Primer Congreso Villero en Plaza de Mayo

Las voces del subsuelo de la Patria

por Carlos Aznárez

El padre Carlos Mujica miraba desde una pancarta, al costado de la plaza, y parecía sonreír de satisfacción con lo que estaba contemplando a su alrededor. A su lado, delante de la histórica Pirámide de Mayo, el Che Guevara meditaba sobre aquellas proféticas palabras pronunciadas en la ONU en diciembre de 1964, advirtiendo que “ahora sí la historia tendrá que contar con los pobres de América, con los explotados y vilipendiados…”. Allí estaban ellos y ellas, haciendo honor a quienes tanto les defendieron con su lucha, mirando de frente a Guevara y al padre Carlos, abrazándolos como hermanos de una batalla que aún no ha concluido.  

Rostros morenos agrietados por el sol, manos callosas de tanto trabajo forzado y mal pago, un torbellino de chicos correteando entre las polleras de sus madres, pero atentos también a lo que se estaba diciendo desde el improvisado escenario. Voces que reclaman vivienda, trabajo, luz y agua para sus barrios, pero también -como no- hablan de conquistar más poder para el pueblo, de autogestión y socialismo.

El primer congreso villero celebrado en Plaza de Mayo es una buena noticia para quienes se imaginan que aún quedan muchas patrias que descubrir, dentro de esta que aparece como monolítica, vertical y casi siempre distante de los que en Buenos Aires o en el interior siguen sufriendo de marginalidad. 

Banderas argentinas entrelazadas con wilphalas y enseñas bolivianas, voces guaraníes confundidas con dichos trasandinos, todo ello para homenajear un esfuerzo unitario autoimpuesto por la necesidad que genera el sufrimiento y la permanente exclusión. La plaza estaba imbuida del espíritu de la tragedia del Parque Indoamericano, pero también de la solidaridad que generó entre los más afectados, el ataque artero del último temporal, acontecimiento éste que contó, sin duda, con la complicidad de las mediocres políticas institucionales, las faltas de previsión, el abandono , el mirar a un costado. En fin, la maldad congénita de quienes viven bien y les importa un carajo lo mal que lo pasan otros, en sitios “por donde Dios no pasó”, como diría Atahualpa Yupanqui.

Hacía mucho que no sucedía un acontecimiento como el de este pasado sábado 5 de mayo, y por eso fue una razón para el festejo, comprobar con qué atención se seguían los discursos, se aplaudía a cada uno de los referentes, se repetían las consignas. Allí estaban los habitantes de la legendaria Villa 31, de las villas del Barrio Rivadavia y las del Bajo Flores, confundidos con los del Playón de Fraga o la Villa 21 y 24 o de los Piletones. Y así sucesivamente hasta nombrar 30 o 40 núcleos poblacionales de la Capital y el Gran Buenos Aires. Nombres que no tienen (ni tendrán) repercusión mediática pero que son parte de una historia que se construye todos los días entre el barro y las casas de lata, cartón o en el mejor de los casos, de algunos ladrillos: Coco Rivero, Rosemary Chuquimia, Graciela Duarte, Rafael Kleizer, Mariluz Zambrana, Janet Coronel García. La sola mención de estos hombres y mujeres, levantaba aplausos de aprobación entre sus vecinos.

Pero también, cantaron presente y relataron sus experiencias, integrantes del movimiento de pobladores en lucha, de Chile, representantes de los “cantegriles” uruguayos, y hasta un delegado del combativo barrio boliviano de El Alto, ése que se encolumnó con su bronca y sus puños levantados para derrocar al neoliberal Sánchez de Lozada, y ahora abraza fraternalmente al primer presidente indígena del continente. Junto a ellos, el verbo potente y peleón de Carlos “Perro” Santillán, referente de tantas historias de rebeldía en su Jujuy natal, o el saludo emocionado del poeta Vicente Zito Lema, quien recordó a la multitud (más de 2.000 asistentes) que su primer despacho de abogado lo instaló en los años 70 en la Villa 31, donde el cura Mujica ya estaba predicando el mensaje del cristianismo del Tercer Mundo entre los más necesitados.

Los discursos se fueron sucediendo, cada barrio contó sus dolores y tristezas pero también sus pequeños triunfos. Hablaron de lo mal que los tratan los gobiernos y denunciaron que los políticos se acercan a ellos a pedirles el voto y luego no hay quien los reciba para reclamar por el cumplimiento de todo lo que prometieron.
La Corriente Villera Independiente (asi se llama el organismo convocante, que reúne a decenas de nucleamientos) dejó claro que este es un primer paso de una marcha que irá creciendo en la medida que no se consigan las numerosas reivindicaciones postergadas, pero también sobrevoló la gigantesca asamblea, la idea de que ya llegará la hora de que se hagan realidad las palabras del Che, de que el pueblo y su poder construido desde las bases, se haga con el gobierno y practique eso que tan bien dicen el Subcomandante Marcos y Evo Morales, mandar obedeciendo, sin intermediaciones de ningún tipo.

Lo dicho: la Plaza de tantas movilizaciones y luchas, ese espacio cuarenta años atrás supo albergar a 30 mil voces, mezcladas con otras similares,  que expresaban -como ahora- sus anhelos de independencia y socialismo, volvió a vibrar como en sus mejores tiempos. Se vistió de dignidad y pasión, contagiada por esos villeros y villeras “que han decidido empezar a escribir ellos mismos, para siempre, su propia historia”.

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