Lealtad

A 125 años del nacimiento de mi querido y viejo Quilmes, van unos párrafos a modo de reflexiones sobre el fútbol, la política y un punto en común: los sentimientos.

Ser hincha no es un laburo. Pero casi. Exige responsabilidad, constancia, consecuencia, perseverancia. Igualito a un trabajo remunerado, ejercido con la sensatez correspondiente. Sin embargo, no sea ha marcado –hasta aquí- una de las significativas diferencias. El  Altruismo. En esto, el hincha se asemeja más a un militante político. Tampoco a cualquiera. Solo a aquellos que abrazan las causas populares.

Ambos, hincha y militante popular, toman partido por un sentimiento que se transforma en acciones derivadas. Siguen los colores o las ideas, en momentos de fulgor o en ostracismos y descensos. Buscan, persiguen objetivos colectivos, desapegados del logro individual. Sacrifican placidez por quilombo. Soledad por pueblo.

Resulta obvio, ambos deben tener un alto sentido de la responsabilidad. Representan causas que, en su círculo de afinidad, requieren respetar reglas, costumbres, vestuarios, cánticos, ritos, principios. Principalmente, hay uno, un valor que justifica estos párrafos prologales y que unifica y vive en el olimpo del virtuosismo: La lealtad.

Lealtad implica fidelidad, no obstante crítica. Sugiere un profundo compromiso. Intuye pechear las adversidades, hacerle frente, combatirlas. Aguantar. Esto, que está tan instalado en el imaginario de las clases populares argentinas, que viene de la inmigración, quizá, que reconoce la verdad de tener paciencia y no huir ante erráticas jugadas de coyuntura. Porque siempre se cree que es coyuntura y no destino.

Aquí es donde aparece la esperanza, adherida al ser leal. Los hinchas, los militantes, no son leales porque esperan, por un interés o una consecuencia. Lo son por el sentimiento más glorioso que ha inventado la humanidad: El amor.

Sin embargo, en el tramo que el valor lealtad se pone a prueba, las malas sin más, es allí cuando el compromiso se solidifica y hace puente con la fe. Adopta la sapiencia del fierro al futuro, un porvenir que será muy otro. Alguna vez. No hay interés en la esperanza del aguante, hay noviazgo con la vida. La efímera posibilidad de un mañana distinto, cimienta de lealtad el ruin presente.

No es leal quien abandona. Mucho menos quien traiciona. Sus antónimos, tal vez, son su mejor definición.

No importa si ese porvenir, ni soñado, percibido, se acaricia. Puede escampar la tormenta y estallará la algarabía. Puede el presente perecer en gris y será compañero. Siempre un ojo, de pupila dilatada, interpretando la sombra del día. Pero siempre, necesariamente siempre, otro, entrecerrado, pispeando la luz que se agiganta al final del camino. Porque, al fin y al cabo, la lealtad tiene sentido por ser camino.

No es egoísmo u otros ismos. Es amor que espera, aguanta y busca un filtro, una llamita imitando el lago de los cisnes; una garganta muda que explote en Gol; una marcha que, al fin, derribe las injusticias.

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Una respuesta a Lealtad

  1. Seba dijo:

    Siempre lo digo, cuánto ganarían las luchas populares si los hinchas de fútbol fuesen un poco más militantes sociales. Más cocientes. Tanta energía, tanto compromiso y responsabilidad que suele estar mal canalizado.

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