Fiesta villera

Las brasas seguían ardiendo, junto a un furgón abandonado. Un añejo enrejado, hacía las veces de parrilla. El aroma popular perecía, tras el mediodía del sábado. El asado se había extinguido y, más aún, el vino de caja de la sobremesa.

El fueguito, en ocaso, alcanzó para que los pibitos saborearan una chocolatada de la olla popular de las cinco de la tarde. Un humito dulzón, entonces, se expandió por los aires del anaranjado anochecer en la Manzana 107. Villa 31 de Buenos Aires.

Historias de vecinos memoriosos y nostálgicos empezaron a tejerse enrededor al fuego. El orgullo de ser villero y de la 31, gritó presente en el festejo. Ser villero de Mugica; ser villero de Galleta y de Chejolán, luchadores populares caídos por la dignidad de sus vecinos; ser villero por la liberación; ser villero de la resistencia a la dictadura, al neoliberalismo, al olvido y al prejuicio; ser villero del baile y la sonrisa contra la adversidad; ser villero del tereré del sábado al crepúsculo; ser villero que se organiza, desde abajo, para pelear por la urbanización; ser villera, madre, por la copa de leche de sus gorriones.

Apenas tres años ha, 60 familias tomaban ese territorio lleno de rieles oxidados y ociosos, lindero al ferrocarril San Martín. Era de madrugada y hacía frío.

Los rudos hombres, provenientes de distintas partes de Nuestra América, coparon el descampado ferroviario y, rápidamente, supieron lotear los terrenos, mientras otro grupo de compañeros fue a montar guardia en el frente que daba a la terminal de ómnibus de Retiro, repeliendo el avance policial. Cinco por ocho cada terruño. Algún pícaro araño un metrito más. Nunca faltan.

Primero fueron fenólicos que, en fila, separaban un lote de otro. Más tarde, junto con rumores de diferente voltaje, llegaron lonas, chapas y herramientas. Varios picos y bastantes palas compartían la emoción de estar escribiendo sobre la tierra el nombre de la indisciplina liberadora.

Una vez instalados, la Policía Federal asedió a los ocupantes, con maltratos de distinto pelaje, durante varios meses. Un año, largo y frío, duró la restricción de ingreso de materiales dispuesta –arbitrariamente- por la fuerza del orden establecido.

Al cabo de ese lapso ignominioso y resistente, los vecinos fueron construyendo los cimientos de sus casas. En cada una, encadenada con cemento y hierros de ocho. Levantaron los tabloides de madera para las columnas. Las mezclas promediaban seis baldes de arena, dos de cemento y uno de cal. Sin canto rodado. Los cinco trompos que había en la manzana, se pasaban de familia a familia.

Las mujeres se hicieron cargo de la gastronomía y, en varias ocasiones, organizaron ollas populares. Los changos opusieron risa a tanto anónimo miedo.

Los muchachos siguieron dándole meta y meta. Ladrillo a ladrillo. Pala y pico. Pala y pico. La bajada de luz, desde los cables de alta tensión que bordeaban la terminal, se hizo con cables de cuatro, morsetos de bajada a dientes y disyuntores. Para las cloacas, caños de cien y codos, se juntaron con tubos pluviales subterráneos que hallaron al excavar. Y para la red de agua corriente, le incrustaron abrazaderas de cuarenta por tres cuartos al caño maestro y precario que distribuía agua al resto de la villa. De ahí, un caño de tres cuartos -y su llave de paso- a cada parcela, siempre bien sellados con pegamento y teflón.

Las casas se fueron consolidando en altura de dos o tres pisos. Ahora, los mayores problemas eran los cortes de luz en el invierno que dejaban de alimentar heladeras y estufas eléctricas o, directamente, hacían pasar los artefactos a descomposición. La precariedad se había llevado puesta la vida de un vecino que murió pegado a un cable, sin que el SAME ingresara a atenderlo. Las cloacas se atoraban con el barro y, en verano, la pestilencia abarrotaba los aires para delicia de cucarachas y roedores. Sin embargo, lo peor había pasado. Atrás habían quedado los años de ausencia de vivienda propia, los altos billetes extinguidos en alquileres usurarios, la prepotencia policial, la obstinación de un clima hosco que no ahorró lluvias y fiebres para esta comunidad que aguantaba –casi- a la intemperie.

En algún momento hay que festejar, se dijeron. Eligieron ese sábado en que se cumplía el tercer aniversario de la toma. Entonces, una costumbre peruana tomó fuerza y se mandó. Se eligieron padrino y madrina del nuevo barrio. Se tensó un hilo, enroscando una botella. Dos vecinos sostuvieron el piolín a cada lado, dejando a la botella suspendida en el medio. Una doña alcanzó un martillo al padrino. Y a celebrar. Una sidra, quebrándose ante el estrépito, argumentó los añicos de utopías que sembraron el pobrerío.

Después, el baile. Y el cielo. Mucho cielo. Noche de dentaduras extendidas y labios a sus anchas. Perdura, aún, el brillo de las miradas, ojitos negros rasgados destilando felicidades imperceptibles para el resto de la ciudad.*

* Este texto fue escrito por Demian Konfino para la columna “Crónicas villeras” de la Revista Sudestada, edición Marzo 2013 Nº 116.

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