciado por el cuadro de Evita que presidía el living de su madre Adela, sumado a la proscripción del peronismo, en plena dictadura de Lanusse, con su connato represivo y la consiguiente invitación a la rebelión juvenil, se acerca a las organizaciones que empezaban a hacer pie en Retiro y luchaban por la vuelta del General.

De lleno en la arena política, su aguda inteligencia callejera se condimenta con lecturas de John William Cooke, que le aportan brillo a su liderazgo y pimienta a la defensa de sus ideas. Se destaca en los debates por convicción y carisma, a los que agrega manejo oratorio y recursos lingüísticos como el humor y la ironía, que desacomodan a sus contendientes. Cree en la Patria Socialista, en la Revolución por etapas y en el antimperialismo.

El “Luche y Vuelve”, campaña conque la Jotapé apoyó la postulación de Cámpora a la presidencia y el regreso de Perón al país, lo tuvo como militante de vincha anudada a la nuca, pintando paredes y banderas, volanteando, marchando.

Quienes lo conocieron de cerca, lo pintan con un recuerdo: la mañana del regreso del viejo después de 18 años, la resignación campeaba en los aires villeros por no haber logrado medios de transporte. Súbitamente, Galleta se incorpora y, fierro al cinto, dice “yo lo arreglo, espérenme acá”. A los veinte minutos ingresaba por las calles embarradas manejando un colectivo de la línea 47. Resultaron 15 las unidades que trasladaron al barrio, junto a los 15 choferes que se plegaron, gustosos, a la movilización.

También, resaltan el gran temple que puso a prueba su liderazgo cuando la desbandada de Ezeiza. ¡A tomar micros! ¡Primero suben las mujeres!, fueron las órdenes impartidas y cumplidas por los compañeros.

Sin embargo, uno de los principales ejes de su militancia política fue la lucha contra la erradicación de la villa de Retiro. Concientizando, participando de reuniones con funcionarios, organizando marchas, su genio fue prendiendo la rebelión de sus vecinos, amenazados por el desalojo forzoso que se blandía desde la dictadura de Onganía.

Esa pelea desigual se mantuvo con la llegada del gobierno peronista. Para su sorpresa, el peronismo no cargó la radicación entre sus acciones a realizar. Lejos de ello, propuso el traslado de sus habitantes a Ciudadela.

En ese contexto, en marzo de 1974 fue asesinado, a manos del Ejército, Alberto Chejolán, vecino de Retiro, cuando participaba de la marcha “casa sin trampa” en las inmediaciones de la Casa Rosada. Esa tarde, Galleta es detenido, tras sacar la cara por su compañera. En medio de una tristeza que explotaba en desazón, la policía les ordena, a él y al hermano de Chejolán, trasladar el cuerpo a hombro, como yapa de humillación desgarradora de sueños.

Al velorio de Chejolán, en el barrio Güemes de la villa, concurren los 8 Diputados de la Juventud Peronista. Sin embargo, era la línea antipopular la que se imponía en el gobierno peronista -por el que tanto habían luchado-, promoviendo la erradicación y avalando la represión.

Los barrios ingresan en estado de conmoción y buena parte de los vecinos, tras una reunión con el propio Perón, aceptan el traslado a un complejo de soluciones habitacionales en Fuerte Apache. Entre ellos se encontraba Galleta y su compañera Fátima quienes deciden continuar su militancia desde otra trinchera.

En ese contexto la Triple A mata al padre Mugica y al poco tiempo muere Perón. El Movimiento Villero se sumerge en la impotencia y la desesperación, aunque muchos siguen resistiendo. Galleta se acerca más a Montoneros y logra pasar materiales de la Orga a muchos compañeros, ya en dictadura. Galleta, a pesar de haber perdido sus dos pies en un accidente de trenes, no para. Va y viene, organizando.

Durante el hosco feriado del 9 de Julio de 1977 le avisan que el Nudo 6 Piso 5 Dpto. B del barrio Ejército de Los Andes, donde vivía, se encontraba rodeado. En lugar de apearse, decide ir a enfrentarlos. Cuando se aproxima a las inmediaciones, lo reconocen. Galleta es fusilado por una balacera infame. Su cuerpo es arrojado al vacío y una furgoneta lo recoge y lo desaparece. Los vecinos cuidan los agujeros de las paredes como evidencia de la inmoralidad.

Sus restos son recuperados en 2002 por el EAAF. Una caravana lo pasea por Fuerte Apache, donde colocan una placa recordatoria y el Padre Pichi, que lo conoció en su juventud, pronuncia un discurso memorable en la misa que preside. De allí lo llevan a Villa 31, donde el cortejo ingresa emocionado hasta la capilla Cristo Obrero, al compás del paso murguero y el canto alegre y despojado de Los Guardianes de Mugica.

Su cuerpo descansa hoy en el cementerio de Virreyes, pero su ejemplo es un secreto a voces que se trasmite de pasillo a pasillo, al amparo de la deformación mediática. Sus ideas continúan sembrando conciencia en las villas argentinas que luchan por su urbanización.*

* Por Demian Konfino publicada por Revista Sudestada, edición Abril 2013 Nº 117.

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