Canta un villero al amor

Así se llama uno de los capítulos del libro “Villa 31. Historia de un amor invisible” de reciente publicación. Quizás, solo quizás, sea uno de los apartados que mejor refleja la identidad de esta aventura tan latinoamericana y humana, al costadito de la percepción mediática. Al ladito, nomás, de la Autopista Illia, en plena metrópolis porteña.

Una carta de amor. Tan solo eso y dice así:

Como si nuestra realidad habitacional se obstinara en negarla, la filantropía de nuestros corazones atiborrados, se escurre por la improvisada claraboya enchapada.

Es que solo amar tanto a alguien o a algo, a una ella como usted o una causa como la Justicia Social, exceptúan la invasión nauseabunda de un ramplón presente miserable para tantos semejantes.

El amor nos protege y nos consuela.

Nos protege del desaliento, pues existe una razón para despertar cada mañana. Nos consuela del diario y solitario sobrevivir. Alberga expectativa, generosidad, inocente porvenir.

Olfateando nuestra propia degeneración como animales racionales y sensitivos que somos, el amor nos concede refugio. Recuerda y revitaliza cada parte de nuestros cuerpos. Rememora Humanidad. Pues, ¿qué es el amor, sino un acto profundo de humanidad?

Si una persona es capaz de ofrendar su vida, su efímera propiedad, a una ella muy particular y muy ella –como usted–, o a otra ella –por caso, la causa de los pueblos que se desangran en opresión– ¿cómo no coincidir en que el amor es un profundo sentimiento humanístico, generoso, solidario, desaprensivo, bellísimamente hermoso?

Amar es dar sin esperar contraprestación. Es sentir lo sublime de la entrega incondicional. Es asistir a la formidable constelación artística de un roñoso rostro sonriéndole a una luna de mayo.

Amar es abrazar, con la fuerza que dicta el alma. Es besar un labio, una mejilla, una frente, un pretexto y desear la inmortalidad. Amar es disfrazarse de mecenas de rojas rosas o simples margaritas. También es brindar con un vino de caja y propiciar un deseo y una voluntad para nuestras hermanitas colombianas que se desvenan en los rosales.

Al amor lo puede interpretar una caricia, una sonrisa, un gesto o una palabra. Un gracias, un te ayudo, una mano. Un puño izquierdo cerrado. Un dedo índice y mayor mostrando una “v”. Una serenata desafinada. Un paso en falso en la pista y el sonrojo seguro.

Mi húmeda habitación descascara las paredes, como la pérdida del trabajo despinta la autoestima de un vecino que opta por rendirse en los rieles del ferrocarril.

No estoy en un tecnológico centro en jiuston ni en un adelantado mirador maya. Dirijo mis ojos al techo y no por ocio. Sé que en nuestra cotidiana pauperización, unas chapas mal ordenadas me permitirán ver a las estrellas jugando a las escondidas con la llena luna, a la que los niños, aquí en la villa, llaman pelota plateada, demostrando la lírica ingenuidad, luego imaginación inagotable.

El frío sopla fuerte por el agujero. Nuestros harapos no son suficientes, pero se aguanta. La Pacha no quiso hacer llover hoy. El sindicato de palanganas, cacharros y baldes logró un feriado para ellos. Sin embargo, aquí no hay sistema de riego artificial ni desagotes y afuera los charcos lucen el souvenir de las lluvias de principio de mes.

Me subo a un banquito retacón. Saco mi cabeza por el hueco planetario, en dirección al cielo. Busco su casa y la encuentro fácil, al lado de la canchita embarrada. Contemplo allí un mural en el que niños latinoamericanos desafiando al futuro, portan erguidos los estandartes de nuestra Nación grande. Una lágrima escapa al retén y fluye por mi pómulo derecho. No la reprimo ya. Total nadie me ve. Cuando llega a mis barbas amenaza con arrojarse. No sucumbo. Aguardo. La interrogo. Antes de lanzarse a volar me dice peruano, no te confundas, no soy la tristeza. Soy la alegría. Vine contigo a luchar y a amar. Te acompañé a intentar hacer realidad un sueño, a hacer posible tus ideas, las mías. ¿Sabés por qué? Porque amamos tanto a esa mujer que se llama Juana, y a otra que se llama Dignidad, y a otra que se llama Esperanza, que viviendo en tus propios ojos he sido testigo del comienzo de la cosecha. Mi misión ahora es liberarme de ti. Independizarme de tu cuerpo, no de tu corazón. Regaré este suelo con rebeldía, con utopía, con decisión de lograr la tan ansiada Justicia. Tú no te has dado cuenta, pero ya he visto varias como yo que han volado desde otros achinados ojos, a sembrar este suelo villero. Esa es mi misión, aquí y ahora. Ahora es cuándo. Ha llegado el momento de separarnos para siempre. Bueno no. En la victoria final nos reencontraremos y nos abrazaremos en ese océano de amor que será algún día.

¿Qué puedo decirle ante semejante discurso? La dejo volar, sin más. Sin embargo, cubro su recorrida hasta que se desvanece en la tierra.

Vuelvo mis ojos hacia su casa, Juana. Reflexiono en lo que me espectó la extraña lágrima y me decido a dedicarle estas humildes líneas, frutos de la emoción que albergamos juntos por conocernos, por disfrutarnos, por acompañarnos, mezclados con otros hermanos con los que ya comenzamos a combatir la cínica adversidad, la siniestra sinrazón.

El amor nos eligió en el mismo equipo. El porvenir, también. Si el presente es amor, el futuro es nuestro. Latinoamericano. Sucio. Negro. Pobre. Invisible. Ninguneado. Sin zapatos. Aquellos olvidados que hoy lo somos, ya no lo seremos. La abrazo. La beso. La amo. Marcos.

 

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