Entre la muerte y la vida

Otro cuento inédito de Demian Konfino. Recién sacado del horno.

“Dejé de laburar hace tres meses. La verdad que ya estaba bastante caliente. Sino fuera porque amo mi profesión me hubiera ido al demonio, en el primer año de la residencia. A razón de ser sincera, tampoco es que ¡Uf! Cómo adoro mi profesión, pero me siento útil cuando ayudó a calmar un dolor, o cuando acciono algún mecanismo que evita una muerte. Creo que eso es una de las cosas que más sentido le daba a mi vida, hasta hace un par de meses. Eso de mejor la existencia de alguien. No me detengo mucho a reflexionarlo aunque, cuando lo hago, mi ego no cabe en mi diminuto cuerpo. Lo digo con humildad, ojo. Sabés lo lindo que es salir de una intervención quirúrgica y preguntar ¿quién es familiar del paciente Benítez? Ah. La operación fue exitosa. Hay que aguardar. Su pariente se recupera satisfactoriamente. Cómo disfruto ese segundo antes  en que empujo, estridente, las dos puertas vaivén.

Ahora cuando me toca el clásico registro, en grave, Lo lamento, hicimos todo lo posible, porque nunca decimos Se murió someramente, es un momento, al menos, álgido. Al principio me quería matar, pero después entrás en la burbuja de la burocracia hospitalaria y te acostumbrás. No te digo que somos una piedra y no nos pasa nada. Por lo menos a mí. Sigue siendo un momento de mierda, sin embargo ya no me quedo llorando en el baño o en la sala de profesionales.

Eso de la medicina como burocracia, te juro que cuando estás enla Facultadnadie te la cuenta. Soñás con el sublime momento de gritar el juramento hipocrático. Porque, cuando llega, no lo decís así como así. Lo gritás con toda tu alma.

Y aún antes, toda la carrera esperás el momento de finalizar los inagotables minutos del último oral, salir con cara de feliz cumpleaños y abrazar al primero que encuentres, que seguro no son las chicas, sino la familia. Las chicas estarán preparando ese menjunje de yerba, harina, huevos, mayonesa, meo de algún zafado, y otros ingredientes de dudosa calaña, que embadurnarán este precioso y selecto cuerpito. Y que importa si te quedás en corpiño. Además toda enchastrada a quién te vas a levantar.

El problema de la cinta del fordismo que define a cualquier nosocomio –ojo, público o privado, eh- es cuando tenés el título en la mano. Portando esa magnánima tipografía dispuesta en cartulina blanca, te creés que pasás y –además de que se den vuelta los tipos para mirarte el culo- se te abren todas las puertas. Ni cerca, che, fijate vos.

Alardeabas con el céntrico y concurridísimo consultorio que ibas a poner y terminás en las filas de cuantos espacios se abran para rendirla Residenciaen Capital y Gran Buenos Aires. Total qué perdés. Lo peor es que, encima, cuando te dan alguna nota que indica que quedaste, saltás de alegría. Pobre infeliz.

Insisto, todo lo que te cuento, la pasé yo. Todas las expectativas, todas las frustraciones, las efímeras alegrías escabulléndose entre las filtraciones de una cañería averiada.

Cuando fui Ayudante de Anatomía, con mayúscula ¿eh?, porque yo pensaba que era la más grosa, cuando fui ayudante enla CátedraCuarta, durante tres hermosos años, mientras diseccionaba muertos con formol, intuía que no estaba muy bueno que a esos tipos –sin vida pero tipos al fin- que yacían, inermes y pesados, sobre las mesadas de aluminio, los llamáramos llanamente cuerpo uno, cuerpo dos, y tantos números como cuerpos hubieran.

Hoy me pregunto ¿Por qué mierda no los individualizábamos por algún rasgo que recordara que fueron Seres Humanos? No sé, el negro, la gorda, el que tiene cara de fiestero. Alguito que rememorara sus rastros por la vida. Hasta les podríamos haber buscado apodos, cual manifiesto festivo de que -en definitiva- la muerte es otra parte de la vida, quizás su final, tal vez su proyección, por ahí un simple espejo. Pero no. Cuerpo uno y cuerpo dos, como en el hospital, más tarde, sería cama uno y cama dos, en lugar de –acá sí- los apellidos de los pacientes, bien registrados en la planilla de evoluciones diarias.

Te decía que al principio, cuando entrás enla Residenciate resistís a tirar a la basura cientos de apasionadas velas consumidas en incorporar saberes, sino valores humanísticos. Porque, te lo recuerdo,la Medicinaes una ciencia humanística. Así se la reconoce.

Pero, a partir de ser individualizado con la letra de la neurosis por excelencia y el primer número impar, R1, pasás a valer poco más que una verdad en época de tiranía, es decir, nada.

R1 es el resultado final de mezclar en una licuadora a una cucaracha y a una sanguijuela con cien miligramos de vinagre. Ah, además aprendés algo. A la fuerza. A los golpes, pero te formás. Igualmente, no estoy tan segura. La degeneración industrial en que se transforma la aventura de curar se parece mucho, pero muchísimo más, a un retroceso.

Sin embargo, salís Especialista, quizás buen médica, una vez que transcurrís los 4 años en que no sos más que una letra y un número, me refiero a la residencia hospitalaria, claro, por la cual te especializás en una de las innumerables ramas dela Medicina..

Antes tuviste que aprender el hosco oficio de soportar carajeos gratuitos. Sobre todo si viene de la misma letra y otro número, el 3. Los R3 vienen a ser los verdugos de la inocencia y la idealización. Eso si no te plantás, si no mostrás carácter de entrada. Como en la cárcel. Ahora, si te la bancás, si te ponés los pantalones largos, te respetan. Lo que pasa es que prácticamente nadie lo hace.

Prácticamente, porque yo sí puse un límite inconmovible, ante la mirada esclavizada, oprimida, de mis compañeros de letra y número.

Cierto es que yo corrí con una ventaja inestimable. Mi viejo es médico. Ya no ejerce. Laburó mucho tiempo en el Ministerio de Salud y en diferentes cargos en la función pública. Antes, alguna vez, hará más de 30 años, mi viejo fue R1 de este mismo –ya entonces- gigante dormido, llamado Hospital de Clínicas José de San Martín. En la misma Avenida Córdoba de esta Capital. En el mismo piso diez, de medicina general o clínica médica, cómo vulgarmente se conoce a la especialidad que ambos abrazamos.

Mi viejo ya me había advertido sobre la carrera: Hijita vos tenés que estudiar lo que te guste, seguí tu vocación. No te equivoques, como yo, con esta profesión tan desprestigiada. Mentía alevosamente y se le notaba. Amaba, ama, la profesión. Y yo lo admiro profundamente. Es un tipo recto, de palabra, afectuosísimo y, además, sobre todo, se la juega por lo que cree. Es audaz.

Compañeros de su carrera, hoy, la levantan con pala. Él no. Nunca nos faltó nada, ojo. Pero siempre con austeridad y discreción. Mi viejo se la jugó por sus ideas sanitaristas, inspiradas en Ramón Carrillo. No quiso saber nada, nunca, cuando le ofrecieron –en más de una oportunidad- suculentos contratos de trabajo para los laboratorios. Bicho raro, mi viejo, nunca asistió ni siquiera a un congreso que invitara la mega industria de las droguerías transnacionales.

Él supo advertirme sobre la ingratitud. Pero si él fue feliz, ofrendando su saber por un país más noble, más vivible; si yo mamé su pasión por dar una mano, sino las dos, y recibir –a cambio- lecciones cotidianas de la vida simple, la de abajo; yo opté, elegí, no creerle..

Y él fue el que me narró, detalladamente, las peripecias de las residencias, ya en ese entonces. Juro que no cambió nada. Es tal cual lo había padecido él. Bueno, él no lo sufrió tanto como yo, por su carácter. Pero sí me señaló una sola grieta de extrema desolación. El comprobar, infinidad de veces, como el oprimido se convierte en opresor. Como la inmensa mayoría de los R1, que sufrieron el oprobio de la humillación a manos de los R3, cuando llegaban a R3, repetían la conducta totalizante de someter a la nueva camada de residentes de primero. Un tantito de poder tambaleando, ladeando, personalidades –hasta entonces- entrañables. Pero no fueron todos. Él no. Yo tampoco.

Y como un tango, como si treinta años no fueran nada,  me tocó vivenciar en carne propia la idéntica incómoda orden que sacó de quicio al viejo, hace tantos años. Y, lo mejor, es que actué de la misma forma. Por eso digo que la profesión tiene momentos intensos. De los malos y de los buenos. Y este que te voy a contar mezcló los dos condimentos.

Yo estaba en el primer año de la residencia en el Clínicas. Ya había aprendido que tenía que tratar de obviar escotes inoportunos, para aquietar miradas lascivas. También había aprendido a evolucionar a los pacientes. Brevemente, evolucionar pacientes implica consignar en una planilla, los padecimientos de los caños feroces –modo en que despectivamente se les dice a los viejitos- que te trae el PAMI, a señalar las verificaciones realizadas y los tratamientos aplicados. Bien. Lo cierto es que yo estaba pasada de sueño. Dos noches seguida de guardia, en las que –en total- sólo había dormido cuatro horas, de manera intermitente. O sea, era un fantasma. Y en ese estado es evidente que se pasan algunas cosas. Bueno, lo mío, por suerte no fue nada grave. Olvidé suministrarle un fármaco al paciente de la cama 22.

Mirá vos, no me acuerdo su apellido. ¿Te das cuenta?

El número me lo acuerdo bien porque por primera vez jugué, a la mañana siguiente, ala Quiniela, para comprobar si mi mufa había cambiado. Sorteo dela Nacional Nocturna.Sin suerte. Pero son cosas que nunca se olvidan. El loco. Los dos patitos. Según.

Nada, no pasó nada con el viejo de la 22. Sufrió una leve alteración del ritmo cardíaco que se solucionó cuando se le suministró la dosis siguiente.

¿Sabés lo que hizo el forro de mi R3, el salame de Carranza, Kevin Carranza? Me ordenó Guardia Castigo. Como hace treinta años. Como hace sesenta, o hace cien. ¿Por qué, en tren de superarnos, no evolucionamos la enseñanza?, me pregunto yo.

El muy forro me conminó a que me quede por tercera noche consecutiva de guardia, por haber omitido una mísera pastilla después de prácticamente no dormir en cuarenta y ocho horas. Le expliqué mi cansancio, casi en llanto.

Me dijo Paloma, A mi me pasó y me la comí, así que te quedás.

Yo le contesté, hidalga, Las pelotas.

Mis compañeros no entendieron nada. Varios ya habían pasado por el calvario y lo habían aceptado. Claro, no contaban con mi viejo.

Ojo, después no me pasó nada, eh. No es que me relegaron o que sufrí consecuencias. Me planté, como te dije antes y me hice respetar, logrando los añicos anhelados respecto a toda una teoría de la vida en sociedad basada en la obediencia debida. O la vida en obediencia.  

Unos años más tarde, había concluidola Residencia, aunque seguía laburando en el Hospital como médica de planta. Estaba de treinta y ocho semanas, cuando dejé de trabajar. Recién me dieron la licencia, gracias a una fuerte y falsa alarma, y me ordenaron reposo.

Luego de tanta muerte rubricada, el amor retribuyó con la sonrisa del fruto propio.

Hoy afirmo aquello de tantas charlas con el viejo, aquello de que la vida te da y te saca. Te da y te saca. Pero elijo aferrarme a la vida, como mi viejo. La prueba está dentro de ese moisés azul que está a tu espalda.

Será por eso que le pusimos Juan, pero le decimos Jonti, como su abuelo.”*

*Cuento elaborado para el primer aniversario de vida de Palomita, la hija de mi hermano Jonti. (N. de A.)

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2 respuestas a Entre la muerte y la vida

  1. Brendita* dijo:

    Muy lindo cuento hermanoo!..
    “Es un tipo recto, de palabra, afectuosísimo y, además, sobre todo, se la juega por lo que cree. Es audaz.”… sí, lo pintás de cuerpo entero, es Jonti!
    …tendremos que esperar unos cuantos años para que Paloma lea el cuentito o se lo podamos leer, y unos cuántos más para que elija su camino…
    será medica?

    Abrazo tan grande!*

  2. que maravillosa sensacion que un hijo mio hable tan lindo de su hermano,es decir de otro hijo mio.en realidad mis tres hijos estan hechos de buena madera,sera que de chicos les transmiti que ESTAMOS HECHOS DE LA MADERA DE NUESTROS SUEÑOS.
    Demian segui escribiendo asi,que Paloma seguro te va a leer con pasion.
    Mama Hebe

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