Torniquete

A fin de año publiqué en mi viejo blog la nota que sigue a continuación. Mezclaba la sangre americana vertida sobre suelo argentino, por prepotencia criminal de las fuerzas de seguridad. Eran los casos de los muertos de la comunidad Qom en Formosa y los del Indoamericano en Capital.

Ante la reiteración del sanguinario obrar de las fuerzas de seguridad recobra vigencia el repudio enérgico y la urgencia de justicia.

El coto a la glotonería absurda de los Blaquier, cualquiera sea su cuño, se visualiza indispensable. 

La necesidad de una nueva pedagogía policial es ya un derecho, tanto como el hormigueo de esas roñosas cartulinas, que le dicen legajos.

Se multiplica la celeridad, asimismo, de darle una solución definitva y contundente al problema de la tierra y la vivienda en la Argentina. Reforma Agraria y Urbanización de villas, deben dejar de ser utopías. 

A por ellos!

Personalizar. Borrar estereotipos. Mejor dicho, llenarlos de vida.

Para escribirlo con claridad. Un hermano Qom no lleva torso desnudo, ni plumas merodeando su cabellera extensa y azabache. Es la hermana Clara de la comunidad Qom de San Pedro, con sus gruesos lentes al sur de los colores que refuerzan su identidad, a modo de vincha. Es esa bellísima orfebrería artesanal, tautología que recuerda la creatividad. Es Clara agitando, con fuerza, sus brazos antes de danzar. Es Clara en pasado, presente y futuro. Explica los motivos de la lucha en Napalpí, en la persecución de los intendentes de turno o en La Primavera. Nuestra hermana Qom, antes de regalarme un pequeño búo de madera, nos educa sobre sus bondades, despejando la mala prensa de este ser vivente de la noche. El búo se come a las arañas y los malos bichos. Espanta la malignidad.

Entonces el hermano Qom es también destreza, sabiduría y lucha.

Y pelea doña Clara en Buenos Aires, como sus hermanos en lo que el hombre blanco con sus leyes denominó Formosa, por su tierra, por su cultura, por un puto respeto que se les niega hace 518 años ya.

Hoy mueren hermanos, ante las lágrimas de Clara y nuestra gente. Son masacrados. Vilmente un Estado gendarme que protege al capital mata a los que nada tienen, sino sus hijos, sus viejos, su historia.

Doctrinas de seguridad reaccionarias permanecen despreciando la vida de los rotos. A pesar de esfuerzos por democratizar las fuerzas, el concepto ideológico que justifica su existencia sigue siendo la preservación de los privilegios, garantía de la desigualdad.

Cuando alguien, en función de las propias leyes de los blancos, se lanza a realizar sus derechos a la igualdad, a la tierra, a la vivienda, a la salud, a la vida, corre absurdamente la suerte de una treagedia muy latinoamericana. El asesinato de los luchadores populares, que van a seguir resurgiendo una y otra vez, hasta que se acceda a un piso mínimo de Dignidad humana.

¿No se cansan de matar? ¿No ha corrido demasiada sangre, en estas tierras?

Lugano no son los monoblocks. Es Feli atendiendo el comedor Lorenza en villa 20. Es Feli y todos sus hijos denunciando a Macri por la insensatez de inaugurar un hospital sin médicos o sin medicamentos y equipos. Es Feli, con su corto cabello que intenta -en vano- ser rubio, y sus cortas polleras que deslizan una inquietante figura años ha.

Villa 20 es la escalera sin barandas que baja desde la autopista. Es descender del premetro y contemplar esa sinrazón que es el cementerio de autos de la Federal que ya mataba con plomo en sangre, por la descomposición de la chatarra, antes que pasar a hacerlo directamente -en sociedad anónima con la Metropolitana- por perdigones de ese ignominioso material que dispara fogonazos de deshonra.

Pero Villa 20 son los comedores como el de Feli que no se rinden. También los militantes que llegamos de afuera. El caso de las Madres que continúan los ideales de sus pibes desaparecidos, construyendo viviendas en un barrio cercano, ante la acción administrativa del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que se ha alzado contra la Constitución, no ya con uniforme verde oliva, sino con camisa celeste, cuello abierto, descontracturé.

Villa 20, es la lucha por una vivienda digna, como prometen todos los tratados internacionales de derechos humanos.

El hombre blanco delimitó fronteras. Feli tiene muchos vecinos que han venido de muy lejos, más allá de esas líneas políticas que dividen tanta cosa coumún. Ella misma, sin ir más lejos, es paraguaya.

Como muchos sudamericanos, vienen a lo que se conoce como Argentina, pues aquí las leyes son más generosas en reconocimientos de derechos. Los hospitales son gratuitos, la escuela y el sueño de la universidad, los planes sociales.

Es un orgullo, para quienes nacimos aquí, que pueblos cercanos nos elijan para vvir, justamente, por lo que hemos hecho bien los argentinos: luchar y conquistar derechos.

Pensemos, un rato nomás, en cómo están nuestros países hermanos para qué muchos de sus hijos se muden a las villas de esta Argentina contradictoria en procura de su felicidad.

Las frías letras de los tomos legales prometen mucho y cumplen poco.

La necesidad de tierra y una vivienda digna es derecho vigente en la Argentina y une La Primavera con Villa Lugano. Tanto como la lucha ante la opresión. Tanto como la condición de víctimas de un sistema capitalista que se ofusca en seguir reinando a balazo limpio. Tanto como ese par de ojos negros, los de Clara y los de Feli, que se anegan de indignación y se secan de rabia, que rebalsan de agonía, que se cierran por el improperio de sobrevivir en una vía muerta, paralela a la modernidad y sus pomposas normas.

Tanto como ese par de ojos negros que no cesan de mirar hacia el crepúsculo de una tarde de primavera en la que en Lugano haya jazmines y rosales al costadito de las aceras, y en la que en las tierras de las comunidades originarias de Sudamérica rija, por vez primera desde la conquista, el respeto.

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