Desagravio a Osvaldo Bayer

Con los compañeros de la Agrupación Los Invisibles participamos del acto del desagravio a Osvaldo Bayer en Plaza Lavalle de Buenos Aires, justo frente al Palacio de Justicia.

Emotivos ritos. Ronda con mate en el verde cesped de una cancha de reclamos. Claro, hasta que la multitud ya no lo permite, pues pugna por ganar la zona cercana al escenario. El trapo de Los Invisibles desplegado y llamando la atención de curiosos y militantes, completa el contexto de un crepúsculo de loores.

Hermanos del Pueblo Qom, con quienes compartimos luchas, abrazan al compañero Bayer. El incanzable Pedro Lanteri, ladea a Osvaldo. Vicente Feliú juega un verso en la guitarra, cual prefacio de la arenga -siempre aleccionadora- de Nora Cortiñas. Fugaces imágenes en un atardecer de grito y canto.

Entre tantas personalidades, y multitud compañera, don Osvaldo recibe el calor necesario para afrontar el honor de ser querellado por la familia Martínez de Hoz, simplemente por decir -con rigor histórico- la verdad: La participación de la Sociedad Rural -y su fundador Martínez de Hoz- en el genocidio originario.

Don Osvaldo se acerca al micrófono, rodeado por un colorido aguayo que le han ofrendado minutos ha.

Pide que se abstengan de corear su nombre. Gritemos, juntos, el de aquéllos que lo merecen: Rodolfo Walsh, Paco Urondo y Haroldo Conti, susurra en registro de café compartido en su tugurio de la calle Arcos.

Lo que no dice, y queda flotando en el aire de primavera, es que quien lo enuncia es una historiador que -en un pase de magia militante- ha entrado a ser protagonista de la Historia Nacional, en el capítulo dedicado a los baluartes de la lucha popular y la memoria colectiva.

Recuerda a Túpac Amaru, Bayer, y su vista se pierde evocando la epopoya del primer Libertador. Rememora que la Historia está siendo revisada y el cambio de nombre de la Plaza de los Virreyes por el de Túpac Amaru, es sólo un ejemplo. Pero Roca sigue teniendo el monumento más grande de Buenos Aires. La lucha sigue, luego.

Un aplauso cerrado del respetable sella el compromiso.

Del Palacio de Tribunales baja un señor bien trajeado y se envuelve -sigiloso- en la multitud disimulada. Eugenio Zaffaroni, viene a recordar que la venda en los ojos de la Justicia ha sido un pretexto de los poderosos. Su huella augura buena espina, también, en el expediente judicial.

Arbolito cierra la jubilosa jornada. Nos hace bailar en la alegría de nunca acostumbrarnos a un barrio de lujo fente a una villa.

Nos quedamos pensando, mediando distendida mueca, en la flor de compartir con Bayer ese mismo sueño de un país sin villas miseria, de una Sudamérica respetuosa de sus Pueblos Originarios, honrosa de ellos.

Que la ignominia del genocidio sea reparada con memoria buena es peldaño insustituible para ese Sur.

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