Un africano en el Caribe

Corre el año 1983, en el aeropuerto de Addis Abbeba, centenares de jóvenes se alistan para partir hacia una Isla del Caribe, llamada Cuba.

Wesen Teka Robid, uno del grupo,      siente      el momento con un calor sofocante por las altas temperaturas de      junio. Con las lágrimas contenidas en los ojos y un ardor en la      garganta por tragarse el llanto, despide a sus cuatro hermanos      colocados en el lado opuesto del cristal de la aduana. Hijos de      una      madre consumida por el sufrimiento de enviudar muy joven por la      ausencia del esposo, mártir de la guerra de los años 70.

Aún late la partida de Eritrea      desplazados por los conflictos bélicos y la llegada al centro      educacional en Etiopía para niños huérfanos. Ahí, a la edad de 13      años, Wesen conoce la posibilidad de viajar a Cuba y obtiene la      beca      por sus resultados académicos, en un grupo de 10 entre más de 500      estudiantes.

Muy pocas pertenencias pudo rescatar      de      su entorno familiar, una bolsita con dos mudas de ropas que fueron      sustituidas en la terminal aérea por una mochila con vestuario y      el      material de aseo imprescindible para una larga travesía oceánica      que culmina en la Isla de la Juventud.

Habituado a comer Engera, elaborado      con      harina de teff, el solo olor de la comida cubana le provoca      nauseas,      unido al stress de la adaptación. Sus primeros meses de vida en      Cuba      los pasa hospitalizado y su cuerpo sólo asimila leche y gaceñiga.

En la etapa inicial, los propios      estudiantes etíopes sirven de traductores pero luego, los      instructores cubanos introducen hábitos como el uso del cepillo de      dientes, la manipulación de los cubiertos, el lavado de las ropas,      tender la cama, ordenar la taquilla, limpieza del dormitorio y de      las      áreas aledañas al centro docente.

Participar en las organizaciones      juveniles, dialogar con maestros fuera del aula, asistir a las      galas      culturales y entregarse al fútbol, le sirven para sentirse apoyado      en colectivo y reconocer a los amigos, tanto etíopes como cubanos,      como su nueva familia. No puede precisar cuándo el idioma español      deja de ser obstáculo en la comunicación.

En fines de semana, los estudiantes      visitan Gerona o a la Fe, poblados cercanos al plantel escolar, en      vacaciones disfrutan de excursiones a las playas cubanas, centros      recreativos, campamentos de pioneros, museos y teatros.

En el año 1988 contrae hepatitis y lo      ingresan en el hospital del poblado de la Fe. Un amanecer recibe      la      novedad de una visita. Desde su ventana ve llegar una caravana de      autos y luego descender un grupo de personas vestidas de      verdeolivo. De boca en boca corre la noticia: “¡Llegó Fidel!”.

Wesen, recostado en su cama, no      advierte la cercanía del Comandante en Jefe y sin embargo, la      figura      alta y corpulenta, de barba larga y andar rápido viene hasta él.      En      un gesto noble acaricia la cabeza del muchacho, pregunta por su      padecimiento y tratamiento, escucha los monosílabos como respuesta      y      se aleja.

No hubo tiempo para otro diálogo, el      joven africano, hoy graduado de medicina veterinaria, aún no ha      podido expresar su agradecimiento a tanto desvelo y desinterés de      los cubanos.*

* Por Nuria Barbosa León, periodista de Granma Internacional y Radio Habana Cuba, columnista del blog Tupacamaria.

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