“Villa 31” se presentó en CTERA

Atardecer gris de un miércoles de Septiembre. El gremio de los docentes nos recibió en su bellísima, entrañable y digna, casa del barrio de San Telmo de esta capital latinoamericana, llamada Buenos Aires. Se presentó un libro. “Villa 31. Historia de un amor invisible” de Demian Konfino. Que fuera en CTERA ya daba buena espina. Un libro que habla de amor, resistencia y lucha en la casa de los maestros, que se la bancaron como pocos en pleno auge neoconservador en la Argentina.

El respetable público fue cayendo. De a poco hasta llenar la sala e impartir la necesidad de ubicar nuevas butacas. La familia. Vecinos de la villa. La TV comunitaria de Mundo Villa. Compas de Los Invisibles, del ODH y de otras organizaciones. Compañeros del laburo. Periodistas. Y mucha gente suelta. Entre ellos algunas personalidades que jerarquizaron el evento, tales como Facundo Di Filippo, autor de la lley 3343 de urbanización de Villa 31; Kelly Olmos, militante del FPV Capital, con mucha historia dentro del barrio; Salomón Filmus, militante y padre de Daniel; Ricardo Capelli, amigo y compañero de militancia del padre Carlos Mugica, testigo y víctima de su asesinato, a manos de los sicarios de las tres “A”.

La presentación comenzó a las 19, 30 hs., a cargo de Carlos Benítez, Responsable de la Editorial Punto de Encuentro, que hizo posible la publicación. En breves términos, refirió al manuscrito que recibió en 2011 y lo convenció a editarlo. Explicó que en esta obra, la villa se cuenta desde otro lado, desde un costado humano, desde la cotidianeidad, desde el sacrificio y la esperanza. Lo contrapuso al morbo y la violencia con que los medios de comunicación suelen recortar el sentir villero. Conjeturó “El padre Mugica se sentiría orgulloso de este libro”, mientras un nudo de cien hilos nos recorría el cuerpo desde la garganta hasta los tobillos.

Pasó la posta a Fátima Cabrera. Militante eterna del Movimiento de DD.HH. Contó que fue catequista del Padre Mugica. Repasó la entrega villera por un mundo mejor, a partir de la lucha por la tierra y la vivienda. Gritó, reivindicadora, los nombres de los caídos: Padre Mugica, Chejolán, Galleta Alfaro, el Negrito Martínez, Carlos Gustavo Cortiñas -hijo de Nora Cortiñas-, Rodolfo Walsh, Lucía Cullen, entre otros. Compañeros, de adentro y afuera, que militaron en Villa 31 y resultaron asesinados o permanecen desaparecidos. En registro de susurro, hizo un lugar para Patricio, el querido Patrick Rice, su compañero y padre de sus hermosos 3 hijos, que nos dejó hace poco más de dos años.

Su elogio a la obra quedó opacado tras un abrazo que nos apretó el alma y aflojó algunos lagrimales.

Tapia continuó. Teofilo Tapia, un dirigente histórico de Villa 31, dueño del comedor Padre Mugica del barrio Comunicaciones de Villa 31, narró la lucha pasada y la que estamos dando, en un presente que se perfila en futuro. Llegó al barrio en el 63, hace casi 50 años. Del recuerdo del padre Mugica pasó a la resistencia contra la dictadura y las casi 40 familias que se quedaron, a pesar de la prepotencia, las armas y el desdén de la tiranía más sangrienta. Un amparo judicial confirmó su permanencia, dijo.

Habló del comedor. Se sintió identificada con la protagonista de la novela. Describió las casi 700 raciones diarias que entrega, gracias a malabarear con los recursos que le brindan los gobiernos. A la 1 de la mañana se levanta para cocinar y darles de comer a sus vecinos, sin pedir nada a cambio. “Bastante limosna deben sentir como para hacerlos hacer cola”, interpretó la dignidad de sus vecinos, a los que sirve el almuerzo desde las 9 de la mañana.

Especuló con tomar mate con sus vecinos de Avenida de Libertador, cándido. Cerró, bregando por la urbanización, lucha que se escribe en tres tiempos verbales y de la cual es protagonista central. A la legislatura!, convocó.

Pedro Lanteri tomó el micrófono y el manejo del escenario. El Director de la Radio de las Madres y un incansable luchador, desplegó carisma y ternura, afecto y compromiso. Lo primero que enunció, en tono pausado, fue que “las villas fueron los únicos lugares donde no entró el neoliberalismo”. En apasionada y firme oratoria, manifestó admiración por la solidaridad y lucha villera, en la que se inscribió, y pasó al comentario del libro, mediando generosidad inconmensurable. En su alocución quedó picando, aquéllo que expresara el Che, en todo Revolucionario subyace un enorme sentimiento de amor.

Concluyó compartiendo, con nosotros, el justo rótulo que le cabría a Villa 31: Villa Esperanza.

Cuando tuvimos que dirigirnos al respetable, los nervios se habían disipado. Agradecimos, recordamos, arengamos, nos emocionamos. El inicio de la militancia, como práctica de la enseñanza de las madres: poner el cuerpo; la elección de Villa 31, sitio emblema de Sudamérica; algunos argumentos de la obra; y una reflexión: La escritura como otra forma de militancia, el orgullo de ficcionar historias que reflejan las ideas que acopian lo mejor que tiene el género humano, la lucha por ser mejores, por un mínimo de derechos humanos para todos, por Justicia Social.

Pasamos la posta al público que, en número que superó la decena, sintió la necesidad de manifestarse. Familiares, vecinos del barrio, amigos, compañeros hicieron uso de la palabra como caricias, sino como espuelas que invitan a caminar. Entre ellos, Ricardo Capelli, con ironía y humor, recordó a Mugica y denostó al film de Trapero “El elefante blanco”, reforzador de estereotipos negadores de vida en las villas argentinas: “No hay una canchita de fútbol en esa película”, resumió. Filmus, recordó cómo cambia la vida el momento en que uno se da cuenta que se puede cambiar el mundo. La esposa del Negrito Martínez nos conmovió cuando trazó un paralelo entre la historia de amor de la obra y la suya personal, la que sucedió al asesinato de su esposo, con el nacimiento de su hijo, fruto de ese amor sucio, roto, villero. Kelly Olmos, expuso que hoy el eje aglutinador es la lucha por la urbanización, invitando a su persecución.

La china, nuestra compañera, enarboló una pieza de ternura, convicción y amor que nos dio ganas de arrojar la mesa, escenario abajo, o saltarla para encontrarnos en un abrazo de amor militante.

El crepúsculo se extinguió entre palabras, firmas de libros y caricias al alma. Nosotros reímos. Y cuando hablamos en la primera persona del plural, nos referimos a Demian y al libro, dos nacidos vivos que nos hemos independizado el uno del otro. Ese anochecer atestiguó como “Villa 31. Historia de un amor invisible”, ya no es el libro de Demian Konfino, sino el libro de un barrio obrero conocido como Villa 31.

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Una respuesta a “Villa 31” se presentó en CTERA

  1. Brendita* dijo:

    Excelente crónica hermanooo!
    muy buena la presentación, te felicito!

    Si anvanzás, yo te sigo!
    Si te detenés, Yo te empujo!
    ahora, si retrocedés… te mato!

    abrazo revolucionariio!

    Brendita.

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