Estrella rebelde

“El sol se iba, convencido que ese día había dejado todo en la cancha. Los cronistas deportivos habrían calificado con 10 a su performance, estimaba. Su despedida debía de ser soberbia. Era su última presentación de las 365 que había tenido esa larga temporada. Sabía que alguien, que muchos, esperaban un cierre a “todo orquesta”. Soñaba con que al bajar el telón esa jornada, mientras relojeara el salto a escena de la luna, la ovación y el estruendo del respetable se sintiese en todos los confines del mundo, donde a tantas personas haría feliz. El sol sabía que del arte, que en el cielo dibujara, en ocasión del “hasta el mañana”, dependía la sonrisa de muchos desdichados que el celeste del mundo cobija bajo su paño, en la conciencia de que él era el único disfrute, por opción o sin ella, del que podría gozar la mayoría de la población terrestre. En Cuba, su puesta era otra cosa. Se iba la temporada. Una más en que se consolidaba el amor que había nacido muchos años antes. Cuentan que una estrella rebelde, de la calaña que no obedece órdenes sin estar convencida antes, una noche se demoró mucho en salir a escena. En realidad, conciente de sus diminutas dimensiones, supo que no se notaría mucho su ausencia. Prefirió esperarlo. Fue al camarín del sol. Golpeó la puerta que se encontraba abierta, reflejando disposición siempre a bien venir a quien a él pretendiese acercar. Mas esa noche fue distinta. El sol nunca había recibido a esa chiquilla brillante que a él se aproximaba. Quedó obnubilado, embobado. Desde esa noche se amaron todas. Un ratito después que el sol se ponía, se encontraba con ella, que demoraba un poco en saltar al escenario a brillar en la noche. Al principio la habían retado. Pero mucho fue el respeto que por ella sintió la luna, al enterarse del suceso. Conmovida, nunca más quiso volver a levantarle la voz, sabiendo que ella era responsable por sí, de encandilar todas las noches, para protección del respetable que allí abajo alternaba entre el amor, el descanso, la diversión y la melancolía. El sol necesitaba también hacer elegante su retirada, para seducir a la luminosa. Ella que desde que nació el amor, ya no descansaba de día, sino que resguardaba diferentes frentes, en distintas partes del mundo, volvía para el crepúsculo para encontrarse un momento y amarse con él, en alguna esquina de La Habana Antigua. Ella que hacía años había sido dibujada en la Bandera, por algún sabio y loco artista, no sospechaba el papel protagónico que la historia le preparaba. De día había guiado al mismísimo Che Guevara. Seguía guiando a Fidel. A veces aparecía por las montañas del sureste mexicano en el lóbulo frontal de algún pasamontañas. Esa noche él dibujó una obra de arte de esas que no están a la venta, porque han decidido escapar a las miserias materiales. Sólo la vieron los bien aventurados de espíritu. Los hermanos la vieron. El pueblo cubano también. No era para menos. Hacía 48 años que el amor había nacido, y se encontraba más consolidado que nunca. Fue la manera que encontró para terminar su gala, regalando esa pintura a ese pueblo, que tanto había hecho por ese amor. El presente también era para ella, Estrella Rebelde.”*

*El reciente fragmento forma parte de un capítulo del libro “Hasta el amanecer de Tupacamaria” de Demian Konfino.

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