Legajos

A continuación, un inédito cuento de Demian Konfino, titulado “Legajos”:

Juan Ramón Quintana, Piloto. Escueto su legajo, describía su profesión. Extrañamente lacónico para ser comandante de Aerolíneas Argentinas durante 25 años.

Nada enunciaba del avioncito de plástico verde -con la simbología yanqui de la segunda guerra mundial- que recibió cuando era un pibito. Mucho menos de su gran disgusto. Una porque odiaba la guerra y todas las series de televisión del rubro. Otra porque cumplía 10 años y ya era grande para boludeces. Eso creía. Y, además, esperaba una bicicleta para salir a pedalear con los compañeros del Piedrabuena, su escuela de Lanús.

Nada indicaba sobre la primera vez que este comandante pintón, se calzó su primera camisa blanca. Allá por sus quince años, cuando se apretó a la cumpleañera. Esa noche despuntó su reprimida finura. La facha que echó parecía propia de un galán de cine, protagonizando a un comandante de abordo gringo, manteniendo su percha, aún cuando lo acecharan secuestradores de vuelo chechenos.

Esa recordada noche, increíble, fue el puntapié para su oficio. Las muchachas del colegio de monjas, empezaron a llamarlo comandante, azafato, mozo de vuelo. Las más audaces, Robert Redford, directamente. Contra todos los pronósticos, que meses antes graficaban a un adolescente descuidado, sin muchas luces, retraído, las chicas empezaron a codiciarlo, incluso a hostigarlo.

De pronto, Juan Quintana se había avivado, para sorpresa de todos.

Al baile cayó, una noche, con un fitito naranja con volante de madera. Era de su viejo, pero a nadie se lo advirtió. En el espejito colgó un avioncito, amarrado a una cintita colorada. Contra la envidia. Y en vidrio trasero, pegó dos calcomanías: Lufthansa y Aerolíneas Argentinas. Imposible. El tipo se la había creído. Tanto que lo adulaban las ellas, empezaba su adultez convenciéndose de un guión que no había elegido. Ser piloto. Andar con minas en los aeropuertos. Entrar en los free- shops. Pagar con tarjetas de crédito doradas.

Esa cartulina rosada doblada al medio para hacerla carpeta de legajo administrativo, descolgada del fichero de chapa gris, con su número y su nombre completo, nada de ésto dejaba asomar.

Mucho menos, que entre muchas opciones demasiado costosas, terminado el secundario, eligió la forma gratuita.La Escuelade Aviación Militar dela Fuerza Aéreaen El Palomar. Se hizo milico. Bueno de la aviación, pero milico al fin, aunque él se enojara –por entonces- cuando le recordaban su grado y subordinación al Estado Mayor.

Para colmo, a los pocos meses de su ingreso se produjo el golpe del76. AQuintana, que no sabía nada de política, le explicaron enla Fuerzaque los comunistas eran el enemigo y que comunistas eran todos los que se disfrazaban de “ayudadores desinteresados de terceros”. Él lo asoció al gordo Germán, su compañero de banco de la primaria, a quién lo sabía un pibe bárbaro, pero se ve que era pesado –asoció- porque varias veces le había contado de las marchas y de las copas de leche en Villa Corina.

Enla Academiase lo habían dictado clarito: “parecen buenos vecinos, mejores amigos. Sin embargo, quieren tu casa, tu auto, tu mujer y hasta tus hijos si te descuidás”.

Empezó a tener actitudes prepotentes, replicando los privilegios de pertenecer ala Fuerza, en ese contexto. Mostrando la chapa, entró en todos lados. Le invitaron tragos que repartió con generosidad a -su tardíamente descubierta debilidad- las mujeres de la noche porteña.

Si un fulano le hacía mala cara, pelaba el fierro, para divertirse viéndolo correr.

En su haber –aunque no en su legajo- escribió más de una tortura aplicada entre carcajadas. Una, muy festejada, fue su creación: afeite con meo Rober. Así la llamaban. A punta de una 9 milímetros, obligaba a los militantes detenidos- desaparecidos a rasurarse la barba. Sin agua, ni jabón. Con su propia orina. Con el meo de Rober, como se lo conoció en los Centros Clandestinos.

Ningún remordimiento, anotó –en tinta limón- el legajo, respecto a lo que más tarde se conoció como vuelos de la muerte, en los que participó asiduamente. Tiraba bolsas negras, supo jactarse, riendo, más de una vez entre rondas de Whiskis en encumbrados salones europeo, junto a sus compañeras de Aerolíneas.

Juan Ramón Quintana se recicló, en el 86, como piloto civil de la línea de bandera nacional. Con su impunidad a cuesta, hizo realidad su sueño fabricado: viajar por el mundo, como un tipo importante. Recto. Engominado y bien afeitado. Erguido bajo su traje de comandante. Se le abrían todas las puertas.

No lo paraba nadie.

Tuvo algunos hijos, que no figuraron en el legajo.

Se casó con María Eugenia, una modelo rosarina, 15 años menor, que conoció en Barajas. Preciosa. Algo superficial y materialista, aunque bastante sensible. Le dio dos hijos y una vida oprobiosa, repleta de hipocresías, posturas y violencia de género. La omisión de límite en la extensión de la Visa Gold no alcanzó para paliar su tortuoso padecimiento.

Aunque el estado civil indicara Casado, 2 hijos, dejó un tendal sin reconocer, en varios puertos del mundo, ante la pasividad de su mujer. O su impotencia.

Después de todo, ella conoció de cerca su impune anecdotario, una vez que quedó embarazada por vez primera, y el galán argentino prometía bajarle el cielo. Habrá sido la culpa de haber desmerecido -tanto tiempo- la faena de su marido, la que le impidió plantear un digno  y tempestivo divorcio, pereciendo en el rol que le asignó la sociedad. O decretó el marido. Criar a sus hijos, jugar al golf en el country, regalarse unas tardes de shopping.

El legajo rosado de Juan Ramón Quintana omitió esta vida.La Justicia, no. 34 años después, llegó.

Por dispendioso, petulante o altanero. Se adivinó enorme en ruedas con simpatías, creyéndose Julio César. Lo fue mucho tiempo. Por lo menos, eso quiso pensar.

Una finísima azafata, jovencita y con poca experiencia de vuelo, oyó el horror en una inolvidable noche en el John F. Kennedy de Nueva York, antes de abordar el avión.

Florencia, soltera en la ciudad, se dejó seducir por ese maduro caballero. Solía repetir el mismo error. Se metía con tipos grandes, que la terminaban decepcionando. Éste, muy buen mozo y un artista en el rubro caballerosidad.

Habían tenido una buena noche de sexo en el Hotel Plaza, prologada por una cena de fantasía frente al Central Park.

En el VIP del aeropuerto, buscando enrostrarle poder, como otro elemento de atracción, Juan le confió su historia de vida, en tono intimista. Una fuerza a punto de estallar en fricción recorrió el cuerpo de Florencia. Quiso arrojarse a su cuello y pegarle patadas hasta desfigurarlo. Apenas pudo disimular la mueca de sus labios apretando su filosa dentadura.

Una cinta de luz se coló entre los nervios. Le indicó placidez y sabiduría.

Atendió un ficto y súbito mensaje de texto a su celular. Activó la grabadora y apoyó el aparato boca abajo, sobre la mesa. Quintana se autoincriminó hasta el techo.

Florencia llegó a Buenos Aires en la mañana de un martes frío. Luego de llamar a un compañero, se fue para Comodoro Py, sin escalas.

Antes de accionar el audio ante el joven Secretario Letrad, dijo en orgulloso registro: Por mi viejo. Miró al cielo.

En respuesta a un oficio judicial, 2 semanas después, Aerolíneas remitió al Juzgado Federal, el legajo del experimentado piloto. A la par,la Fuerza Aérea informó el extravío de la foja de servicio de alias “Rober”, pero ratificó que perteneció ala Fuerza entre el 75 y el 86.

El papá de Florencia permanece detenido desaparecido.

Juan Ramón Rober Quintana, galantea la sombra en el pabellón Genocidas de Marcos Paz.

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