“Quise ir contra la figura mitológica del villero violento”

ENTREVISTA A DEMIAN KONFINO

El abogado y escritor acaba de editar “Villa 31. Historia de un amor invisible”, una novela “histórico-política” que cruza, en clave no tan ficcional, la problemática de la urbanización y los servicios en uno de los mayores asentamientos del país, con romance y una identidad villera a contrapelo de lo que narran los medios de comunicación.

Por Daniel Gaguine

Demian Konfino está entusiasmado con la edición de su novela “Villa 31. Historia de un amor invisible”. Militante de larga data, en el libro da cuenta de lo que es la villa hoy, sus particularidades. También se hace un tiempito para hablar de la película Elefante Blanco, de Pablo Trapero, y del estado de la (no) urbanización de la villa.

–¿Cómo surge la posibilidad de hacer este libro?

–Bueno, lo primero que pasó es que empecé a militar en la Villa 31, desde hace tiempo. Además, ya escribía. Estaba terminando mi primer libro. Así fue que empecé a ver historias, diferentes anécdotas de la vida en la Villa 31 que me parecía que había que comunicarlas. Eran muy literarias, con cosas para transmitir y, sobre todo, para contraponer a la figura mitológica del villero violento y estigmatizado, mostrando historias de la cotidianeidad de la villa. Todas las cosas lindas y feas que pasan, pero con la idea de equilibrar un poco la balanza con todo lo malo que se muestra de la villa. Por eso me pareció que había que contar una historia de amor, que transcurre íntegramente en Villa 31, un barrio obrero. Además, literariamente, eso falta. No hay muchas novelas o historias de amor que transcurran íntegramente dentro de las clases populares. Siempre se remite al cliché de la chica pobre que se casa con el chico rico, el príncipe azul. Acá transcurre todo en el barrio y no se está intentando que la gente del barrio niegue su condición de oprimido sino que luche para revertirla de manera mancomunada. Un poco lo que se va dando a partir de esta historia de amor.

–Es ficción, entonces.

–Sí. Es una novela que tiene como personaje principal a una mujer adulta, jujeña, que llega aquí corrida por la privatización de los ferrocarriles en los años 90. Recala en la 31, en un momento donde había un comedor comunitario. Más cerca de la actualidad, conoce a un señor peruano, que en su momento fue un guerrillero del movimiento Tupac Amaru. Viene con su chiquito al comedor, en su autoexilio en la Argentina, y ahí se conocen, creando esta historia de amor que transcurre en paralelo con todo el contexto de Villa 31, que es su historia, la reivindicación del padre Mugica y lo que es la actual lucha por la urbanización. La lucha por mejores condiciones de dignidad en la vida.

–O sea, tendría una parte novelada, de ficción, y otra más cercana a la realidad.

–Sí, sería una historia ficcionada, porque la parte que toca el tema de la urbanización tiene personajes ficcionados. Si bien pude aprender muchas cosas del barrio y de gente que ha luchado, construí diferentes personajes a partir de experiencias vividas y otras imaginadas. Los nombres de los personajes difieren de la realidad. Sería una novela histórico-política.

–¿Cuanto le llevó hacer todo el libro?

–Habré estado alrededor de tres años, desde el comienzo, pero escribí la mayor parte de un tirón, que fue de seis meses, en los que saqué el 70 por ciento del libro. Después me quedé colgado con el final. No podía cerrar la historia. Eso fue lo que me trabó. Es más, la dejé en suspenso. No tenía la inspiración para cerrarla. Eso fue a mediados del año pasado. Después te queda un proceso de corrección que es casi infinito. No terminás nunca. Si lo agarro ahora seguro que encontraría cosas y empezaría a corregirlo de nuevo. Siempre hay cositas para corregir.

–Otra idea del libro es quitar el estigma al término “villero”.

–Sí, desde ya. Es una de las ideas principales de la obra. Queremos contraponer la figura del “otro maligno”, que es el villero para la construcción mediática, y contar la cotidianeidad de barrios en los que hay un gran intercambio cultural, riquísimo y enorme, con comidas y olorcitos que reflejan la cultura de la gente que vive allí. Se generan festividades, con varias culturas conviviendo, con alegría. Quería contraponer esto con la imagen de violencia, de la villa como aguantadero, del pibe chorro. Hay chicos que tienen un montón de proyectos y de sufrimientos que pasan por otro lado que no tiene que ver con la droga. También abordo la cuestión de la marginalidad y la violencia pero quiero destacar que la villa es mucho más que eso.

–Es reivindicar la identidad villera.

–Sí, la reivindico desde otro lugar. Lo que estamos haciendo es poner patas arriba a la identidad villera tal cual se la conoce. La damos vuelta. Los que conocemos la villa, que la venimos pateando desde hace muchos años, tenemos experiencias varias para contar, que tienen que ver con lazos de solidaridad, gestos de nobleza o luchas por condiciones de vida más dignas. Esto se contrapone a la imagen de violencia. Se reivindica la condición de opresión de una persona que vive en la villa, desde toda la potencialidad cultural y también desde la realidad.

–Los medios no ayudan en eso.

–En absoluto. Hay una imagen hegemónica de los grandes medios, que se construyó a partir de programas como Policías en acción o GPS o como se llamen, que estigmatizan al pibe chorro como que le gusta la merca, la cumbia, usa gorrito de marca y zapatillas a las que llaman “llantas”. Pero nadie se pregunta por la historia de este pibe, si va a la escuela y eso. La novela se pregunta al respecto. Dentro de las subhistorias que se van tejiendo, hay un amor adolescente en el que también pasan cosas, como una chica que queda embarazada y cómo se ve ese embarazo no querido. Las inseguridades que sufren ellas y todas esas cosas. En general, la mirada que se tiene es sesgada y mentirosa, porque se la amplifica a una mayoría que no es tal. Se puede hacer un recorte de ese estigma, a través de un recorte muy menor que tampoco estaría contando todas las cosas que pasan estos chicos para que, llegado el caso, no tengan en cuenta lo que le ocurre al resto de la sociedad.

–También pone en jaque la identidad de los que viven fuera de la villa porque les implicaría replantearse sus propios valores, ya que no los pueden sostener con la realidad.

–Sí, seguro. A nosotros nos pasa mucho con diferentes chicos que van como voluntarios a la Villa. Muchos son de clase media, nunca habían entrado en una villa y se sorprenden con lo que ven. No se imaginaban lo que iban a ver. Muchos dicen “es un barrio más”. Y sí, tiene ferretería, carnicería, dentista y locales de ropa. ¿Por qué la gente nunca se pone a pensar en esta situación? Yo interpelo al lector con el libro. Nunca te ponés a pensar en la villa como un barrio con su centro comercial, centro de divertimentos, plazas, espacios de encuentro y todo. El movimiento en el que participo acaba de abrir un espacio, junto con los vecinos del barrio, para debatir sobre películas que hablan del padre Mugica. Ese tipo de situaciones son desconocidas por la clase media consumidora de los grandes medios. A mí me interesa contarles que hay otra realidad, a través de una forma literaria. Todo está basado en muchas de las cosas que pude construir de mi experiencia.

–¿Cómo vivió la gente de la villa la película Elefante Blanco?

–Mirá, pude hablar con algunos vecinos que vieron la película y la opinión es que no era verosímil respecto a lo que es vivir en una villa. Se muestra toda la violencia de los narcos, las armas, la cocina de las drogas, y eso existe tanto en una villa como en otros barrios de Capital con otro nivel sociocultural, pero la villa sufre de otras cosas que deja aquello en un lugar residual, al costadito. Cuando se cuenta la historia del Elefante Blanco, que se filmó un poco en la Villa 31, se muestra eso y no todo lo bueno que puede tener. Entonces deja mal parado y refuerza el estigma y la imagen del pibe chorro.

–¿Lo sorprendió esto de la película?

–Sí, porque tengo un buen concepto de lo que hace Trapero. Tiene una visión política interesante. Incluso, cuando vi la gráfica en la que estaba Ricardo Darín –otro que se compromete con varias causas– esperaba otra cosa. La historia es entretenida pero la película no es verosímil. No lo es para aquel que conoce la villa pero sí lo es para quien está afuera, que le refuerza todo preconcepto de villero-pibe chorro.

–¿Hay militancia dentro de la villa?

–Sí. De hecho, uno de los hechos principales de la novela –además de la historia de amor– es la lucha de la villa por la urbanización. En ese sentido, cuenta cómo los vecinos se van organizando. Está ficcionalizado pero se basa en experiencias que hubo al respecto, como la Mesa por la Urbanización, en la cual hubo una lucha muy importante. Allí fueron reprimidos y tuvieron causas en contra pero lograron la Ley de Urbanización, que es la 3.343. Intento graficar lo ocurrido sin apelar a la fotografía de esa organización sino que le di mis propias connotaciones. Trazo un paralelo entre lo que fue la Mesa por la Urbanización y el relato de este libro.

–¿Cómo está ese tema hoy?

–En estos momentos, hay una ley aprobada por unanimidad en 2009, que aún no se está cumpliendo porque tenía que formarse la mesa participativa con vecinos y el Gobierno de la Ciudad. En el medio, la gente sigue teniendo mucha precariedad con respecto al tema de los servicios. Recordemos que este año murieron dos personas electrocutadas. En paralelo, está el surgimiento del barrio San Martín, que es una toma del año 2007 y alberga a 3.000 personas. Está mayormente fuera del perímetro de la Villa, con lo cual se está luchando por su reconocimiento con la Villa 31.

–¿El Pro también tiene a sus representantes dentro de la villa?

–Sí, correcto. El Pro tiene un armado muy intenso y extendido de cooptación de vecinos. Incluso, la mayoría de los delegados barriales tiene vínculos con el Pro, extensible al Gobierno de la Ciudad. No obstante no se ha logrado la urbanización todavía. Mirá, lo primero que se hizo apenas salió la Ley de Urbanización es pintar los frentes. Es fácil de reconocer porque uno recuerda lo que era antes y lo que es ahora ingresar en la Terminal de Ómnibus. Hay varios sectores que no tienen cloaca, que no les llega agua corriente; pintar los frentes primero es como poner la Z antes que la A en el abecedario. Es lo último y lo hicieron primero.

–¿Cómo viene la presentación del libro?

–La presentación oficial la haré acá el mes que viene. Ya estoy en conversaciones para presentarlo en la Villa 31, probablemente en octubre. Me han invitado de varias ciudades del interior del país, como Chivilcoy. Dentro de poco lo presento en Tartagal.

–¿Cuando surge en usted la militancia dentro de la villa?

–Surge cursando la carrera de Abogacía. Entro en la carrera creyendo que la justicia es la justicia social. Así me empecé a vincular con distintos voluntariados que se hacían y lo primero que me tocó hacer fue apoyo escolar. Pronto, con algunos compañeros que nos fuimos conociendo, decidimos abrirnos a realizar una mayor cantidad de actividades en la Villa. Empezamos a informar, a brindar asesoría jurídica gratuita y fundamos una agrupación llamada Por los Invisibles. Esto fue para el año 2006, y desde esa época no ha pasado más de una semana sin que vaya para allá. Después, fundamos el Centro Cultural La Casa Invisible.

–Con el libro estaría “visibilizando” a la gente de la villa.

–Exacto, porque están fuera de la percepción óptica de la gran mayoría de la población. Obvio que hay una intencionalidad al respecto. No hay interés en que se vea esta dignidad y esta pelea que llevan a cabo. Por eso también el título de Un amor invisible. Existir, existe, lo que pasa es que no se ve.

–Dijo que no se quiere mostrar, pero ¿la gente de clase media quiere ver?

–Mirá, pienso que con una mirada distinta y otra óptica, se podría ver. No pienso mal ni creo que el hombre es el lobo del hombre. En general, hay muchas miradas, sobre todo en lo que tiene que ver con los medios de comunicación, que están dirigidos desde la ideología del medio. En ese sentido, los medios tienen una ideología que va a contramano de los intereses populares. En mi caso, pongo el eje en la mirada que me importa. Además, el sentido común se construye con una cultura dominante que puede variar. De esto también habla el libro, de revertir esa imagen y de que todos pongamos un granito de arena. *
* http://www.noticiasurbanas.com.ar/info_item.shtml?sh_itm=519562f5352fd4c5b93c2fb66cc08916

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