38 años sin Mugica

Otro adelanto del libro de Demian Konfino “Villa 31. Historia de un amor invisible”, de próxima aparición.

“…Ese sábado, la resolana meridional templaba algo el frescor. No lo suficiente. Ciro se acercó hasta el barrio Comunicaciones para entregarle copia del dvd de la película, con tiempo suficiente para constatar si el reproductor leía bien el material. Sin problemas. Tena poseía una tele veintinueve pulgadas. El reproductor leía el disco. Todo preparado.

A las dieciocho comenzaron a llegar los primeros. Ramón Chávez llevó un taper con sopa paraguaya en su interior.

Juana arribó junto a Manuela, Marcos y José Gabriel. Traían tortillas norteñas, calentitas, dentro de bolsita de plástico blanca, dos termos, dos mates, dos azucareras y un paquete de yerba Unión.

Si se cruzaron en el camino o se reunieron para llegar no quedó en evidencia, lo cierto fue que don Palomino, Mirta Ochoa, María Eva y Heriberto Quiñones cayeron juntos, impuntuales por tres minutos.

Restaban Los Condenados que venían de sus actividades en el comedor Pueblos Originarios y Luisita Quipe. Eran las y cincuenta, y aún no habían llegado. La pantalla estaba encendida ya. El reproductor de dvd, también. Los termos se llenaron de agua caliente. El mate comenzó a girar en la ronda. La familia receptora preparó pastelitos con dulce de membrillo y batata, que fueron colocados en platitos sobre un tablón con caballetes, ubicado a un costado. El resto de las colaboraciones culinarias también fueron establecidos en otros platos y presentados en el mismo tablón.

A las diecinueve horas llegó Luisa. Dos minutos más tarde, cayeron diez militantes de Los Condenados. El espacio físico quedó atestado de humanidad con sus olores y sus pasiones. Sus ganas de participar. La mayoría de los compañeros de Los Condenados quedaron parados al fondo. Algunos, perspicaces, se acomodaron cerca del tablón y la cebadora.

Tena pidió la palabra, tras breves palmadas.

—Bueno… bueno… ¿empezamos? Quería comentarles la dinámica que algunos pensamos para hoy. Primero vamos a ver una película que recuerda a Carlos Mugica, un cura villero que se la jugó por nosotros y a quien tuve el inmenso orgullo de conocer y conversar… pero, bueno, eso quedará para después. Propongo que veamos el documental que dura un poco más de una hora. Que disfrutemos. Que recordemos. Que soñemos… que reflexionemos mientras miramos la película y luego intercambiamos impresiones. A partir de ahí, la idea es que comencemos a abordar los proyectos que traen los compañeros dela AgrupaciónLosCondenados y después veremos… bue… basta de palabras…

Apretó play. La pantalla se iluminó como aura que cubre a un santo. Luego, la imagen juvenil, descontracturada, de Carlos Mugica vestido de polera negra y campera de cuero al tono, con su estricto peinado rubio con raya al costado y esa fresca mirada, porte al horizonte, indagando al futuro, a ellos que ahí en su barrio lo rememoraban.

El documental, con gran guión de Gabriel Mariotto, reprodujo su vida y obra en base a testimonios propios y ajenos, reportajes a testigos, fotografías y análisis del contexto.

Carlos Mugica Echagüe, nacido en cuna de alta alcurnia, de pibe jugaba a la pelota en el barrio de Recoleta, compartiendo equipo callejero con apellidos tales como “Rodríguez Larreta” o “Pereyra Iraola”.

Su padre, político conservador de trayectoria, fue Diputado Nacional y llegó a ser canciller de Frondizi. En este sentido, partiendo de sus antecedentes aristocráticos y las amistades influyentes de su padre, su carrera eclesiástica podría haber llegado a las grandes ligas.

En cambio, la película mostró al cura misionando en el chaco santafecino, junto a un joven del Nacional Buenos Aires de nombre Mario Firmenich. Contó que sindicalizaron a los hacheros del duro quebracho colorado, quienes resultaron violentamente reprimidos al protestar por condiciones dignas de labor. Ante la opresiva constatación, el grupo llegó a simpatizar con la pelea armada contra los poderosos.

Carlos viajó a Bolivia a reclamar los restos del Che y al año siguiente fue testigo, estando estudiando en París, del conflicto estudiantil en aquel Mayo Francés del 68. Consignas como “Prohibido Prohibir”, “La imaginación al poder”, entre otras, impregnaron su pensamiento.

Mugica pasó, de ser antiperonista por su cuna y por el conflicto del peronismo con la iglesia –sobre el epílogo del segundo mandato interrumpido–, a comprender que el pueblo amaba y era leal a Juan Perón y que allí, con ellos, él debía estar. Esta definición, la tomó, sobre todo, al instalarse en la villa de Retiro.

Ofició el servicio religioso por el asesinato de los militantes Montoneros, Ramus y Abal Medina, hecho que le costó la cárcel.

A diferencia de Camilo Torres, el cura colombiano que tomó las armas en Colombia, Mugica –como miembro del Movimiento de  Sacerdotes del Tercer Mundo– declaraba que estaba dispuesto a morir por la liberación de los pobres, pero no a matar.

La película, en paralelo a la reciente cronología, narró su otra pasión nunca abandonada: el fútbol y, en especial, Racing Club.

Más y más de este cura lleno de vida: la ruptura con la lucha armada, desde la vuelta a la democracia en el 73; su participación protagónica en el vuelo que trajo a Perón desde el largo exilio; su trabajo en el Ministerio de Bienestar Social, conducido por López Rega y su posterior renuncia, todo en anuencia asamblearia de sus hermanos villeros; el asesinato, tras la renuncia al Ministerio, declarando falta de respuestas a sus demandas; el multitudinario entierro; las dudas sobre el asesinato.

Concluido el film, el encendido de las luces iluminó las rebeldes lágrimas que se escaparon de casi todos los ojos presentes…”

 

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