La toma de San Pedro

Cuento de Demian Konfino sobre la Argentina Peronista.

Te lo digo, para que vayas sabiendo que tu padre, Leonardo José Sánchez, o sea yo, conoció, -conocí- todo lo que se te ocurra. Un capataz que tuve en la fábrica de bulones, antes de jubilarme, me llamaba “El constructor de la Nación”. Ahí va Leonardo, el constructor de la Nación, así decía, pibe. ¿Qué me contursi? Grandilocuente ¿no?
Esteban, tu viejo las hizo todas. Pero todas ¿eh? Cuando te digo todas, es todas. ¿Qué me observás así, mocoso insolente? Si vos supieras…
Mirá, te voy a contar una que no la vas a poder creer. ¿Estás listo? ¿Seguro?
Bien.
Tu viejo, así como lo ves, fue el cabecilla, el líder como le dicen ahora, de la toma de tierras más importante que se haya realizado en el norte argentino. Te voy a dar el título: Le tomamos cincuenta hectáreas a la familia Blaquier, los dueños del Ingenio Ledesma.
¿Y? ¿Qué me decís?
Allá en San Pedro, provincia de Jujuy, fue. Hace muchos años. Era la época de Perón todavía.
Abrí bien las orejitas. Escuchá bien chango.
Nosotros, con tus abuelos, vivíamos apiñados en un ranchito, con piso de tierra, pero bien parecido en un barrio muy pobre en Tartagal. El barrio Villa Güemes, cerca de la loma. Yo era pendejo y ya laburaba de chofer de camión. Distribuía azúcar para Ledesma por los diferentes pueblos del norte. Te imaginarás que tiempo para la joda no teníamos, con el hambre que había. Igual, Club Independiente todavía no existía, que sino unos rajes me hubiera mandado. Je.
No. Te decía que parando en todos los pueblos, en Pichanal, en Orán, en Tabacal, en Aguaray, en Mosconi, en Embarcación, obviamente en Tartagal, en San Pedro, fui conociendo mucha gente. A los de baja estofa y a los de buena madera. Aprendí a ir junando a las personas a partir de los primeros cinco minutos de charla. Y no te creas que yo era muy culto. No, pibe. La calle me lo enseñó todo. Un fulano me hablaba dos palabras y, ya está, un chanta. Otro hablaba tres, listo, un tipazo. Así fui descifrando, entendiendo, captando el sentimiento de aquellos que podríamos llamar de buena leche, gente que tira a la condición hacia delante. Los solidarios, los bohemios, los artistas, los loquitos lindos. Hasta que interpreté que había una clase que se me escurría. La estirpe de los luchadores. Los que no miden consecuencias con tal de llegar al objetivo. Bueno. No quiero aburrirte. Lo cierto es que entre los miserables de siempre, los rotos, habían buenos tipos que, además, eran luchadores, aunque aún sólo dejaban escapar una madeja.
Los fui contactando, les fui hablando de los otros. Que éramos bastantes. Que había que hacer algo para salir de tanta mierda. Disculpá el exabrupto Esteban. Pero sabés qué angustia, cuando veía a mi vieja con dolor de panza por darle su propia comida a mis hermanitos. Yo me la aguantaba, pero ver a tu abuela, Esteban, me partía acá. El alma, que le dicen.
Luego, desde el alumbramiento, me propuse captar a estos militantes de la vida para hacer algo bueno. Algo grande. Nos entretuvimos casi un año en sobremesas de coñac Tres Plumas o ginebra Bols. Al cabo, teníamos un plan.
Una noche de luna redonda y cielo despejado, éramos nueve compañeros sentados alrededor de dos mesas cuadradas de un metro por un metro. Abrimos tapa y contratapa del diario El Tribuno y, fibrón en mano, empezamos a diseñar el plano del objetivo, la misión, la táctica y la estrategia.
Una vez resuelta la toma, el modus operandi del ingreso y la repartija de los mejores lotes, creamos la División Logística.
Acopio de armas de fuego, cortantes, machetes y gomeras, se dio por sentado. Era fundamental para el primer momento y para el minuto después, para reducir a los vigiladores y aguantar la embestida de la cana.
Resuelto el plan, había que, previo a todo, convocar a no menos de diez personas por cabeza. Con una toma de cien personas, con el Viejo presidiendo el país, la cana no se iba a animar a reprimir salvajemente, tal su gula. Con ese número, si no los repelíamos, al menos los instábamos a negociar. Es decir, había un plan de máxima, instalarse y construir nuestro hogar en esas generosas tierras; y uno de mínima, que nos den alguito, cuanto menos no sea un subsidio o un crédito subvencionado para adquirir una vivienda. Claro que ésto sería en el peor de los casos. Si no se lograba aunque sea mejorar en tantito nuestra situación, estábamos dispuestos a regar nuestra sangre en tierra jujeña.
Esteban, creerás vos que a los cinco días ya sobrepasábamos, con holgura, el número. Imaginate la necesidad que había, que tanta gente andaba dispuesta a correr semejante riesgo. Decí que no podíamos publicar una solicitada en el diario para no levantar la perdiz, que sino decenas de miles se hubieran alistado.
El día D, como le dicen a esos días tan importantes, quedamos en ser puntuales en cada pueblo para alcanzar las dos de la mañana, todos reunidos, en Pichanal.
Dos y cuarto salimos con los que estábamos para San Pedro. Cinco carros, tirados por mulas, dos viejos Mercedes seiscientos ocho, cuatro Ford tres mil quinientos y ciento dos cristianos, conformamos el Ejército Libertador de San Pedro, como en una noche de copas nos bautizó el Gordo Lemos.
No me voy a hacer el Eternauta, porque estábamos cagados en las patas, pero te imaginarás que a los primeros dos tiros al aire que gatillamos, los dos vigiladores del inmenso predio rajaron al galope.
Una vez adentro, loteamos los terrenos, mientras un grupo de diez compañeros montaron la guardia en el frente que daba sobre Ruta Nacional treinta y cuatro. Veinte por veinte cada terruño. Los trazamos grandes así alcanzaba para sembrar. Primero fueron piedras que, en fila, separaban un lote de otro. Más tarde, junto con rumores de diferente voltaje, llegaron cuerdas y herramientas. Varios picos, bastantes palas compartían la emoción de estar escribiendo sobre la tierra el nombre de la indisciplina liberadora.
Habrán sido las seis de la mañana cuando de la guardia me pidieron, a gritos, que vaya para allá. Había llegado la infantería antes que un fiscal, que un juez, que la televisión. No daba buena espina.
El uniformado a cargo se presentó como Comisario Sosa, Alberto Sosa. Interrogó por mis señas. Las brindé con la frente alta, hijo. Expliqué el motivo de la medida y el pliego de exigencias. Requerimos, además de la traslación del dominio de las tierras a nuestro pueblo urgente, materiales para construcción y acceso a los servicios básicos. Me miró. Retrocedió. Volvió a mirarme, Esteban. Arqueó las cejas. Frunció tres pliegues horizontales de la frente, entre sus anteojos precariamente hilvanados y su flequillo morochazo engominado hacia el flanco derecho de su rostro. El robusto bigote negro pareció temblar por escasos segundos, bajo su nariz aguileña. De súbito, cuando el brillo de su mirada alcanzó la repugnancia, retiró sus ojos. Entonces, se dirigió a su tropa, en registro castrense:
-¡Sáquenme a este loco de mierda de mi vista!
Doce uniformados, desordenados, se abalanzaron hacia mí. Cuando me tenían a punto caramelo, tiré un quiebre de cintura e impuse respeto:
-¡Esperen! ¡Don Sosa, espere un momento y tenga la grandeza de mirar a los ojos a un trabajador de la Nación y escucharlo que aún no ha concluido!
Notable. Que bueno eso de trabajador de la Nación. Aún hoy resuena en mis oídos mi propia voz, desconocida hasta entonces. El tipo giró en un paso, Esteban. Se sorprendió. Mandó a parar a sus alabanceros. Volvió a verme y le espeté:
-Don Sosa, permítame, ¡El loco es usted si piensa hacernos cagar, en plena presidencia del General Perón! De acá nos saca con los pies para adelante, y no creo que al General le agrade mucho esa idea. Por favor, con todo respeto, Don Sosa, comuníquense con el Gobernador y procedan a cumplir nuestros requerimientos, sino quieren que esto termine mal para todos.
El tipo quedó boquiabierto, nene. Tornó hacia la infantería. Observó la prepotencia de su tropa y la comparó con mi desmesurada insolencia:
-¡Me chupa un huevo el General Perón!
Le salió del corazón ese grito, te lo juro por tu vieja. Sin embargo, lejos de ordenar el desalojo inmediato y, obviamente, exitoso, dispuso:
-¡Vámonos!
Sus subordinados no entendieron ni medio, justo cuando estaban alistados en la competencia por cargarse más cadáveres.
Eran tiempos de mucha violencia. La cana estaba contenida. Sólo el Viejo lograba eso. Sobre el final les soltó un poco las riendas y todo se fue a la mismísima mierda. En verdad ya venía todo para el carajo desde bastante antes pero, entre los brutos del norte, pensábamos que venía el macho de Juan Perón y se ordenaba todo. Y algo de eso hubo. Un ratito nomás.
Sin ir más lejos, cuando ganó el Doctor Cámpora fue una fiesta. Y ni hablar cuando llegamos al sesenta y dos por ciento con la dupla Perón Perón. Dejemos eso ahí porque me sube la tanada cuando me acuerdo de esa perra que engatusó al General.
Lo cierto es que logramos un compás de medio día hasta que a las seis de la tarde cayó un fiscal. Mientras tanto, por otra entrada, ingresamos materiales de construcción y gente. Mucha gente de los alrededores se sumó a la toma. La necesidad hacía estragos, ante la opulencia artera del Ingenio Ledesma. Personas sueltas acercaron comida, más herramientas, herrería, grifos, cañerías, de todo. La CGT local se solidarizó y dispuso una montaña de plata para que compráramos lo necesario. Eso hicimos en el corralón de Don Segovia, que también se la jugó. Y mucho.
La organización era un lujo. Para que te des una idea, cuando cayó el fiscal ya estaban construidos los cimientos de -por lo menos- veinte casas. En cada una, Encadenada con cemento y hierros de ocho. Construidos los tabloides para las columnas. Rellenados la mayoría de ellos. Las mezclas llevaban diez baldes de arena, cuatro de cemento y dos de cal. Sin canto rodado. Cinco trompos, las repartían en diferentes cubos.
El Doctor Espósito, el fiscal, un hombre de diálogo, entendió nuestra situación desde el comienzo. Sin embargo fue franco. La solución se presenta absolutamente desfavorable para los ocupantes, expresó, con cierto rito ceremonioso. Ledesma es el dueño del Norte, ustedes lo saben, clarificó. La única que les queda es moverse políticamente con Buenos Aires, aconsejó. Obviamente, yo no dije nada y si no consiguen nada en las próximas veinticuatro horas, libro la orden de desalojo, concluyó, antes de saludar respetuosamente.
Frente al cuadro de situación, nos reunimos en asamblea. Expusimos las novedades y mocionamos, desde la División Logística, meterle quinta a la construcción durante toda la noche. A laburar toda la noche, fue la consigna. Era necesario plantar el hecho consumado. Las casas ya están, eso debíamos mostrar. Teníamos que obligarlos a terciar. No podían pasar una topadora por arriba de las casas y la gente. Ya te lo dije Esteban, el peronismo era gobierno después de dieciocho años de privaciones. No se iban a animar. Había que forzarlos a negociar.
Al mismo tiempo, empezamos a tocar a todos nuestros contactos locales y provinciales. Rápidamente contamos con el apoyo de diferentes agrupaciones insurgentes, pero el principal sostén fue de la Tendencia. La Jotapé nos bancó y trasladó nuestra situación a Buenos Aires. Con la confirmación del vuelo de nuestro pedido, comenzamos a saborear el dulzón humito de la victoria anhelada.
Las mujeres se hicieron cargo de la gastronomía y organizaron ollas populares. Los changos opusieron risa a tanto anónimo miedo.
Los muchachos siguieron dándole meta y meta. Ladrillo a ladrillo. Pala y pico. Pala y pico. Anotá porque esto en la Universidad no te lo enseñan Esteban. Para que te des una idea la bajada de luz desde los cables de alta tensión que bordeaban la Ruta Nacional, se hizo con cables de cuatro, morsetos de bajada a dientes y disyuntores. Todo gentileza del Sindicato de Luz y Fuerza de Orán. Para las cloacas, Don Segovia nos vendió, al costo, caños de cien y codos. Y para la red de agua corriente, tuvimos que incrustarles abrazaderas de cuarenta por tres cuartos al caño maestro. Y de ahí sacamos un caño de tres cuartos -y su llave de paso- a cada parcela, siempre bien sellados con pegamento y teflón. Todo esto también adquirido a Don Segovia. Un pingazo el gallego.
La noche fue brava. El Ingenio mandó un par de sicarios –bueno, antes les decíamos matones a secas- para amedrentarnos, pero fueron repelidos a balazos.
Al amanecer llegó la novedad ansiada. Gelbart, el Ministro de Economía, se enteró de lo nuestro y llamó al Gobernador conminándolo a que no nos tocaran.
Encima, según se agrandó la bola, la orden la dio Perón, pibe.
Hubo fiesta a lo grande. El pendejo de la Jotapé que nos anotició de la radicación definitiva fue paseado en andas. Imaginate.
A la tarde se acercó el Doctor Espósito para notificar que el predio había sido objeto de una acción de amparo deducida por la Asesoría Tutelar de Menores de la Provincia, y que el Juez Santillán había fallado a favor de los ocupantes, disponiendo una medida de no innovar, es decir que todo quedara como estaba, Esteban. Y encima, ordenó censarnos para otorgarnos planes de asistencia social a cada familia. Era un sueño, Esteban. Creeme que lo fue.
No te voy a contar como siguió la faena, porque ya sabés que quedé escrachado y, cuando el golpe, me tuve que venir para el Gran Rosario para que no me boletearan.
Pero quien te quita lo bailado, pibe. Haceme caso, querés.
Así se construye un país, hijo. Mezcla de cagazo y arrojo. Un fogonazo y una retirada. Temeridad y pánico. Locura y sangre. Adrenalina y una mano que se yergue.
Audacia, pibe, en una palabra. Vale la pena, creeme.

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